¡Menudas convivencias!
Después escogieron las camas, cenaron e hicieron el juego nocturno que, dicho sea de paso, no fue ni por asomo tan emocionante como esa tarde en el bosque, pensó Rita.
Cuando ya estaban en su cuarto, listos para dormir, Rita sintió que necesitaba a su ratoncito de peluche.
Había sido un día intenso, cargado de emociones, y ahora echaba un poco de menos a su hurona, Yoga, a quien le hubiese encantado contar todo lo que le había ocurrido ese día.
Sin embargo, como no estaba…, quería abrazar a su peluche.
Pero… ¿y si era la única que llevaba uno?
Pensaba en todo esto cuando, de repente, oyó que Camila decía, muy orgullosa:
Rita se dio cuenta de que Camila no sentía ni una pizca de vergüenza y que hablaba con naturalidad de su peluche. Entonces, decidió imitarla:
—Yo tengo a mi ratoncito. Como siempre duermo con Yoga y no podía traerla de convivencias, me lo he traído para que haga de ella.
— Me encanta, ¡qué suave y qué bonito! —exclamó Beti.
—Venga…, hay que apagar la luz —anunció Luisa, que estaba pasando habitación por habitación para animarlos a dormir—.
Ya sé que estáis un poco emocionados, pero seguro que también estáis muy cansados y si mañana queréis seguir jugando, ¡tenemos que dejar que el cuerpo descanse!
Que tengáis felices sueños. Si alguien me necesita esta noche, estoy en la habitación de la derecha.
Saber aquello hizo sentir segura a Rita.
Tumbada en la litera de arriba, que compartía con Camila (quien dormía abajo debido a su miedo a las alturas), se tocó el ombligo y deseó buenas noches a su familia y a Yoga.
Estaba agotada de tantas emociones, pero contenta porque se lo había pasado muy muy bien.
Los cuatro se habían unido como nunca, habían salido juntos del aprieto y ella había sido, en parte, responsable de encontrar el camino de vuelta, lo que la hacía sentirse muy orgullosa de sí misma.
«Esto de las convivencias me ha gustado mucho» , pensó, justo antes de dormirse.
Lejos de allí, Yoga iba de habitación en habitación, buscando qué cama era la más cómoda para dormir.
Como no estaba Rita, no quería dormir sola y dudaba de si dormir en la cama de sus padres, la de Nico o la de Mía.
Finalmente, acabó en la de Nico, que estornudaba cada vez que Yoga le pasaba la cola por delante de la nariz.
Al día siguiente por la mañana, Mía chilló:
— ¡¡¡Itaaaaaa!!! ¡¡¡Itaaaaaa!!! —Pero Rita no había regresado aún.
—Mía, va a volver esta tarde —respondió Janis.
— ¿Yaaa? —preguntó Nico, que aunque la había echado un poco de menos, no quería admitirlo.
—Me parece que lo que te pasa, Nico, ¡es que te gusta mucho que te hayamos prestado tanta atención! —dedujo su madre.
Él pensó que tenía razón. Sí que quería que regresara Rita, porque todo era más divertido si estaban todos en casa. Pero le gustaba mucho la atención que le habían dedicado la tarde anterior sin ella. Al final, se atrevió a verbalizar:
—Es que, cuando está ella, no vamos nunca a merendar tú y yo solos.
—Te prometí que lo volveríamos a hacer y no vamos a esperar demasiado, ¿vale? Que yo también me lo pasé muy bien.
Eso tranquilizó a Nico, que por fin admitió:
—Un poco sí que he echado de menos a Rita. Además, Yoga la añoraba y ha dormido conmigo y ¡me ha despertado mil veces! Suerte que hoy ya va a dormir con Rita. ¡¡¡Has sido muy pesada, Yoga!!!
La hurona lo miró y pensó que el pesado había sido él, porque con la nariz tapada como la tenía, había roncado toda la noche y no la había dejado dormir.