La despedida
El día de las convivencias había llegado y Rita, al cabo de poco rato de despertarse, ya vio que tenía el mechón de debajo de la oreja izquierda lila, y es que estaba MUY nerviosa .
Sentía una mezcla de miedo, nerviosismo y, sobre todo, muchas ganas y emoción de irse a hacer una nueva actividad con sus nuevos amigos.
Se había despertado ella sola media hora antes de lo que acostumbraba y, al cabo de nada, ya lo tenía todo listo y estaba preparada para salir de casa.
—Mía, hoy no llores cuando toque ponernos los zapatos para irnos. Ya te pongo yo los calcetines, pero tenemos que ir rápido porque tengo que coger un autocar. ¿Vale?
Rita no solía ponerle los calcetines ni los zapatos, y que ese día se ofreciera a ayudarla hizo que Mía se pusiera contenta de golpe.
¿Sería posible que no tuviera una pataleta esa mañana?
Cuando Yoga vio la mochila al lado de la puerta y a Rita tan nerviosa, pensó que no podía dejarla sola, de forma que empezó a buscar un rincón de esa bolsa tan grande donde esconderse. Max la pilló:
—Yoga, ni se te ocurra escaparte. Tú te vas a quedar en casa con nosotros, no puedes irte de convivencias.
La hurona se detuvo un momento, mirándolo, y cuando Max hubo terminado de hablar, siguió buscando huecos por donde colarse al interior de la mochila e irse con su mejor amiga. Rita lo vio y la agarró con ambas manos.
— Yo también te voy a echar mucho de menos. Me llevo el ratoncito de peluche, que tiene el pelo suave como el tuyo para poder abrazarlo fuerte y sentirte más cerca. Mañana volveré y dormiremos juntas de nuevo.
A Yoga no le hizo ni pizca de gracia lo que le decía, saltó de sus manos y regresó a la mochila, donde intentó meter la cabeza por un bolsillo que estaba un poco abierto.
—Yoga, que no puedes venir. —Rita la volvió a levantar—. Te quiero mucho. Nos vemos mañana. Papá, llévatela. Mía, ven, te voy a poner el otro zapato.
Rita no quería perder el tiempo porque te-nía miedo de que el autocar se fuera sin ella.
Nico, al ver que su hermana mayor se iba de verdad, sintió una mezcla de ilusión por tener los padres solo para él y Mía, y de pena al pensar que estaría muchas horas sin ver a su hermana mayor, a quien admiraba tanto. Entonces, dijo:
—Quizá sí que te voy a echar de menos. Vas a volver, ¿verdad?
—¡Pues claro que voy a volver!
—Uf, qué bien —dijo Nico, quien, de repente, se había imaginado la vida sin ella y no le había gustado nada de nada.