Rita Bumbum se va de campamento (Rita Bumbum 3) El miedo de la profesora
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El miedo de la profesora

—¡Hola, Rosa! Hoy nos tocaba venir a tus tierras y pasábamos a saludar.

«Qué oportunos» , pensó la mujer de la casa.

—Ay, qué bien que hayáis venido. Resulta que hay cuatro criaturas en el bosque y no las encontramos —explicó ella, como si también las hubiera estado buscando.

—Son un niño y tres niñas… Estábamos jugando al escondite a media horita de aquí y no los hemos encontrado.

—Tranquila, ¡seguro que solo se han escondido de maravilla! —Los agentes rurales le transmitieron calma y confianza—. Enseguida los encontraremos.

Un poco lejos de allí, Rita seguía con sus investigaciones y cada vez se sentía más segura. A pesar de haberse perdido y de que sus amigos no las tenían todas consigo, ella no estaba nada nerviosa y el mechón de pelo que siempre se le volvía lila cuando las emociones la desbordaban estaba tal cual.

—A ver: hemos jugado al escondite en un sitio llano… Por ahí, a la derecha, veo que el terreno deja de hacer bajada y se vuelve llano. Quizá era hacia esa dirección donde estábamos con los de clase.

—Buena idea, Rita… Te seguimos. —Beti le cedió el liderazgo a su amiga, a quien admiraba profundamente porque ella sentía que estaba perdida por completo. Ver que Rita no tenía el mechón lila también le daba paz y confianza.

—¿Y si no los encontramos y tenemos que pasar la noche a la intemperie?

¿Y comer raíces que encontremos por el bosque porque pasamos hambre?

¿Y si no nos encuentran jamás y nos tenemos que quedar a vivir en el bosque y construirnos una cabaña?

¡Yo no sé hacer cabañas! —Camila se empezaba a preocupar.

Rita notó la angustia de su amiga. Entonces se plantó frente a ella y, mirándola a los ojos, le dijo:

— No nos va a pasar nada. Los encontraremos y cenaremos con todo el mundo. Te lo prometo. —Camila se quedó más tranquila y agradeció tener una amiga que le transmitiera tanta seguridad. Rita, en cambio, pensó que le acababa de prometer algo que no sabía si podría cumplir.

De repente, se oyó una voz muy lejana que decía:

-¡¡¡ Rii iii ittta aaaa a!!!

¡¡¡ Mi G uee eeee l!!!

Era Juan Manuel, que no había parado de chillar desde que Luisa y el resto de los alumnos se habían ido hacia la casa.

—La voz viene de ahí. ¡Seguidme! —Rita se sentía eufórica: estaban salvados .

Cuando Juan Manuel los vio, los abrazó a los cuatro y les dijo:

—¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde estabais? —Enseguida sacó el teléfono móvil del bolsillo y corrió a llamar a Luisa.

—Ha sido por mi culpa —dijo con la cabeza gacha Camila—. Tenía retortijones.

—¿Cómo? —Juan Manuel estaba preocupado y no entendió bien esto último—.

Luisa, ya han aparecido, están conmigo. Todo bien, tranquila, enseguida vamos.

—Se oyó, al otro lado del teléfono, un chillido de «¡VIVAAA!

¡Los han encontrado!» y muchos gritos de alegría de sus compañeros de clase. Juan Manuel colgó.

—No es tu culpa, Camila. Ha sido un accidente y ya está. La hemos acompañado a hacer caca y hemos buscado un sitio tan apartado para que nadie le viera el culo que nos hemos perdido. Lo siento —dijo Beti, creyendo que tal vez los iban a reñir.

—No sufráis… Estáis todos bien y no ha ocurrido nada malo. Ya está. Pero no os alejéis más, ¿vale? —Juan Manuel vio enseguida que no lo habían hecho a propósito y pensó que lo que necesitaban era volver al albergue y que todo volviera a la normalidad.

Al cabo de nada, se encontraron a dos agentes rurales por el bosque.

—Debéis de ser los cuatro que se han perdido, ¿verdad? —preguntó la mujer—. Por suerte, ya habéis aparecido. ¿Qué ha ocurrido?

— Los RETORTIJONES —dijo Camila con resignación. Ya se veía venir que iba a ser el centro de atención cuando llegasen a la casa.

Los agentes rurales no entendieron nada, pero pensaron que ya se lo preguntarían a Juan Manuel cuando no estuvieran las criaturas presentes.