Rítmica, Póker y Pizza en San Remo Capítulo 6
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Capítulo 6

Martina

Y mira que pensaba que podía haber sido una de las noches de mi vida. Y sin embargo, esa noche que prometía se acabó convirtiendo en algo parecido a un capítulo de CSI: Liguria.

En cuanto le enseñé el mensaje de Martín a Eros, el «italiano seductor» se evaporó como por arte de magia. Su postura cambió en un instante, se puso en pie, con la espalda rígida, los ojos se le volvieron de hielo y algo implacable inundó cada uno de sus movimientos.

Me quitó el teléfono de las manos casi de un tirón, leyó el texto y, sin decir una sola palabra, miró hacia la pista de baile.

Le hizo un gesto imperceptible a Lorenzo con la cabeza.

Un solo movimiento, absurdo. Fue tan rápido y preciso que Lorenzo, que en ese momento estaba bailando pegado a Candela, cortó el tonteo en seco, le agarró el brazo a mi amiga y la arrastró hacia el reservado con la agilidad de un leopardo.

—¿Pero qué pasa? —protestó Candela, con el pelo totalmente alborotado y los tacones en la mano—. ¡Que estaba sonando un temazo!

—Nos vamos. Ahora mismo —decretó Eros.

Yo seguía como una tonta perdida ante la situación, sin saber qué decir.

Su voz ya no tenía ese tono grave y meloso con el que me había estado mareando todo el día.

Era una voz de mando, y la soltaba con naturalidad, como si ese fuera su estado habitual.

Me agarró del brazo sin apretarme pero firmemente y empezó a guiarnos hacia la salida a paso ligero, esquivando a la multitud, mientras Lorenzo cerraba la fila.

—¡Oye! ¡Suéltame! —protesté, intentando zafarme mientras mis tacones amenazaban con doblarse sobre el suelo del club—. ¡Que no me muevas así! ¿De qué vas? ¿Quién te crees que eres?

Llegamos a la puerta del local. El frescor de la noche nos recibió mientras los porteros nos miraban al pasa. Eros les dedicó una mirada tan gélida que ni se molestaron en pedir explicaciones.

Prácticamente nos arrastraron hasta una zona apartada donde había un par de taxis esperando, llegamos hasta el primero, abrió la puerta trasera y nos empujó prácticamente hacia el interior a las dos.

—¡Que me dejes en paz! —le grité ya seriamente, plantándome en la puerta antes de meter las piernas dentro del coche—.

¡Se puede saber qué clase de loco psicópata estás hecho!

Nos sacas a rastras, me manejas como si fuera una muñeca de trapo y…

ENCIMA NO ME BESAS, me haces una cobra monumental. ¡VETE A LA MIERDA, EROS!

Eros se detuvo. Apoyó la mano en el marco del taxi y se inclinó hacia mí. Quedó tan cerca que por un segundo loco pensé que iba a perder la cordura y a besarme, y lo peor de todo… es que me apetecía mucho. Pero sus ojos estaban completamente enfocados en nuestra seguridad.

—Escúchame muy bien, Martina. No debería hacerlo, pero lo voy a decir solo una vez —dijo en un susurro bajo, firme y milimétricamente vocalizado—.

Lorenzo y yo somos agentes de la Policía de Estado.

Agentes encubiertos. Tu hermano está en medio en una investigación peligrosa y este sitio ya no es seguro para vosotras esta noche.

Me quedé congelada. La boca se me quedó a medio abrir. El cerebro me dio un chispazo tan grande que creí escuchar un ruido imaginario entre mis dos orejas.

—¿Que... qué? —balbuceé.

—Llévelas al Grand Hotel —le ordenó Eros al taxista en italiano, metiéndole un billete por la ventanilla.

Luego volvió a mirarme. Su expresión se suavizó muy poco, dejando entrever una chispa de frustración real—.

Tu hermano va a estar bien. Nos encargamos nosotros.

Ha sido un verdadero placer conocerte, Martina...

de verdad. Si no volvemos a vernos, cuídate mucho.

—Nos vemos pronto, bella —añadió Lorenzo, asomándose por encima del hombro de Eros y  despidiéndose con un gesto con la mano y guiñándole un ojo a Candela con una sonrisa de infarto.

Antes de que pudiera articular una sola palabra coherente, Eros cerró la puerta del taxi de un fuerte golpe seco. El conductor aceleró, dejándolos a los dos allí de pie, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en la oscuridad mientras volvían a adentrarse en el club.

El silencio dentro del taxi duró exactamente tres segundos.

—¡MADRE MÍA DE MI VIDA Y DE MI CORAZÓN! —estalló Candela, gritando y pegando un salto en el asiento que casi hace que el taxista se empotrara contra una farola—. ¡Martina! ¡Dime que esto está pasando! ¡Son maderos! ¡POLICÍAS ITALIANOS! ¡JODER! ¡Qué fuerte!

Yo no respondí. Seguía girada, mirando fijamente la luna trasera del taxi, viendo cómo las antorchas de La Gabbia se hacían pequeñas en la distancia.

Mi pulso iba a dos mil revoluciones por minuto, pero no por el pánico de la situación, porque ni siquiera era todavía consciente de lo que acababa de pasar…

sino por la rabieta colosal que empezaba a cocerse en las profundidades de mi estómago.

—¡Es que esto es de película! —continuó Candela, agitándome del hombro con los ojos desorbitados por la euforia—.

¡Nos hemos liado... bueno, nos hemos juntado con dos agentes secretos italianos!

¡Lorenzo es policía! ¡Con razón tenía esa espalda!

¡A mí ese hombre me arresta cuando quiera, te lo juro por mi madre!

¡Si ya me gustaba antes, ahora con placa me gusta el triple!

—¡Candela, CÁLLATE! —estallé por fin, girándome hacia ella con la cara ardiendo, después de haber hecho un micro análisis y haber llegado a una conclusión lo suficientemente clara—. ¿Pero tú te estás escuchando? ¡NOS HAN TOMADO EL PELO! ¡QUE TODO HA SIDO UNA MENTIRA!

—¿Qué mentira? ¡Si nos han salvado la vida!

—Pero ¿Qué dices? ¡Que no nos han salvado nada, Cande!

¡Que nos han utilizado! —grité, gesticulando de forma descontrolada—.

¡La comida en el restaurante y los piropos!

¡Las preguntitas de «ay, ¿vuestro hermano juega al póker?

»! ¡Se han arrimado a nosotras porque éramos sus pases de mierda para entrar al club!

¡No les gustamos! ¡No quería ligar conmigo!

Ni probablemente contigo. Menudos capullos.

—A ver, Martina, tampoco te pongas así... Lorenzo me estaba tirando los trastos de verdad, a mí no me engaña un policía por muy entrenado y entregado que esté a la causa… Te lo digo yo.

—¡Que me ha hecho una cobra, Candela! —la interrumpí a pleno pulmón, ahogándome con mi propia indignación—.

¡Que me he lanzado como una patética desesperada!

Me he puesto en plan 'femme fatale' de Hacendado, le he dicho que me besara ¡y el tío se ha echado para atrás como si le fuera a dar la lepra!

¡Me he arrastrado delante de un madero que estaba trabajando!

Dios mío de mi vida…  ¡En este momento tengo la dignidad por los suelos! Maldito imbécil.

Me tapé la cara con las dos manos, soltando un gemido de pura vergüenza.

Candela, por el contrario no paraba de murmurar bajito lo maravilloso que había sido todo.

Yo, por mi cuenta, rebobiné la película en mi cabeza, cada mirada de Eros, cada sonrisa que me había dedicado, el tonteo...

Todo. Todo era un guión calculado por ellos para sacarme información sobre mi hermano y acercarse a quienes fueran que estaban jugando con mi hermano.

—Y encima... —añadí, destapándome los ojos y echando fuego por la boca, subiendo el tono de voz—, ¡seguro que ni se llama Eros! ¡Eros! ¡CÓMO COÑO VA A LLAMARSE EROS! ¡Seguro que se llama Maurizio, o Pascual, o MANOLO! ¡El Dios del amor de los cojones!

—Bueno, pues si se llama Maurizio también le sienta fenomenal —suspiró Candela, recostándose en el asiento con una sonrisa soñadora—. Yo solo te digo que si me cruzo a Lorenzo otra vez lo tengo claro, le pido que saque las esposas.

—¡Pues yo como me vuelva a cruzar con el italiano de los cojones, le meto el coche rosa por el culo! —sentencié, apretando los puños—. ¡Le lanzo las diez plagas de Egipto! ¡Ojalá no lo vuelva a ver en mi vida! ¡Ojalá se le queme la mozzarella de su pizzería falsa!

El taxista nos miraba como si estuviéramos locas a través del retrovisor, durante un momento en el que levanté la voz me pareció ver algo de miedo en sus ojos.

Saqué el teléfono del bolso con los dedos temblando de rabia y adrenalina.

Tenía que saber de Martín. Con toda la rabia no había pensado en él, el pobre.

Lo llamé directamente, dos veces. No me respondió.

Tecleé a toda prisa con la pantalla echando chispas.

«Martín, hemos salido del club. Estamos en un taxi de camino al hotel. Por el amor de Dios, dime que estás bien. Contesta AHORA MISMO o llamo a la embajada. Me estoy asustando.»

Guardé el teléfono apretándo mi bolso contra el pecho.

El taxi devoraba la carretera hacia San Remo mientras Candela seguía suspirando por su policía rubio y yo echaba humo por las orejas, rezando para que mi hermano estuviera sano y salvo...

y jurando que jamás, jamás en la vida, le volvería a sonreír a un italiano con un hoyuelo.