Capítulo 10
Martina
Caminé hecha un demonio. Mis tacones repicaban contra el suelo de mármol del casino soltando chispas a cada paso mientras echaba humo por las orejas.
—¡Manolo! —refunfuñé entre dientes, sorteando a un grupo de señores estirados en esmoquin—. ¡Un rayo de tres puntas es poco! ¡Ojalá le salga una almorrana del tamaño de una nuez y no pueda sentarse en su coche patrulla en un mes!
Detrás de mí, Candela intentaba seguirme el ritmo mientras contenía una risa histérica que amenazaba con hacerla explotar.
—Martina, por el amor de Dios, para un segundo —me suplicó, agarrándome del brazo con el pelo caoba flotando alrededor—. Te confirmo ya que la frase de la colita va a quedar grabada en la historia de la policía de este lugar. La cara del pobre hombre ha sido un poema. ¿Y ahora qué hacemos?
—Buscamos a Martín —sentencié, plantándome en seco y ajustándome el escote con un gesto furioso—.
Le decimos que estamos aquí, comprobamos con nuestros propios ojos que no corre peligro, o que está todo controlado…
no lo sé y, si podemos, nos piramos a cenar a un sitio carísimo a costa de su tarjeta.
Y luego nos buscamos a dos italianos de verdad, no a un embustero con placa y exceso de gomina.
—A mí, mi Lorenzo me parecía bastante de verdad... —suspiró Candela, pero mi mirada asesina la hizo carraspear—. Vale, vale. A buscar a tu hermano.
Nos acercamos a la zona de las mesas centrales.
Un corrillo de espectadores se agolpaba tras el cordón de terciopelo rojo.
Le pregunté a un hombre con pajarita que seguía la partida con prismáticos de ópera y me confirmó que faltaba poco para el descanso reglamentario de la mesa.
Decidimos esperar. Pocos minutos después, el crupier anunció la pausa.
Martín se levantó de la mesa suspirando, se pasó las manos por la cara y retrocedió un par de pasos para estirar las piernas. Fue el momento. Sorteamos la multitud y nos plantamos frente a él.
—Martín —dije en voz baja.
Mi hermano dio un brinco sobre el sitio como si le hubiera picado una serpiente. Se giró hacia nosotros con los ojos desorbitados y un gesto asustado.
—Martin a,¿Qué… qué coño hacéis aquí? —susurró con los dientes apretados, mirando a izquierda y derecha de forma compulsiva—. ¡Os pedí claramente que no vinierais!
—A mí no me grites, Martín —ataqué en el mismo tono furtivo—. Nos dijiste que todo estaba controlado, pero acabo de cruzarme con los policías de ayer, Martín… me has tomado el pelo tú también.
—¡Calla! —me cortó, agarrándome del antebrazo con una fuerza inusual y arrastrándonos medio metro hacia una columna de mármol. Tenía la frente empapada en sudor frío—. No digáis ni una palabra más. Escuchadme atentamente.
Se inclinó entre las dos, con la mandíbula rígida y la mirada clavada en el suelo.
—Estoy colaborando con la policía —soltó en un susurro casi inaudible—.
La mesa está bajo vigilancia. Me tienen protegido a mí, pero si estáis aquí, os convertís en un blanco fácil y la policía no puede estar pendiente de tres personas a la vez.
Por lo que más queráis... me quedan dos horas de torneo.
Coged el coche, iros a cenar lejos de aquí, emborracharos, echad un polvo, lo que queráis… pero no volváis.
Ver el miedo real en los ojos de mi hermano gemelo fue como un jarro de agua helada. La tontería y el enfado con Manolo se me evaporaron de golpe, dejando paso a una punzada helada en el estómago. Me supo mal no haberle hecho caso.
—Está bien —dije, tragando saliva y apretándole la mano con firmeza—. Nos vamos. Pero en cuanto acabes, nos llamas. ¿Entendido?
—Prometido —murmuró él, besándome en la mejilla mientras nos dábamos un abrazo y dándole un apretón a Candela—. Tened mucho cuidado.
Nos despedimos con otro beso rápido. Le desee suerte de todo corazón, cogí a Candela de la mano y nos dimos la vuelta hacia la salida principal.
Caminábamos a paso ligero, casi a marchas forzadas entre las lámparas de araña y las moquetas tupidas para salir y dejar atrás todo esto que nos estaba sobrepasando un poco.
La puerta de cristal que daba a la calle estaba ya a apenas diez metros.
Respiré aliviada. Pensaba en llegar al descapotable huevo-chicle, meter la llave en el contacto y quemar rueda hacia cualquier terraza iluminada cerca del mar.
Pero no llegamos.
A tres metros de la puerta, un cuerpo voluminoso y rígido se cruzó en mi trayectoria.
Antes de que pudiera protestar, un brazo como un barra de hierro me sujetó firmemente por la cintura y, con un movimiento seco, fluido y calculado, nos desvió a las dos hacia un pasillo lateral en penumbra que indicaba «Uscita di Emergenza» .
—Oye, ¿pero qué...? —empezó a protestar Candela.
A su lado, un segundo tipo alto y rapado le rodeó los hombros con el brazo, disimulando el agarre como si fuéramos dos parejas de amigos saliendo de fiesta.
—Ni se os ocurra chillar —murmuró el rapado en mi oído, con una voz helada que me erizó los pelos del cuello—. O vuestro hermano no llega a la siguiente mano de póker.
Nos empujaron, sin levantar sospecha, hacia el interior del pasillo. La puerta de la salida de emergencia se cerró tras nosotros con un clac metálico, amortiguando por completo el murmullo del casino.
Nos quedamos allí. Cuatro paredes de hormigón, un tubo de luz en el techo y dos matones cortándonos el paso.
El pánico intentó apoderarse de mis pulmones, pero la adrenalina actuó más rápido. Miré al rapado. Tenía las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta de cuero. No parecía llevar un arma desenfundada, pero su envergadura doblaba la mía.
—¿Qué queréis? —pregunté, intentando que no me temblara la voz mientras me ponía con pasos diminutos al lado de Candela.
—De momento, os quedáis aquí quietecitas con nosotros —respondió uno de ellos con un español malo—. Nos va a venir bien teneros a mano por si a tu hermanito le da por salirse del guión.
Candela y yo nos miramos. Fueron dos milésimas de segundo, pero entre dos personas que han entrenado ocho horas diarias juntas durante diez años, una mirada bastaría para transmitir un libro entero de instrucciones.
Candela se fijó en la señal de mis ojos mirando hacia mi derecha. Incrustada en la pared de obra, había una vitrina metálica de incendios con una manguera de lona roja enrollada de unos diez metros de largo. El tipo de manguera flexible y pesada que se usa para emergencias.
En gimnasia rítmica, la cinta es una extensión del brazo. Pero una manguera de lona pesada con un extremo más pesado que se permitía lanzar,… es un arma de destrucción masiva.
No nos pareció que llevaran armas en las manos, ni escondidas. Estaban confiados. Pensaban que tenían acorraladas a dos chicas indefensas con vestidos de fiesta y cero unidades de instinto de supervivencia en su cerebro. Se equivocaban.
Candela actuó primero, ya sabía que su parte era entretenerlos como fuera para darme paso.
Dio un paso al frente, se llevó las manos a los tirantes del top lencero y, de un tirón seco y sobreactuado, se bajó la tela hasta la cintura.
Literalmente, dejó a la vista todo su sujetador de encaje con media teta al aire y una delantera de infarto a escasos centímetros de las caras de los dos matones.
—Uf, qué calor hace en este pasillo, ¿no? —soltó Candela con una voz de hembra del mundo animal en celo, contorneando las caderas—. Ay, chicos... no sabéis cómo me ponen los italianos duros… como vosotros.
Los dos tipos se quedaron petrificados. La mandíbula del rapado se descolgó un centímetro y sus ojos se clavaron en el pecho de mi amiga que asomaba, con la estupidez natural del género masculino.
En ese preciso instante, Candela se lanzó al suelo. Ejecutó un spagat frontal perfecto, deslizándose de frente a ras de suelo a ciento ochenta grados para pasar limpiamente entre los dos hombres.
—¡Ma che cazzo...! —gruñó uno, sorprendido por la maniobra y girándose los dos torpemente para atraparla antes de que intentara llegar a la puerta.
Ese segundo de confusión fue todo lo que necesitaba.
Rápido me saqué mi sandalias de tacón amplio y le propiné un taconazo brutal al cristal de la vitrina de incendios mientras me protegía la cara con el brazo.
El vidrio se fracturó con un estruendo seco.
Candela intentaba zafarse de ellos. Golpeé dos veces más para abrir hueco, y metí la mano, agarré la boquilla metálica de la manguera y estiré muy fuerte desenrollando rápido unos dos metros de lona roja.
—¡Coge, Candela! —grité, lanzándole rápido el extremo metálico por el aire.
Candela, levantándose desde el suelo en su posición de flexibilidad imposible, cazó la boquilla al vuelo, giró sobre sus caderas y pasó la lona por detrás de los tobillos de los dos matones. Yo tensé el otro extremo desde la vitrina, haciendo una palanca perfecta.
—¡Tira! —chilló Candela.
Hicimos fuerza a la vez, tensando la lona a la altura de sus tobillos para que golpeara de lleno la parte baja de sus piernas como un barrido seco.
No se lo esperaban. El tipo rapado y su compinche, que intentaban ir uno a por ella y el otro a por mí, perdieron el equilibrio de la forma más ridícula posible, moviendo los brazos en el aire antes de estrellarse contra el suelo con un golpe seco que hizo temblar el espacio.
—¡Tapa las tetas y corre! —grité, soltando la lona y saliendo disparada saltando por encima de uno de ellos.
Justo en ese instante de caos absoluto, con los dos tipos tirados por los suelos, la manguera de incendios entre sus piernas, el cristal roto en el piso y Candela con el pecho fuera, la puerta de emergencia se abrió de golpe. En el umbral aparecieron Eros y Lorenzo.
Llegaban con caras de auténtico pánico.
Nos miraron. Miraron a los dos matones tirados en el suelo echando maldiciones por la boca y tocándose la cabeza. Miraron la manguera de incendios. Y luego miraron a Candela intentando taparse la teta y el sujetador.
La cara de Manolo fue para haber sacado el móvil y haberle hecho una foto.