Rinaryan: La huella de un fantasma 29. Muro #4
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29. Muro #4

Jinner chasqueó, molesto, y cedió, lanzándose a toda velocidad a buscar ese mineral siguiendo el rastro con su olfato.

Pudo localizarlo en una caja al fondo. Transformó su brazo en un tentáculo a mitad del golpe y las destrozó.

Levantó la roca oscura por encima de su cabeza; era muy pesada, mucho más de lo que hubiera imaginado, y apenas podía caminar con ella encima.

Tomó la decisión de lanzarla hacia delante con todas sus fuerzas.

Kargu se defendió del primer golpe de Yain con ambos brazos y ladeándose, impidiendo que sus enemigos tuvieran un buen ángulo para un disparo certero a su cabeza u algún punto vital en lo que recogía dos pequeñas piedras del suelo. Sin embargo, un tiro hirió su brazo izquierdo.

Con los brazos entumecidos, retrocedió con un pequeño salto y emuló un nuevo placaje.

Yain, inmisericorde, le aplastó el pecho y después la espalda con dos puñetazos seguidos evadiendo la defensa del chico y acabó atacando su rodilla.

Algo detuvo el impacto de sus golpes, algo duro y rugoso, ajeno al cuerpo de Kargu; los fragmentos de una roca caían a su alrededor y crecieron como afiladas lanzas que atravesaron el codo derecho del lobo.

Asustado, lo lanzó por los aires con fuerza tratando de entender lo que acababa de ocurrir.

Kargu habría agrandado los trozos de las rocas, tal como hizo con los barrotes en la prisión.

Esta conclusión lo dejó confuso, lo que hizo más lenta su reacción posterior.

En cuanto vio a Jinner levantar la inmensa mena de bentio frente a él, ordenó a los demás que se separaran con un gesto de la mano.

Jinner se abalanzaba sobre un único objetivo, Yain, el gigante. No habría defensa contra el poder absoluto, y sin él, el resto no tendrían oportunidad. Fue por eso mismo que desobedecieron la orden del anciano y se arremolinaron para detener el golpe entre todos.

Un científico lanzó un explosivo momentos antes del impacto, tan pequeño como para no dañarlos a ellos pese a la distancia, pero con la potencia necesaria como para desestabilizar el golpe y reducir su fuerza.

Jinner golpeó. Apretó y tensó cada músculo de su cuerpo para aplastarlos como insectos, pero podían resistirse.

Kargu cojeaba al trepar sobre la mena hasta llegar al otro lado, advirtiéndoles a propósito para centrar su atención en él. Saltó y tomó la pistola caída del hombre de la perilla, disparándole sin miramientos las pocas balas que le quedaban.

El círculo interno volvía a cerrarse, la batalla estaba por llegar a sus compases finales.

Ambos ejércitos tenían sus fuerzas muy mermadas cuando el telón se cerró.

La resistencia bajo la inmensa mena de bentio cedió, y los lobos que trataron de confrontarlo quedaron aplastados por el ataque de Jinner.

Entonces, para sorpresa de ambos, Vinadarian chocó de espaldas contra Kargu. Había estado retrocediendo mientras Ghrun y Yain avanzaban mano a mano. Los rehenes seguían dentro. A pesar de la pequeña victoria, la reincorporación del líder lobo volvía el tablero en su contra una vez más.

Sin embargo, al ver a sus amigos sanos y salvos, el villano sonrió con nostalgia.

Ghrun se dio la vuelta. Mirando de frente al ejército enemigo, adelantó a sus propios soldados con las manos a la cadera y preguntó:

—¿En qué dirección apuntarás los colmillos?

Unos segundos de silencio, un alto el fuego y los gritos de una mujer aterrada. La batalla se detuvo por completo al escuchar el aullido del lobo. El viento mecía las briznas de hierba que quedaban y erizaba la piel de quienes podían pararse a saborearlo, quizá por última vez.

Las preguntas, los ruegos, los gritos y las amenazas borboteaban de la masa como las burbujas en agua hirviendo.

El círculo terminó de formarse, sustituyendo a los lobos caídos por los que alguna vez llamaron aliados. Tan solo los gritos de una mujer se superponían ante el estruendoso sonido de la desesperanza.

—¿Para esto has dejado que nuestra gente muera? ¿Para traicionar su confianza y la de todos en pos de la del hombre de tus pesadillas? No sabía que fueras tan cobarde. —Era la voz de Álika. Vinadarian se quedó de piedra por un instante.

—¿Qué está pasando? —preguntó Kargu.

—Os he fallado —respondió Vinadarian alzando su escudo—. Perdón.

El hombre de la melena miraba a Vinadarian mientras se dirigía a Álika:

—No pienso consentir que mueran más de los nuestros. Eso es lo que diferencia a un verdadero líder de una idealista, Álika.

Álika se levantó del suelo tras él, lo tomó del hombro y lo giró para propinarle un bofetón con la mano abierta.

—Prefiero morir que seguir escuchándote un segundo más.

Vinadarian permitió que saliera todo el aire de sus pulmones, relajó la guardia dejando caer los brazos. Escuchó a sus amigos ponerse a su lado, caminar hasta él, prepararse para la última batalla. Lo levantó de nuevo. Esta vez no iban a rendirse. Escuchó voces ahogadas bajo sus pies.

—¡Que sí! ¡Está aquí, daos prisa! —Era Minaryan; golpeaba algo con frenesí.

—¡No se os ocurra salir! —La voz de Sara.

—Matad también a las ovejas. Han probado ser ineficientes y desleales. No quiero supervivientes —ordenó Ghrun alzando el brazo.

Jyon hizo una cuenta regresiva.

—Tres, dos, uno… ¡Ya! No, ¿qué haces, enano?

La tierra temblaba junto al villano, una sensación familiar que no pudo reconocer hasta que fue tarde, pues a un par de metros tras él se abrió un enorme agujero del que salió corriendo el pequeño Minaryan con Niza en brazos.

Se produjo una andanada de disparos desde todas direcciones, apuntando a cada ser viviente, inundando el campo de batalla de proyectiles y un ruido ensordecedor y terrorífico en una sentencia de ejecución masiva y cruel.

Niza miraba ensimismada el escudo del villano, entretejiendo cada hilo hacia él, bocetando sobre un lienzo sangriento la imagen de la esperanza. Los disparos cambiaban de dirección, chocaban con el baluarte sin rasguñarlo siquiera, y caían como moscas muertas a los pies de Vinadarian.

La segunda andanada fue inmediata. La pequeña criatura jadeó agotada mientras Ghrun arremetía contra Vinadarian a pesar de los disparos.

—¡Rápido, seguidnos, es seguro! —les dijo Sara, pero no movieron un músculo hasta contemplar a Serquam salir corriendo en cuanto lo escuchó. Tras ella llegó la orden de Húnila.

—¡Es nuestra oportunidad! ¿A qué esperáis? ¡No hay otra salida!

Yain se adelantó, posicionándose entre la pequeña Serquam y el agujero, provocando los gritos de la niña.

—¡Déjanos pasar! ¡No tiene por qué morir nadie más! —pidió, asustada.

Yayika se despertó al escuchar el grito. Vio a Yain, se levantó cuando le vio empujar a Serquam contra los demás en medio de la lluvia de balas. Debilitada, apenas pudo caminar hasta ponerse en frente del gigante.

—Ya he tenido suficiente. Voy a aplastarte, anciano. Voy a aplastaros a todos.

—¡No, Yayika no lo hagas! —gritó Kargu contra lo inevitable.

La presión hizo hincarse de rodillas al gigante, aunque también retorcerse de dolor a la pequeña, afectando también a Ghrun y a Vinadarian.

Este último se mantuvo con el escudo en alto, mientras que Yain estaba demasiado debilitado como para mantenerse erguido, quedando inmovilizado contra el suelo.

Kargu trató de disparar al comandante mientras tuvo ocasión, pero no le quedaban balas.

Sabía que no disponía de las fuerzas suficientes como para matarlo él mismo o sacar de allí a Serquam, pero, si se lo pedía a Jinner, este priorizaría acabar con el gigante o Ghrun antes que salvarla.

Quizá debía intentarlo aun sabiendo que no tenía oportunidad.

Pero, en su momentánea disyuntiva, Vinadarian eligió por ambos.

—Saca a la renacuaja, Jinner. Llévala con los demás.

Yain se levantó al tiempo que Jinner entró en el área donde se notaba el efecto. Ambos caminaron despacio, pero manteniéndose altivos y orgullosos. Jinner llegó frente al debilitado Ghrun y chocaron las miradas a apenas un metro de distancia.

El gigante dio un paso más, un símbolo de respeto y de intencionalidad, y Jinner acató la orden de Vinadarian, caminando hasta Serquam para salvarle la vida antes de que fuera tarde.

Yayika jadeó extenuada hasta que no pudo más, deshaciendo la presión de inmediato cuando Jinner ya había llevado a Serquam al agujero. Se quedó atónito al contemplar no solo a un montón de desconocidos de todos los tamaños, edades e incluso especies, sino también a la misma Vinlit.

—¿Qué estás haciendo aquí? —dijo poniéndose en guardia frente a la pequeña.

—No te preocupes, tienes cosas más importantes que hacer —respondió ella señalando hacia arriba.

—Se acabó —sentenció Jyon—. Yo también voy.

Ghrun tosió sangre y se reincorporó. Apartó a Yain y atacó con desesperación a Vinadarian, pateándole en el costillar y arrebatándole el escudo; la próxima andanada sería la definitiva.

Preparó el brazo para la última orden mientras Vinadarian, tirado en el suelo, miraba tras de sí a su gente, el agujero y la inmensa placa de bentio.

Frente a él, Álika trataba de zafarse de sus enemigos junto a la última de las bandas magnéticas.

Se levantó y se dio la vuelta. Tensó hasta la última fibra muscular de sus brazos para levantar el bentio y dejar que los últimos civiles cruzaran al agujero.

Lo puso en vertical y avanzó con el bentio por delante. Jinner, Kargu y Minaryan lo acompañaron sin mediar palabra mientras llegaba la tercera andanada. Los dos primeros enderezaban el escudo, mientras que el pequeño llevaba a Niza en brazos como su propio ángel de la guarda.

En su carrera, el grito de guerra de los cuatro se sintonizó con un inestable florecimiento de toda clase de plantas.

Los proyectiles seguían chocando con el escudo cuando llegaron a la distancia adecuada.

Jinner detuvo a quienes se atrevieron a acercarse, mientras que Vinadarian hincó el escudo en el suelo y salió en busca de Álika, tomando la tira magnética del suelo y ofreciéndole la mano.

—Te dije que te pediría consejo la próxima vez que me escondiera.