28. Espada #4
El tractor echó a andar. Hacía meses que no veían un vehículo funcional.
Pronto pasaron la primera colina. Fue como un parpadeo, un minúsculo oasis de paz en el que el traqueteo les hacía recordar otros tiempos mientras observaban el entorno.
Ríos, cuevas, explanadas, montañas, árboles, frutos tirados en el suelo, hojas pisoteadas, el rastro del tractor en la tierra húmeda.
Discusiones, burlas, bromas, risas… Y, de pronto, allí estaban.
Podía verse en el horizonte una de las bocas de la cuenca.
Atragantado, Vinadarian no sabía cómo despedirse de la pequeña.
—Smil, cuida de ella. No tardaré en volver. —Todo parecía más real de repente. El mundo se le caía encima, solo de nuevo a pesar de aún no haber dicho adiós—. Pórtate bien, renacuaja.
Ella sonrió con calidez y asintió sin despedirse.
Sacaron al comandante con sumo cuidado hasta dejarlo en el suelo con delicadeza. Acto seguido, Vinadarian lo tomó de la pierna y arrastró tras de sí al andar; ya casi le parecía natural, como la mochila de un niño. Smil le deseó suerte y ambos suspiraron al escuchar el motor arrancar de nuevo.
—Escucha —dijo en seco Smil antes de acelerar—.
Hay una prisión que se ha mantenido en buen estado; no tiene muchos suministros, pero puede que encontréis refugio allí.
La cruz azul la ha abandonado porque está plagada de geevars, pero creo que, visto lo visto, eso no es impedimento para vosotros.
No debería ser difícil localizarla, tan solo id al oeste, allí —dijo señalando con el dedo—.
Seguid el río y terminaréis encontrándola.
¿De acuerdo? En caso de que sigas fiándote de mí, claro.
Aunque no lo hagas, sé que te irá bien. Espero volver a verte pronto, Vinadarian. Suerte.
Este último asintió con una fugaz mueca en una apagada media sonrisa y ambos partieron.
Vinadarian tenía muy claro dónde esperar.
Echaba de menos aquellas vistas, trataba de aferrarse a su recuerdo siempre que podía.
Desde allí podía ver toda la cuenca y al sol ponerse de fondo, aunque estaba justo al otro lado, por lo que debería dar un largo rodeo.
Aún quedaban unas horas hasta la madrugada.
No tenía más remedio que esperar a la hora que a sus aliados les pareciera más estratégica.
Resopló de nuevo. Puede que esto terminara pronto, pero estos instantes eran los peores. Quería sentarse bajo la sombra de uno de esos árboles y contemplar el horizonte con la mente en blanco.
Los minutos pasaban mientras él caminaba.
Smil volteaba la vista de vez en cuando para ver a la pequeña.
Estaba bien, no parecía preocupada en exceso, lo que en cierta forma generaba una desagradable sensación de incertidumbre en el adulto, una que se agravó cuando, la cuarta vez que miró hacia atrás, la niña no estaba.
Había salido corriendo, se escondió entre sombras y arbustos en busca de su amigo.
No le quedó más remedio que dar la vuelta para buscarla, no podía marcharse sin ella.
Estaba anocheciendo ya y Vinadarian pensó que podría aprovechar para dormir un par de horas, pero no se fiaba de sí mismo como para lograr tal hazaña, así que siguió andando. El color claro del cielo se oscurecía cuando llegó.
No pudo sino reír al contemplarlo ahí sentado. A contraluz era irreconocible, una silueta oscura sin nombre ni identidad, y, sin embargo, en aliviada sorpresa el villano recobró el aliento sin saber qué decir.
—Llegas tarde —le increpó la figura en su renovado traje. Pudo reconocer su voz, pero al volver la cabeza contempló el perfil contorneado con la luz del sol. Jinner había vuelto.
—No te equivoques. Llego justo a tiempo —respondió Vinadarian sentándose a su lado.
—Vas hecho un desastre.
—Tú, en cambio, estás como un pincel. ¿Hay buenos hoteles en a saber dónde?
—Los mejores. Pero nadie me daba conversación.
Vinadarian alzó el puño izquierdo en su dirección mientras observaba el horizonte.
—Sabía que volverías.
—Entonces sabías más que yo —contestó Jinner.
Hubo un breve silencio. Los dos querían que hablara el otro, no estaban seguros de cómo abordarlo, pero sentían una profunda calma a pesar de su situación.
Jinner chocó su puño con Vinadarian.
—¿sabes? Creo que por fin pude descubrirlo —dijo Vinadarian
—¿A qué te refieres?
—A lo que hablamos en aquel entonces. Nuestro objetivo, algo más allá de vivir. O de sobrevivir —continuó el villano con una carcajada malévola.
—Ya… ¿Y qué es?
—Esto. Tú y yo. Las personas como nosotros teniendo un lugar en el que sentarse y mirar al horizonte.
—Me gusta.
De nuevo, un breve silencio. Vinadarian habló primero, su tono se engraveció y se hizo algo más quebradizo.
—Jinner, quiero ganar. Quiero que lo que sea que ocurra mañana salga bien, pero tengo miedo. Miedo de volver a perderlo todo, de perderos.
—Bien. No lo querría de otra forma. Te veía tan sonriente que me estabas preocupando un poco. También me gusta el Vinadarian asustado de lo que va a hacer, y más si lleva a Ghrun a rastras como un fardo.
—¿No te sorprende?
—¿De ti? No, podría creerme cualquier cosa. Ni siquiera voy a preguntar. No me interesa, prefiero oír lo que me tengas que decir —respondió Jinner con un tono formal y firme.
—Sé que no tienes ni idea de lo que está por ocurrir. Pero, aun así, quiero que me lo digas. ¿Tenemos alguna posibilidad? De… salvarlos a todos. O, al menos, de devolverles su libertad —indagó Vinadarian.
—Si te digo la verdad, me es indiferente la palabra posibilidad cuando estoy con vosotros.
Siento que tengo el mundo entero en la palma de la mano, que puedo apagar el sol con un solo aliento.
¿Dices que quieres ganar? —Hizo una breve pausa, se volvió y lo miró, posando la mano derecha sobre su hombro izquierdo—.
Vinadarian, te serviré la victoria en la peor de las vajillas porque sé que será la primera de una infinidad.
La luz del sexto día se apagaba con una sonrisa compartida y una tenue esperanza. La hora acordada estaba a punto de llegar y todas las piezas ocupaban su puesto bajo el precioso horizonte nocturno.