Rinaryan: La huella de un fantasma 30. Sinfonía #3
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30. Sinfonía #3

—Pero, si estáis oyendo estas palabras, quiero que sepáis que formáis parte de esto.

No es nada grandilocuente o glorioso, tan solo un grupo de personas que han terminado juntas en medio de la nada, pero nos une un lazo férreo que no olvidaré jamás: habernos liberado de nuestra opresión.

Militar, psicológica, física, social…, no importa —sostuvo secándose las lágrimas—.

Todos hemos sido vilipendiados, insultados, menospreciados, infravalorados, heridos…

Pero estamos aquí, formando parte de algo más pese a nuestras diferencias, pese al destino y a cualquier obstáculo.

Quería bautizarlo. Bautizarnos, aunque sé que puede que no me corresponda, no me importa.

Henchido de orgullo, esperó los temidos murmullos, pero solo halló respeto y sorpresa en sus rostros y corazones.

—No como bando. No como ejército, sino como un hogar para los que son como nosotros.

Hoy me gustaría nombrarnos parte de Rinaryan.

No evoca ferocidad, temor o grandeza, sino hermandad, protección, confianza y dignidad.

No demandaré vuestra confianza porque es la mía la que me lleva a pensar que tomaréis la decisión correcta, el camino que os lleve más allá de vuestro destino, pero sí me gustaría pediros que presenciéis nuestra primera acción.

— Vinadarian frunció el ceño y apretó los dientes, respiró muy profundo, se dio la vuelta, mirando de cara al horizonte blanco una vez más, y encorvó la espalda hacia delante con los puños apretados

Intentó gritar, pero tan solo balbuceó. Los latidos de su corazón se aceleraron en una vergüenza inmensa cuando sintió una mano en el hombro. Esta vez lo dijo en voz alta, aunque tampoco pudo gritar.

—Sigo vivo.

Se volteó para comprobar quién lo había tocado, pero no había nadie.

Alguien más le dio un golpe en el otro lado, pero tampoco había nadie.

Sonrió de oreja a oreja. Pequeñas manos escalaban por su espalda cuando lo gritó con la ferocidad del mayor de los huracanes.

Lo gritó con tal fuerza que resonó más allá del sonido, alcanzando los corazones de quienes ahora podía llamar los suyos.

Y es que Minaryan, Serquam y Za-Jir se habían subido a su cabeza y sus hombros.

Se tomaban de las manos antes de acompasar su grito entre ilusionadas carcajadas.

—¡¡Sigo vivo!! —gritaron desde el alma.

—¡Otra vez! —pidió Minaryan.

Pocos fueron quienes se dieron cuenta de inmediato. De la baldía tierra que rodeaba la prisión brotaban plantas de colores vivos y apagados por igual, vides, árboles… Flores y frutos crecían hasta crear un hermoso vestido que danzaba al son del viento.

Jinner contuvo el sollozo y se adelantó hasta tocar su espalda y acompañarlos. Con la voz rota, también gritó.

—¡¡Sigo vivo!!

Kargu se carcajeó y se llevó la mano derecha a la altura del corazón cuando vio a Minaryan darse la vuelta para invitarlo. Se lanzó sin dudarlo al otro lado del villano, tomó aire y gritó con una fuerza arrolladora.

—¡¡Sigo vivo!!

Jyon tomó a su hermana y su madre de las manos y caminó con lágrimas en los ojos hasta ponerse justo detrás de ellos.

—Una… —contó ella.

—Dos… —continuó Herbia con orgullo.

—¡Tres! —terminó Sara entre risas.

—¡¡¡Sigo viva!!!

—P-pero ¿qué es…? ¿Qué es todo esto? —preguntó Húnila, emocionada, con la piel erizada y los ojos encharcados.

Yayika caminó vistiendo una sonrisa burlesca en el rostro. Se colocó entre Kargu y Serquam, tocando a ambos en la espalda con las yemas de sus dedos, y terminó por unirse también al clamor.

—¡¡Sigo viva!!

Niza se hizo un hueco entre la multitud y sus ojos se encontraron.

—Es un mensaje —dijo Álika—. ¿Cuál? Claro, que seguimos vivos —se respondió la joven remangándose para tomar a Niza con ambas manos—.

También quieres estar ahí, ¿verdad, criatura?

— El engendro se quedó mirándola unos segundos con una fascinación sin igual, pero no tardaría en volverse hacia las voces.

Álika caminó junto a Vinadarian, se hizo un hueco detrás de Jinner y levantó a la criatura lo más alto que pudo.

—¡¡Sigo viva!! —gritó con todas sus fuerzas y los ojos cerrados.

Húnila se llevó las manos a la cabeza. No podía creer lo que veía, y menos aun cuando vio la expresión de sorpresa en el rostro de la peor de las hermanas. Avanzó sin decir nada y levantó ambos brazos hacia el cielo.

—¡Sigo viva! —gritó. Su voz era aún quebradiza, pero pronto se vio acompañada. Dos, tres, cinco, diez y hasta treinta voces terminaron por sumarse.

Vinlit reía con intensidad, pero nadie podía escucharla. Durante unos segundos, se había sentido irrelevante hasta que, al final, ella también se unió.

—¡¡¡Sigo viva!!! —gritó también.

Sin excepción, sin exclusión. Formaron los primeros compases de una obra, las primeras notas de una sinfonía.

Cada grito, una razón, en todos algo en común.

Una plegaria, una amenaza o una celebración.

Un llanto, un mensaje, un nombre, un significado, un propósito, una meta o un recuerdo.

Un objetivo, un cambio, una ilusión o una esperanza.

Un comienzo o un final.

Eran parte de la misma canción.