Capítulo 8
Martina
Llegar al hotel fue todavía como intentar apagar un incendio echándole gasolina. Mientras subíamos en el ascensor hacia la suite , Candela no paraba de soltar suspiros dramáticos, mirándose al espejo y retocándose el pintalabios que casi ni se le había movido.
—Lo de Lorenzo ha sido un atentado contra el plan de ocio nocturno que tenía ya organizado —protestó, dejándose caer sobre la cama en cuanto cruzamos la puerta—.
La noche estaba siendo joven, Liguria nos bendecía y ese hombre estaba planeando comerme como si fuera su plato preferido del menú. ¡Es injusto!
—¿Un atentado? —repetí, quitándome los tacones cabreada—.
¡Un atentado es lo que ha hecho el mentiroso de su amigo conmigo!
¿Te das cuenta de que el tipo realmente me estaba interrogando fríamente mientras yo me restregaba como una gata en celo?
¡¿Y si llevaba un micro oculto y estaba grabando cada palabra?
! Qué poca vergüenza. Debería estar en la cárcel solo por falso testimonio romántico.
—Bueno, vale, eso te lo compro… pero admitamos que Eros como agente encubierto, en plan secreto, le da un toque misterioso bastante morboso. No puedes negármelo—añadió ella con una sonrisilla perversa.
—Candela, por el amor de Dios ¡Ya no le llames Eros! Ese nombre era falso. Para mí, a partir de ahora, se llama Manolo. No se merece ese nombre tan… bonito. Si vuelves a piropearle te juro que te doy con la almohada en la cara—amenacé, aunque un pitido en mi teléfono me cortó el discurso.
Corrí a mi bolso y saqué el teléfono. Era un mensaje de Martín:
«Chicas, estoy bien. Falsa alarma. Voy de camino al hotel. Nos vemos en diez minutos en la suite.»
Solté un suspiro de alivio tan profundo que se me salieron las lágrimas.
La tensión acumulada durante la huida en el taxi pareció aflojarse de golpe.
Para terminar de asentar el cuerpo, pedimos una botella de champagne al servicio de habitaciones.
Nos quitamos el maquillaje, nos pusimos los pijamas de seda que habíamos traído comprados en el Shein por si surgía la posibilidad de llevar a algún tío bueno a la suite, el mío corto blanco, el de Candela con estampado de leopardo, y cuando el camarero nos trajo la botella con la hielera, la adrenalina por fin dio paso al cansancio.
Nos servimos dos copas y salimos a la terraza a respirar el aire de la medianoche.
—Tengo la corazonada de que Martín nos va a contar una película de miedo —comentó Candela, dando un sorbo a su copa.
—Me da igual la película que traiga, solo quiero saber qué coño pintaba la policía encubierta en ese garito y persiguiéndonos desde la mañana —refunfuñé, apoyando los codos en la balaustrada—. Y sobre todo... quiero asegurarme de no volver a cruzarme con el italiano ese en lo que me queda de vida.
—Pues yo no le haría ascos a una inspección de rutina de Lorenzo…
La puerta principal de la suite sonó y ambas entramos de golpe. Martín apareció por el pasillo. Tenía el pelo revuelto, el cuello de la camisa desabrochado y una cara de agotamiento que me encogió el corazón. Me lancé a su cuello y lo abracé con tanta fuerza que casi le saco el aire.
—¡Ay, qué bruta eres! —protestó él, correspondiendo el abrazo y dándole un beso a Candela en la mejilla—. Estoy bien, estoy bien, tranquilas.
—¿Se puede saber qué demonios ha pasado? —exigí, agarrándolo por los hombros para mirarle a la cara—. ¿Por qué nos mandaste ese mensaje de huida? ¿Y por qué había secretos, policía y matones involucrados en esa cueva?
Martín levantó las manos con un gesto pacificador, caminando hacia la mesa para servirse una copa de agua.
—A ver, tranquilas, que no cunda el pánico —empezó, enarcando una ceja con una calma que me pareció sospechosamente rara—.
Ha sido un malentendido de tres pares de narices.
Resulta que en esa mesa privada había un par de tipos metidos en cosas raras...
digamos que gente poco recomendable de la zona.
Cuando empecé a ganarles demasiado, la atmósfera se volvió tensa.
Empezaron con insinuaciones raras, que no me molaron un pelo, y me dio miedo que si subíais a buscarme o nos veían juntos os vierais envueltas en un problema.
Por eso os mandé el SMS para que salierais pitando.
—¿Y la policía? —saltó Candela—. Porque los dos bellezones que se nos pegaron en la pizzería no eran dos italianos con ganas de ligar, eran agentes.
Martín parpadeó, disimulando a duras penas la sorpresa.
—Sí... bueno. Esos dos aparecieron en la sala montando un teatro genial sobre una ambulancia y una patrulla abajo, y la verdad es que consiguieron sacarme de allí antes de que los ánimos se caldearan más.
Al salir al callejón me enteré de todo, de que eran polis encubiertos que llevaban tiempo siguiendo a esos tipos.
Candela se llevó la mano al pecho, como si estuviera viendo una película de acción.
—¡Uf! No me lo quito de la cabeza. Agente encubierto… Si es que Lorenzo tiene cara de agente de élite. De los que salen en las películas —fantaseó, sin disimular que seguía babeando por él.
Yo, en cambio, sentí que la mandíbula se me desencajaba por la rabia.
—Sí, y el tipo duro de la sonrisa perfecta era un jodido policía haciendo de cebo conmigo —maldije entre dientes.
—El caso —nos interrumpió Martín rápidamente, queriendo quitarle hierro al asunto— es que todo está solucionado. La policía se encarga de esa gente. Yo solo quiero darme una ducha y dormir diez horas seguidas. Mañana empieza el torneo oficial en el Casino de San Remo y necesito la cabeza despejada.
—Mañana vamos a estar por allí pendientes de tí, obviamente —le dije.
Martín se congeló con el vaso de agua a medio camino de la boca. Me miró fijamente y negó con la cabeza de forma vehemente.
—No. Ni se os ocurra. Con todo lo que ha pasado esta noche, prefiero que no os acerquéis al Casino. Estaré mil veces más tranquilo si os vais a pasar el día por ahí, a hacer turismo. De verdad, chicas, no os fiéis de nadie y manteneros al margen. Prometedme que no iréis.
Candela y yo nos miramos, pero al verle la cara de angustia sincera, opté por suavizar la voz.
—Está bien, abuelo. Mañana nos vamos de ruta. Tómate el agua y vete a la cama.
A la mañana siguiente, el brillante sol de la Riviera nos invitó a espabilarnos.
Tras un desayuno maravilloso en la suite, nos encontramos con Martín en la recepción que había bajado antes que nosotras.
Se le veía descansado, pero tenía un semblante rígido en el rostro y no paraba de mirar el reloj.
Conocía a mi hermano gemelo de una manera que hasta él se asustaría, y yo sabía que estaba flaqueando por los nervios.
—¿Seguro que vais a hacer turismo? —nos preguntó por tercera vez, ajustándose el cuello de la sudadera.
—Que sí, pesado —le sonreí, dándole un apretón en el brazo—. Nos vamos a recorrer esta parte de la costa con nuestro descapotable chicle. Tú concéntrate en ganar y en no dejarte arruinar por ningún italiano.
Martín dejó escapar un largo suspiro de alivio, como si le hubiéramos quitado un saco de cincuenta kilos de la espalda.
—Gracias, Marti. En serio, mejor que no aparezcáis por el Casino. Hoy es un día muy aburrido y lleno de babosos.
Nos despedimos y nos subimos al coche. No habíamos recorrido ni trescientos metros por la avenida costera cuando Candela se giró hacia mí con una ceja levantada.
—A ver, Martina... dime que no nos vamos a perder el torneo.
—¿Tú eres tonta? —solté una carcajada mientras cambiaba de marcha—.
¿Cuándo le he hecho yo caso a mi hermano?
Aquí hay gato encerrado. Conozco a Martín mejor que a mí misma, esa tranquilidad de anoche era más falsa que el pelo de un click de Playmobil.
Algo pasa y no me lo ha contado. No lo voy a dejar solo si hay peligro.
—¡Esa es mi chica! —celebró Candela, dando un palmeo—. Y como el torneo es por la tarde, ¡pues primero nos marcamos un tour de lujo!
Cumplimos el expediente. Pusimos rumbo a Bordighera, una localidad preciosa pegada a San Remo, famosa por sus jardines exóticos y sus villas señoriales colgadas sobre el mar.
Nos paseamos por el Giardino Esotico Pallanca , sacándonos fotos ridículas entre catus gigantescos con el Mediterráneo de fondo.
Nos comimos una focaccia recién hecha con un par de Aperol Spritz en un rinconcito del casco antiguo y después bajamos paseando para tomarnos dos helados en una terraza frente al puerto. Fue una mañana idílica.
Antes de las cuatro de la tarde ya estábamos de vuelta en el hotel, listas para el plato fuerte.
Nos cambiamos de ropa, yo me puse un mono veraniego color mint claro con la espalda al aire que me sentaba de lujo y me hacía sentir cómoda y y Candela optó por una falda larga de satén con un top lencero, y nos fuimos directas paseando al emblemático Casino de San Remo.
El edificio, de arquitectura Art Nouveau , imponía respeto desde la misma entrada.
El ambiente en la gran sala de torneos era una mezcla retro: imponentes lámparas de araña iluminaban las mesas verdes, ocupadas por jugadores de rostro serio y pálido.
La vestimenta de los asistentes era de lo más variopinta; lo mismo veías a gente casi de etiqueta que a tipos con llamativas camisas tropicales.
Nos mantuvimos en la periferia, como dos espectadoras más, buscando sigilosamente a mi hermano.
Tras recorrer con la mirada la alfombra tupida, localizamos a Martín a lo lejos.
Estaba sentado en una mesa central, concentrado, moviendo las fichas.
Me alegró ver que tenía buen aspecto, jugaba con su frialdad habitual y no parecía estar bajo ningún tipo de amenaza.
Dejé escapar un soplo de aire, sintiendo un alivio en el pecho.
—Vaya... igual he sido un poco paranoica y él tenía razón… y todo estaba bien —murmuré para mí misma.
—Voy al baño a hacer pis, y a empolvarme la nariz —me avisó Candela al oído—. Pídeme un Cosmopolitan en la barra y espérame allí, cielo. De paso aprovecharé a ver si veo alguna pareja de hombres que puedan estar a nuestra altura, entre tanto friki, y no sean policías encubiertos.
Le dediqué una sonrisa mientras la vi alejarse.
Me acerqué a la imponente barra de caoba del salón principal.
Pedí dos Cosmopolitan, y me quedé mirando como una boba cómo el barman me lo preparaba y servía.
Cogí las copas de cristal, me giré para buscar una mesa alta donde esperar... y entonces el mundo se detuvo.
A unos diez metros de mí, entre un grupo de hombres trajeados que charlaban cerca de la entrada VIP, estaba él.
Eros. No, mentira. Manolo.
Llevaba un traje oscuro que le sentaba descaradamente bien, la camisa blanca ligeramente abierta en el cuello y su maldito pelo negro peinado hacia atrás con el volumen perfecto.
Estaba de perfil, sosteniendo su copa con elegancia, con su mandíbula que me invitaba para morderla y la barba de tres días dejada a propósito para no dejara de mirarlo.
Se le veía completamente en su salsa, imponente, peligroso y asquerosamente atractivo. Él no me había visto.
No pude evitar sentir una sacudida brutal en el estómago. Fue una colisión entre un tirón físico que me aceleró el pulso de forma absurda... y una ola de rabia monumental que me impulsaba a ir por detrás y echarle el Cosmopolitan encima de ese peinado.
¿Qué demonios hacía él allí? Y, sobre todo, lo que más rabia me daba… ¿por qué mi cuerpo reaccionaba al ver a Manolo como si estuviera viendo al hombre de mis sueños cuando lo único que quería era tirarle el cóctel a la cara?