Rítmica, Póker y Pizza en San Remo Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Es de color rosa chicle, Martín, con forma de huevo pequeño —intervino Candela, sonriendo de oreja a oreja—. Casi diría que brilla en la oscuridad. Nos han saludado tres niños desde un autobús escolar, yo diría que pensando que éramos un espectáculo de marionetas.

—¿En serio? —dijo soltando una risa—. Bueno, eso le da personalidad al viaje, hará que no lo olvidéis.

Por cierto, aquí tenéis las llaves de la suite.

La habitación es enorme, tenéis terraza con vista al mar y la piscina en la planta baja.

Yo me voy al Casino en una hora para la sesión de registro y las partidas previas de aclimatación.

—Y ¿a qué hora juegas mañana? —le pregunté, intentando centrar la conversación.

—El evento principal empieza a las cuatro de la tarde.

¿Vendréis a verme, verdad? Hasta entonces, sois libres de hacer lo que queráis.

Explorad la ciudad, comed pasta, gastad mi dinero con moderación y, por lo que más queráis, no metáis ese coche rosa en ninguna calle peatonal del casco antiguo porque los carabinieri no tienen nuestro sentido del humor.

—Prometido —dijo Candela, cruzándose de manos sobre el pecho con aire de santa—. Seremos la discreción personificada.

–Y, por cierto, tengo una sorpresa —añadió Martín—.

Esta noche me ha salido una partida fuera del casino, unos tipos con los que ya jugué anoche, y quieren repetir.

Es un club privado, en plan super exclusivo…

Anoche había un ambiente muy chulo y pensé que os gustaría, así que os apunté para hoy.

Podéis pasaros a bailar un rato y beber algo… corre de mi cuenta.

—¿Un club privado esta noche? Eso suena a muy VIP—interrumpió Candela emocionada—. ¡Ay Dios! ¡Esto mejora por momentos! Martín, eres un sol. Nos vamos a arreglar para la ocasión, prometemos no defraudar, iremos guapas como dos reinas.

—No tengo ninguna duda, sois dos tías cañón. Haced marcha hasta la noche y os paso detalles después.

Diez minutos después, tras dejar las maletas en nuestra suite espectacular de lujo con unas vistas al mar Ligur que quitaban el hipo, nos cambiamos de ropa para dar un paseo.

Candela se puso un vestido playero de lo más discreto color amarillo chillón y yo un vestido de estilo ibicenco blanco con la espalda al aire.

—Tengo un hambre que me tragaría una pizza entera con caja incluida —comentó Candela, mirándose al espejo para retocarse el pintalabios—.

Vámonos a buscar algún sitio auténtico para comer.

Nada de restaurantes turísticos del paseo marítimo.

Quiero un sitio de esos que huelen a albahaca desde la calle y donde el cocinero tenga cara de llamarse Luigi.

—Hecho. Vamos a perdernos por las callejuelas del casco viejo.

Salimos del hotel a pie, con nuestros bolsos de rafia y dejando atrás la zona aristocrática de los grandes hoteles para adentrarnos en la red de callejones estrechos y adoquinados que subían hacia la parte alta de la ciudad.

El sol relucía en lo más alto, empapándonos de la entrada al verano.

El plan era comer en algún restaurante y después pasar por la playa antes de volver al hotel para prepararnos para la noche.

Entre el bullicio de la gente caminando por las calles nos llegaban los aromas a masa horneada de las callejuelas mientras oíamos el murmullo incesante del italiano, con ese ambiente maravilloso nos dejamos llevar por el instinto.

No teníamos plano, ni prisa… y entonces, caminando por una calle preciosa y muy tranquila, divisamos un restaurante que nos llamaba a gritos.

En la calle, frente a su puerta, habían ubicado algunas mesas en las que algunos clientes charlaban y tomaban lo que, desde donde nosotras estábamos, parecían platos típicos italianos con una presentación increíble.

La mesas estaban casi todas ocupadas, pero justo había una disponible en un rincón precioso.

Al percatarme de que era la única mesa, agarré a Candela que miraba las tiendecitas por las que pasábamos enfrente.

—Cande, ya tengo sitio. Mira allí —le señalé con el dedo y vio lo mismo que había visto yo.

—Me encanta, Martina. Vamos rapidito… pero ya.

Apretamos el paso con el instinto competitivo que años de entrenamiento de alto rendimiento nos había dado. La mesa libre nos esperaba al final de la terraza, en un precioso rinconcito de madera bajo un farol de hierro y una enredadera de jazmín.

El problema fue que no éramos las únicas con la vista fija en ese tesoro.

Desde la esquina opuesta de la callejuela, vimos que dos hombres avanzaban a paso ligero directo al mismo punto.

En una maniobra digna de la final de un campeonato nacional de gimnasia rítmica, Candela y yo nos escurrimos entre dos camareros, esquivamos un carrito de botellas y nos lanzamos a la vez que ellos sobre la mesa.

Candela posó el bolso sobre la madera exactamente al mismo segundo en que una mano masculina de dedos largos y pulsera de cuero tocaba el respaldo de la silla.

—¡Nuestra! —sentenció Candela en español, plantándose en el sitio como si estuviera defendiendo un podio olimpico.

Me giré, dispuesta a soltar un sermón sobre la prioridad de llegada y quién merecía la mesa, pero las palabras se me atascaron en la garganta al encarar al dueño de la mano.

Santo cielo. El tipo era alto, de hombros anchos, con el pelo muy oscuro y peinado hacia atrás.

Pensé que podía ser el prototipo de italiano sacado de un anuncio de perfume de los que valen más de cien euros, con la mandíbula cortada con escuadra y cartabón, una barba recortadita de tres días, que le daba un rollo peligroso y unos ojos oscuros que era imposible dejar de mirar y que, en ese momento, me observaban con diversión.

Llevaba una camisa clara con las mangas remangadas hasta los antebrazos.

Pensé una cosa, Martina, si este hombre te pide el número de tarjeta de crédito, se lo das con el PIN incluido .

A su lado, otro hombre igual de alto y atractivo, pero con el pelo rubio oscuro, apariencia de tío simpático y una sonrisa lanzaseducciones, miraba a Candela como si hubiera descubierto algo muy interesante en ella.

— Scusate, signorine, ma credo che questo tavolo fosse già destinato a noi. —dijo el moreno en un italiano grave, fluido y aterciopelado que me provocó un cosquilleo absurdo en la nuca.

—Lo siento, italiano, pero no entiendo nada de lo que dices —se rió Candela poniéndose en la pose más VIP que pudo improvisar—. Solo sé que mi bolso ha tocado la madera primero. Ley de la calle.

El rubio soltó una risa y miró a su compañero.

—Ah, españolas —dijo el moreno, cambiando de golpe a un español casi perfecto, teñido por un acento italiano delicioso que arrastraba las erres de forma… peligrosa—. Eso explica la velocidad.

—Y la determinación —añadió el rubio, guiñándole un ojo a Candela—. Soy Lorenzo. Un placer. Y este terco de aquí es Eros.

—Martina —respondí yo antes de poder frenarme, intentando mantener la compostura mientras la mirada de Eros recorría mi cara con un detalle que me exasperó—. Y ella es Candela. Y la mesa es oficialmente nuestra, chicos.

—Es una pena —dijo Eros, dando un paso más hacia mí.

Olía increíblemente bien. Apoyó la mano en el respaldo de la silla vacía, inclinándose solo lo justo para que sintiera cerca su presencia—.

La terraza está llena. Es posible que vuestro bolso haya llegado primero, pero creo que nosotros traemos más hambre.

—Bueno... —intervino Candela con una sonrisa descarada con la que me olía a que iba a soltar la bomba—. La mesa es cuadrada, pequeña, pero veo que entran cuatro sillas perfectamente y yo no le voy a hacer el feo a la hospitalidad italiana. Podríamos compartirla, ¿no?

Sentí cómo se me subía la sangre a las mejillas y miré a Candela con ganas de estrangularla.

—¡Candela! —susurré apretando los dientes.

Eros sonrió lentamente al rubio, le salió un hoyuelo en la mejilla derecha. Una trampa mortal.

—¿Y por qué no? —dijo Eros, preguntando a su amigo, que confirmó con su mirada, y mirándome después fijamente a la boca antes de volver a mis ojos—. Nos parece una propuesta excelente.

Antes de que pudiera protestar, Lorenzo ya había arrastrado dos sillas libres de mesas cercanas y se había sentado junto a Candela, que parecía más que encantada con el despliegue. Eros retiró la silla que tenía enfrente y me hizo un gesto elegante para que me sentara.

—Adelante, Martina. No muerdo... a no ser que intentes quitarme el pan.

—No te confíes, Eros —dije al pasar a su lado para sentarme, lanzándole una sonrisa afilada y manteniéndole el pulso con la mirada—. He entrenado toda la vida para quitarle cosas a gente más alta que yo.