Rinaryan: La huella de un fantasma 30. Sinfonía
97%

30. Sinfonía

Henchidos de orgullo, marchaban en estricto desorden.

Los niños revoloteaban llenos de energía y conversaciones entre extraños fluían en una oleada de incredulidad que aún afectaba a pequeños y mayores.

Al frente, Vinadarian portaba sobre su cabeza la inmensa placa que los salvó, y, tras él, Jinner la sostenía desde el extremo opuesto.

Sabía que el villano tenía algo en mente. Siempre que lanzaba la mirada a una dirección indescifrable estaba viendo algo que no podía esperar a mostrárselo al resto. Estaba emocionado de poder volver a verlo, de poder volver a sentirlo.

Las llamas de su interior se zarandeaban con la brisa. Tuvo que contener una risotada infantil al percibir la intensa ilusión que no dejaba de crecer.

Los gritos de Minaryan jugando con los demás niños, las conversaciones, incluso el toque en el hombro. Una rima entre pasado y presente que reformaba el significado de cuanto había supuesto.

«Levantó el escudo y nos protegió a todos».

«Ni siquiera se rindió cuando lo traicionaron en el último momento».

«Creía que no lo contábamos y terminamos sin salir heridos».

«Estaba paralizado por el miedo hasta que alzó la voz».

Jinner recordó los miles de murmullos que enmascaraban odio y desprecio; le temblaron los labios al ver la espalda de su amigo levantando el peso de la seguridad de su gente.

Juntos, después de todo. Terminó cumpliendo su promesa.

Tragó una bocanada de aire y entrecerró los ojos.

Debía girarse, alguien trataba de comunicarse con él, pero quería saborear un poco más este momento.

—Oye —dijo Jyon adelantándose hasta estar a la vista—. Eres Jinner, ¿verdad? Vinadarian me habló mucho sobre ti. No le digas que te lo he dicho yo, pero se quedó hecho trizas cuando lo dejaste solo. Te necesitaba y te largaste como un cobarde.

Herbia le dio un tirón en la mano y contuvo la respiración, pero Jinner ni se inmutó al escucharlo.

—Me alegra que estuvieras ahí para enmendar mi error —contestó con total neutralidad.

—No importa. No estuve allí para enmendar nada, sino para ayudar a mi amigo —continuó Jyon—.

Aun así, quería darte las gracias. Le dije que, si merecías la pena, volverías.

Y estuviste, ganaste. Y, de hecho, ahora mismo le estás ayudando con ese trasto.

Me alegro de haberme equivocado al pensar que no lo harías.

—La joven resopló con tozudez y frunció el ceño—.

Lo que quiero decir es que… gracias por cuidar de este idiota.

Yo no estoy tan segura, pero él está convencido de que sin ti no habría logrado nada.

Jinner contestó de inmediato sin dirigirle la mirada, tratando de encontrar en el horizonte a dónde estaba mirando su amigo.

—Entiendo que lo dices como una broma, pero no es gracioso que le llames idiota. Hoy no. Y no tienes que darme las gracias, es el último error que me permitiré. Futuro, destino…, la época en la que el mundo quedaba fuera del alcance de nuestra mano acabó.

Jyon se detuvo por un segundo, el aire se le escapó de los pulmones y sintió una leve punzada en la espalda.

—¿El mundo? ¿De qué película te has caído, tipo duro?

—Mira a tu alrededor. En medio del desastre, toda esta gente puede sentirse segura caminando junto al río, después de lo ocasionado por las tres hermanas. La peor de ellas está entre la muchedumbre. ¿Qué podría escapar a nuestras pretensiones?

—Jinner, es que no somos un puñado de personas, es aún peor: somos una panda de críos. Ahí fuera hay mucho mundo que explorar. Nadie te pide que lo cortes en rodajas y lo entregues en bandeja de plata. Solo vamos de un lado a otro haciendo lo mejor que podamos para sobrevivir, no hay mucho más.

—Te equivocas, hay un propósito. Tanto mío como suyo.

—Lo que tú digas. Buena charla, supongo. Espero que te diviertas dominando el mundo.

—Gracias —contestó Jinner—. Ojalá pudiera decir lo mismo.

Vinlit los interrumpió.

—Vaya dos cretinos. «La peor de las tres hermanas». Sí, claro, pero no me hace falta leer mentes para enterarme de qué va esto. Ni vosotros ni yo somos el ombligo del mundo. Tampoco él. Quizá lo entendáis un poco mejor en breve, zopencos.

—¿Cretina? Claro que eres la peor de las tres. Experimentabas con humanos abiertamente. De hecho, gran parte de esta gente está aquí por tu culpa.

—Sí, como vuestro amiguete de ahí adelante. Está claro que el sentido común no es tu fuerte, guapa. Que soy la peor porque experimentaba con humanos, lo que hay que oír…

—Eras la peor por múltiples motivos. Sin embargo, al igual que todos nosotros, has terminado aquí.

—No por mucho, chico. El reloj no se detiene porque os riais más fuerte que ayer, e incluso yo tengo responsabilidades.

—¿Más gente que esclavizar?

—Cuidado. Estoy de buen humor, pero eso puede cambiar si cualquiera de vosotros mete la pata.

—¿Y a qué esperas?

—Tú también lo has notado, quiero verlo.

Jyon se carcajeó y Jinner sonrió. Acto seguido, entrecruzaron miradas altaneras y engreídas.

—Los dos creéis que sois los únicos que se han dado cuenta, pero esos dos críos de allí llevan todo el trayecto jugando a adivinar qué será.

—¿Qué más da? —respondió Jyon correteando con energía, adelantándose a su compañero y dándole un golpecito con el codo. Se volvió hacia él y caminó de espaldas, con la espalda encorvada bajo la placa—. Nosotros no somos tan inmaduros como para tratar de adivinarlo —dijo sonriéndoles a ambos.

—Sí. Si tan inmiscuida estás en un asunto como este, no creo que podamos adivinarlo. Dejémonos llevar.

Minaryan salió pitando hacia Kargu, que caminaba, herido y cansado. Yayika, inconsciente, se apoyaba en él, que sosegado dirigía la mirada al villano mientras la llevaba. Serquam, Za-Jir y Herbia fueron tras él envueltos en una inmensa curiosidad.

—¿Y tú que crees? —preguntó Mina, sin añadir nada más. Kargu se sorprendió, lo miró con seriedad y contestó con tan solo dos palabras—. El nombre.

Minaryan asintió con la cabeza, pero Serquam y Herbia no entendieron nada. El primero salió pitando hacia su hermano. Álika caminaba junto a él.

—¿Qué pasa, corazón? —preguntó con dulzura la mujer al ver jadear a Minaryan. El resto llegó segundos más tarde, Za-Jir reía sin control hasta el punto de que se le saltaban las lágrimas y le dolía la barriga.

—¿Cuánto queda? —preguntó adelantándose hasta tirar de la mano de su hermano, que parecía sumido en un trance.

—¿Qué? —preguntó él.

—¿Queda mucho? Tenemos muchas ganas de ver qué quieres hacer.

Vinadarian se sorprendió y se contagió de la enorme sonrisa de los pequeños.

—Yo creo que vamos a adoptar otro geevar como Niza —sostuvo Serquam.

—¿Podemos ir a buscar a Guan-Guan? ¿O ha venido alguno con nosotros bajo la tierra? Son muy listos. Seguro que, si se lo pides, vienen.

El murmullo tapaba el sonido del arroyo cercano.

Levantó la vista y vio a lo lejos un enorme edificio rodeado de vallas metálicas.

Su estado era más que aceptable, aunque había partes derruidas.

Una pequeña puerta daba a la azotea, alargada y amplia, con líneas que la identificaban al instante como un antiguo helipuerto.

No cabía duda de que era la prisión de la que le habló Smil.

—¿Es ahí? ¿Ese es el lugar donde querías llevarnos?

Vinadarian asintió con la cabeza y Álika contestó de inmediato.

—¿A una prisión? ¿Eso es todo? Casi preferiría haber acampado al aire libre, que, ya que llevamos ese armatoste, podemos despreocuparnos de los monstruitos.

—¿Y qué pretendías que encontrara? ¿Un palacio? ¿Una ciudad perdida? Ni siquiera estaba muy seguro de si estábamos yendo bien, date por satisfecha.

—¿Cómo que no sabías si estábamos yendo bien?

—Smil dijo al oeste y señaló en una dirección, pero desde el volcán a saber cuál es el oeste.

—Vamos, que hemos llegado aquí de milagro.

—O es el destino.

—El destino no va contigo. Lo has demostrado un par de veces.

—¿Entonces qué, esto es el oeste o no?

—¡Sí! —respondió Serquam—. Ya te lo dije antes, ¡vamos en dirección al oeste!

—Estabas bromeando, ¿verdad? —Álika dejó escapar un suspiro exasperado—. Estoy muy cansada para entender tus bobadas.

Vinadarian estalló en una risa burlesca, enderezó su postura, miró a Álika a los ojos y bajó el tono de la voz.

—No te preocupes. No planeo tener secuestrado a nadie por el momento.

Ella contuvo una leve carcajada. En un instante se le ocurrió la respuesta perfecta, pero al siguiente se percató de que no lo era. Se puso de cuclillas junto al villano y miró hacia arriba, más allá de la prisión.

—Es como aquel día. El cielo está despejado, pero hoy los dos estamos en pie, ¿eh?

—Bueno… casi —señaló poniéndose en cuclillas mientras los pequeños los rodeaban bajo la placa.

—Casi —admitió ella dirigiéndoles la mirada.

—Solo un poquito más y podremos descansar —dijo Serquam.

Vinadarian asintió. Un poquito más. Un paso más. Pronto podrían tocar con las yemas de los dedos los enormes portones metálicos de la prisión, palpar sus pétreas paredes, desentrañar sus pequeños misterios, descubrir sus habitaciones.

Las vallas que lo rodeaban estaban machacadas, algunas desperdigadas por la reseca tierra cuya tonalidad marrón variaba alrededor de la edificación.

Pedazos de rocas, dientes y huesos, criaturescos y humanoides, yacían resecos a su paso, mas no se detuvieron.

Aun si hubo un motivo para abandonar el recinto, ahora estaba en dirección contraria.

No les tembló el pulso al adentrarse. El corazón del villano estaba sumergido en una seguridad que iba más allá de la razón y su visión se transmitía a su gente, que, aun nerviosos, lo siguieron hasta sus puertas.

Vinadarian se hizo a un lado y demandó espacio.

Dejaron caer la placa al suelo y tiró de su propia mano hasta desgarrarse gran parte de la piel al arrancarla del imán; refunfuñó un poco, pero se tragó el dolor al ver a todos expectantes.

Húnila se adelantó unos metros, poniéndose a la altura del chico.

—No podemos quedarnos aquí mucho tiempo, somos demasiados —le dijo con una creciente preocupación.