28. Espada #3
—Encontraron hace bien poco una mena de un mineral que estaban buscando.
Según tengo entendido, tiene un olor muy característico que mantiene alejados a los geevars.
He podido probarlo yo mismo, y es muy probable que sea cierto porque sigo con vida después de haber recorrido como veinte o treinta kilómetros con mi tractor hasta aquí.
De hecho, sin percances si no contamos con baches y cuestas —respondió Smil.
—¿Cómo demonios tienes tanta información de todas partes? ¿De dónde has sacado esas piedras? —contestó Vinadarian exaltado, levantándose de sopetón.
—La respuesta es la misma. Contactos, astucia, saber estar… Ya me conoces, me hago querer allá donde voy —respondió con una sonrisa chulesca.
—¿Tan relevante es ese mineral? ¿Qué quieren hacer con él? —preguntó Vinadarian
—Están teniendo percances en varias de sus bases.
Se habla de una agrupación en su contra y quieren reorganizarse para acabar con ella, pero apenas tengo información al respecto; solo sé que su líder se llama Quilis y que han matado a varias decenas de personas.
Han dejado a una treintena de soldados armados y a uno de sus investigadores.
Nosotros somos alrededor de cuarenta, pero solo tenemos armas de fuego para treinta —contestó Smil.
—Ahora, la cuestión es ¿qué pintas tú en todo esto? ¿Qué propones? —preguntó el hombre mayor.
—Se me ocurre algo, pero si es demasiado estúpido o disfuncional, detenedme —advirtió Vinadarian mirándolos de reojo con cierto grado de vergüenza.
—Si esa es tu introducción, quizá es mejor que no sigas —dijo el hombre.
—Llevo a Ghrun conmigo hasta el primero de sus guardias.
Decías que formaban una línea de aviso para reagruparse defensivamente en caso de amenaza, si no he entendido mal.
Podréis ubicarla en el frente conmigo, lo que facilitará vuestro avance.
—Vinadarian se detuvo y los miró a ambos.
Como ninguno parecía querer detenerlo a pesar de sus suspiros y las arrugas que se formaban en sus ceños al escucharlo, continuó—: Propondré un intercambio de rehenes.
Ellos tienen las de ganar, lo sé. Se llevan a su jefe y yo a mis amigos, pero con un par de disparos acaban con nosotros y todo acaba.
Es tan estúpido que funcionará porque estarán preocupados de matarnos.
Seremos una amenaza infiltrada en el centro de su defensa parabólica.
Todos sus flancos quedarán debilitados, y nosotros podremos atacar desde dentro mientras avanzáis.
En el peor de los casos, descolocaríamos sus filas dándoos una oportunidad a cambio de morir los cuatro.
—Podríamos atacar a mitad del intercambio, justo antes de que se produzca, para que usen parte de sus filas en defender a Ghrun. Podría ser una buena baza, pero es muy arriesgado. Lo más probable es que todos muráis en cuanto comience la batalla real. ¿Estás seguro de esto?
—Jinner y yo podemos protegerlos. Nosotros también tenemos nuestros trucos.
Cuando avancéis por el flanco más débil, ¿podríais hacer una señal de en qué lado se encuentra?
De esa forma podríais escoltar al resto de los rehenes sin cesar la batalla.
Solo tendríais que dejarlos pasar —respondió Vinadarian.
—Imposible. No hay forma de saber si son soldados haciéndose pasar por civiles o rehenes. También podrían traicionarnos en caso de que la batalla se torciera para tratar de sobrevivir —dijo el militar.
—Entiendo… ¿Y si van desarmados y se forma un perímetro alejándolos varios metros de vosotros?
Sería un flanco más que ellos tendrían que cubrir, tendríais control de su peligrosidad y provocaría más confusión e incertidumbre.
Puede que incluso ellos mismos se centraran demasiado en que no pudieran escapar, y el caos y la revuelta les generarán un nuevo enemigo dentro.
Quienes puedan y quieran luchar, por pocos que sean, os serán de utilidad.
Quienes sean una diana, también lo serán. ¿Podría funcionar? —preguntó Vinadarian
—No tenemos más personal para formar el perímetro —negó el militar.
—Sí lo tenéis. «Escoria» los llamabais, si no mal recuerdo. Yo era uno de ellos hace no mucho —dijo Vinadarian con un deje acusatorio.
—Es demasiado arriesgado, podrían asustarse, revelarse, aliarse con el enemigo… —continuó el militar haciendo caso omiso de sus provocaciones.
—Ponte en su lugar. Estarán aterrorizados, deseando largarse.
¿Cómo van a trabar conversación, cómo van a traicionaros si los lleváis desarmados en medio del campo de batalla?
Harán su trabajo y se largarán. Ni siquiera serán el foco de atención.
Ganemos o perdamos, podrán salvarse huyendo mientras el vencedor se recompone. Es lo mejor que les podrías ofrecer.
—¿Por qué sus vidas valdrían menos que las de los otros rehenes? ¿Cómo te atreves a mencionar algo tan cruel después de vanagloriarte en una ética tan volátil? —refunfuñó el hombre.
—No me vanaglorio ni pongo sus vidas por debajo.
En ese momento ellos serán más libres de lo que han sido desde que llegaron a vuestro estercolero.
Y me atrevo a mencionarlo porque voy a ganar.
Voy a salvarlos a todos. —Vinadarian se levantó al decir esto último.
Acomodó los hombros y miró al hombre a los ojos.
Se sonrieron el uno al otro apretando los dientes—.
Cuando termine, iré a por vosotros. La escoria es mi familia, los conozca o no.
No te quepa duda de que, ganemos o perdamos, solo seréis un párrafo más en esta historia.
—¿La escoria es tu familia? —El hombre estalló en una risa burlesca, golpeando la mesa con el puño una y otra vez mientras Vinadarian y Smil lo observaban en silencio—.
Así sea —sentenció, concluyendo su carcajeo.
Tomó una tiza y dibujó un semicírculo en la pizarra—.
Atacaremos en la madrugada. Incluso ellos tienen que dormir.
Calculo que como mínimo habrá un quince por ciento de sus fuerzas sin relocalizar.
El mayor grupo de personas se encuentra en el recinto junto a la cueva.
La escoria irá allí, y tú deberás encargarte de que ese sea el flanco débil.
Si mueren, serán víctimas del renombrado villano, que es capaz de mantener la cabeza altiva mientras ejerce su ética sobre quien considera inferior y se enorgullece de serlo —continuó, señalando el diámetro del círculo con golpecitos de la tiza al hablar.
Vinadarian asintió con confianza, sentenciando la desesperada estrategia.
Fuera, el susurro de un moribundo acariciaba el oído del hombre que lo vigilaba. Ghrun, sin mover un músculo, masculló con la boca pequeña, escondiéndose del ojo indiscreto.
—¿Sería erróneo decir que eres el capitán de brigada de este pequeño ejército?
El hombre de la melena no respondió, pero el nerviosismo se hizo patente en él, deshaciendo su postura con los brazos cruzados para limpiarse el polvo inexistente de sus hombros.
—Sí… Fuerte, disciplinado… El hombre de mayor confianza para los suyos…
El soldado se mantuvo en silencio, pero no pudo evitar desviar la mirada hacia el lobo, que continuó mascullando.
—Tú, y ningún otro aquí, eres quien controla el flujo del destino. No lo olvides. Vuestra supervivencia dependerá de tu decisión y los colmillos apuntarán en la dirección que señales.
Uno de los soldados se acercó al oír murmullos.
—¿Se ha despertado?
El hombre negó con la cabeza.
—Perdona. Estaba pensando en voz alta —respondió al tiempo que Vinadarian salía primero del recinto. Caminó hacia Serquam, que charlaba con Álika. Parecían llevarse bien.
—Nos vamos, renacuaja —dijo Vinadarian.
—¿Ha ido todo bien? No le has pegado, ¿no? —preguntó preocupada.
—No, no le he pegado. Pero haces bien en preguntar —respondió acariciándole la cabeza y dejándole el pelo revuelto.
—¿Ha ido bien? —preguntó Álika con el mismo tono que la pequeña.
—Creo que sí —respondió él con un atisbo de duda.
—Bien. —Ella le ofreció la mano. Vinadarian le dio un apretón formal y se despidió con una sonrisa breve.
Smil y él agarraron a Ghrun de pies y manos y lo subieron en la parte trasera del tractor.
—¿Estás seguro de que este trasto puede con tanto peso? —preguntó Vinadarian tras subirse en el asiento delantero. Smil asintió y dejó escapar un suspiro al mirar a Serquam.
—¿Están bien las niñas? —preguntó a Vinadarian.
Él respondió resoplando por la nariz.
—No gracias a ti. Pero sí.
Smil contestó de inmediato a su provocación.
—Bueno, te envié con ellas, ¿no? En cierta forma, sí ha sido gracias a mí.
—¿Cómo sabías que sobreviviría? —preguntó Vinadarian en un susurro.
—Ella siempre decía que la humanidad se sobrepone a todo, incluso a sí misma. Quise creerla. Estaría orgullosa de ti.
El joven golpeó la puerta al reírse con todo el cuerpo.
—No podría importarme menos.
Smil encendió el motor. Todos se quedaron mirando, esperando una despedida grandilocuente, una frase memorable digna de la historia que escuchaban de él. Serquam se tapó la nariz.
—¡Apesta!
—¿El qué? —preguntó Vinadarian.
—No sé, huele fatal —respondió la pequeña.
Vinadarian olfateó también.
—Tampoco es para tanto. De hecho, tiene su encanto —sentenció con una mueca burlesca mientras se giraba a mirarla.
—Pero ¿qué dices? ¡Es asqueroso! —respondió ella alzando la palma de la mano izquierda y abanicándose mientras se tapaba la nariz con la otra mano.
—Dicen que les huele mal a los geevars. Igual eres uno de ellos —contestó Vinadarian tocándole la nariz a la niña con la punta del dedo.
—O igual es que tú tienes la nariz estropeada —respondió ella apartándole la mano.