Capítulo 4
Martina
Durante casi dos horas en la suite nos dedicamos a prepararnos para la fiesta. Pusimos la música a todo volumen y llenamos la encimera del lavabo de decenas de potingues para la cara y el pelo y otra gran tanda de toda clase de artículos de maquillaje.
Desde la playa le había mandado un mensaje a Martín avisándole de que llevaríamos a dos italianos como acompañantes.
Aparecía como leído, pero no había respondido.
Me daba un pánico terrible que llegáramos a la puerta y no pudieran entrar por no haberlos podido incluir en la dichosa lista, pero la filosofía de Candela era contagiosa: «Si no nos dejan entrar, ya nos inventaremos algo. Tú fluye, Martina… fluye» .
—Mira, te lo digo totalmente en serio —sentenció Candela desde el baño, saliendo envuelta en un albornoz blanco mientras se aplicaba polvos translúcidos con una brocha gigante en la cara como si no hubiera un mañana—.
El de la cera de pelo para mí ha pasado a la historia.
Le acabo de mandar un mensaje diciéndole que estoy disfrutando muchísimo de mi soltería internacional.
Él quería algo "sin etiquetas", ¿no? Pues le voy a dar una etiqueta del tamaño de la sábana de esa cama king size.
—Eres increíble, Cande.
—Soy una mujer práctica —corrigió, mirándose al espejo del tocador mientras empezaba a enfundarse en su vestido negro—.
Y tú no te me hagas la despistada. He visto cómo mirabas a Eros.
El Dios del amor te ha hecho un zasca en toda la boca y estás salivando desde la comida.
A mí no me le pegas, querida. Y Lorenzo…
a mí me parece un pivón impresionante —siguió con su palique mientras se acomodaba las tetas en el escote infinito—.
Y te juro que si esta noche la cosa se me pone a tiro con él, no lo voy a dudar ni un segundo.
Tú deberías hacer lo mismo con el moreno, cielo.
Son unos días en la Riviera, Martina. ¡Déjate llevar, por Dios!
Después volveremos a casa, a nuestra aburrida rutina.
Permite que ese Eros dibuje con su lengua sobre tu cuerpo.
Me quedé mirando mi reflejo. De alguna manera, no le faltaba razón.
Repasé mentalmente la comida, la sonrisa del tal Eros, esa mirada enigmática y atractiva que parecía leerme el pensamiento y lo ridículamente bien que le sentaba la camisa que llevaba, o seguramente cualquier ropa que decidiera ponerse.
Era tan magnético. Y no había parado de arrimarse a mí, de sonreírme…
era obvio que intentaba tontear conmigo.
Y yo llevaba meses sin estar con un hombre.
Así que, decidí mandar mis dudas neuróticas al garete, Candela tenía razón, estaba de vacaciones en Italia y pensaba pasármelo bien.
Nos pusimos imparables. Candela eligió un vestido ajustado de color negro impresionante que remarcaba sus curvas y cuerpo atlético y con un escote que ella ya se había encargado de triplicar con el manoseo frente al espejo.
Se había soltado su impresionante melena rojiza que le caía en ondas perfectas sobre sus hombros.Yo me enfundé un vestido rojo de tirantes finos, ajustado a la cintura y con una abertura estratégica en la pierna, y con el pelo poco más pude hacer que planchar mi corta melena negra que me había cortado al estilo bob hacía poco.
—Dios mío, Martina… —dijo Candela mirándonos a las dos frente al espejo de la suite— somos las putas amas. Parece que nos hayan sacado de una peli de James Bond.
Reímos las dos e hicimos una foto a nuestro reflejo en el espejo para inmortalizar el momento.
Antes de irnos, pasamos para cenar algo rápido en el restaurante del hotel para hacer estómago y prepararlo para el alcohol que vendría después y, para empezar finas, nos pedimos la primera botella de vino de la noche.
Entre risas, y el alcohol que empezaba a aflojarnos la lengua, Candela cogió su teléfono y le tecleó a Lorenzo.
« Espero que estéis listos, italianos. Salimos para allá en nada. En una hora nos vemos. Más os vale estar a la altura de nuestro despliegue.»
No pasaron ni dos minutos cuando el teléfono de Candela sonó con la respuesta de Lorenzo.
« Llevo diez minutos delante del espejo decidiendo cuántos botones de la camisa dejarme abiertos para no avergonzaros. Estamos listos, 'signorina'. Y con el listón muy alto.»
Candela soltó una carcajada y me enseñó la pantalla, encantada de la vida.
Salimos del hotel más que contentas, riendo y taconeando sobre el mármol del vestíbulo.
Durante tres segundos sopesamos la idea de coger nuestro flamante Fiat 500 de chicle, pero decidimos ser prudentes, íbamos a beber, así que el coche de Barbie se quedaba a salvo en el parking. Pedimos un taxi.
Llegamos al punto de encuentro y allí estaban ellos, esperando junto a la acera.
Si a mediodía estaban guapos, lo de esa noche podría haber sido ilegal.
Eros llevaba una chaqueta de vestir sobre una camiseta negra impecable que marcaba sus hombros, y Lorenzo vestía una camisa azul marino levemente desabrochada.
—¡Joder Martina!—exclamó Candela antes de bajar del taxi mientras yo pagaba—. No me puedo creer lo buenos que están. Esto ha sido llegar a Italia y besar el santo. Si parece que los hayamos elegido a dedo del desfile de Dolce & Gabanna.
Bajamos haciendo gala de nuestros vestidos, con la seguridad disparada por las nubes.
— Buona sera, belle —saludó Eros, clavando sus ojos en mi vestido rojo de abajo arriba, y de forma tan descarada, que casi me hizo tropezar con mis propios tacones.
—Vosotros estáis... aceptables —bromeé, lanzándole una sonrisa.
—Vosotras estáis… peligrosas —corrigió él con una voz grave que, para variar, me erizó la piel.
Charlamos durante unos minutos y les enseñamos la dirección que me había pasado mi hermano.
Era de un local llamado La Gabbia. Ambos lo conocían, nos indicaron que quedaba algo lejos para ir andando, porque quedaba a las afueras de la ciudad, así que, decidimos compartir un segundo taxi los cuatro para llegar hasta allí.
Lorenzo se sentó de copiloto y yo detrás entre Candela y Eros que cerró la puerta.
El espacio resultó ridículamente estrecho, mi muslo derecho quedó completamente pegado al muslo de Eros y con cada curva del camino no podía hacer otra cosa que sentir el roce con él.
El taxista conducía dando volantazos y la inercia me empujaba constantemente contra él.
Tanto que en un gesto de apoyarme, sin querer, apoyé mi mano en su muslo sintiendo su músculo completamente tenso bajo la tela del pantalón.
—Perdón —murmuré, sintiendo cómo la cara me quemaba mientras intentaba serenarme.
—No te disculpes —susurró Eros casi en mi oído, pasando su brazo por detrás de mis hombros en el respaldo para darme más espacio, aunque lo único que consiguió fue que su perfume me envolviera por completo—. Puedes agarrarte donde quieras.
El rojo de mis mejillas se multiplicó por tres.
Estaba tonteando conmigo, de forma descarada, y yo…
yo ya me había liberado del freno, y había decidido que iba a pasármelo bien con él.
¡ Dí que sí, Martina ! A este ejemplar no lo dejes pasar.
Cuando vuelvas a Valencia tendrás algo con lo que pensar cuando te acuestes a dormir , pensé para mis adentros.
El trayecto nos llevó por una carretera que ascendía entre colinas y vegetación frondosa hasta que llegamos al club, que apareció escondido al final de un camino privado iluminado por antorchas.
Desde fuera ya se respiraba un ambiente magnético con coches de altísima gama aparcados en línea, la música con graves profundos retumbaba contra los muros de piedra, era obvio que olía a dinero y exclusividad.
Nos acercamos a la entrada. Un portero que parecía una mole, vestido con traje oscuro nos cortó el paso, mirándonos con frialdad y cara de pocos amigos.
—Nomi? —gruñó en italiano.
—Venimos de parte de Martín Navarro —dije, intentando que no me temblara la voz.
El tipo repasó una tablet con parsimonia exasperante. Fueron diez segundos eternos en los que contuve la respiración. Finalmente, el armario alzó la vista, nos escaneó a los cuatro y desenganchó el cordón de terciopelo rojo.
—Avanti. Privé tre.
Entramos y el ambiente nos arrolló por completo.
La Gabbia era una discoteca muy pija y selecta como no había visto otra, con techos altos típicos de una cueva abovedada, muchas luces tenues de neón violeta y, curiosamente, diferente vegetación tropical repartida por distintos rincones, con una barra donde los barman hacían malabares con botellas carísimas.
Nos acomodamos en un reservado de sofás de cuero blanco. Candela y yo, venidas arriba por la adrenalina, pedimos en cero coma dos una botella de champagne francés y una bandeja de fresas a cargo de la cuenta de mi hermano, sin contemplaciones. Saqué el móvil para avisar a Martín:
« ¡Ya estamos dentro! En el reservado 3. ¿Bajas a tomarte algo?»
La respuesta de mi hermano fue casi instantánea:
« Imposible ahora. Estoy liado en una mesa de partida privada en piso superior. Pasadlo bien y no os descontroléis.»
—¿Todo bien? —preguntó Eros, sentándose a mi lado en el sofá. Estaba tan cerca que volvía a sentir el calor de su cuerpo atravesando la tela de mi vestido.
—Sí, he avisado a mi hermano. Me dice que está en una partida arriba y que no puede bajar —expliqué, dejando el teléfono sobre la mesa—. Trabaja demasiado, incluso de viaje.
Eros tomó su copa de cristal, dando un pequeño sorbo mientras me miraba de reojo con un interés calculador que me dio la sensación que disfrazaba de cortesía.
—Vaya. ¿A qué se dedica exactamente tu hermano para tener acceso a las privadas de un sitio como este? No es un club fácil de pisar.
—Es jugador profesional de póker —le conté, encogiéndome de hombros—. Sí, ya sé que es algo raro. Es un cerebro de los números. Viene a un torneo oficial mañana en el casino, pero le encanta meterse en timbas raras por las noches.
—Interesante —murmuró Eros, rascándose la mandíbula despacio—. Por aquí, se mueven tipos… con los que quizá es mejor no cruzarse. Y esos amigos con los que juega... ¿los conoce de hace mucho?
—Ni idea, la verdad. Esta mañana nos ha dicho que jugó con ellos anoche y que querían repetir. Supongo que serán magnates arrugados y aburridos.
Seguimos conversando y disfrutando del champagne mientras la pista de baile empezaba a animarse.
Lorenzo cogió a Candela de la mano, sin pensárselo, y se la llevó directamente al centro de la pista.
En cuestión de minutos, los dos estaban bailando como si se conocieran de toda la vida, riéndose a carcajadas y derrochando una química que me pareció escandalosa.
Me quedé a solas con Eros en el reservado.
El champagne que ya me había bebido sumadas al vino de la comida y la maravillosa música que sonaba de fondo, empezaron a hacer su trabajo, aflojándome las inhibiciones.
De pronto me sentí libre, sexy y con ganas de comerme el mundo, o mejor, a Eros.
Dejé que mi faceta de niña buena y modestia se esfumara.
Me giré hacia él en el sofá, acortando drásticamente la distancia entre los dos, apoyando el codo en el respaldo y mirándolo con un descaro coqueto. Aunque me había decidido a atacar… yo era consciente que podía ser un desastre ligando. No estaba acostumbrada a cazar.
—¿Y tú no bailas, italiano? ¿O te da miedo que te pise con los tacones?
Eros sonrió de lado, divertido por mi intento de insinuación. Fue curioso, noté algo en su mirada que parecía debatirse entre la atracción genuina y cierto freno. Yo me quedé esperando su respuesta, mientras seguía acercándome a él, rozando casi mi rodilla sobre su muslo.
—A mí no me da miedo casi nada, Martina —susurró mirándome fijamente a los ojos—. Pero prefiero las conversaciones tranquilas. Tienes una forma muy peculiar de intentar camelarme.
—¿Sabes qué, Eros? —seguí con una sonrisa coqueta y algo patosa por el alcohol—. Llevas todo el día mirándome, tirándome indirectas y haciéndote el interesante. Y yo… ya he decidido que no voy a perder el tiempo.
Eros se quedó inmóvil. Noté cómo se le tensaba la mandíbula. Y de repente soltó una risa baja, sacudiendo la cabeza como si mi espontaneidad lo hubiera sorprendido por completo.
—Martina… —empezó a decir con voz grave por mi repentino ataque frontal.
—Shhh. Calla —lo interrumpí, pasándole la mano por el cuello con un descaro fruto del disfraz que me había puesto, y que ni yo misma me creía—. Eres un Dios del amor muy hablador. ¿Por qué no te dejas de rodeos… y me besas de una vez?
Me incliné hacia él con los ojos entrecerrados, lista para plantar la boca en la suya y llevarme el recuerdo del viaje…
pero entonces… ocurrió lo más desconcertante del mundo.
Eros, el mismo tío que llevaba horas tonteando conmigo, de una forma escandalosa, sin parar de soltarme frasecitas juguetonas, sujetó suavemente mis hombros y reculó.
Se echó ligeramente hacia atrás, evitando el beso con una agilidad sorprendente y poniéndose rígido como una piedra.
Parpadeé, completamente fuera de juego. Me había quedado a un centímetro de su cara, con los labios entreabiertos y la dignidad rodando por el suelo.
—Martina, estás… estás un poco achispada —dijo él rápido, buscando una excusa con la mirada—. Y este no es el momento.
—¿Perdona? —me incorporé de golpe en el sofá, mirándolo como si le hubiera salido una segunda cabeza—. ¿Me estás haciendo una cobra ? ¡Pero si llevas todo el día seduciéndome! ¡Si has sido tú el que no ha parado de tirarme los trastos desde que estábamos en el restaurante!
—No es eso, te lo aseguro —dijo Eros, y por primera vez vi un atisbo de verdadero desconcierto y frustración en sus ojos oscuros, de inseguridad, como si quisiera darme más explicaciones y no supiera por dónde empezar—. Es solo que... prefiero que hagamos esto bien. Con la cabeza despejada.
—¡Ja! ¡Venga ya! —exclamé sintiendo un bochorno monumental que crecía por momentos. Me acababa de lanzar a la piscina y no solo me había tragado el suelo porque no había agua, sino que el propio socorrista se iba por la tangente soltando la receta de macarrones de su abuela.
Estaba a punto de montarle una escena y mandar a la mierda a toda la gastronomía italiana cuando mi teléfono sobre la mesa empezó a vibrar reclamando mi atención. Lo cogí enfurecida. Era un mensaje nuevo de Martín. Tragué saliva, desconectando del cabreo por un segundo, y desbloqueé la pantalla.
«Martina, marcharos de aquí cagando leches. PERO YA MISMO. Podéis estar en peligro.»