Rinaryan: La huella de un fantasma Rival
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Rival

La voz rígida y profunda del hombre sentado en el trono chocaba con las heladas paredes del castillo. Era una habitación amplia, aunque la inmensa mesa en la que habían decidido reunirse la ocupaba prácticamente entera. El aire invernal se colaba silbante entre las grietas, sobre todo desde arriba.

Lecoa los miraba de arriba abajo. Había llegado con gente más que suficiente para matarlos a todos en caso de que fuera necesario, pero empezaba a temer que hubieran aprendido demasiado de sus anteriores encuentros al escuchar la seguridad en la voz del hombre.

—Sois afortunadas. Hasta ahora habéis podido sobrevivir como las antiguas cucarachas, metiéndoos en grietas y esperando que el hombre con la bota más grande no os considerara una amenaza hasta que fuera demasiado tarde.

¿Os habéis planteado cambiar el nombre a vuestra ridiculez de colectivo?

—dijo acomodando las dos piernas sobre la mesa con ambos brazos cruzados sobre el pecho.

Era más joven de lo que su voz relataba y menos estúpido de lo que sugerían sus palabras.

Su aguda mirada no tardó en posarse sobre Xalk instantes antes de que arreara un puñetazo a la mesa—.

Aún no ha llegado. Una palabra más, y yo misma prepararé su alfombra roja.

Lecoa desvió el rostro apenas unos centímetros y Xalk asintió con la cabeza, tensando el rostro y corrigiendo su posición. Erguida, puso ambas manos tras la espalda y se mantuvo en silencio, aunque le era imposible no arrugar la nariz al mirar a aquel hombre.

—Agradezco su recomendación, pero concebimos que «Cazadoras» nos identifica incluso mejor que «Cucarachas».

Si bien es cierto que sobreviviremos a cualquier bota u amenaza, también nos caracteriza la doma de bestias salvajes, sobre todo dentro de la especie humana, aunque, como bien sabe, algunos especímenes son incorregibles —contestó Lecoa con solemnidad y rigidez.

Taranae, sentada a su lado, soltó una adorable risotada mientras jugueteaba con algo en las manos bajo la mesa.

—Se le debería caer la cara de vergüenza. ¿Cómo se atreve a convocarnos aquí y tardar tanto? —dijo el hombre. Acto seguido, enderezó la postura y entrechocó la mirada con la de ellas tres.

—Creo que merece un castigo. Un brazo o una pierna por cada minuto que pase a partir de ahora, ¿qué os parece?

—Lecoa sabía que buscaba una reacción acorde, una negativa o una alianza.

Estaba más molesto de lo que pretendía hacerles creer.

Ocultaba la razón tras la tardanza, pero había algo más.

Miró de reojo al otro lado de la mesa; esos dos no habían dicho nada desde que llegaron.

La peor de las tres hermanas las observaba con una sonrisa siniestra, especialmente a Taranae, pero no formuló pensamiento alguno, tampoco reaccionó a ninguna de las palabras del lobo. Tan solo las miraba ensimismada, como si estuviera en algún tipo de trance.

A su lado, el ya famoso informante, la mano izquierda de Praesidium, Smil, pese a compartir el silencio, botó en su asiento del miedo que le produjo oír esa frase de aquel hombre.

Sudaba tanto que tenía que secarse los párpados y cada pocos segundos inhalaba con tanta profundidad que creaba un ligero eco dentro de la habitación.

—No estamos aquí para hacer daño a nadie.

Ella misma nos pidió mantener la paz y el orden, dijo que habría consecuencias si no lo respetábamos, así que, por el bien común, comportémonos como los adultos que somos.

El diálogo forja la esencia del ser humano, como se suele decir —dijo Smil, rompiendo su silencio.

—Nunca lo había escuchado. ¿Acaso ese dicho es de Praesidium? Me gusta —respondió Lecoa regalándole una leve sonrisa.

Smil asintió.

—Era de sus frases favoritas.

—La esencia del ser humano no existe. Es una metáfora seudocientífica de mierda, pero sí, tienes razón, siempre le han gustado ese tipo de memeces —respondió Vinlit, extenuada en el mismo instante en que lo vio abrir la boca.

Aún enervado por su grosera respuesta, Smil notó de inmediato el distintivo sonido de los pasos de aquel hombre. Podía diferenciarlo incluso acompañado. Le recorrió un escalofrío y miró hacia la doble puerta de madera que mantenía la habitación separada del resto del castillo.

Las puertas se abrieron, mostrando a Ghrun acompañado de otro hombre y una mujer.

—Pasad, pasad vosotros primero —pidió la dulce voz de la mujer de cabello plateado.

Ghrun cedió el paso a su otro acompañante, un hombre mayor de estatura media y piel muy oscura con la nariz ancha y el tabique roto. Tenía una cicatriz en el labio superior y los ojos verdes. Llamaba la atención cómo recogía su pelo castaño en una larga coleta que le llegaba hasta la cintura.

El comandante lobo caminó tras él en un silencio atronador en el que ni siquiera se dignó a desviar la mirada al resto de los allí reunidos. Sin embargo, el de la cicatriz se sentó junto a las cazadoras, mientras que Ghrun se mantuvo en pie junto al hombre del trono.

—¡Qué alegría! Pensaba que alguno de ustedes no vendría.

En primer lugar, es un placer conocerlos en persona.

En apenas unos meses, vuestros nombres han quedado grabados en la historia de la humanidad por siempre, mi más sincera enhorabuena a todos —dijo la mujer con un incómodo y breve aplauso—.

Y perdonad mi descaro y mi falta de educación.

Sé que no me he presentado y también sé que no lo haré.

Aunque más de uno aquí ya sepa mi nombre, creo que también sabe lo que podría pasar en caso de que se faltara a mi voto de confianza, ¿verdad que sí?

—continuó con una sonrisa dirigida a Vinlit y Smil, quienes no reaccionaron en absoluto; la primera, por falta de interés y el segundo, por un profundo terror—.

Solo quiero pediros unas cositas de nada.

Son muy distintas, así que no puedo pedírselas todas al mismo bando.

Así también me aseguro de que no os vayáis a matar entre vosotros y de que tendremos un planeta un poquitín más sano y en paz —continuó la mujer.

Lecoa dejó escapar su sonrisa más sarcástica y se volvió hacia el hombre del trono con indiscreción.

—¿Qué ocurre? —preguntó la mujer—. ¿Quieres decirme algo? ¿Tienes alguna duda? —continuó, dirigiéndose a él. El silencio inundó la sala antes de una contestación, pero Ghrun tomó la oportunidad.

—Dudábamos de si el motivo que pueda proporcionarnos para todo esto será suficiente para convencer a la facción más poderosa del planeta a disponer su ayuda para una persona como usted, señora. Lo esperamos con impaciencia. Por favor, ilústrenos.

—Bien, en primer lugar, tengo buen oído.

Pude percibir, corrígeme si me equivoco, que había una amenaza en ciernes sobre mi tardanza.

¿Un brazo o una pierna por cada minuto, ¿verdad?

Si no me equivoco, fue el señor Noceo. Sírvase, por favor.

Espero que mi amabilidad los convenza —pidió ella, dejando caer ambos brazos a los costados de su cuerpo.

El hombre del trono se levantó en un abrir y cerrar de ojos, saltó sobre la mesa y corrió hasta ella, sacando de su manga una afilada hoja oculta de un tamaño algo superior al de su puño. Le cortó el brazo izquierdo de inmediato.

Su velocidad superaba cualquier límite humano. Ni siquiera el mismo Ghrun pudo seguirlo con la mirada.

—Me temo que su amabilidad no será suficiente, señora —contestó Noceo con seguridad.

Pronto, sus ojos repararon en lo que los demás no tardarían en presenciar: la cálida sonrisa de la mujer no se movió un ápice.

Ampollas grisáceas borboteaban de la amputación hasta generar un inmenso látigo negro que envolvió en espiral la sala entera.

—Entonces me temo que tendré que recurrir a medios más primitivos, estimado comandante —contestó borrando la sonrisa—.

No habéis venido aquí porque tengáis elección, habéis venido a obedecer.

¿Creíais que la primera demostración era casualidad?

¿Que estaba tomando ventaja de vuestro desconocimiento?

No es así. Estoy siendo permisiva, estoy confiando en todos vosotros, pues sé que todos tenéis algo bueno que aportar a la humanidad.

Incluso los más brutos. —Ante el atronador silencio de la sala, la mirada atónita de sus participantes esperaba impaciente su siguiente sentencia—.

Necesito una muestra de la esencia del alma, y para ello no solo deberéis investigarla, sino también crear un recipiente adecuado para guardarla.

Lobos, vuestra sanguinaria ansia de poder es adecuada para lograr esta meta. Os encomiendo esta tarea.

—¿La esencia del alma? —preguntó atónito el hombre de la coleta.

—Es la cuarta esencia. Una que va contra todas las demás —contestó Vinlit—.

Naturaleza y dios son fragmentos de la esencia que compone el universo, las leyes físicas como la gravedad, el espacio o el tiempo.

La esencia del destino es la más poderosa, la que dictamina cómo y cuándo ocurre.

El orden y el caos, el comienzo y el final.

Pero hay una cuarta, una que puede romper este orden en pedazos y enhebrar uno nuevo al instante, la esencia del alma.

—Gracias por la explicación, Vinlit. Es un placer tenerte por aquí, siempre he pensado que serías una excelente profesora.

Es una pena que estés como una regadera —contestó la mujer—.

Las cazadoras, por otra parte, solo tendréis que cuidar de esta chiquitina y aseguraros de que crece junto a un supremo.

Su campo bioluminiscente puede no desarrollarse de manera adecuada si esto no se da, así que confío mucho, muchísimo, en que lo conseguiréis.

Lecoa asintió con la cabeza y observó, manteniendo la compostura, cómo la mujer se hundió la mano en el cuello y sacó con suma delicadeza un minúsculo bebé, aún más pequeño que la palma de su mano.

—Su nombre es Samqua. No os extrañéis si crece muy rápido, es normal. Volveré a conocerla a su debido tiempo.

Un berrido fruto del llanto de un hombre resonó por la habitación y alertó a todos los presentes, pero ninguno podía identificar de donde provenía. La mujer se agachó a recoger su brazo, dejándose entrever el rostro de alguien en su hombro antes de acallarlo al volvérselo a pegar.

—Disculpad. Aún me queda una última misión.

Tú, Gwyrth, corazón. Encuentra a Ana, la menor de las tres hermanas, domad la naturaleza en su interior y llévala con Vinlit.

Tú, querida, mantenla bajo llave hasta que vuelva a por vosotras.

Y con respecto a Smil… Ya sabes lo que tienes que hacer, encuéntralo —concluyó la mujer.

Smil asintió con la cabeza, pero enseguida comenzó a negar.

—Me dijo que si volvía a vigilarlo me mataría —respondió.

—Pues no lo vigiles, solo necesito que lo encuentres —sentenció la mujer de inmediato.

Smil suspiró con extenuación, dándole turno de palabra a Gwyrth, que se levantó entusiasmado.

—La esencia de la naturaleza… siempre fue mi objetivo. Siempre quise ayudar a la gente. Gracias por darme esta oportunidad, señora.

—Me alegra hacerte feliz, querido. Bien, ¿y tú, Vinlit? ¿Lo has entendido?

—Sea cual sea tu cometido, puedes contar con nuestra lealtad —interrumpió Lecoa—. El único precio que me atrevería a pedir a cambio es el conocimiento de tu propósito. Todos estos favores, ¿para qué son? ¿Qué ocurriría si fallamos todos?

—Yo trabajaré para subsanar vuestras posibles deficiencias, querida. Agradezco tus palabras, pero entiende que el precio del que hablas está más que saldado, son vuestras adorables vidas —contestó la mujer.

—¿Cómo podemos saberlo? La mayoría aquí hemos despertado nuestras capacidades, te superamos en número y conocemos los requerimientos de tus pretensiones.

¿Qué razón podría haber para que no nos unamos en tu contra y acabemos contigo, viendo cómo tratas de ponernos entre la espada y la pared?

—preguntó Lecoa levantándose de la silla.

Vinlit se carcajeó.

—Buena pregunta —añadió de inmediato.

La mujer sonrió de nuevo y cerró los ojos.

—La confianza entre personas civilizadas.

—No es sencillo confiar en alguien que te amenaza como primera opción.

¿Así pretendes ganarte nuestra lealtad? —contestó Lecoa—.

Nada nos impide matar a la niña en cuanto te des la vuelta.

Incluso hacerlo ahora. Usarla de rehén. Mi voto de confianza es firme, ahora requiero reciprocidad. ¿Qué buscas con todo esto?

—El bien común —respondió la mujer con total seriedad.

Lecoa miró a Vinlit a los ojos.

—¿Miente? —preguntó sin miedo.

Vinlit negó con la cabeza, y la cazadora tendió la mano.

—Entonces puedes contar con las cazadoras —concluyó; la mujer no le devolvió el gesto.

—¿Y Rinaryan? —preguntó Vinlit. La atención de la sala se concentró en la peor de las hermanas.

—Es irrelevante —respondió la mujer. Vinlit se carcajeó.

—Di la verdad, novata.

—Él podrá saborear la libertad unos meses más, hasta que vuelva a requerir de sus servicios. Tiene una responsabilidad de la que no podrá escapar. Sabes bien que es imposible —respondió la primera.

—¿Imposible? —La científica volvió a carcajearse y se levantó de la silla apoyándose en la base de la espiral con el brazo izquierdo y alzó el derecho hasta el hombro de la mujer.

Acercó su rostro hasta que sus frentes se tocaron.

Ojo contra ojo, la sonrisa de la mayor de las hermanas se expandía con nerviosismo—.

Sabes bien que te has ganado mi respeto y mi temor, hasta el punto de que me haces dudar de si realmente puedes conseguir la inmensa locura que planteas.

Que planteáis. Conozco bien tus hazañas y tu valor.

Tus agallas y tu determinación, pero escucha esta advertencia como un regalo conmemorativo de esta reunión.

No vuelvas a usar esa palabra, no sería la primera vez que escupen en la cara de la probabilidad, y te aseguro que, si llega, temerás el día en el que puedas contarlos entre las filas de tus enemigos.

Harías bien en tenerlos en el punto de mira.

No es solo la rata de laboratorio. A su lado se formulan las sombras pertenecientes a grandes nombres, y los une un propósito férreo tan inquebrantable como el tuyo.

La fiereza en las palabras de la hermana estaba forjada desde el corazón, era algo que había aprendido a medir desde hace ya muchos años. La apartó con rudeza, sentándola de nuevo en la silla. La propia espiral que los rodeaba la estabilizó antes de que pudiera caerse al suelo.

Lecoa contuvo la sonrisa. Supo identificar el poder del veredicto en su osadía. Quizá, después de todo, sí hubiera una esperanza para contraatacar.

—Gracias por tus palabras, Vinlit. Me has hecho recapacitar.

Será entonces una misión común para todos vosotros.

Cazadoras, lobos, cruz azul y cualquiera al que tengáis el honor de llamar aliado, tenéis una última orden: traed ante mí al infame hombre conocido como el villano y destruid su obra.

Acabad con la amenaza en que puede convertirse.