Capítulo 2
Martina
Viajar con Candela normalmente implicaba asumir tres puntos fundamentales, nunca llegabas con tiempo de sobra a un embarque, el control de equipaje de mano podría acabar siendo una aventura y cualquier intento de pasar desapercibidas fracasaría de manera absolutamente estrepitosa.
Bien temprano, en el aeropuerto, Candela ya había conseguido contra el primer espectáculo del viaje.
Primero hizo pitar el arco detector de metales por olvidarse una cadenita tobillera.
Y por si fuera poco, los agentes de la cinta retuvieron su bolso de mano porque la señora se había llevado un neceser lleno de botes de potingues para el pelo que excedía de la cantidad.
Pero la cúspide del ridículo fue cuando activaron el protocolo de artefacto sospechoso al detectar un objeto que estaba vibrando.
Le hicieron abrir el bolso de mano y sacó, delante de todos, un consolador de silicona rosa chillón que no se sabía muy bien, se había encendido solo.
—Ya te dije que me iba a llevar mi consolador—susurró Candela mientras nos arrastrábamos por la pasarela de acceso al avión, arrastrando las maletas—. Ni loca me voy un fin de semana a Italia sin mi consolador de viaje… Ni pensarlo. Siempre voy preparada ante cualquier emergencia por falta de sexo.
—Candela, te han hecho abrir la maleta delante de cincuenta personas —le recordé entre dientes, tapándome la cara con la mano de la vergüenza que me había hecho pasar—.
El guardia ha sacado el artefacto rosa vibrando a máxima potencia…
¿cómo narices se había encendido él solo?
La señora de atrás pensaba que llevabas un artefacto explosivo hasta que lo ha visto y casi se pone a rezar el rosario.
—La gente no entiende, o no valora, el autocuidado sexual de uno mismo —sentenció, colocándose las gafas de sol sobre la cabeza dejando claro que le daba absolutamente igual todo lo que había pasado, como si nada.
El primer vuelo hasta Madrid, fue sobre ruedas. Nos tomamos dos capuchinos con cuatro dedos de crema en Barajas y nos entretuvimos comprándonos un par de revistas nutres de cotilleos.
Tras el segundo aterrizaje el sol de la Costa Azul nos recibió con un calor deslumbrante y un ambiente de casi verano que percibimos como el previo a la diversión y el relax que nos esperaba. Lo primero que hicimos fue activar los datos y avisar a nuestros padres de la llegada.
—Vale, atención —dije mientras cruzábamos la terminal de llegadas buscando los mostradores de alquiler de coches—.
Martín me ha confirmado en un mensaje justo antes de despegar que había conseguido la reserva de un coche de alquiler especial.
Me da que debe ser algo por ser cliente VIP por viajar tanto, algún rollo de puntos de esos.
Candela se frenó en seco, agarrándome del brazo con tanta fuerza que casi me hace tirar la maleta.
—¿Cómo que VIP ? Martina, por favor, no me digas que tu hermano ha hecho lo que creo que ha hecho.
—¿El qué?
—¡Un deportivo italiano! —Candela abrió los ojos con un brillo casi diabólico—.
Tu hermano puede ganar fajos de billetes jugando al póker.
Es un viaje de postureo por la Riviera. ¡Nos ha alquilado un Maserati!
O un Ferrari rojo de esos bajos que te dejan el culo a tres centímetros del asfalto.
¡Ay Dios! no me lo puedo creer. Debe ser algo de eso… ya verás.
—A ver, no te emociones. Martín es generoso, pero no creo que llegue a ese extremo.
—Que no, tía, piénsalo. Estamos en Niza, vamos a San Remo. ¿Vas a ir a la Riviera en un coche gris normal y corriente? No. Nos ha cogido una bala roja de alta gama. Me pido conducir yo primero.
La realidad, como casi siempre en la vida, tenía preparado algo… diferente. Diez minutos después, el empleado de la agencia de alquiler, un chaval francés con un tupé un poco raro y una sonrisa inquietante, nos entregó la llave con una reverencia exagerada.
— Voilà, mesdemoiselles . Un vehículo de la categoría especial Cabrio Premium . Recién lavado.
Nos fuimos hacia la zona de aparcamiento subterráneo.
Candela iba casi dando saltitos de baile sobre las zapatillas, buscando con la mirada un coche deportivo entre las plazas de parking.
Y allí estaba. Bajo el foco de luz de la plaza 142.
No era un Maserati. Tampoco un Ferrari rojo.
Era un Fiat 500 descapotable. De un color rosa chillón tan descarado y tan estridente que parecía fabricado íntegramente con chicle de fresa derretido.
Tenía la capota de lona negra recogida hacia atrás y los asientos de cuero blanco relucientes.
Nos quedamos las dos inmóviles a tres metros del coche.
El silencio duró exactamente cinco segundos.
—Es... una nube de azúcar —murmuró Candela, parpadeando despacio.
—Es un donuts de fresa con ruedas —corregí, apretando los labios para no soltar la risa—. Te juro que voy a matar a mi hermano. Debe haber pedido la categoría "Sorpresa" y nos han endosado el sueño de Barbie.
Candela rodeó el vehículo lentamente, tocando la carrocería rosa con la punta del dedo como si temiera que pringara. Luego miró los asientos, miró el salpicadero que también era de color rosa palo y, de pronto…
—¡Me encanta! —gritó tan alto que retumbó en todo el parking, tirando su bolso al asiento trasero—. ¡Martina, es absolutamente hortera! ¡Es tan pijo y tan ridículo que da la vuelta y es maravilloso!
—¿En serio? ¿Vas a subirte ahí sin una bolsa de papel en la cabeza? ¿No será mejor que lo cambiemos?
—¿Bolsa de papel? ¡Pienso poner la música a todo volumen y cruzar la frontera como si fuéramos las reinas del pop en gira europea! ¡Dale, hermana! ¡Sube y acelera, que el rosa fucsia va a ser nuestro color este viaje!
Meter dos maletas grandes de equipaje en el maletero del Fiat 500 fue imposible. Metimos una en el maletero y la otra en los asientos traseros con el cinturón puesto junto con los dos bolsos de mano.
Ajusté los espejos retrovisores, arranqué el motor, que sonó casi como arrancar un cortacésped, conecté el móvil al Bluetooth y salimos del parking del aeropuerto con el sol dándonos de lleno en la cara y la voz de Albano y Romina cantando Felicità retumbando por los altavoces a todo volumen.
La autopista, que serpenteaba entre las montañas de los Alpes y el azul del Mediterráneo, nos mostró vistas espectaculares.
El aire nos desgreñaba el pelo a lo loco mientras recorríamos kilómetros.
Cada vez que pasábamos al lado de un camión o de un coche familiar, los conductores nos miraban, algunos perplejos y otros divertidos.
Nosotras nos limitábamos a cantar a grito pelado Felicità, y Candela movía los brazos al ritmo de la música.
Nos dedicamos a disfrutar de la absurda sensación de libertad que teníamos al conducir un caramelo gigante por la costa francesa.
Cruzamos la frontera con Italia casi sin darnos cuenta, atravesando los túneles que cortaban los acantilados de la región de Liguria.
La vegetación empezó a volverse más frondosa, las casas con fachadas de colores colgadas de las laderas empezaron a llenar el paisaje y las señales de tráfico cambiaron del francés al italiano.
—¡ Benvenuti in Italia! —gritó Candela, poniéndose de pie sobre el asiento y asomando el cuerpo por encima del parabrisas mientras se sostenía con una mano en el marco.
—¡Siéntate, loca, que nos va a parar la policía antes de que pisemos el hotel! —le grité riendo, dándole un tirón de la camiseta para devolverla a su sitio.
San Remo nos recibió con avenidas llenas de palmeras y fachadas señoriales de la Belle Époque , el suave olor a mar, y un enmarañamiento de tráfico urbano que parecía organizarse por la ley de la selva.
Las Vespas se nos cruzaban por la derecha y por la izquierda de una manera casi suicida, pero nuestro Fiat 500 rosa pastel parecía imponer cierto respeto, nadie quería chocar contra un vagón de la feria ambulante.
El hotel que había reservado Martín estaba situado en pleno paseo marítimo, a tres minutos a pie del famoso Casino. Era un edificio majestuoso de paredes blancas y balcones de hierro forjado, en la entrada se veía dos botones con uniforme impecable.
Al aparcar el pequeño "huevo de fresa" justo en la puerta principal, bajo la mirada atónita del botones y de un grupo de turistas alemanes elegantemente vestidos, Candela se bajó del coche ajustándose las gafas de sol gigantes como si fuera una celebridad de Hollywood huyendo de los paparazzi.
—Gracias, buen hombre —le dijo al botones en un italiano inventado que combinaba español con un acento exagerado, entregándole las llaves del coche rosa—. Cuidado con el motor, tiene mucha potencia.
El muchacho miró la llave rosa, miró el cochecito y luego nos miró a nosotras perplejo.
— Sì, signorina. Benvenute al Grand Hotel.
Cruzamos el vestíbulo de mármol, sobre las alfombras rojas que cubrían el suelo y bajo las grandes lámparas de araña.
Habíamos avisado a Martín poco antes de llegar y ya nos esperaba junto al mostrador de recepción.
Llevaba una camiseta negra básica, vaqueros, una gorra con la visera hacia atrás y la mirada fija en la pantalla de su teléfono móvil mientras supuse, como siempre, estaría repasando estadísticas de juego.
Al verme, guardó el teléfono y abrió los brazos con su sonrisa calcada a la mía que nos recordaba a todos que habíamos compartido útero.
—¡Bella sister! —me abrazó con fuerza, levantándome un par de centímetros del suelo y me estampó un beso en la mejilla—. Veo que no habéis tenido problemas con el vuelo.
—Ninguno. Salvo por el pequeño detalle del transporte —dije, dándole un golpe cariñoso en el pecho—. Martín, ¿se puede saber qué clase de venganza infantil era lo del coche rosa?
Martín parpadeó, desconcertado, y luego miró a Candela, que le saludó con un beso en cada mejilla.
—¿El coche alquilado? Ah, la categoría especial. No le dediqué mucho tiempo, pero sí les pedí un descapotable coqueto en plan chulo. ¿Qué le pasa?