Rinaryan: La huella de un fantasma 29. Muro #3
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29. Muro #3

—No me hagas reír. Si por mí fuera, te habría dejado aquí a cambio de una victoria segura.

—Bien. No cambia nada.

Jinner se carcajeó.

—Eres un buen tipo, Kargu.

—Tú también, aunque no te lo quieras creer.

—Deja a la niña y a la mujer con la gente y dales instrucciones. Indícales por dónde deben retirarse y cuál es el plan. Es muy importante que no traten de hacer nada raro, que no ataquen a ninguno de los bandos. Si no he acabado con estos payasos, vuelve a echarme una mano.

—De acuerdo —respondió Kargu.

—¿Cómo que la niña? Me llamo Serquam, por si todavía no te has enterado.

Y tengo dos piernas que funcionan perfectamente, nadie tiene por qué llevarme a ninguna parte.

—La niña gritó angustiada al escuchar el disparo dar en el brazo levantado a toda prisa de Jinner, a apenas medio metro de ella.

Supo entonces que, si no hubiera sido por eso, estaría acabada.

—¿Pues a qué esperas? ¿Es que quieres que te maten?

—¡Perdón! —contestó, corriendo aterrorizada hacia el tumulto.

Jinner se abalanzó contra los enemigos, priorizó a los armados. Eran los más peligrosos contra los rehenes y sabían que apenas podrían infligirle daño a él.

Kargu tomó a Serquam de la mano y la llevó con el resto. Miró a Húnila, estaba un par de pasos más adelantada que los demás.

—¿Lo has escuchado?

—Es demasiado peligroso, en cualquier momento podrían identificarnos como una amenaza cualquiera de los bandos y matarnos —respondió ella de inmediato.

—¿Cuál es la alternativa? —preguntó Kargu.

—Esperar a que haya un ganador.

—Lo respeto, pero no es una alternativa real. Mis amigos se han impuesto liberaros. Si no se lo permitís, os obligaré a escoger bando a la fuerza.

—Tus amigos son quienes nos llevaron a esta situación en primer lugar.

—Entonces ya has escogido bando —respondió Kargu—. ¿Hablas también por todos ellos?

Tras Húnila, múltiples personas levantaban con cuidado a Yayika y se deshacían en alabanzas y regañinas por igual hacia la pequeña Serquam.

—Espera —tartamudeó sin volverse a comprobarlo—. ¿Es cierto? ¿Sobrevivió?

Kargu asintió con la cabeza y puso la mano sobre su hombro.

—Te suplico que no hagas que se arrepienta de haber vuelto. No estoy en disposición de explicarte por qué, pero te ruego que confíes en nosotros, por favor.

Ella ennegreció su mirada un segundo y se dio media vuelta.

—Está bien. Pero esperaremos al momento oportuno. Nosotros impondremos el tiempo y vosotros el lugar.

Con una sonrisa de oreja a oreja, Kargu accedió.

—Si Yayika despierta, por favor, habladle de la situación y de lo que os hemos pedido.

Húnila asintió con la cabeza y Kargu salió en ayuda de Jinner.

Mientras tanto, Vinadarian y Yain continuaban su batalla; en un choque de fuerzas, la técnica marcaba una diferencia abismal entre ambos.

Aunque el gigante no era tan fuerte como Ghrun, sus movimientos eran tan gráciles y ágiles que obnubilaban mente y cuerpo del enemigo, empujando con los codos hacia afuera las manos del villano y placándolo hacia delante para separarlo de su comandante.

Vinadarian no se quedaba corto en astucia y aprovechaba el impulso para golpear con la punta de su escudo al lobo indefenso y reposicionarlo de nuevo para su ventaja, cayendo en pie poco después.

Yain fintó hacia el lado izquierdo del joven, simulando golpear donde su escudo no le cubría, rotando este último el torso con rudeza y celeridad para protegerse.

Se percató de un giro del gigante para situarse en su costado derecho, donde le golpeó en las costillas.

Vinadarian ya había aprendido a devolver los golpes en una situación de total indefensión.

Le atizó con el escudo en la cara antes de separarse de él y pateó a Ghrun en dirección a Jinner acto seguido.

—Deja ya de golpearlo, esto es entre tú y yo —sentenció el anciano.

Vinadarian tosió un poco de sangre y se aclaró la garganta antes de contestar.

—Si lo pides por favor, también puedo desatarlo, grandullón.

Yain soltó una ligera carcajada y tomó de nuevo la ofensiva, golpeando con un barrido las piernas del chico para hacerle perder el equilibrio. Estiró el brazo para atrapar a su superior, pero se las apañó para golpear a Vinadarian y lanzarlo a un costado a costa de darse de bruces contra el suelo.

Cuando trató de salir en su busca, el joven le atrapó el tobillo y tiró de él hasta hacerlo arrodillarse para, acto seguido, ponerse a su altura y tomar esta vez la iniciativa.

Lanzó un izquierdo directo contra el rostro del anciano, quien lo esquivó con facilidad sin percatarse de que, con torpeza, el villano había preparado el escudo en su derecha para placarlo contra el suelo y ya no podía esquivarlo.

Yain desvió el embate abriendo un hueco en su guardia y le golpeó en la boca del estómago, levantándolo un metro en el aire.

Lo tomó del pescuezo y lo aplastó contra el suelo.

El villano, en el mismo instante que hizo contacto con la tierra, rodó y puso el escudo hacia arriba, prediciendo el posible pisotón que no tardaría en llegar, reduciendo su impacto con una efectividad que no esperaba y renovando sus energías.

Lanzando un frenético grito de guerra, Vinadarian se levantó e hizo caer al gigante, superando sus fuerzas por un segundo. Yain se apoyó con los brazos en el suelo y le propinó una patada en el costado de su pecho.

Los dos se apresuraron a levantarse y, de nuevo, chocaron.

Las fuerzas del joven se intensificaban con una rapidez mucho mayor a la habitual.

Cada impacto en el escudo aceleraba más la batalla a su favor, pero, aun así, el gigante se las apañaba para salir ventajoso de los enfrentamientos.

Utilizando la energía y fuerza de su enemigo en su contra, lo orientó en la dirección contraria a Ghrun fingiendo emplear todas sus fuerzas para, después, abalanzarse a un costado, dejando el joven atrás y pudiendo llegar a su objetivo.

—He de admitir que luchar contigo es muy molesto —sentenció el anciano dejando escapar una bocanada de aire.

Ambos se percataron en ese instante: el círculo interno formado por los lobos había dado su primer paso hacia delante.

El lobo tomó la delantera, golpeando el escudo del chico, que se impulsó hacia el indefenso comandante.

Cuando Yain trató de adelantarse, pivotó con la derecha hacia él lanzando un gancho para el que no estaba preparado, un movimiento astuto.

Sentía en sus brazos una fuerza desmesurada, una que jamás hubiera podido imaginar.

No cabía duda de que con un impacto así incluso ese gigante quedaría, como mínimo, inconsciente.

Se dio la vuelta con gesto soberbio y triunfante, reclamando con la mirada la vida del comandante, un trofeo que ahora le pertenecía.

Podía imaginar cómo se retorcería en el barro, cómo se arrastraría como un gusano y le pediría clemencia, cómo anunciaría su rendición, pero Ghrun había conseguido ponerse en pie en cuanto le dio oportunidad.

Aún con el cuerpo entero desgarrado y lleno de sangre, levantaba ambas manos por encima de la cabeza apretando dientes y tensando sus músculos con la mirada clavada en el villano.

Smil había jurado que esos imanes no podrían romperse tan fácilmente.

Podían soportar pesos de más de dos toneladas a pesar de su ligereza, pero el joven los vio desvanecerse como polvo en el viento.

Ghrun se miró las manos; era una sensación nueva y familiar al mismo tiempo, una necesidad imperiosa.

Relajó el rostro y se agachó con templanza, tocando uno de los dos imanes a sus pies.

Con el roce de sus dedos, la atadura desapareció entre la brisa, una corriente de aire negro.

Era libre. La última banda cayó al suelo, inútil.

Vinadarian tomó un soplo de aire, y mientras aún trazaba un nuevo plan en su cabeza, el gigante lo golpeó en la espalda. Salió despedido, perdió el conocimiento en el impacto, y lo recobró al aterrizar.

Se volteó hacia él tambaleándose. Tosió sangre que decoró su barbilla mientras escuchaba los solemnes pasos del comandante a su alrededor, que seguía en silencio.

La retaguardia también estaba sufriendo. Los embates de los compañeros se veían lastrados por la técnica del anciano, que superaba la fuerza del vástago de la naturaleza con suma facilidad.

Apenas les quedaba terreno para retroceder. En unos minutos habían logrado separarlos de los civiles y llevarlos junto a su propia base.

Jinner tomaba la delantera, precipitándose para asestar un golpe directo.

Yain lo esquivaba o lo golpeaba a mitad del recorrido para abrir su defensa y devolverle un contraataque sin piedad.

Golpes en el pecho, en el estómago y en la barbilla lo habían dejado muy debilitado, mientras que los precisos disparos del hombre de la perilla impedían a Kargu apoyar a su compañero más allá de mantenerse a la vera de su enemigo para no dejarlo avanzar.

Los instintos de Jinner comenzaban a aflorar. La concentración del chico emborronaba su vista y la teñía de rojo. Exhalaba aire caliente y respiraba con un frenesí creciente. Las palabras de Kargu lo sacaron de su trance.

—Jinner, ¿lo hueles? Si sigues ese olor, darás con una enorme mena de algo llamado bentio, es de color oscuro, te será fácil reconocerlo. Tómalo y aplástalos a los tres al mismo tiempo.

—¿Y tú que harás?

—Espacio. Es todo cuanto puedo hacer en una batalla como esta, lo lamento.

—No voy a dejarte.

—Lo harás. Si mi sacrificio es el puente a la victoria, nada me enorgullecería más que saber que mi nombre tuvo un significado.

—No aguantarás suficiente, son demasiados.

—Y tú no tienes elección. Solo decides si muero en vano o no —concluyó. Lo empujó a un lado. Para cuando Jinner recompuso la vista, Kargu ya se había lanzado solo contra el enemigo.