Rinaryan: La huella de un fantasma 29. Muro
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29. Muro

Los amigos descendieron con la vista al frente.

El silencio reinaba en la madrugada; el sol aún no se alzaba, pero la noche comenzaba a clarear.

Bajar consigo a su enemigo era una labor más laboriosa de lo que hubiesen esperado.

Dañarlo, aún sin intención de hacerlo, perjudicaría el tiempo que ganarían con la falsa negociación de intercambio de rehenes, así que se pasaban su cuerpo con cuidado desde lo alto sin dejar que llegara a tocar el suelo siquiera.

La creciente tensión los hacía mirar a su alrededor cada pocos segundos, retrasando su marcha. Vinadarian dejó escapar un fugaz suspiro tras deslizarse con cierta soltura por la pared de la cuenca.

—Con un poco de suerte, en breve veremos a Kargu y Yayika corriendo hacia nosotros. Con otra pizca más, no habrá nadie disparándolos por la espalda y corriendo tras ellos.

Jinner negó con la cabeza.

—Kargu siempre optimiza sus movimientos, es inteligente y rápido, improvisa bastante bien y planifica aún mejor, pero sigue sin ser suficiente. Ellos no son militares cualesquiera. Ni siquiera sin su líder podemos figurarnos que algo así puede ocurrir.

Vinadarian soltó una risa ahogada.

—Aunque hubiese podido, no lo hubiera hecho. En estas semanas con él, lo he conocido suficiente como para darme cuenta de algo; lo esconde muy bien, pero tiene un orgullo muy férreo. Quiere ganar, Jinner. Aquí y ahora, quiere la revancha. Estoy seguro.

—El orgullo es una espada de doble filo.

—A veces se necesita una espada de doble filo. No siempre puedes ganar con un escudo, golpear es parte de ganar.

Hubo un breve silencio. Jinner apartó la mirada y exhaló aire con un tenue gruñido molesto.

—¿Qué? —preguntó Vinadarian alzando el tono.

Jinner respondió bajando la voz, no podían permitirse llamar la atención antes de tiempo.

—Creo que lo tienes todo demasiado claro.

Conocer a alguien no significa poder predecir qué hará.

¿Quién sabe qué le habrán hecho durante estos siete días?

Hay cientos de variables que considerar, no hacerlo significa asumir riesgos aún más innecesarios.

En el peor de los casos, podría ponerse en nuestra contra.

Vinadarian se paró en seco y lo miró a los ojos.

—¿Lo dices en serio?

—No quiero decir que nos vaya a traicionar. Me refiero a que puede estar muy debilitado y que protegerlo puede ser una carga para la victoria. La derrota significa que acabaremos todos muertos en el mejor de los casos —respondió Jinner.

—Ni siquiera puedo imaginarme a Kargu como una carga.

Además, estoy harto de que se considere o no carga a nadie.

No tiene sentido que nos planteemos esto ahora.

Nuestra parte será la más arriesgada, pero también la más irrelevante —contestó Vinadarian dándole un golpecito en el hombro con el puño—.

Somos poco más que el cebo. Cuanto más se centren en nosotros, menos posibilidades tendrán de detener la emboscada, y en cuanto eso ocurra la rendición será inminente.

Es irónico, pero si quieren ganar, tienen que dejarnos salirnos con la nuestra.

Ni tú ni yo vamos a caer con un par de balas —continuó con una sonrisa forzada y temblorosa y un parpadeo demasiado largo.

Jinner soltó una fugaz y apagada carcajada. Por fin estaban pisando el suelo de la cuenca. Miraron hacia delante, observando cómo las siluetas sombrías del contraluz del sol más madrugador se ponían en marcha.

—Esta vez no —masculló, observando el perfil de su amigo.

Podía contar con los dedos de una mano las veces que lo había visto así, tan concentrado que ni siquiera lo escuchó, tan asustado que fragmentaba sus latidos; era la viva representación de la victoria e, irónicamente, le hacía sentir una serenidad esperanzadora volver a verlo así.

Solo quedaba avanzar. Solo quedaba esperar.

Vinadarian sentía cómo su respiración se entrecortaba, y respiraba hondo al darse cuenta de que se quedaba sin aire, expulsándolo despacio para relajarse mientras las sombras se acercaban.

Jinner, por el contrario, estaba concentrado, analizando la situación, contando en su mente los metros recorridos por cada silueta, las direcciones tomadas, las armas que portaban, la intensidad con la que respiraban en cada paso.

Dos de los soldados se acercaron a ellos. Tras ellos, un pequeño batallón de cinco más se reagrupó al ver el primer gesto de sus manos. Una coordinación perfecta, el silencio y orden que los caracterizaba, miedo enmascarado de respeto al ver que la persona que cargaban era su comandante.

Vinadarian no encontraba aún palabras para comunicarse. Se limitó a fruncir el ceño y mantener la respiración estable mientras su amigo se mostraba altivo y desafiante.

A lo lejos se podía observar que las tropas armadas devolvían decenas de rehenes en dirección a la cocina.

Iban despacio y mantenían la atención en ellos, preparados para ir a ayudar en caso de ser necesario.

No tardaría en llegar quien entablaría conversación con los jóvenes: un tipo de mediana estatura con una perilla larga y cuidada.

Sus ojos relampagueaban con violencia bajo su ceño fruncido.

Poco o nada se esforzaba por mantener las apariencias.

Antes de que dijera nada, Vinadarian dejó caer las piernas de Ghrun al suelo y cogió su escudo. Tomó un último soplo de aire hinchando el pecho de orgullo y despejando los nervios.

El lobo habló primero.

—¿Qué debo suponer que pretendes? —dijo simulando una burla que palidecía por su angustia.

—Bajad las armas y hablemos como personas civilizadas. Os he traído a este saco de carne de una pieza, así que podemos empezar por ahí —demandó Vinadarian.

Ghrun se revolvió en el sitio y masculló algo. El villano apretó los puños y trató de no desviar la mirada.

—Jinner, si dice una sola palabra más, mátalo. Si esta gente no ha bajado sus armas a la de tres, mátalo.

Jinner asintió con la cabeza, una helada convicción que dejó sin dudas a cada espectador. El hombre de la perilla hizo un movimiento de muñeca y giró el puño hacia un lado. Los hombres bajaron sus armas, pero no las enfundaron, sino que las apoyaron en el suelo, a un costado.

—Habla ahora —ordenó el lobo.

—Será un intercambio de rehenes bajo mis condiciones.

Los traeréis aquí, un representante intercambiará los vuestros por el mío con Jinner.

Quienes lo presencien no podrán portar armas de fuego y tendrán que permanecer a un mínimo de treinta metros del punto de encuentro, incluido yo —sostuvo con firmeza el villano—.

Si alguna norma no se respeta durante el encuentro, vuestra mascota muere. Y todos vosotros iréis detrás.

Al escucharlo, el hombre hizo un leve gesto tratando de reír, deteniéndose al comprobar de nuevo el estado de su comandante.

—Entendido. ¿Y quién será el afortunado o afortunada?

—Ambos. Kargu y Yayika. No acepto negociaciones. Acepta o no aceptes. Sea como fuere, me fiaré de tu palabra. —El tipo miró hacia atrás y emitió un leve murmullo—. No tengo todo el día para que consultes con tus concubinas. ¿Eres quien está al cargo? Toma una decisión por tu cuenta.

—Yain hará el intercambio —dijo en voz alta. Los jóvenes no reconocieron el nombre. Era un mensaje para su comandante, puede que también un desafío para ellos, pero era irrelevante, pues había accedido—. ¿Está bien si esperáis aquí? —preguntó el hombre.

—Si quieres, también puedo clavarme un puñal en la rodilla mientras vuestras madres os preparan una merienda grupal. No, te acompañaremos hasta verlos sanos y salvos.

El lobo asintió con la cabeza y ladeó el rostro, dando una orden a los soldados con un leve gesto.

Rodearon a los jóvenes a una distancia prudencial.

A Jinner se le escapó una sonrisa al sentir que dominaban la situación cuando agarró a Ghrun de la pierna derecha y lo arrastró sin que pudieran decir nada al respecto.

La sensación de peligro crecía. Observaban los flancos esperando el momento en que comenzara la batalla.

En un silencioso paseo, continuaban su camino bajo la brisa primaveral.

Los lobos replegaban sus filas alrededor de las cabañas y cuevas que contenían a las buenas gentes que antaño habitaron ese lugar. Su sorpresa era mayúscula al presenciar una escolta digna de un rey para dos jóvenes que ya conocían demasiado bien.

Uno de ellos terminó por acercarse, un hombre gigantesco de más de tres metros de alto y de gran musculatura pese a su avanzada edad.

—¿Se puede saber qué está ocurriendo, Auriel? —preguntó lanzando una mirada desafiante a los chicos. El hombre se volvió a mirarlos en una muestra de respeto, pedía permiso para hablar. Vinadarian asintió con la cabeza.

—Quieren un intercambio de rehenes. Los dos mocosos a cambio del comandante. Quieren que sea en un entorno desarmado con una cierta distancia de seguridad. Creo que tú eres el indicado para hacerlo, Yain —sentenció Auriel midiendo cada sílaba de sus palabras.

El rostro de Yain se paralizó durante unos segundos. Dicen que, aunque le cortes la cabeza a un lobo, aún puede morder. Pocas veces se relata que también puede emitir un último aullido.

—¡Crolatus belli! —enunció en un rugido inmaculado encriptando un claro significado, la estrategia de la serpiente de cascabel; con tan solo esas dos palabras describió a la perfección las intenciones enemigas y reagrupó a sus soldados, reconduciendo su atención al exterior.

Se preparó para recibir el frío abrazo de la muerte al pronunciar la última sílaba, pues antes siquiera de que la primera se formulara en sus labios, Jinner arremetía con su puño contra la nuca del comandante con la fuerza suficiente como para romper un armazón de piedra.

Varios proyectiles le impactaron en la frente y el pecho, pero no lograban penetrar su piel ni hacerle retroceder, no hasta que disparó el hombre de la perilla con un objetivo distinto: la muñeca.

La precisión fue extrema, la justa y necesaria como para recolocar el puño instantes antes del impacto, salvando así a su superior.