Rítmica, Póker y Pizza en San Remo
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Capítulo 1
Martina
Que tu mejor amiga te cuente la última tontería del tío con el que se acuesta no debería de tener nada de especial. Lo gracioso de nuestro caso es que lo haga entre jadeos, y mientras yo intento hacer un pino imposible apoyada sobre las muñecas teniendo ya veintinueve años.
—Te lo juro, Martina. Así me lo soltó el tío…
que dice que no le gustan las etiquetas —resopló Candela desde el otro lado de la sala.
Tenía la pierna izquierda levantada abierta en ciento ochenta grados sobre la espaldera de la pared, mientras la derecha sostenía el resto de su cuerpo—.
Así lo dijo el sinverguenza… las etiquetas.
¿Sabes lo que significa eso? Que le encanta cenar gratis en mi casa o gorronearme lo que sea, hasta el sexo, pero que si lo veo por la calle un sábado por la noche tengo que disimular y saludarlo con un levantamiento de ceja como si fuera una antigua compañera de instituto.
—Significa que es un gilipollas —corregí.
Aguanté el peso de mi cuerpo sobre las manos, sintiendo la tensión en los hombros, y dejé caer las piernas lentamente hacia atrás hasta apoyar la punta de las punteras en el suelo—.
Y que tú tienes la autoestima algo por los suelos.
Cuídate un poco, Cande. Estás hablando de un tío que se atiborra de gomina para ir al gimnasio y sube tres stories al día, cada uno de ellos con una pose de brazo diferente.
—¡Utiliza cera efecto mate!—protestó ella, dejándose caer al suelo con dramatismo—. Y no me juzgues. Está muy bueno… y lo sabes. Además, llevo seis meses sin encontrar nada mejor. En esta ciudad la oferta de tíos decentes está peor que encontrar un piso de alquiler barato.
Candela era… el torbellino Candela. Las dos nos conocíamos desde los seis años, cuando nuestras madres decidieron matricularnos en el club de gimnasia rítmica de nuestro barrio, en nuestra ciudad, Valencia.
Lo que empezó como una extraescolar para quemar la energía destructiva de dos niñas hiperactivas acabó convirtiéndose en quince años de disciplina militar, moños tirantes que te estiraban las cejas hasta la coronilla, litros de laca, magnesio en los pulmones y miles de horas compartidas en tapices de medio país.
Nos volvimos inseparables, llegamos juntas a los campeonatos nacionales e incluso raspamos un par de torneos internacionales en nuestra etapa júnior, donde descubrimos que las rusas no eran humanas y que cualquier escapada juntas era pura diversión.
A los veintidós, la realidad de la edad y un par de tobillos maltrechos nos bajaron del podio.
Desde entonces, el mundo real nos había tratado como a todo el mundo.
Durante los últimos años en activo, más tranquilos, las dos aprovechamos para formarnos, sacándonos las titulaciones oficiales de la Federación e incluso en mi caso, empeñada en no despegarme nunca de este mundo, completé la carrera de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte.
Ya retiradas, ambas nos enrolamos de lleno en la enseñanza de la gimnasia rítmica.
Candela actualmente trabajaba como entrenadora fija en una escuela deportiva, combinándolo con algunas clases particulares.
Yo, en cambio... bueno, yo desde hacía unas semanas atravesaba un paréntesis laboral.
Lo que en cristiano significaba que el club donde entrenaba al equipo de alevines había cerrado por falta de presupuesto.
De la noche a la mañana, con mi Título de Técnica Deportiva Superior colgado en la pared, me hallaba flotando en la nada.
Había buscado algunas opciones, pero no había aparecido nada que de verdad mereciera la pena.
Así que sí, quería encauzar mi vida profesional, pero con criterio.
Me había tomado unas semanas de respiro tras años sin parar y sin apenas vacaciones.
Como guarnición al momento, estaba rozando la crisis de los treinta con un saldo en el banco que no era para echar cohetes y viviendo todavía en el piso de mis padres.
Por suerte, Don Arturo, el conserje del pabellón municipal donde Candela daba algunas de sus clases privadas, nos seguía dejando la llave de la sala auxiliar que tenía libre los jueves a última hora.
Hacerlo era algo que nos encantaba y casi necesitábamos después de tantos años exigiendo a nuestro cuerpo.
Nos servía para estirar, desentumecer los músculos y fingir que nuestro cuerpo aún respondía como a los diecisiete, aunque en ocasiones al día siguiente las agujetas nos hicieran andar como a dos pingüinos.
—Bueno, basta de llorar por el gominas —dijo Candela, incorporándose y recogiéndose la tremenda mata de pelo rojizo que tenía en una coleta alta que no duraría ni tres minutos—.
Hablemos de cosas importantes. De cosas que me van a sacar de esta falta de motivación.
¿Le has dicho ya a tu hermano que esta vez voy yo también?
Me senté en el suelo, me quité las punteras gastadas y me froté el empeine del pie derecho.
—Aún no le he llamado. Quería esperar a tener claro que no te ibas a echar atrás en el último minuto por culpa de tu amado.
—¿Por ese? ¿Estás loca? ¡Tía, es Italia!
—Candela abrió los ojos como platos—. ¡Pasta, pizzas, vino, tíos italianos esculpidos por el mismísimo Miguel Ángel…
y tú y yo solas! Ni de coña me lo pierdo.
Además, es San Remo. Está a tiro de piedra.
Pienso pagar mi billete y mi parte de hotel aunque tenga que empeñar mi mejor colección de maillots con lentejuelas.
Sonreí ante su entusiasmo tan contagioso. Esa misma noche llamaría a mi hermano mellizo, Martín, que era el responsable indirecto de nuestra escapada juntas a Italia.
Sí, mi hermano y yo nos llamamos Martín y Martina.
Mis padres pensaron que era una ocurrencia divertidísima cuando el ecógrafo les confirmó que venían dos en camino.
Una genialidad que a nosotros nos había costado una infancia entera de profesores confundiendo nuestros exámenes, llamadas de teléfono a casa surrealistas y una serie de pullas y gracietas con muy poca gracia de nuestro entorno.
A sus veintinueve años, mi hermano Martín era un verdadero enigma para la familia.
Para mis padres, el concepto de que su hijo fuera jugador profesional de póker seguía estando a la misma altura que vender droga o ser contrabandista de armas.
Durante los dos primeros años, cuando empezó a tomárselo en serio, mi madre rezaba a la Virgen de los Desamparados y a San José cada vez que él hacía la maleta, convencida de que terminaría tirado en un zanja o debiéndole dinero a un matón con cicatrices.
Pero cuando Martín empezó a mostrarse llevando una buena vida, a cambiar de coche, a pagar impuestos de una manera pasmosa y a ganar dinero en torneos importantes en el circuito internacional, a mis padres no les quedó otra que aplicar la máxima familiar, si entra dinero en casa y no se prevén antecedentes penales, no se hacen preguntas.
Martín era brillante con los números, tenía la sangre más fría que un témpano de hielo y una capacidad absurda para leer a la gente a través de una mesa verde.
Ganaba pasta. Mucha pasta a veces. Y como no tenía novia, ni perro, ni ataduras de ningún tipo, habíamos desarrollado un pacto tácito desde hacía un par de años, cada vez que le tocaba viajar a una ciudad europea chula para jugar un torneo del circuito presencial, me invitaba a irme con él algunos días.
Era su forma de sacarme de la rutina y mi forma de aprovecharme descaradamente de su éxito.
—A Martín le va a encantar que te vengas —dije, levantándome del suelo y recogiendo mi bolsa de deporte—. De hecho, estoy segura de que agradecerá que me tengas entretenida con nuestros propios planes y no esté todo el día encima de él. O podemos ir a ver las partidas que juega si te apetece.
—Oye, que yo voy a disfrutar del turismo y de la gastronomía, no a ver a cuatro tíos con gafas de sol y sudadera con capucha tirando fichas —se burló Candela mientras salíamos de la sala de entrenamiento—.
Aunque si hay algún jugador multimillonario, buenorro, con barbita de dos días y soltero…
en ese mismo orden, oye, pues qué quieres que te diga, la gimnasia me enseñó a ser flexible en todos los sentidos de la vida.
—Eres la leche —me reí, dándole un empujón cariñoso con el hombro mientras cruzábamos el pasillo del pabellón hacia la salida.
El trayecto de vuelta a casa de mis padres lo hice a pie, disfrutando del aire tibio de la noche valenciana.
Vivir con tus padres a los veintinueve años era como un ejercicio constante de humildad.
Para una vez que me había planteado ahorrar y dar el salto e independizarme, mi trabajo en el mundo del deporte se desmoronaba como un castillo de naipes.
Mis padres me adoraban, claro, pero tener que dar explicaciones de a qué hora entraba o salía no era exactamente el sueño de vida de una mujer a punto de cambiar de década.
Llegué al piso, me descalcé en el recibidor para no hacer ruido y me fui directa a mi habitación.
Oler a estofado de ternera a las nueve y media de la noche era la prueba de que mi madre seguía al mando.
Le grité un «¡Hola, mamá, ya estoy aquí!
» desde el pasillo, me metí en mi cuarto, cerré la puerta y me tiré de cabeza sobre la cama antes de sacar el móvil del bolsillo.
Marqué el número de Martín. Lo cogió al segundo tono.
—Dime. Espero que sea urgente, estoy en mitad de una revisión de manos del último torneo online.
—Hola a ti también, alma cándida —dije, rodando sobre la colcha hasta quedar boca arriba, mirando al techo—. ¿Se puede saber por qué siempre atiendes el teléfono como si fueras un bróker de Wall Street al borde del colapso?
—Porque el tiempo es dinero, Martina. Y porque te conozco. Cuando me llamas a estas horas es porque me vas a pedir que te revise la presión de los neumáticos o porque ya estás haciendo la maleta.
—Es lo segundo —admití con una sonrisa picara—. Oye, sobre lo de San Remo...
—Está todo hablado —me interrumpió él, y escuché el chasquido de las teclas de su ordenador de fondo—.
El torneo empieza el viernes de la próxima semana.
El hotel lo tengo reservado desde hace días.
Es un sitio increíble cerca del Casino, frente al mar.
Te he cogido el billete de avión para el jueves por la mañana, sales desde Manises, haces una escala corta en Barajas y aterrizas en Niza.
En el aeropuerto te reservaré un coche de alquiler para poder llegar a San Remo que está a menos de una hora.
Me quedé un segundo en silencio. A veces olvidaba lo aterradoramente eficiente que podía ser mi hermano cuando se lo proponía.
—Vale... eso es maravilloso, Martín. De verdad. Pero hay un pequeño detalle.
El tecleo al otro lado de la línea se detuvo en seco.
—¿Qué detalle? Martina, dime que no te has vuelto a lesionar la espalda intentando hacer una acrobacia para impresionar a tus alumnas de diez años.
—¡No! Ya te dije que ahora no estaba trabajando, y no solo daba clases a niñas de diez años…. Podías prestar más atención cuando te cuento las cosas —protesté, incorporándome un poco sobre los codos—. Es que... esta vez… he pensado que estaría genial que… Candela se viniera conmigo.
Un silencio tenso flotó en la línea durante tres segundos enteros.
—¿Candela? —preguntó Martín, con un tono en el que se mezclaba la sorpresa y una ligera sombra de sospecha—. ¿Candela, tu amiga la del pelo rojo, que habla a doscientas palabras por minuto y que en la última boda a la que fuimos terminó bailando encima de una altavoz y no se mató de milagro?
—La misma —respondí con orgullo—. A ver, Martín, no te pongas dramático.
San Remo está al lado, a ella le venía genial tomarse unos días de descanso y nos apetecía a las dos un montón el viaje.
Y tranquilo, que ella se paga su billete de avión y su parte si hay que modificar la habitación o coger otra. No pretende gorrronearte nada.
Escuché a mi hermano suspirar profundamente al otro lado del teléfono. Podía imaginarlo perfectamente, pasándose la mano por el pelo corto, ajustándose la gorra y mirando las tres pantallas de ordenador que tenía en su despacho.
—A mí Candela me cae bien —dijo finalmente, ablandando el tono—.
Es divertida. Un poco caótica, pero divertida.
Y no me seas ridícula, no voy a dejar que se pague un hotel aparte si en mi suite hay espacio de sobra o puedo pedir una cama supletoria.
Dile que pague su billete de avión y yo la invito al resto. Pero con una condición.
—Dime.
—No quiero numeritos en el Casino. Voy a jugar un evento importante, Martina.
Hay gente muy pesada, mucho dinero en juego y necesito concentración.
Si os pasáis por allí no me podéis aparecer en mitad de una mesa de juego bebidas haciendo un espagat o montando un pollo porque el camarero no os sirva la sangría como a vosotras os gusta.
—¡Que somos mujeres adultas y profesionales!
—exclamé indignada, aunque en el fondo sabía que Candela era muy capaz de montar un número por cualquier chorrada—.
Prometido. Seremos dos damas elegantes, discretas e invisibles.
Solo queremos pasear, comer pizza, tomar el sol en la costa y disfrutar de Italia mientras tú te vuelves millonario en la mesa verde.
—De acuerdo. Manda a mi correo los datos del pasaporte de Candela para sacar su billete ahora mismo. Salís el jueves por la mañana. Tened las maletas listas.
—¡Eres el mejor hermano del mundo! Te quiero.
—Lo sé. Y yo a ti. No llegues tarde al aeropuerto, que te conozco.
Colgó. Solté un chillido ahogado de emoción contra la almohada, me incorporé de un salto y le mandé un mensaje a Candela:
Martina: Habemus viaje. Jueves por la mañana volamos a Niza y de ahí a San Remo. Prepara la maleta más elegante y absurda que tengas. Italia no sabe lo que le viene encima. Y el sobrado de mi hermano te paga todo menos el vuelo. Pásame tus datos al correo para que saque lo que falta.
La respuesta de Candela tardó exactamente cuatro segundos en llegar.
Candela: ¡¡¡AAAAAHHHH!!! Me voy a comprar tres conjuntos nuevos mañana mismo. Uno descarado, otro llamativo y otro para ir un poquito disfrazada, ya sabes, algo exótico. Prepárate, San Remo. Los italianos van a conocer la verdadera furia mediterránea.
Me reí sola en mi habitación, dejando el móvil sobre la mesita de noche. Teníamos una semana para organizarlo todo. Una semana para dejar atrás la ansiedad por la falta de trabajo, las crisis existenciales de Candela, los tíos mediocres con cera en el pelo y la rutina del día a día.
Hasta entonces íbamos a estar fantaseando con paseos en Vespa y platos de pasta a la orilla del mar.
Italia nos esperaba.