¡Ay, que me mareo!
Cuando hacía cinco minutos que estaban en marcha, Camila le preguntó a Rita:
—Beti, Miguel y yo nos hemos dado cuenta de que hay momentos en los que tienes un trocito de pelo de color lila y a mí me gusta mucho y quería saber en qué peluquería te han hecho algo tan mágico para ir yo también y que me lo hagan, pero de color NARANJA .
¡¡¡Oh, no!!!
Rita no quería hablar de su secreto porque tampoco sabía cómo explicarlo…, pero Camila había sido tan directa que no podía engañarla. Pero… ¿Qué le tenía que decir? ¿Qué le respondía? Pensó que lo mejor, siempre, era decir la verdad:
—No me lo han hecho en una peluquería —confesó Rita con un hilillo de voz.
—Ah, ¿no? ¿Tu madre? ¡Qué crac! ¿Y me lo puede hacer?
—No, mi madre tampoco.
—Entonces ¿quién? —Camila estaba cada vez más intrigada.
—Nadie. Me sale solo cuando siento emociones fuertes . No sé por qué. Pero no se lo digas a nadie más de clase, que no quiero que todo el mundo hable de eso.
—¿En serio que te sale solo? ¡Qué guay! ¿Y por qué a mí no me pasa?
—No lo sé… Me sale desde que era muy pequeña, pero los adultos, por lo que he ido descubriendo, no se dan cuenta, solo los niños y niñas.
—Hala… Qué pasada… ¿Y si tienes poderes o algo así?
—No, Camila, no tengo poderes. Prométeme que no se lo dirás a nadie.
—A Beti y a Miguel sí que puedo, ¿verdad? —Rita sabía que ellos dos ya se lo habían visto y no valía la pena esconderles ese secreto si Camila ya lo conocía.
—Sí, a ellos, sí. Pero a nadie más.
—Te lo prometo. Me encanta tener una amiga a quien le pasan cosas raras… ¿Te puedes fijar si a mí me sale? Cuando siento emociones fuertes no me miro el pelo. ¡Quizá también lo tengo y no lo he visto nunca!
—A mí no me gusta que me pase esto, la verdad. Yo quiero ser normal.
—Pues a mí me parece que ser «normal» es muy aburrido. Y si lo piensas bien… ¿No te parece que en el fondo todo el mundo es un poco raro?
— Ayyyyyy… ¡¡¡Me mareooo!!! —se oyó de repente. Era Miguel, a quien el vaso de leche del desayuno se le estaba revolviendo en el estómago con el montón de curvas de la carretera.
Entonces oyeron que Beti chillaba desesperada:
— ¡¡¡Luisa, Miguel está a punto de vomitar!
!! ¡¡¡Una bolsaaaaaa!!! ¡¡¡Rápido!!! —Beti cerró los ojos de sopetón y añadió—: No puedo mirar.
Si veo que alguien vomita, yo también lo hago, creo que por solidaridad, me dijo un día mi madre.
No sé qué quiere decir, pero creo que es algo bueno.
Aunque no me gusta ser solidaria con los vómitos de los demás y prefiero cerrar los ojos y pensar en mi precioso periquito Quito… , que ya lo echo de menos.
Suerte que cerró los ojos y se puso a pensar en su pajarito al que tanto quería, porque al cabo de dos minutos, Miguel vomitó todo el vaso de leche, que acabó en la bolsa que Luisa le había dado hacía justo treinta segundos.
«Puaj» , pensó Rita y también cerró los ojos, puesto que no estaba segura de si ella también era tan solidaria como Beti.