Rinaryan: La huella de un fantasma 28. Espada
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28. Espada

El sol se alzaba en el horizonte con una fuerza sin precedentes y, sin embargo, la brisa que recorría el espacio entre los árboles le erizaba la piel con una helada caricia.

Serquam aún estaba temblando y se contenía las ganas de llorar en sollozos silenciados.

Él, con la mirada perdida, trataba de ubicar su propia mente dentro de sí.

Mareado y conmocionado, arrancó de cuajo piel y músculos del comandante lobo entre doloridos jadeos para, acto seguido, amarrarle los brazos a su propia espalda.

Se aseguró de que estuvieran tan estirados como fuera posible y tan pegados que le fuera imposible hacer fuerza.

La pequeña masculló algo.

—Espero que sea suficiente —respondió Vinadarian—. No me sorprendería que pudiera liberarse, pero no puedo dejarlo ahí tirado. Puede que sea nuestra carta de triunfo, renacuaja.

Ella apretó más su agarre.

—Me da miedo.

Él contestó con reciprocidad, apretando su mano con cálida confianza.

Tomó el escudo del lobo, mucho más ligero de lo que parecía. Tenía un asa de cuero y una aleación de un metal flexible por debajo que facilitaba su agarre. La extendió cuanto pudo hasta rodear su mano brazo derecho, subiéndosela hasta lo más alto del hombro y cubriéndose la espalda.

Aún quedaban restos de tierra pegados al cuerpo de Ghrun cuando lo giró en el suelo hasta hacer que su peso reposara sobre sus propios brazos cruzados a la espalda.

La sangre del rostro de Vinadarian se estaba secando, pero la más ínfima bocanada de aire le provocaba un dolor estremecedor: clavos hundiéndose en sus pulmones, ácido rebosando en su garganta y una estaca clavada en lo más hondo de su corazón.

Quizá incluso sin liberarse de su atadura Ghrun pudiera vencerle, puede que estuviera llevando al emisario de la muerte consigo y que cayera inconsciente a mitad de camino, dejando a una pobre niña desamparada y sola.

—¿Estás lista? —preguntó endureciendo el tono. Serquam asintió con la cabeza, y él agarró, aguantando la respiración y apretando los labios al agacharse, la pierna derecha de su enemigo y lo arrastró tras de sí al avanzar con la pequeña, aún aterrorizada, cogida de su otra mano.

La visión del joven menguaba y se emborronaba al avanzar. Tan solo su desmedida preocupación y responsabilidad lo mantenían en un estado semiletárgico.

—¿A dónde vamos? Vina, te estás desviando. ¿O es que no quieres volver a la aldea de dónde salimos? —preguntó la pequeña, observando los ojos blancos del joven, que ya avanzaba como un autómata.

Ella tragó saliva y frunció el ceño, sintió un pequeño calambre al darse cuenta de lo que ocurría.

Rebajó el volumen de la voz y aligeró el agarre de su mano.

Tomando tan solo el dedo índice del villano, empujó con suavidad cambiando su trayectoria.

No era tan difícil, llevaba meses escapándose para explorar el bosque y sus fascinantes secretos; tenía todo tipo de trucos para reconocer caminos por los que ya había pasado.

Además, su padre siempre le había dicho lo orgulloso que estaba de su habilidad para moverse por entornos inexplorados y ser capaz de volver a casa.

Aunque la instaba a no volver a hacerlo, nunca se sorprendía o enfadaba cuando volvía a desaparecer.

Avanzó junto a ellos, amigos y enemigos seguían su rumbo y su ritmo. De ella dependía el siguiente paso.

Dejaba que se adelantaran cuando creía que iban bien y vigilaba sus alrededores, utilizando las sombras de los árboles más gruesos para ocultarse cuando tenía ocasión.

Cuando pudo ver en la lejanía las murallas de madera que envolvían la aldea al bajar la cuesta, se estremeció y sus ojos se llenaron de lágrimas de orgullo y melancolía, recordando las palabras que siempre le decía Bram. Serquam significa «de cualquier forma».

Soltó la mano del villano y se permitió llorar.

Lloró como si no fuera una molestia, como si no fuera débil, como si su vida tuviera valor.

Lloró hasta que sus mejillas quedaron rojas y sus manos húmedas, hasta que no pudo sino sonreír y decirlo en voz alta, tan alto que pudiera escucharse entre cualquier frontera y tan bajo que solo pudiera oírlo ella, el tono justo y preciso del más profundo y sincero amor.

—Te quiero, papá.

En retomada consciencia, Vinadarian se quedó petrificado; dejó que la pequeña soltara hasta la última lágrima y cada sollozo. Cerró los ojos y pretendió no haberla escuchado. Con el corazón encogido se dio cuenta de que, si ella no se hubiera escapado, no habrían llegado a tiempo.

Se alzaba ante ellos el sol de mediodía cuando ella tiró de su mano para despertarlo.

—¿Sí? —preguntó, pretendiendo estar desorientado—. ¿Dónde estamos?

—Hemos llegado. ¿No lo ves? ¡Hemos llegado a tiempo! —respondió ella con la cara aún roja y el antebrazo empapado.

Se formó una sonrisa inocente y bobalicona en el rostro del joven.

—No puedo creerlo. ¿Cómo? Yo cerré los ojos y… ¡De pronto, estamos aquí!

Ella devolvió la mueca altiva y alzó la barbilla, incluso sacó un poco la lengua.

—Te he llevado yo misma. Al principio me ha costado un poco, pero en cuanto he reconocido el camino ha sido pan comido.

Vinadarian soltó la pierna del lobo y la abrazó en volandas.

—¡Eres la mejor! ¿Lo sabías? Si no fuera por ti, estaríamos perdidos.

La pequeña reía al escucharlo, su voz temblorosa y desgastada lo hacía más gracioso, pero pronto la invadió la preocupación.

—¿Y ahora qué? —preguntó tras los escasos segundos de celebración.

—Aún no lo sé —contestó Vinadarian mirándola a los ojos, aún entre sus brazos—. Primero necesito saber qué clase de ayuda pretendía ofrecerme Smil.

—¿Y si no es suficiente? —preguntó Serquam zafándose del agarre del joven.

—Tendré que hacerlo solo —contestó él, incapaz de mantener la mirada.

—¿Cómo? Ni siquiera has podido llegar aquí tú solo… —respondió con contundencia la pequeña.

—No lo sé… Aún no tengo ninguna gran idea. Tan solo algunas pequeñas que podrían funcionar —contestó él, retomando la pierna de Ghrun—. Vamos, no hay tiempo que perder.

Ella asintió con decisión y agarró la mano del joven con mucha más fuerza.

Colina abajo, juntos llegaron hasta las puertas de la aldea.

Los guardias no pudieron siquiera formular palabra al contemplar la escena.

Los andares del joven eran ahora más ágiles y decididos.

En apenas unas horas se había recuperado de la mayor parte del daño mientras que Ghrun aún seguía inconsciente.

Verlo portar al líder de la comunidad más temida como un saco de carne era tan impactante como contemplar la llegada de su ejército.

—Meted a los niños en el refugio y decidle a Smil que salga, el chico ha vuelto —dijo quien se atrevió a hablar primero.

Su voz se quebró al mencionar la última palabra, algo que no había ocurrido nunca hasta ahora y que despertó el interés de los habitantes de la pequeña aldea, que no tardarían en armar revuelo subiéndose donde podían para ver qué ocurría con sus propios ojos.

Incontrolables, niños y adultos esparcían la información más insostenible e imposible: el villano traía consigo el cadáver de Ghrun como un trofeo.

—Dejadme entrar. No tengo mucho tiempo, y menos para estar aquí plantado —respondió Vinadarian.

—Lo lamento. No podemos arriesgarnos, menos aún hoy —contestó el guardia.

—Solo quiero hablar con Smil. Tengo bastante más prisa que vosotros por largarme de aquí.

Las puertas se abrieron ante ellos. El estruendoso sonido de la madera chocando con el suelo nunca le había parecido tan molesto ni tan largo.

Podía escucharse el murmullo de la gente.

El nombre de Smil se elevaba un poco por encima del resto de palabras.

Impaciente, el joven caminó hacia adelante con tal de ahorrarse apenas unas centésimas de segundo cuando, de pronto, sus ojos colisionaron con los de alguien tan inesperado como inconfundible, tal como lo era su mirada azul.

Retrocedió antes de pronunciar su nombre, asustando un poco a la pequeña Serquam.

—¿Álika? ¿Qué haces tú aquí? —preguntó boquiabierto.

No era la única que se había presentado.

Había dos hombres más con ella. Uno joven de larga melena y barba incipiente, muy alto, con una mirada feroz que denotaba cierto grado de aversión a él, la reconocía muy bien.

Otro algo mayor, de pelo lacio y vestido de uniforme militar, que cojeaba con la pierna derecha apoyándose en una muleta.

Y, por supuesto, la mano izquierda de Praesidium, Smil, que sonreía con una suficiencia nerviosa, como un profesor a un alumno problemático.

El hombre de la melena dio un paso al frente y apretó el puño derecho, llevándolo con sutileza al arma que guardaba enfundada a un costado de su cinturón.

—Smil, no necesito más problemas. Explícate ahora mismo —exigió Vinadarian soltando a Ghrun y a la pequeña como señal de advertencia.

—Le diste la nota a mi padre, ¿verdad? —preguntó levantando una ceja y ampliando en extremo su sonrisa.

Vinadarian se carcajeó y dejó la boca abierta, apartó con rudeza al joven que se había adelantado y llegó hasta Smil, al que agarró de la camisa sin que nadie se atreviera a meterse en su camino.

Un profundo silencio dominó la escena durante unos segundos.

—¿Es esto alguna clase de prueba? ¿Que haya vuelto no es suficiente? ¿Tengo que hablarte de cómo Vinlit tenía dominado a un grupo de personas? ¿De cómo intentó matarme y de cómo leyó tu estúpida nota escrita en el lenguaje secreto? Smil, dime ahora mismo qué es todo esto.

Álika se interpuso entre ambos, tomando la mano de Vinadarian y haciéndola bajar despacio.

—No es ningún truco. Él vino a nosotros en cuanto os marchasteis, nos pidió reunirnos contigo aquí, dijo que llegarías hoy al atardecer. Y aquí estás.

—¿Reuniros conmigo? No me hagas reír, Álika, esta gente me usó como carnaza el mismo día que llegue a sus manos, aprovecharon mi debilidad en su favor e hicieron daño a mis amigos. Me amenazaron, me despreciaron e intentaron matarme —respondió con un ímpetu agresivo.