Capítulo 9
Martina
Ahí estaba él. El policía de mentira. El embustero, el falso pizzero con cara de adonis de pasarela y cuerpo esculpido a base de carbohidratos italianos.
Si el día anterior en La Gabbia vestía bien, hoy daban ganas de plantarse frente a él y desnudarlo directamente.
El traje oscuro parecía que se lo había cosido el mismo Armani por la mañana.
No podía quitarme de encima la mezcla explosiva de rabia pura y una corriente eléctrica ridícula de deseo por él recorriéndome la espalda.
Me daba rabia recordar que me había resultado tan atractivo el día anterior como para dejarme de llevar y seducirlo como no solía hacer con los hombres, dejándome envolver por la esencia de las vacaciones, del disfrutar el momento, y cómo me había tomado el pelo a lo grande, y encima con espectadores de por medio.
De pronto, una mano me tocó el hombro y di un brinco de un metro que casi me hace tirar las copas.
—Dame mi Cosmopolitan —dijo Candela, apareciendo a mi lado y cogiendo su copa de mi mano—. Oye, ¿qué te pasa en la cara? Qué cara de asco, hija.
—Está aquí —musité entre dientes, sin mover un solo músculo facial y señalando disimuladamente con la mirada hacia la zona donde estaba él.
—¿Quién? —Candela dio un sorbo a su copa—. Espera... ¿es ese del traje azul? No. ¡Me muero!¡Eros!
—No le llames Eros —escupí, dándole un trago largo al cóctel que me quemó la garganta—. A partir de este preciso instante para mí se llama Manolo. Manolo el embustero.
—Martina, por el amor de Dios, el hombre mide un metro noventa, seguramente esta mañana estaba en la barca grabando el anuncio de Dolce & Gabanna y te mira como si pudiera a comerte con los ojos, no hija, no le puedes poner Manolo —protestó Candela, aunque se le iluminaron los ojos al instante—.
Espera... si está Manolo, ¿dónde está mi Lorenzo?
—No lo sé, pero si Manolo está aquí, es por mi hermano. Te lo dije… confirmado, Martín nos mintió anoche. Hay gato encerrado y estos dos están metidos hasta el cuello.
Nos miramos durante medio segundo. La complicidad entre nosotras no necesitaba palabras.
—Plan de acción —dijo Candela en voz baja, ajustándose el escote—. Nos pegamos a ellos, averiguamos qué traman y si hace falta, intervenimos.
—Perfecto. Discreción máxima, como siempre.
Iniciamos la operación de espionaje más desastrosa en la historia de la inteligencia policial amateur.
Nos fuimos camuflando detrás de un grupo de jubilados alemanes, luego nos escondimos tras una palmera decorativa gigante y fuimos avanzando a pasos cortos mientras mirábamos por encima de los hombros de la gente todos los movimientos de Eros e intentábamos dar con Lorenzo que, seguramente, acaba por allí.
Todo esto sin soltar las copas de la mano.
—Avanza, avanza —musité, tapándome la cara con mi copa—. Lo tengo a las dos en punto.
—A las dos en punto lo que hay es un camarero con bandeja de canapés, Martina. Enfoca.
Antes de seguir observando, nos desviamos un momento hacia la zona central para comprobar el estado de Martín.
Mi hermano seguía en su mesa, con cara de póker, nunca mejor dicho, y ajeno a nuestra presencia, manipulando un bote respetable de fichas.
Parecía tranquilo. Respiré un poco más aliviada, pero al girarnos de nuevo hacia la zona en la que estaba... Manolo había desaparecido.
—Mierda. Lo he perdido —maldije, poniéndome de puntillas entre la multitud.
—Igual ha ido a la barra a pedirse un Martini mezclado, no agitado, como James Bond —suspiró Candela, mirando alrededor sin disimulo alguno—. ¿Ves a Lorenzo? Si ves a mi hombre perfecto, avísame.
—Candela, concéntrate, estamos en misión encubierta —protesté en un susurro chillón, girándome en redondo detrás de una columna—.
No podemos llamar la atención, ni buscarlos porque estén buenos.
Se trata de ver qué se supone qué está pasando aquí y qué traman con mi hermano, debemos observar con quién hablan…
tenerlos controlados y, bajo ningún concepto, se acerquen a nosotras.
—¿Buscáis a alguien?
La voz, profunda, grave y con ese acento italiano sonó, de repente, exactamente casi a veinte centímetros de mi nuca. Nos congelamos. Candela y yo nos dimos la vuelta despacio, como si estuviéramos en una película de terror. Allí estaban. Flanqueándonos la retirada.
Eros con su impecable traje azul oscuro me miraba con sorpresa y, aunque juraría que intentaba esconderlo, noté diversión en su semblante.
A su lado, Lorenzo, con una pajarita algo torcida y una sonrisa perfecta de seductor nato que derretía todo a su alrededor, no le quitaba los ojos de encima a Candela.
—Vaya, vaya... —arrancó Lorenzo, dando un paso hacia Candela con un descaro absoluto—. Parece que la Riviera es muy pequeña, bella . He de decirte que estabas espectacular anoche, pero hoy, ese conjunto te queda… como un pecado.
—Gracias, agente —respondió Candela sin pestañear, devolviéndole una mirada de arriba abajo que prácticamente fue para desnudarlo—. Veo que tu especialidad es aparecer por sorpresa sin avisar. Me encantan los hombres con placa… y poca vergüenza.
—Es un servicio exclusivo, solo para amigas VIP —guiñó Lorenzo.
Mientras aquellos dos empezaban su propio fuego cruzado de coqueteo descarado y sin ningún tipo de pudor, la atmósfera entre Eros y yo era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Él se cruzó de brazos y me sostuvo la mirada de una manera exasperante.
—Martina —dijo en voz baja, pronunciando mi nombre con un tono grave sexy que me revolvió el estómago—. No deberíais estar aquí. Tu hermano os pidió expresamente que...
—¡Vaya, pero si es Eros! —lo interrumpí con una sonrisa falsa tan exagerada que me dolió hasta la cara. Hice una pausa dramática, llevándome una mano al pecho en un gesto teatral y soltando un gran suspiro—. Ay, perdón... Eros no, quería decir… Manolo.
Eros parpadeó. Una de sus cejas maravillosas se elevó despacio.
—¿...Manolo? —repitió, confundido.
—Sí, Manolo. O Pascual, no me he decidido aún —ataqué, dando un paso hacia él y clavándole la mirada—.
Es que entenderás que después de tu actuación magistral de ayer, lo de «Eros» me suena a inventada poética total.
¿De verdad pretendes que me crea que te llamas como el dios del amor?
¿No se te ocurrió un nombre más cursi y más chorra para tu identidad falsa de pizzero?
¿Y tú de pizzero? ¡JA! ¡Mírate! ¡Tú tienes de pizzero lo que yo de bombero!
Eros me miró durante dos segundos en silencio. Luego, para dejarme perdida, la comisura de sus labios fue curvándose hacia arriba en una sonrisa lenta, felina y peligrosamente atractiva.
—Eros es mi nombre real, Martina. Y no es una identidad falsa.
—Claro que sí, Manolo. Y yo me llamo Zendaya y he venido aquí a grabar una película.
Seguro que en tu carné de identidad pone Manolo el Mentiroso.
¿Se puede saber qué coño hacéis aquí los dos vestidos de pingüino de alta gama?
Porque ahora ya tengo claro que si estáis vosotros, es que mi hermano está en peligro.
Y como le pase algo a Martín, te juro por lo más sagrado que uso la pajarita de Lorenzo para estrangularte.
—Oye, pues ahora que lo dices… a mí la pajarita de Lorenzo me parece muy fácil de quitar... —comentó Candela al vuelo, ganándose una mirada asesina por mi parte.
Lorenzo soltó una carcajada bajita, disfrutando junto a Candela del momento de tensión entre nosotros dos, pero Eros ni se inmutó. Dio un paso lento hacia mí, recortando la distancia hasta que pude oler su perfume seduce mujeres y se inclinó ligeramente hacia mi oreja.
—Escúchame bien, morena —murmuró con una voz tan firme y sensual que me entró por el oído y recorrió todo mi cuerpo, para bajar hasta la entrepierna—. Tu hermano está perfectamente. Pero si queréis que siga así, tenéis que salir de este casino ahora mismo. Ya.
No me intimidó lo más mínimo. Me acerqué un paso más a él, desafiando todo límite razonable de distancia personal. El aire a su alrededor olía muy bien… demasiado… pero el resentimiento me hervía en las venas con más fuerza que la atracción.
—¿Que nos vayamos? —solté, alzando las cejas con un sarcasmo punzante—. ¿Y yo tengo que hacerte caso a ti por... qué motivo exactamente, Manolo?
—Porque soy un agente de policía—respondió él sin pestañear, manteniendo la voz firme y un tono protector que, en lugar de calmarme, fue como echar alcohol a una hoguera.
—Ah, claro. El superagente de la policía —resoplé, inclinándome levemente hacia su pecho para bajar el tono a un susurro lleno de mi veneno—.
Y dime, agente... ¿ahora mismo estás grabando nuestra conversación?
¿Tus amiguitos escondidos nos están escuchando a través de ese micro que tienes pegado por ahí dentro?
Eros me sostuvo la mirada con una tranquilidad que me ponía de los nervios, pero no dijo nada. Se limitó a tensar la mandíbula.
—¡Qué maravilloso! —continué con un entusiasmo falso que rozaba la demencia—. Oye, ¿y les has contado a tus amiguitos el pequeño detalle de anoche? ¿Les has dicho que te quitaste el micrófono un momento para meterte conmigo en el cuarto de baño? Evadiéndote de tus obligaciones profesionales.
La cara de Eros empezó a mutar. Lorenzo, a nuestro lado, congeló el coqueteo con Candela y se giró despacio hacia nosotros con los ojos como platos.
—Martina... —empezó a advertir Eros, pero ya era tarde. Yo ya había perdido completamente los papeles.
—Porque a ver, Manolo, si hay que ser transparentes con la jefatura, hay que serlo del todo —añadí en voz bien alta, mirando fijamente a la solapa de su chaqueta como si le hablara directamente al micro oculto—.
¿Les has contado a los de la furgoneta que casi tuvimos algo…
y que llegué a ver tu colita? Porque entre tú y yo...
era bastante piccolina , como decís vosotros.
Sí, una lástima, un desastre táctico, de verdad.
Mucho traje y estilazo… pero luego un fiasco absoluto.
Candela se ahogó con su propio cóctel y soltó una tos histérica, mientras Lorenzo se llevaba una mano a la boca intentando disimular un ataque de risa monumental.
Durante tres segundos, el tiempo se detuvo en el hall del casino que seguía a su ritmo lleno de gente alrededor.
Él y yo desafiándonos con la mirada. Yo esperando su réplica.
La cara de Eros era un poema absoluto, entre la incredulidad y el inicio de un sonrojo que intentaba controlar.
Hasta que, de pronto, la rigidez de su rostro se deshizo.
Eros soltó un bufido por la nariz, inclinó la cabeza hacia atrás y dejó escapar una carcajada algo exagerada y profundamente divertida.
Me miró desde arriba, sacudiendo la cabeza como quien observa a un guerrero en miniatura a punto de ser aplastado.
—No me puedo creer que acabes de decir eso —murmuró, mirándome con unos ojos intensos—.
No solo me están escuchando, sino que la conversación entera se está grabando en el servidor central del cuerpo de policía.
Y créeme, ragazza ... los de la furgoneta saben perfectamente que no me quité el micro en ningún momento de la noche.
Saben de sobra que te lo estás inventando.
Un calor violento y abrasador me subió directo a las orejas.
Me quedé helada. En mi cabeza el plan de la venganza fue construido sobre la marcha y sonaba brillante, pero la imagen mental de cuatro policías italianos con cascos riéndose a mi costa en una camioneta oscura me cayó encima como una losa de hormigón.
—Sois todos unos pervertidos —solté, completamente hecha una furia, dándome la vuelta sobre mis tacones para no darle el gusto de verme arder de vergüenza—. ¡Que te parta un rayo, Manolo! ¡Un rayo de tres puntas!
—¡Martina, espérame! —gritó Candela, saliendo detrás de mí mientras se despedía de Lorenzo con la mano—. ¡Un placer volver a veros, agentes! ¡Llamadnos si os apetece tomar algo!
Me perdí entre la gente sin mirar atrás, echando chispas por los ojos y sintiendo la risa de Eros resonando en mi cabeza.