Rítmica, Póker y Pizza en San Remo Capítulo 3
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Capítulo 3

Martina

Lo que empezó como un pulso territorial por conseguir una mesa terminó convirtiéndose en una masterclass de coqueteo italiano a cuatro bandas. El vino tinto de la casa llegó en una jarra de barro, y Candela no tardó ni tres minutos en tomar el control de la conversación.

—A ver, una curiosidad —interrumpió mi amiga—. ¿Cómo es posible que habléis español tan bien? Porque Lorenzo apenas tiene acento y tú, Eros, sueltas las coletillas como si hubieras nacido en el centro de Madrid.

Lorenzo se rió, encogiéndose de hombros.

—Culpa de mi nonna , que era española. En mi casa mi madre y ella hablaban en castellano a todas horas, así que a mi hermano y a mí no nos quedó más remedio que aprenderlo desde pequeños para enterarnos de los cotilleos familiares.

—Madre mía, con razón... —murmuró Candela, visiblemente impresionada.

—Lo mío es menos genético y más por constancia —añadió Eros con una sonrisa, buscando mi mirada por encima de la mesa—.

Lo estudié en el colegio, pero mi mejor amigo de la infancia tenía padres españoles, del norte de España.

Me pasé media juventud metido en su casa, escuchándolos hablar, pasaba mucho tiempo con ellos y comiendo de todo.

Le cogí el gusto, me puse a practicar a fondo y al final acabé dominándolo.

—Pues se agradece muchísimo, no os voy a mentir —admití, devolviéndole la sonrisa a Eros—. Nos habéis ahorrado tener que desempolvar el inglés de instituto.

—Oye, pues ni tan mal, os veo muy muy sobrados —retomó Candela, apoyando los codos en la mesa y mirando a Lorenzo sin el menor pudor—.

Aclarado el tema del idioma, vamos a lo importante.

Tienes cara de tener un trabajo peligroso o de ser de esos que corren en coche.

Confiesa, ¿a qué os dedicáis cuando no estáis quitándole mesas a turistas indefensas?

Me cubrí la cara con la mano, sintiendo cómo el rubor me subía hasta las orejas. Era imposible frenar la lengua de Candela.

—Candela, por favor… —murmuré, deseando que la tierra me tragara.

Eros soltó una risita baja, sirviendo más vino en mi copa sin pedir permiso. Me sostuvo la mirada mientras el líquido caía, con una ceja ligeramente enarcada.

—Déjala, Martina. La curiosidad es una virtud —dijo con una voz grave como si fuera seduciéndome poco a poco con cada palabra—. Mi amigo Lorenzo trabaja como comercial para una marca italiana de motos deportivas. En su vida hay mucho ruido y mucha velocidad.

—Un trabajo duro, pero alguien tiene que hacerlo —añadió Lorenzo, guiñándole un ojo a Candela que lo miraba como si estuviera mirando un helado fresquito en el desierto.

—¿Y tú, Eros? —pregunté, dando un sorbo al vino para disimular la tensión eléctrica que me provocaba tener a ese hombre tan cerca—. ¿También te dedicas a vender cosas rápidas?

—Yo soy bastante más tradicional —respondió con una sonrisa misteriosa—. Soy propietario de un pequeño negocio, una pizzería. Y imaginarás cómo es mi vida… masa madre, horno de leña y paciencia.

—Un hombre que sabe cocinar y que tiene harina en las manos... —suspiró Candela con un dramatismo cómico—. Martina, oficialmente nos quedamos a vivir en San Remo.

No pude evitar soltar una risa. Los primeros tragos de vino y el descaro de Candela estaban haciendo su efecto en mí.

Poco a poco, la rigidez con la que había empezado la comida se fue evaporando, y acabé dejándome llevar por la dinámica.

Estaba de vacaciones, el sitio era idílico y, para qué nos íbamos a engañar, teníamos enfrente a dos italianos que estaban para mojar pan.

No tenía ningún sentido hacerme la estirada…

habíamos ido a disfrutar, así que, a disfrutar que nos pusimos.

Eros empezó a hacernos preguntas de todo tipo… se interesaron por saber si veníamos mucho por Italia, si éramos amigas desde pequeñas o si habíamos viajado solas.

—Nos conocemos desde que teníamos diez años —le conté, apoyando la barbilla en la mano mientras jugueteaba con el tallo de la copa—.

Entrenábamos juntas en el equipo nacional de gimnasia rítmica.

Tenemos casi igual de horas de tapiz que pizzas hayas podido vender —dije guiñándole el ojo—.

También muchos moratones y moños apretados, por supuesto.

—¿Gimnastas? —Lorenzo levantó las cejas, genuinamente impresionado y dedicando sus palabras a Candela—. Madre mía, tendréis una flexibilidad increíble.

—No sabes cuánta. Te sorprendería ver lo que somos capaces de hacer —soltó ese comentario de una forma tan descaradamente insinuante que hasta Lorenzo, que parecía más travieso que Eros quedó absolutamente deslumbrado.

—Y la disciplina —añadió Eros, clavando sus ojos oscuros en los míos de una forma que me recorrió por dentro—. Aunque algo me dice que tú pareces de las que rompen las reglas de vez en cuando.

—Solo cuando la ocasión lo merece —le devolví la puya, sosteniéndole el pulso.

De repente, mi teléfono vibró sobre la mesa. Vi un mensaje de Martín.

« Martina. Esta noche os veo en la fiesta. Te paso ubicación. A partir de las doce. Decid en la puerta que vais de mi parte. Poneros guapas que la gente allí va super arreglada.»

—¡Sí! —exclamó Candela, leyendo el mensaje por encima de mi hombro levantando los brazos a modo de triunfo—. ¡Tenemos Fiesta VIP esta noche!

Eros y Lorenzo se intercambiaron una rápida mirada que apenas duró un segundo, aunque el brillo en los ojos de Eros se intensificó.

—¿Una fiesta VIP? —preguntó él con casualidad—. San Remo puede ser un sitio complicado de noche para los desconocidos. Sed prudentes, no os fiéis de nadie. Solo es un consejo.

—Ibamos a ir solas, pero... —Candela miró a Lorenzo y luego a Eros con una idea brillante cruzándole la cara—. Oye, ¿por qué no os venís con nosotras? Martina, tu hermano seguro que puede meterlos en la lista, además, no ha concretado nada, solo nos ha dicho que digamos que vamos de su parte…

—Candela... —intenté frenarla, pero ya había soltado la idea.

—Nos encantaría —se apresuró a responder Lorenzo, mirando a Eros como pidiendo su confirmación.

—Será un placer divertirnos con vosotras y velar por vuestra seguridad —dijo Eros, dedicándome una sonrisa lenta que me dejó pasmada.

—Sí, bueno… Por cierto —dije, cambiando de tema para ocultar el cosquilleo que me recorría el cuerpo ante la posibilidad de salir de noche con semejantes ejemplares—. No he podido evitar pensarlo... Eros . Es un nombre… curioso. Muy romántico para alguien que parece que va de tipo duro por la vida.

Eros pareció sorprenderse ante mi comentario… primero sonrió, y con una seguridad que hizo que me temblaran las piernas, se inclinó un poco hacia mí por encima de la mesa, reduciendo la distancia entre los dos tanto que hasta pude oler su perfume.

—El Dios del amor y el deseo, Martina —susurró con tono más que juguetón—. Un nombre con mucha responsabilidad. Y, puedo confirmarte, que intento estar a la altura.

Candela soltó un ahogado « madre mía » por bajo que me hizo sonreír de vergüenza, después del impacto que supuso que me soltara eso, y de la forma en la que me lo soltó, me quedé totalmente atontada.

La comida terminó de la forma más caballerosa posible, insistieron en pagar la cuenta completa a pesar de nuestras protestas y nos pasamos los números de teléfono para coordinar la cita de la noche.

—Nos vemos a las doce en el punto de encuentro—dijo Eros, tomándome la mano sin permiso y haciendo que me recorriera algo por dentro, para rozar el dorso con sus labios en un saludo de despedida del siglo pasado que me puso la piel de gallina—. No llegues tarde, bella .

Nos despedimos flotando. Caminamos en dirección a la playa sintiendo que la vida nos sonreía.

—¡Dime que no ha sido un sueño! —gritaba mi amiga mientras llegábamos a la playa—. ¡Martina! ¡Son guapísimos, simpáticos y encima nos han invitado a comer!

—No. No lo ha sido. He de reconocer que los dos son, espectaculares. No me creo que hayamos conocido en tan poco tiempo a dos tipos sacados de la revista.

Nos dimos un chapuzón en el agua cristalina del Mediterráneo, divirtiéndonos como dos adolescentes, disfrutando del sol de la tarde y felices por que sabíamos que íbamos a volver a ver a los dos pivones italianos.

Tras un par de horas de relax total, volvimos a la suite del hotel con el tiempo justo para ducharnos, maquillarnos y ponernos nuestras mejores galas para una noche que prometía ser inolvidable.