Rinaryan: La huella de un fantasma 28. Espada #2
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28. Espada #2

—¿En serio? ¿Y por qué nadie me ha dicho nada al respecto?

—contestó Smil tomando del hombro al soldado lisiado—.

Jamás hubiera pensado que te referías a él con las palabras que utilizaste.

La única persona a la que temen incluso los lobos, dijiste.

Nada menos que un crío que ni siquiera llegará a la veintena.

Desharrapado, corpulento, estúpido y violento.

Con el cadáver de su enemigo a rastras mientras lleva de la otra mano a una niña aterrorizada —sentenció con los brazos cruzados.

Vinadarian se carcajeó una vez más. Girándose hacia él, contestó con la cabeza alta y la voz firme.

—Ninguno tenemos más tiempo que perder. Equivocarse así solo está al alcance de Praesidium, por lo que veo. Sobreviví a vosotros, sobreviví a Vinlit y también a Ghrun, dos veces. No finjáis sorpresa cuando me veáis descolmillar a la manada entera, panda de inútiles.

—Tomad el cadáver de Ghrun. Lo utilizaremos como advertencia —ordenó el hombre de larga melena, alzando el índice como señal a sus soldados.

—Antes tendréis que pasar por encima del mío, pulgoso —respondió Vinadarian cerrando los puños frente a ellos.

—Lo habéis dejado muy claro. Todos os consideráis auténticos héroes de leyenda, paladines y hombres de admirar —dijo Álika—.

Cada cual más inteligente que el anterior, de gran dialéctica y diplomacia.

Ahora bien, la realidad es otra. Yo acepté esto sabiendo a quién se refería Smil.

Sabía que necesitaba nuestra ayuda, y también conozco nuestra situación como para saber que requerimos de la suya.

—Si zanjáis vuestras disputas personales, podréis daros cuenta de que la niña tiene razón.

—Conforme hablaba, Smil caminó hasta ponerse en el centro de la conversación.

Alzaba las manos simulando grandilocuencia y confianza, pero su voz temblaba de vez en cuando—.

Nuestra situación es muy favorable ahora que él ha vuelto —continuó, señalando al villano con el dedo—.

Los lobos lo buscan tanto como estarán esperando la vuelta de su líder.

No tengo ni idea de cómo lo habrá hecho, quizá sea un primo que se le parezca o mis ojos se hayan terminado de pudrir tras presenciar vuestras pueriles riñas mientras el tiempo corre, pero ese de ahí es Ghrun y eso significa que el arma más poderosa de los lobos está en nuestro poder y, por ende, podemos utilizarla para sembrar un momento de caos entre sus tropas.

—Habéis analizado día y noche los movimientos de los lobos.

Sois conocedores de que somos los siguientes, de que no tenemos los medios para defendernos de su ofensiva.

También, y a riesgo de mostrar nuestras vergüenzas, de que los dirigentes de la cruz azul nos ha rechazado y de que nos estamos quedando sin recursos.

—Álika alzó la cabeza con determinación y contuvo el aliento tras una discreta mirada al villano—.

Si no fenecemos a sus manos, terminaremos por hacerlo de hambre o regurgitados por alguno de esos monstruos.

Puede que su fachada sea torpe o infantil, pero ya ha sorteado infinidad de obstáculos.

Reconozco también que es muy probable que sea la más aterrorizada de todos los que estamos aquí.

—Su voz temblorosa delataba los nervios que tanto se esforzaba por ocultar; sin pretenderlo se escondió tras Vinadarian entre respiraciones cortas y con la mirada baja.

Posó la mano sobre su hombro con fuerza y apretó, apretó tanto que Vinadarian tuvo que girarse hasta poder verla.

Aunque habló para todos, lo miró a él. Había alzado la cabeza, tenía el porte de una reina y la firmeza de un militar al recitar su sentencia.

El temblor en su garganta se había desvanecido.

—No hace mucho reíais llenándoos la boca de carne y el poco licor que encontrabais mientras oíais la historia del chico que quiso cambiar un colchón por comida.

De cómo era reconocido por su desesperación y orgullo quebrantado, vagando errante e incapaz de defender a los suyos.

De cómo su triste historia terminó con un final acorde, en una muerte cruel y más que esperada.

El epíteto de villano le venía grande, ¿verdad?

Su grandeza era comparable con la de un insecto más que pisotear y su hazaña habría sido zafarse de vuestro zapato.

Y está aquí. El villano aún con vida frente a todos nosotros, con una niña y el cuerpo del mayor de sus enemigos.

¿De verdad estáis tan ciegos como para rechazar que os tienda la mano de igual a igual con el único objetivo de un bien común?

¿Qué más estáis dispuestos a pedir si rechazáis a un hombre que ha demostrado ser la única aspereza en la impoluta lanza de nuestros enemigos?

El hombre mayor dio un paso al frente.

—¿Y dónde se encuentra su arma blanca? Dicen que le acompaña un monstruo capaz de destruir geevars con las manos desnudas, que tan solo su mirada podría petrificar al más valiente de los hombres.

¿Dónde está, si como dice ella, has cuidado de los tuyos?

¿Por qué su única compañía es una niña hambrienta?

—dijo señalando con el dedo a Serquam sin siquiera dirigirle la palabra.

—¿Arma? ¿Hablas de Jinner, miserable colador de una pata? ¿Un monstruo? Tenéis encerrados niños y heridos alimentándolos de sobras solo para usarlos de señuelo porque sois demasiado cobardes para enfrentar nada solos, ¿y te atreves a llamar a Jinner monstruo?

Smil los interrumpió de nuevo.

—No puedes hacerlo solo. Cuando intercambies los rehenes, ellos os matarán, eso en el caso de que accedan a lo que quieres, Vinadarian. También cabe la posibilidad de que sacrifiquen a Ghrun por acabar contigo y los maten a ellos en el proceso. Conoces lo salvajes que son.

Vinadarian negó con la cabeza. Aún fruncía el ceño y levantó el puño hasta el pecho, alertando a los soldados de alrededor, que le apuntaron de inmediato con diversas armas de fuego.

—No lo entiendes, Smil. Mi intención nunca ha sido únicamente liberar a mis amigos. Quiero salvarlos a todos. A cuantos quedaron vivos de ese día, a cuantos queden vivos hoy.

Smil tragó saliva y se quedó en blanco, pero Álika respondió por él.

—Si eso es cierto, no tienes más remedio que aliarte con nosotros, Vinadarian.

—Tu amigo. Jinner. ¿Vendrá? —preguntó el joven de pelo largo.

Vinadarian resopló llevándose las manos a la cabeza. Se frotó los ojos un par de segundos y notó cómo Álika apretaba su hombro cada vez más.

—Sí. Estará. ¿Puede la renacuaja quedarse en esta aldea hasta que volvamos? No puedo llevarla a la batalla —preguntó al guardia de la puerta.

—No debería haber problema —contestó este—. Mientras salgáis de aquí antes de que nos relacionen con vosotros.

Vinadarian se carcajeó y trató de soltar la mano de la pequeña, pero ella no se lo permitió.

—¿Smil también irá? Conozco mejor el lugar donde vivía él que este —respondió en un suave cuchicheo.

—Smil, ¿lucharás? ¿Podrías hacerte cargo de ella mientras no estoy? —preguntó, esperando un no por respuesta.

—Por supuesto, puedes confiar en mí. No pienso acercarme a ese lugar si no es sobrevolándolo con un avión —contestó Smil.

—Está bien. Pero no sé si durará mucho más tiempo la sustancia que lo mantiene inmóvil. ¿Tenéis algún tipo de grillete o algo similar que pudiera servir para contenerlo? A poder ser, algo más duro que el hierro, este tipejo tiene una fuerza sobrehumana.

Smil chasqueó los dedos y sonrió, salió disparado sin mediar palabra.

Vinadarian, entonces, le ofreció la mano al hombre mayor.

—Álika tiene razón. Estoy dispuesto a aliarme con vosotros si eso me ofrece la posibilidad de conseguir lo que necesito.

Tras unos instantes de duda, el hombre le dio un apretón de manos, aprobando entonces la alianza más insólita.

Smil no tardaría en regresar con dos de sus potentes cintas magnéticas con las que ataron al rehén de pies y manos, dejándolo en el exterior, apoyado contra el muro del recinto y vigilado de cerca por el hombre de la melena, mientras que varios de sus soldados cubrían un pequeño perímetro más adelantado.

Entraron en el edificio más grande, la residencia donde dormían los niños.

El anciano los mantuvo abajo y tan solo tres personas subieron al segundo piso.

Entraron en una habitación donde había una pequeña pizarra con un par de tizas, una mesa y cuatro sillas.

Vinadarian se sentó en cuanto tuvo ocasión, dejando escapar un gruñido de dolor al hacerlo, mientras Smil y el hombre mayor, un antiguo soldado, se acercaban a la pizarra para discutir la estrategia.

—Está bien. Lo primero es lo primero. Ya teníamos algo pensado.

Atacaremos la cuenca rodeándola en grupos de tres personas por cada sesenta metros cuadrados.

Avanzaríamos al unísono hasta encontrar el primer obstáculo; ellos dividen la guardia en filas, replegándose en cuanto detectan peligro de ataque, lo que hace que su defensa sea muy férrea en caso de que permitamos su libre comunicación —informó el militar.

—Lo prioritario era utilizar la escuadra trasera para desorganizar sus tropas y poder adentrarnos por un costado, lo que los haría replegarse y nos permitiría golpear con todas nuestras fuerzas por el lado que hubiesen dejado más débil.

Tenemos la ventaja de la altura, el elemento sorpresa y la superioridad numérica —añadió Smil con cierto aire orgulloso.

—¿Superioridad numérica? ¿Vais a enviar a los críos que tenéis retenidos a disparar a los malos también? Porque, que yo sepa, no sois ni la mitad de gente —respondió Vinadarian en tono acusatorio.