30. Sinfonía #2
Vinadarian negó con la cabeza y se subió encima de la placa como si fuese un escalón, una gruesa alfombra oscura.
—Pasad todos. Descansad y no os preocupéis, hablaremos cuanto haga falta, solucionaremos cuanto podamos. Pero antes quiero hacer algo.
El villano sonrió con los ojos entrecerrados.
Las puertas estaban atascadas. El mecanismo solo se podía abrir desde el interior y el metal del que estaban hechas aún se conservaba bien a pesar de las inmensas abolladuras.
Una de estas estaba en el extremo inferior derecho de la puerta izquierda, dejando una minúscula apertura por la que podía meter la mano.
Al tocarla, notó que el dolor había desaparecido y la piel desgarrada se había recuperado por completo.
Exhaló aire por la nariz en una risa contenida.
A pesar de todo lo ocurrido, no podía proporcionar explicación alguna a quien la demandara.
Apenas podían ver una borrosa silueta del mundo que les había dejado aquella mujer.
Tiró con fuerza. El estruendoso chirrido del metal se silenció de inmediato ante la esperanzadora imagen del interior del recinto.
La nublosa luz revelaba los secretos de un abandono repentino: sacos de dormir, leña e incluso ropa, algunas cajas rotas o tiradas.
Había taquillas verdes a los lados, desgastadas, vacías y abiertas.
Al fondo, los escombros tapaban las escaleras hacia el piso superior.
Vinadarian caminó hasta ellos y comenzó a apartarlos.
—¿Qué está haciendo? —balbuceó Yayika al poco de despertar. Se separó del gentil apoyo de Kargu y se mantuvo en pie a su lado por sí sola.
—Vamos —respondió Kargu, acercándose para ayudarlo.
Húnila alzó la voz tras presenciar cómo los suyos caían agotados apoyados en las paredes o se tumbaban en los sacos nada más llegar.
—Vinadarian, pretendas lo que pretendas, debes saber que no aguantaremos mucho aquí, no hay suficiente alimento cerca y estamos muy débiles para recorrer grandes distancias. Puede que podamos recomponernos, pero este lugar no es suficiente —insistió.
—Solo un poco más, Húnila. Ten paciencia —respondió al apartar otro escombro.
Subieron a la primera de las cuatro plantas. Hacía más frío que abajo y apenas ingresaba luz desde las celdas del pasillo. Era amplia y estaba vacía, aunque había restos de comida devorada por los insectos.
El villano aceleró el paso para llegar a la siguiente planta.
Había una habitación hospitalaria frente a la subida.
La puerta había quedado abierta e ingresaba luz desde la ventana.
Se podía ver un sillón roto sin las dos patas traseras, una mesa y una camilla junto a un ordenador enchufado a una toma de corriente que ya no funcionaba.
Un grifo sin agua y ropa maloliente en la pila de lo que parecía haber sido una pequeña cocina, pues estaba junto a una vitrocerámica para una única sartén tirada en el suelo, doblada y rota.
Había dos habitaciones más, ambas cerradas, y el baño, del que emanaba un olor inmundo, pero el del bentio lo había contrarrestado hasta entonces y ni siquiera se habían percatado pese a su intensidad.
Se mantenía en buenas condiciones, tan solo una de las tazas estaba rota, y el suelo, aunque lleno de insectos desconocidos correteando, no estaba tan sucio, tampoco las paredes.
Tras pasar el baño, a mano derecha, subieron a la tercera planta, donde había una enorme sala llena de sillas y mesas; parecía un comedor, aunque también había tarima.
Un poco más adelante, la sala de ordenadores.
Habían quedado inservibles, muchos de los monitores estaban rotos, aunque las mesas aún se conservaban bien.
Apenas entraba la luz suficiente desde su única ventana para observar las pinturas colgadas en la pared.
Una última habitación, un despacho devastado y del que apenas se podía ver nada en absoluto, tan solo las astillas que sobresalían de la mesa encajada contra la puerta.
Los escombros impedían el acceso al resto de las habitaciones, pero pudieron continuar por las escaleras hasta el cuarto piso, donde se encontraban las celdas de aislamiento, todas individuales. El largo pasillo indicaba con claridad el siguiente movimiento, la última subida los esperaba.
—Puede que no esté tan mal —dijo Yayika.
—¡Es una pasada! —gritó Minaryan al subir. Su voz rebotó en las paredes.
—¡Hay sitio de sobra para dormir y el agua de lluvia ya no nos despertará! —respondió Serquam ante la alegría de su amigo. Za-Jir se contagió de ellos y echó a reír.
—Es más amplia de lo que parece, hay espacio de sobra para todos. Es mucho mejor de lo que esperaba —dijo Jinner.
—También es más fría de lo que parece —replicó Álika—. Y eso estos días no es tan fácil de sobrellevar.
—Eso no será un problema. Me preocupan más los comportamientos de según qué personas.
—¿Eso es una indirecta? La última vez no fuiste tan piadoso al condenar un comportamiento que no te gustaba —respondió Álika.
Jinner se volvió con seriedad y la miró a los ojos, intimidándola hasta dejarla temblando.
—Tampoco lo seré ahora.
—¿Pero a ti que te pasa? ¿Por qué te peleas con todo el mundo, Jinner?
—preguntó Minaryan con inocencia y desvergüenza irrumpiendo entre los dos—.
¿Tienes miedo de que algo vaya mal? ¡No te preocupes, hombre!
Mira… ¡ECO! —gritó el pequeño, generando una simultánea sonrisa en ambos que puso fin a su pequeña disputa.
Za-Jir miró en todas direcciones, boquiabierto, tratando de seguir el rastro de la voz de su amigo.
Fascinado, imitó el sonido. Minaryan le levantó el pulgar a Kargu, quien contesto asintiendo con la cabeza. «Misión cumplida».
La figura de Vinadarian se congeló ante sus ojos al subir las escaleras.
El blanquecino cielo que reflejaba la luz solar hizo de fondo para sus suspiros.
Miraba el horizonte con una seriedad preocupante.
Callado como una tumba, se acercó a uno de los pocos pretiles que quedaban en pie y apoyó los brazos, dejando reposar la cabeza sobre ellos unos instantes.
—Necesitamos respuestas —le dijo Húnila sosegando la voz cuanto pudo—. Tu sangre, el túnel, la mujer rosa, Vinlit. Entiendo que dependemos de ti, de vosotros. Pero no creas que por ello te debemos total sumisión. ¿Qué está pasando? ¿Cuál es vuestro secreto?
—No nos trates de «vosotros», Húnila. Tratémonos como parte del mismo bando. Tras todo lo que acabamos de vivir, es lo mínimo que podemos hacer.
—Di lo que quieras, pero no evites mi pregunta.
—¿Que cuál es nuestro secreto? No puedo contestarte, no con la seguridad que pretendes, porque no lo sé —respondió el villano elevando la mirada—.
Puedo hablarte de que antaño fui una rata de laboratorio para Praesidium, pero ya lo sabes.
Podría hablaros de cómo terminamos juntos en medio del bosque, sobreviviendo a base de bayas y tratando con las aldeas que llegábamos a encontrar, pero también lo sabes —continuó extendiendo la mano al cielo—.
No hables de secretos como si conociéramos nuestra condición, porque sabemos tan poco como tú —continuó—.
Alguien me dijo una vez que el avance de la humanidad se cuenta de uno en uno, pero sucede de tres en tres.
El primer paso descubre, el segundo reflexiona y el tercero asevera; los tres avanzan y la falta de uno arrebata la sustancia a los otros dos. Puede que fuera cierto.
—¿Esperas que te crea? Parecías tener un gran control sobre esas extrañas habilidades y pocos de tus amigos se sorprendieron al verlo.
Vais con una criatura extraña que no se parece a ningún animal que haya visto en la vida y sucedieron decenas de cosas que, las mires por donde las mires, son incomprensibles.
—Sí, espero que me creas. Aunque entendería que no lo hicieras y no dejaré de intentar ayudaros si decidís iros, pero no nos trates de «vosotros», por favor.
—¿Por qué es tan importante? Sois más que capaces de sobrevivir sin nuestra ayuda. Si acaso, seríamos poco más que un estorbo.
—Nadie es un estorbo. Esto es por lo que quería traeros aquí. No os pido que confiéis en mí ni en ninguno de nosotros. Sé de primera mano que la confianza se otorga, no se demanda.
Húnila retrocedió un par de pasos. Vinadarian se volvió con lágrimas derramándose por sus mejillas y una amplia sonrisa, aunque aún mantenía su tono tibio y su voz determinada, y vio a un grupo que, por lo que parecía, no acababa de llegar.