Capítulo 5
Eros
Algo que me costaba bastante de trabajar como agente encubierto en la Policía de Estado no era solamente la violencia que solías presenciar, las noches sin dormir o el peligro de que un matón te descubriera una pistola bajo la chaqueta. Otro problema para mí, en muchos casos, era la carga moral.
Lorenzo y yo llevábamos dos años haciendo equipo en la unidad de investigación criminal de la Liguria. Lorenzo era el descarado, el tipo capaz de venderle un congelador a un esquimal y yo era el cerebral, el que mantenía la cabeza fría cuando el agua nos llegaba al cuello.
Llevábamos semanas tras la pista de la familia Bellini, una red del crimen organizado local que llevaba años utilizando, entre otros, el casino y, en concreto, el circuito de póker de la Riviera para blanquear dinero procedente de sus actos criminales como la extorsión y el tráfico de drogas.
Sabíamos que engañaban a jugadores extranjeros que acudían a la ciudad con timbas privadas, para acabar extorsionándolos y utilizarlos como pantalla para blanquear sumas desorbitadas en el torneo.
Sabíamos que la noche anterior ya se había organizado una timba en La Gabbia y uno de nuestros topos en la organización escuchó el soplo clave que podía interesarnos: el español, Martín Navarro, había pedido incluir a dos conocidas en la lista de invitados VIP para la fiesta del día siguiente, cuando celebrarían la segunda timba y ahí es cuando se esperaba que acorralaran al jugador.
Habían apuntado a dos chicas, al parecer jóvenes.
Cuando el inspector De Santis se reunió con nosotros por la mañana, la orden fue cristalina:
«Navarro no es un criminal, es un cebo. Pero sus invitadas son el billete de entrada más limpio que vais a tener jamás para colaros en el reservado de los Bellini sin activar sus alarmas. Sed encantadores, pegaos a ellas primero para conseguir entrar» .
Cuando la misión requería infiltración sutil con mujeres, no sabía si por suerte o por desgracia, el inspector siempre tiraba de nosotros dos.
Según él usar nuestras características físicas era una herramienta de trabajo más.
No me gustaba utilizar a gente inocente para nuestras operaciones, pero el fin justificaba los medios si servía para cazar a gentuza como los Bellini.
Habíamos hecho guardia a las afueras del hotel en el que se hospedaban desde que se nos confirmó que habían hecho el check-in . Cuando nuestro compañero del vehículo de vigilancia nos avisó de que las chicas salían del hotel, las seguimos a pie manteniendo la distancia.
—Madre mía, Eros —murmuró Lorenzo a mi lado, ajustándose las gafas de sol mientras las veíamos caminar por la callejuela—.
Dije que el trabajo de hoy sería fácil, pero no sabía que nos iba a tocar la lotería.
La pelirroja es un espectáculo y la morena...
algo me dice que la morena te va a costar el profesionalismo, socio.
—Concéntrate, Lorenzo —le advertí, aunque no pude evitar escanear a la chica morena.
Nos habían confirmado que una de ellas era la hermana, suponía que era ella por el parecido con el jugador de póker.
Llevaba un vestido blanco sencillo pero que le sentaba increíble, una corta melena oscura suelta y caminaba con una elegancia erguida que llamaba la atención sin querer.
Era guapísima—. Solo tenemos que entablar contacto de alguna manera, ya sabes cómo va, y conseguir que nos lleven como acompañantes a la fiesta. Nada más.
—Vale, perfecto, profesionalidad ante todo —asintió Lorenzo, aunque ya estaba colocándose el cuello de la camisa—. Por cierto, ¿qué nombres vamos a usar hoy? ¿Seguimos siendo Matteo y Luca?
—Obviamente —respondí sin dudar—. Somos dos policías haciendo un operativo encubierto, Lorenzo.
No vamos a dar nuestra partida de nacimiento a dos desconocidas vinculadas a una operación.
Nos presentamos como Matteo y Luca, nos ganamos su confianza, entramos al club, intentamos sacar la máxima información, y nos esfumamos. Sin rastro.
Lorenzo me miró de lado, torciendo el labio con un gesto de desaprobación.
—Me aburren un poco ya Matteo y Luca, Eros.
Son los alias más aburridos de la historia de la policía.
Podíamos improvisar y arriesgarnos un poco esta vez con ellas.
Míralas… son dos tías espectaculares en la Riviera.
¿Vas a perder la oportunidad de que esa morena sepa cómo te llamas de verdad, con el increíble nombre que tienes, por un exceso de burocracia?
Ni que fueran sicarias de la mafia, lo estás viendo con tus propios ojos, son dos turistas perdidas.
Después, cuando todo pase… podríamos incluso quedar para tomar algo con ellas… ya sabes…
—Lorenzo —dije frenándome en seco y mirándole sorprendido por lo que acababa de decir—. Para ya. El protocolo es el protocolo. Matteo y Luca. Punto.
Por suerte dejó el tema. Caminamos tras ellas a distancia prudencial.
Siempre atentos a sus movimientos, para aprovechar cualquier cosa que nos sirviera para establecer el contacto inicial.
Por cómo se estaban comportando, todo indicaba que iban buscando algún sitio para comer.
Entonces el destino fue benévolo y nos lo puso en bandeja de plata cuando las vimos encararse descaradamente a por la última mesa libre en la terraza de un bonito restaurante.
Actuamos rápido. Interceptarlas fue cuestión de segundos y nos lanzamos al abordaje.
Todo parecía ir sobre ruedas, habíamos llegado a la mesa, y habíamos empezado a hablar con ellas, el plan estaba saliendo a la perfección... hasta que llegó la presentación y, sin yo esperarlo, lo soltó.
—¡Soy Lorenzo! —dijo sin pudor, lanzándole a la pelirroja una sonrisa arrebatadora que casi encandila a ella y a todas las mujeres del restaurante—. Un placer. Y este terco de aquí es Eros.
Me quedé petrificado. Le clave a Lorenzo una mirada que, de haber sido de fuego, lo habría reducido a cenizas ahí mismo.
El muy idiota acababa de tirar por tierra la cobertura de nombres en un segundo solo para hacerse el interesante y pensar que más adelante podría ligársela.
Tuve que tragarme el cabreo con patatas, forzar mi mejor sonrisa diplomática y asumir que, por culpa del bocazas de mi compañero, ellas ahora sabían exactamente cómo nos llamábamos.
Supe que Lorenzo se llevaría la bronca de De Santis por la tontería.
Lo que no esperaba era que el plan fuera a resultar tan...
endiabladamente agradable. La morena, que se llamaba Martina, no era la típica turista ingenua o estirada.
Se veía una mujer con carácter, con un humor afilado y, además, una sonrisa capaz de desconcentrarme.
Cuando me contó que había sido gimnasta rítmica, todo cobró sentido, esa postura que llevaba, su forma de moverse.
Nos pasamos la comida haciéndoles preguntas para filtrar si sabían algo de los negocios del hermano, pero quedó claro a los cinco minutos que no tenían ni la menor idea de dónde se estaba metiendo Martín. Eran absolutamente inocentes.
En cuanto logramos que nos invitaran a acompañarlas a La Gabbia , lo cual fue fácil porque no hizo falta que lo insinuáramos nosotros, nos despedimos. Y, antes de cambiarnos para la noche, fuimos a reportar a De Santis.
—Tenemos acceso a la sala —le informé por radio mientras Lorenzo sonreía victorioso—. Estaremos dentro a medianoche. Nos llevaremos micros ocultos.
Llegada la noche, cuando vi a Martina bajarse del taxi en el punto de encuentro, sentí un nerviosismo que no debí sentir y que hacía mucho tiempo que no sentía.
Iba vestida de rojo. Un rojo pasión, ajustado, con la espalda al aire y una abertura en la pierna que no podía dejar de mirar. Estaba impresionante.
En el taxi hacia el club, la falta de espacio nos obligó a pegarnos.
Sentir su muslo contra el mío y el aroma de su perfume rozándome el cuello, hizo que tuviera que apretar los puños para recordar que estaba de servicio.
Cuando la curva la empujaba contra mí y apoyó la mano en mi muslo, mi cuerpo reaccionó con una tensión instintiva.
«Estás trabajando» , me repetí como un mantra mental.
Logramos pasar el control de la entrada.
El ambiente en La Gabbia me resultó opresivo.
Mientras Lorenzo se llevaba a Candela a la pista para darme cobertura, yo me quedé en el reservado con Martina.
Bajo mi camiseta negra llevaba pegado al tórax un micrófono de alta frecuencia que transmitía directamente a la furgoneta de la policía aparcada a tres manzanas.
Mis compañeros y el inspector De Santis lo estaban escuchando todo en tiempo real.
Así podríamos documentar cualquier prueba si, con la ayuda de Martina buscando a su hermano, lográbamos acceder a la sala privada de póker de los Bellini, en la planta superior.
Empecé a tirarle de la lengua para sacarle información sobre las partidas de su hermano, pero el champagne que había bebido Martina empezó a cambiar las reglas del juego.
De pronto, la chica modosita y cauta desapareció.
Martina se giró en el sofá, me puso la mano en la rodilla con un descaro adorable y me miró fijo a los labios.
—¿Sabes qué, Eros? Llevas todo el día mirándome, tirándome indirectas y haciéndote el interesante. Y yo… ya he decidido que no voy a perder el tiempo.
Me quedé inmóvil. La verdad me hizo gracia. No esperaba ese cambio de registro en ella, solo pude soltar una risa baja, sacudiendo la cabeza.
—Martina… —empecé a intentar calmar un poco la tensión que estaba empezando a desbordarse.
—Shhh. Calla —me interrumpió con un tono de voz absolutamente sensual, pasándome la mano por el cuello totalmente lanzada—. Eres un Dios del amor muy hablador. ¿Por qué no te dejas de rodeos… y me besas de una vez?
Se me paró el corazón. Literalmente. Se inclinó hacia mí, con los ojos entrecerrados y esa espontaneidad nueva en ella, dispuesta a plantarme un beso.
Tenía su boca a un milímetro de la mía, olía a champagne y a fresas, y durante un segundo el deseo de agarrarla por la nuca y besarla hasta dejarla sin aliento me golpeó con la fuerza de un tren.
Joder. Me apetecía. Me apetecía muchísimo.
Pero la realidad me devolvió a la tierra con una bofetada helada, llevaba un micro en el pecho.
Había cuatro policías escuchando la frecuencia.
Estaba usando mi placa para infiltrarme en una red mafiosa y ella era la hermana inocente del cebo.
Si la besaba allí, en esa situación, no solo estaba cruzando la línea roja de la ética profesional, sino que la estaba exponiendo y utilizando de la forma más sucia posible.
Con el corazón martilleándome fuerte y con una frustración que me abrasaba las entrañas, sujeté suavemente sus hombros y reculé. Evité su boca apartándome lo justo, sintiendo cómo se me rompía algo por dentro al ver su absoluta cara de desconcierto.
—Martina... estás un poco achispada —improvisé, intentando sonar sereno aunque por dentro me estuviera maldiciendo en tres idiomas—. Y este no es el momento.
La reacción de Martina fue instantánea, vi claramente el orgullo herido de una mujer que se acaba de lanzar al vacío. Y me sentí mal, francamente mal. Se incorporó de golpe, roja de rabia y vergüenza, mirándome como si fuera el ser más despreciable de la Liguria.
Había tonteado con ella porque era parte del plan, pero lo verdaderamente peligroso era que me había encantado hacerlo.
Me parecía una mujer fascinante y hermosa.
Al principio me dejé llevar porque la noté prudente, algo contenida y asumí que no entraría al trapo tan rápido.
Mi estrategia solía ser sencilla, acercarme para ganarme la confianza ajustando el ritmo según la otra persona.
Si era muy lanzada, me frenaba un poco, si la veía tímida, avanzaba.
Se trataba de buscar el equilibrio justo para cumplir el objetivo sin cruzar ninguna línea.
Por eso su reacción me rompió los esquemas. Jamás pensé que tomara la iniciativa de esa forma, e intentara seducirme… ni mucho menos besarme.
—¿Me estás haciendo una cobra ? ¡Pero si llevas todo el día seduciéndome! ¡Si has sido tú el que no ha parado de tirarme los trastos desde que estábamos en el restaurante!
—No es eso, te lo aseguro —dije, y la frustración en mi voz era cien por cien real.
Deseaba explicárselo, decirle que tenía razón, que sí me moría por besarla, pero no podía, que había gente que estaba escuchándola en ese momento—.
Es solo que… prefiero que hagamos esto bien. Con la cabeza despejada.
—¡Ja! ¡Venga ya! —exclamó enfadada.
Estaba a punto de intentar suavizar el desastre de alguna manera cuando el teléfono de Martina, sobre la mesa del reservado, empezó a vibrar.
Ella lo cogió, todavía echándome chispas por los ojos, y miró la pantalla.
Vi cómo el color se le escapaba del rostro en cuestión de dos segundos.
El alcohol pareció borrarse de sus ojos de un plumazo.
La forma en la que miraba el teléfono me dio a entender de que algo no iba bien.
—¿Martina? ¿Qué pasa? —pregunté, cambiando instantáneamente mi chip al de agente en alerta.
Ella levantó la cabeza, mirándome con una mezcla de pánico y confusión absoluta, y me enseñó la pantalla del móvil.
« «Martina, marcharos de aquí cagando leches. PERO YA MISMO. Podéis estar en peligro.»