Rinaryan: La huella de un fantasma 29. Muro #2
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29. Muro #2

Vinadarian se puso enfrente. Los pasos del gigante hacían temblar la tierra y los soldados a su alrededor comenzaron a apuntar sus armas en todas direcciones. Parecía que su pequeño plan se desmoronaba, no habría intercambio de rehenes y las probabilidades de salvar a nadie se esfumaban.

El fracaso fue punzante y doloroso, pero mucho menos que la satisfacción de observar la escena. Le molestó no sentirse peor, pero no podía evitarlo al ver pintadas de preocupación en sus estoicos rostros y escuchar al lobo aullar hacia la luna y rogar al cielo sin poder hacer nada.

Sentía cómo la sangre bullía, cómo sus labios se estiraban de lado a lado y cómo arrugaba el ceño.

El gigante se abalanzó sobre él, y la sangre recubrió sus dos brazos, generando una enorme armadura alrededor de ellos, tanta como para alcanzar en tamaño los de su enemigo, con los que chocó instantes después.

Fue mayúscula la sorpresa para ambos al comprobar que estaban igualados en fuerza, y aún más el empeño del joven al empujarlo hacia atrás.

Escuchó los gruñidos sorprendidos de los soldados y la lluvia de proyectiles de un lado a otro. Jinner no se hizo esperar y se abalanzó sobre el comandante para sentenciarlo de una vez y para siempre.

Quería saborearlo, ver cómo perdía la esperanza en sus ojos tal como hicieron con él.

Apretaba los incisivos y dejaba escapar el aliento entre los dientes al corregir la mirada y conectar con el rostro del hombre, vacilando en el último segundo al descubrir que no era desesperanza o miedo lo que sentía, sino una pena desgarradora.

No era un reflejo de sí mismo a quien vio al mirarlo, sino a la pequeña niña que perdió a su padre.

No, era aún más profundo, una desolación abrumadora.

Sus brazos temblaron lo justo como para que pudiera zafarse hacia un lado, cargando hacia Jinner.

Vinadarian pudo establecer un nuevo agarre cuando su amigo asestó el primer golpe, uno demasiado rápido y sin la suficiente potencia como para matarlo.

El cráneo de ese hombre era duro como el acero.

—No —balbuceó Yain en un gruñido de esfuerzo.

Jinner levantó el codo y preparó otro golpe, esta vez, con todas sus fuerzas. Esta vez, Vinadarian tampoco cedería. La inmaculada fuerza del legado de la científica se había fortalecido desde su lucha con Ghrun.

Pero Yain continuó extendiendo el brazo.

Lo estiró hasta casi desgarrárselo conteniendo su boca de balbucear nada más, pero siendo incapaz de controlar el escalofrío que recorría su cuerpo.

«Solo un poco más», pensó al ver el puño del crío despegar como la flecha de un arco.

Podía imaginarse vívidamente cómo el golpe abriría el cráneo del comandante, cómo esparciría sus sesos por el suelo y cómo no sería capaz de controlar el llanto.

«¿Y entonces qué?», pensó. Sintió el calor del puñetazo en la palma de la mano, imaginando cómo sería agarrarlo y detener un golpe así, el crujir de las falanges de sus dedos contra la inmisericorde contundencia. Un poco más.

Conmocionado, cedió frente al agarre de Vinadarian, cayendo al suelo al ocurrir algo que detuvo el campo de batalla entero.

Jinner levantó la vista, perplejo, e incluso el propio Yain se quedó atónito mirándolo, mirándose.

Un segundo Yain había surgido de pronto, idéntico hasta en la ropa, con su misma fuerza y consistencia, con su aliento y corazón, con su mirada y determinación.

No era un truco, sino una anomalía; él también había despertado su capacidad latente.

Zarandeó a Jinner a un costado aprovechando la sorpresa, y aún con la mano sangrante tras recibir el impacto, se preparó para sacar de allí a su superior de inmediato.

Por supuesto, Vinadarian no se lo permitió, placándolo con el radiante escudo blanco y pateando la espalda de Ghrun al mismo tiempo en direcciones opuestas.

Retomó el control de la situación y le echó una breve mirada a su amigo.

—Estaré bien. Ve a por Kargu y decidid cuál es vuestro siguiente paso.

Jinner asintió de inmediato.

—¿Qué harás tú?

—Ganar. También tengo mis trucos.

—Tres minutos. Si en tres minutos no estás con nosotros, volveré a por ti.

Vinadarian asintió y recondujo la mirada a los dos Yain. Lo único que los diferenciaba era el sangrado en la mano derecha de uno de los dos.

—Aún te debo una, según lo que tengo entendido. No quiero tener que matarte; aún estás a tiempo de unirte al bando ganador —dijo Vinadarian poniéndose en guardia con la certeza de la respuesta.

—Sigue al monstruo. Yo me encargo de Ghrun —ordenó el original a su homólogo.

La disposición de Jinner le hacía un blanco más fácil, pero cuanto más le disparaban, más flancos dejaban al descubierto.

Que las leyendas sobre la esencia de la naturaleza se quedaban cortas era evidente al verlo correr con el viento silbando a su alrededor.

En un suspiro le inundaron los recuerdos de aquel momento, el momento en el que estuvieron a punto de poder llamar a este mismo lugar su hogar.

Iban emocionados a hablar con aquella mujer que lideraba la apacible comunidad que les había ofrecido su mano.

Y es que los sacos de dormir a la intemperie seguían en el mismo sitio y la gente corría aterrorizada al escuchar los disparos de ambos bandos.

Se le encogió el corazón al verlos, más aún cuando conectó su mirada con la de Húnila, que lo miró boquiabierta y con un brillo esperanzador en los ojos, uno que lo desconcertó tanto como contemplar de primera mano cómo un hombre se había quedado en la retaguardia desarmado, con tan solo cilindro metálico y una anilla negra en la parte superior.

La lanzó dentro de la cueva rebautizada como «la boca del lobo» y se cruzó de brazos unos segundos, hasta ver frenar al denominado monstruo, que se percató de inmediato de su estrategia.

No podían darse el lujo de perder tropas por matar rehenes.

Sin embargo, teniendo claro su objetivo, podían armar una trampa en la que acabar con ellos sin usar proyectiles ni fuerza bruta.

Si se daba prisa, quizá pudiera salvar a sus amigos de inhalar suficiente veneno como para evitar sus muertes, pero se debilitarían lo suficiente como para no ser un gran estorbo para las tropas en el anillo interior.

Entre sosegadas carcajadas, el hombre se acercó al miedoso e ignorante tumulto, enunciando algo que terminó de petrificar a Jinner.

—Si alguno de vosotros acaba con la vida de ese chico, os garantizo vuestra libertad. Sabéis muy bien que dispongo de los medios para otorgárosla y que no mentiría con algo así. Una vida por decenas de las vuestras.

Húnila negó con la cabeza, pero no se atrevió a abrir la boca.

La línea trasera del ejército de alrededor escuchaba con atención.

Un desafío los desvelaría como una potencial amenaza y desamados morirían sin remedio.

Esperar a que el crío se envenenara y después matarlo era plausible dependiendo del veneno.

Aunque patético, podría proteger a los suyos.

Jinner apretó los dientes. Dejarlos morir podría ser la única opción de victoria, aunque fuera una derrota en sí mismo, aunque fuera fallar una vez más.

De alguna forma, todas las miradas terminaron por entrelazarse en el veneno extendiéndose por fuera de la entrada de la cueva.

—¡¡JINNER!! —La voz de Kargu llenó el terreno de combate, el ruido de sus cadenas aderezaba el eco de sus pasos en la cueva.

Minutos antes, Serquam aprovechó la conmoción para adentrarse en la cueva una vez vacía.

Despertó a Kargu en silencio, zarandeándolo recostado en el suelo.

Los barrotes de su celda estaban destruidos, pero lo habían esposado ambas manos y encadenado al suelo.

También lo intentó con Yayika, pero permaneció inconsciente.

El veneno inundaba la sala, y Kargu apenas tuvo unos segundos para entender lo que estaba ocurriendo.

Reconoció a Serquam y analizó las palabras del lobo.

Tiró en vano de sus cadenas. El veneno se esparcía por la cueva y se quedaba sin tiempo.

Inhaló todo el aire que pudo antes de que fuera tarde y tiró una vez más, pero fue inútil.

Relajó el cuerpo y bajó las manos a la altura de la cadera.

Serquam lo empujaba sin poder moverlo, y Yayika también pesaba demasiado como para levantarla.

Kargu dobló las rodillas hasta tomar a su amiga agarrándola de la camiseta con las dos manos atadas.

Entonces caminó en silencio, un paso tras otro, mientras la pequeña observaba casi tan sorprendida como agradecida los eslabones de la cadena haciéndose más anchos y más largos a cada paso.

Iba despacio, pero estaba funcionando. La niña se dio cuenta de que Yayika seguía respirando, así que le tapó la nariz y la boca antes de cruzar el flujo de gas venenoso.

Ella contuvo la respiración. Se apresuraron hasta salir en silencio.

Kargu abrió los ojos con fuerza y gritó el nombre de su compañero al notar el calor del sol en su antebrazo, habían logrado salir. Levantó las ataduras de sus manos y a Yayika con ellas.

Sin más dudas, Jinner se abalanzó para romper las férreas cadenas de su amigo, quebrándolas en mil pedazos con un golpe seco, y volteó la vista al último lobo del redil de las ovejas, o eso pensaba, pues habían llegado más: uno de los dos Yain, el hombre de la perilla y dos soldados.

—¿Cuánto sabéis del plan? —Jinner miró a Serquam de arriba abajo. No estaba sorprendido de que estuviese allí, pero sí de su buen criterio a la hora de actuar sola. Puede que formara parte del plan.

—Que Vinadarian y tú habéis vuelto para salvarnos.

—Busca el flanco más débil y escapa, unos críos deberían marcarte el camino. Los soldados del anillo exterior que avanzan en esta dirección son de los nuestros. El plan es sacaros a todos sanos y salvos. ¿Puedes llevártelos?

—Puedo, pero no voy a dejarte morir como un héroe.