Rítmica, Póker y Pizza en San Remo Capítulo 7
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Capítulo 7

Eros

En cuanto el taxi con Martina y Candela desapareció en la penumbra de la carretera, Lorenzo y yo cruzamos una mirada rápida.

No hizo falta decir una sola palabra. Nos colocamos los pinganillos diminutos de transmisión directa que habíamos guardado en el bolsillo, en el oído interno y nos adentramos de nuevo en el club a paso firme.

La voz del inspector De Santis resonó en la frecuencia:

— Eros, hemos accedido a las cámaras de seguridad del local. Hay movimiento inusual en la planta alta, tres matones de Bellini acaban de subir al reservado en la planta de arriba. Tened mucho cuidado.

—Recibido. Vamos a intervenir —murmuré, ajustándome la chaqueta.

Caminamos por el interior sin levantar ninguna sospecha.

Subimos la escalinata de mármol negro que conducía a las salas privadas.

El ambiente abajo seguía lleno de música y luces por todos lados, pero arriba la atmósfera era oscura y tensa.

En la puerta de la sala, dos tipos con pinta de matones y trajes oscuros nos cortaron el paso extendiendo el brazo.

—Zona privada —gruñó uno de ellos en italiano, mirándonos con desprecio.

Lorenzo dio un paso al frente, cambiando su expresión a una de pánico perfectamente calculada, sudando urgencia por cada poro.

—¡Escucha, amigo, necesito hablar con el español que está ahí dentro ya!

—exclamó con la voz levemente acelerada—.

Sabemos que está ahí. Somos amigos de su hermana.

Ha habido un accidente fortuito abajo del todo, en el camino de entrada.

Su hermana está bien pero está involucrada, hay dos patrullas de la policía y una ambulancia cortando la calle y están identificando a todo el mundo.

Nos ha pedido que avisemos a su hermano inmediatamente antes de que la cosa se complique.

Mencionar la presencia de ambulancias y patrullas locales fue mano de santo. Los dos matones se miraron de reojo, con la duda. A la familia Bellini lo que menos le interesaba esa noche era tener uniformados curioseando en el callejón por culpa de un accidente de tráfico.

El matón abrió la puerta de madera noble un par de centímetros, escaneó el interior y nos hizo una señal seca para que pasáramos.

Dentro, la escena confirmaba nuestros peores temores.

Martín estaba sentado al fondo de una mesa de fieltro verde, solo, flanqueado por cuatro hombres en silencio.

Sobre la mesa apenas quedaba un puñado escaso de billetes.

Martín estaba descompuesto, con una mancha de sudor en el cuello de la camisa y la vista fija en las cartas.

Por cómo sabíamos que actuaban, seguramente Martín les habría limpiado la mesa a base de bien, pero los Bellini no dejaban salir a nadie con semejante suma sin cobrar su correspondiente peaje.

—¿Martín? —dije en voz alta, irrumpiendo en la sala imponiendo el tono—. Soy amigo de Martina. Tu hermana está abajo con la policía por un percance con el coche. Necesita que bajes ahora mismo.

El nombre de Martina actuó como un resorte en él. Martín levantó la cabeza, con los ojos desorbitados por el miedo, comprendiendo al instante que el mensaje de auxilio que le había mandado a su hermana a espaldas de la mesa habría surtido efecto, aunque jamás esperó encontrarnos a nosotros.

Los hombres de la mesa se pusieron rígidos, pero la mención de la policía a las puertas del local los maniató. No podían retenerlo por la fuerza sin arriesgarse a que la patrulla de abajo subiera a buscar al hermano de la accidentada.

—Recoge lo tuyo, Martín. Nos vamos —sentenció Lorenzo con autoridad, cruzándose de brazos junto a la puerta.

Sentado a la mesa, el más corpulento de los Bellini, un tipo con el pelo rapado y una mirada de reptil que no pestañeaba, se levantó y lentamente se acercó a nosotros.

Evaluó a Lorenzo y a mí durante un segundo eterno, midiendo nuestras intenciones.

Entendió que un lío en la calle era lo último que necesitaban esa noche.

Con un gesto seco de la cabeza, le dio la señal al encargado para que no interviniera.

Dándole libertad a Martín, que no lo dudó un segundo.

Recogió a toda prisa lo poco que le habían dejado llevarse en mano y echó a andar hacia nosotros.

Pero justo cuando pasaba al lado del rapado, este le puso una mano pesada como el plomo sobre el hombro, se inclinó hacia su oído y le murmuró en un italiano helado.

—Mañana tendrás noticias nuestras. Que no se te olvide lo que hemos hablado.

Martín tragó saliva, pálido y nos siguió a toda prisa hacia la salida trasera de emergencia, bajo la mirada gélida de los tipos que rondaban por allí.

Salimos al callejón lateral de La Gabbia , donde el aire fresco de la noche nos devolvió la realidad.

Caminamos un poco buscando alejarnos un poco del acceso.

Martín se apoyó contra la pared de piedra, hiperventilando y pasándose las manos por la cara.

—Dios mío... Joder. ¡Qué desastre! —balbuceó en español—. ¿Quiénes coño sois vosotros? ¿Dónde están Martina y Candela?

—Tranquilízate, Martín —dije, dando un paso hacia él, comprobando que nadie andaba cerca, y asegurándome de que no había cámaras de seguridad en la zona, le mostré mi placa de policía en la palma de la mano—.

Somos agentes de la Policía de Estado. Tu hermana y Candela están perfectamente.

Somos los dos italianos que conocieron este mediodía.

Las hemos metido en un taxi seguro y a estas horas ya deben de estar llegando al hotel.

Martín se quedó mirando la placa dorada con la boca abierta, intentando procesar el choque de información.

—¿Policía? —susurró—. ¿Estabais con ellas?

—Estábamos haciendo nuestro trabajo —intervino Lorenzo con tono serio—. Y ahora te toca a ti contarnos qué demonios ha pasado ahí arriba.

Martín tragó saliva, mirando hacia ambos lados del callejón desierto.

—He... he ganado demasiado —confesó, con la voz temblorosa—.

Se me da bien el póker, es mi profesión.

Empecé a jugar y la racha fue increíble.

Pero de pronto el ambiente cambió. Me quitaron casi todo lo ganado sobre la mesa y me arrinconaron.

Me amenazaron abiertamente con que, si quería salir de allí de una pieza, mañana tenía que jugar el torneo oficial en el Casino de San Remo actuando como pantalla para ellos, o irían a por mí.

En un descuido, cuando he empezado a ver que la cosa se salía de madre, pude mandar el mensaje a Martina para que salieran pitando del club antes de que se fijaran en ellas.

—Hiciste bien en avisar a tu hermana —asentí, mirándolo fijamente—.

Pero tienes que saber con quién te has metido, Martín.

Toda esa gente trabaja para la familia Bellini, una organización criminal peligrosa que, entre otras cosas, utiliza partidas y torneos para extorsionar a los jugadores y blanquear dinero.

A Martín se le fue el poco color que le quedaba en las mejillas.

—¿Y ahora qué hago? —preguntó, aterrado—. Tienen mis datos. Si no cumplo mañana en el Casino, nos van a buscar a todos.

Lorenzo y yo nos miramos. Era el momento exacto.

—Te ofrecemos un trato, Martín —le dije con voz firme—. Te garantizamos protección policial absoluta a ti y a tu familia. Nos aseguraremos de que ni los Bellini ni nadie os toquen un pelo. A cambio, necesitamos que colabores con nosotros.

—¿Colaborar? ¿Yo? ¿Queréis que haga de cebo? —preguntó, con el pánico reflejado en el rostro.

—Queremos que juegues el torneo de mañana tal como te han exigido —explicó Lorenzo—. Si estás dentro y nos mantienes informados de cada contacto que hagan contigo, los pillaremos en pleno delito de blanqueo y te garantizamos que saldrás de Italia completamente a salvo y con total tranquilidad.

Martín guardó silencio durante unos segundos eternos. Se pasó la mano por la nuca, sopesando la situación, hasta que levantó la mirada con una determinación firme.

—Acepto —dijo—. Pero con una condición irrenunciable, tenéis que proteger a mi hermana y a Candela. No quiero que les pase absolutamente nada. Ellas no tienen nada que ver con esto.

—Tienes nuestra palabra —afirmé.

Concretamos los detalles rápidamente, nos veríamos al día siguiente cerca del Casino de San Remo antes de la partida oficial para explicarle el plan de actuación y equiparlo con la tecnología de escucha.

Cuando Martín estaba a punto de subirse a un taxi para regresar al hotel, me acerqué a él y le puse una mano en el hombro.

—Martín... un último favor.

—Dime.

—Tu hermana y Candela ya saben que somos agentes.

Hubiera preferido que se hubiera enterado de otra manera.

Te pido que no le digas absolutamente nada de que nos vamos a ver mañana en el casino ni de que estás colaborando con la policía.

Cuanto menos sepan ellas de la operación, más seguras estarán.

Respecto al mensaje que le has enviado para que se marcharan, diles lo que consideres.

Martín asintió de inmediato, convencido por la lógica de seguridad.

—Descuida. No diré nada. Prefiero que esté tranquila y no se meta en líos.

—Tú mismo. Gracias —dije, despidiéndolo con un gesto.

Martín se subió al taxi y el vehículo se perdió en la noche.

Me quedé de pie en la acera junto a Lorenzo.

Sabía que al día siguiente, cuando la operación en el casino se pusiera en marcha, era muy probable que el destino volviera a cruzar mi camino con el de Martina.

Tenía ganas de volver a verla... pero también sentía una inquietud tremenda.

Porque sabía que, después de lo que había pasado en el reservado, no iba a tener compasión conmigo cuando me tuviera delante.