Rinaryan: La huella de un fantasma 29. Muro #5
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29. Muro #5

Álika la tomó con rapidez y contestó:

—Entonces empieza por darte prisa.

Vinadarian envolvió la placa de bentio con la tira imantada. Smil le había dicho que el bentio era un metal, así que, quizá, así podría maniobrar con más eficiencia. Fue más doloroso de lo que pensaba. La tira le desgarró los tejidos, pero sirvió para levantarlo con más seguridad.

—Ayudadme — solicitó Vinadarian mirando hacia atrás.

Sara contenía a Ghrun y Yain. Estaban agotados, pero ni siquiera ella podría pararlos mucho tiempo.

Lobos y traidores rodeaban el escudo para golpearlos.

Jinner y Kargu agarraban el brazo del villano como una cuerda, mientras que Álika tiraba de su camiseta tratando de aportar algo, aunque temblaba con tanta intensidad que más bien la zarandeaba.

Sara detenía con su escudo los furiosos embates de Ghrun, implacable y peligroso.

No lograba derribar la defensa de la mujer, que paraba sus movimientos sin pretensión alguna de devolver los golpes para ganar tiempo.

Estaba debilitado, pero ella no podía cometer el error de infravalorarlo.

Él adelantó la palma de la mano contra su escudo y este se desvaneció como una cascada acuosa plateada, dejando a la guerrera desarmada y vulnerable ante el inminente golpe de Yain.

Herbia se puso enfrente, tratando de proteger a su madre entre llantos mientras sus amigos se acercaban, lo que hizo dudar al gigante un instante, suficiente como para que Jyon llegara a golpearlo, apartándolo de su trayectoria.

Sara retrocedió unos pasos al ver a sus hijas tan vulnerables, por lo que Ghrun avanzó hasta poder atacarla en el estómago. Jyon la tomó en sus brazos antes de que cayera al suelo y la dejó a su espalda.

—Confía en mí, mamá, vuelve con Herbia ahí dentro.

Sara se negó en rotundo, pero Herbia tiró de ella, preocupada.

—Confía en nosotras, mamá. También podemos salvarte.

Jyon transformó su piel, haciéndola robusta y rosácea, y placó contra el líder lobo, quien la detuvo propinándole el mismo golpe que a su madre, dándole otro más en el rostro cuando consiguió erguirse.

No retrocedió al recibirlo; al contrario, avanzó y le devolvió un cabezazo con todas sus fuerzas que lo hizo achantarse.

Gritó entonces sumándose a sus compañeros al embestir contra Yain mientras Herbia y Sara se deslizaban al agujero.

El gigante la esquivó y Jyon placó contra Vinadarian y compañía, propinando un nuevo empujón hacia el agujero.

—¡Un poco más! —gritó Vinadarian levantando al completo el escudo justo antes de entrar. Serquam y Herbia lo agarraron de la camiseta. Jyon lo empujaba por delante, y Sara tiraba por detrás, haciéndose hueco entre Álika y los niños. Juntos, taponaron el túnel con el bentio y continuaron tirando.

—Una…, dos… y ¡tres! —decían al unísono. En cada empujón avanzaban tan solo cinco o diez metros, por lo que los lobos entrarían a perseguirlos. Ghrun fue el primero. Posó la mano para volatilizar la placa de bentio; se concentró tanto como pudo, pero fue incapaz.

—¡Uno, dos y tres! —se escuchaba desde el otro lado. Poco a poco, penetraban en lo más profundo de la oscuridad del túnel.

En un abrir y cerrar de ojos, los lobos armaron una estrategia de persecución divididos en grupos de tres cada diez metros que avanzaban al mismo tiempo, reportando posibles amenazas o descubrimientos.

El grupo de Vinadarian perdía las energías; tras la primera hora, apenas podían continuar. Sara se llevaba el índice a los labios solicitando silencio.

—No digáis nada. Cuanta menos información tengan, más peligroso será seguir la persecución. Terminarán dándose por vencidos. Ha sido una gran idea, Vinadarian. Aunque arriesgada.

—No se darán por vencidos —sentenció él—. Quieren una victoria total. Quieren acabar con nosotros, especialmente ahora. ¿Los rehenes han continuado? —susurró—. No veo nada.

—Por supuesto que no —contestó Húnila—. No sabemos a dónde lleva esto.

—¿Y qué hacemos? ¿Qué hay al otro lado? —preguntó Yayika.

—Un volcán y unos cuantos civiles, si es que se han quedado allí todavía —respondió Sara.

—Habría que ir pensando en cómo continuar luchando allí en caso de que nos sigan —dijo Vinadarian.

—Si eso ocurre, estamos muertos —contestó Álika—. Son muchísimos, armados hasta los dientes, y estáis todos agotados. No sé cuántos ases bajo la manga os quedan, pero dudo que muchos después de ver a este energúmeno salir corriendo con un bloque gigantesco contra un ejército.

Za-Jir comenzó a saltar con las manos en alto.

—Sí, habría que ponerse en marcha —interpretó Vinadarian al verlo—. Preparaos. A la de tres, tiramos entre todos.

—Espera —dijo Serquam.

Minaryan dejó a Niza en el suelo y ayudó a Za-Jir a ganar algo de altura, aupándolo contra el techo del túnel. Comenzó a escarbar.

—Es un chico muy valiente, pero incluso él tiene miedo en una situación así. Necesita salir cuanto antes, podemos adelantarn…

Herbia cortó a Sara.

—Hay algo ahí arriba.

Kargu se puso bajo el niño, que continuaba escarbando, y se percató de algo. Era muy tenue, pero se podía percibir entre los granos de tierra una pequeña luz azulada.

—Bajo la madriguera de aquellos geevars, ¿no había unas esferas que daban algo de luz?

Za-Jir continuaba escarbando. El agujero ya era tan profundo como todo su brazo. Kargu lo alzó un poco más.

—A los peces les gusta el orden —respondió Vinadarian ante la mirada confundida de todos.

—¡Sí! —respondió Serquam mirando hacia arriba.

La tenue luz se hacía mucho más patente cuanto más escarbaba, y, de pronto, un pequeño flujo comenzó a caer.

—¿Agua? —preguntó Sara.

—El agua del lago. El agua de las madrigueras —respondió Vinadarian.