Rinaryan: La huella de un fantasma 27. Escudo #2
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27. Escudo #2

—¡Si me dices eso también te voy a detener! —gritó Jyon, apartándole la mano del hombro.

—No lo creo —sentenció Minaryan recuperando su postura y echando a caminar de nuevo.

—¿Por qué no lo creerías? Me tienes aquí delante, ¿a qué te piensas que he venido? Confía en tu hermano, no en esta loca —dijo Jyon mirándola de reojo. Los observaba desde el otro lado. Por algún motivo, se había quitado las botas y se remangaba la bata mientras Sara calmaba a Herbia.

—Porque tú también sabes que es verdad. Esa señora no dice cosas así porque sí. Es tonta, pero sabe muchas cosas y da mucho miedo —concluyó Minaryan. Ella suspiró al oírlo.

Za-Jir estaba temblando, pero cuanto más se asustaba, más apretaba Minaryan su mano.

Niza contenía el dolor y sus ojos revoloteaban por todas partes sin fijar la atención, así que aceleró el paso hasta estar enfrente del orificio, un minúsculo agujero en la pared tan alto como para que no pudiera llegar por sí solo.

La dejó en el suelo, se quitó los zapatos y tiró los calcetines rotos a un lado, echó dentro un poco gravilla y arena, y se calzó de nuevo.

Estiró ambas manos hacia arriba y dio un salto.

Desvió la mirada a Jyon para pedirle ayuda.

Se subió encima de ella y estuvieron a punto de perder el equilibrio cuando casi alcanzaba el hueco en la pared.

Con la lengua fuera y los labios apretados, el pequeño dio un impulso hasta llegar a meter la cabeza dentro.

No podía ver nada, solo notaba una corriente de aire.

—¿Jyon? ¿Qué estás haciendo? Detén esta insensatez, no dejes que tu amigo se haya sacrificado por nada.

—Es exactamente lo que estoy haciendo, mamá —respondió ella.

Minaryan se adentró en la oscuridad hasta caer en una prolongada rampa que conectaba con un lugar mucho más amplio y frío.

—¿Hola? —preguntó al aire. No hubo contestación, pero al apaciguarse el eco de su voz, notó de nuevo el correteo de una criatura. Estaba cerca.

En penumbra, se abalanzó con torpeza hacia los bordes de la cueva. Extendió los dedos, intentó rozarlo para confirmar sus sospechas, pero se detuvo justo antes de alcanzarlo. Se le ocurrió una idea mejor.

Con los nudillos, golpeó dos veces en la pared.

Acto seguido, oyó un chasquido muy débil, un roce minúsculo que no tardaría en intensificarse en una vibración tectónica por toda la cueva.

La vibración fue tal que por un momento llegó a preocuparse, pues la gruta temblaba como un motor arrancando.

Minaryan se calentó las manos frotándolas una contra la otra cuando el muro quebró, creando todo un pasadizo hasta el otro lado, donde Jyon, Za-Jir y Vinlit lo esperaban con los puños apretados y la determinación en ascuas.

Herbia se zafó del agarre de su madre, tomándola por sorpresa al contemplar esta hazaña. Apretó los dientes y corrió hacia ellos cuan rápido pudo, perseguida por ella, con lágrimas en los ojos que detonarían al ser atrapada.

—¡No voy a volver a quedarme aquí por ser una niña! Ni por ser tu hija, mamá —aseguró con fuerza antes de que ella pudiera decir nada.

—¡No te permito que te metas ahí, ni siquiera que des la vuelta a ese camino tan peligroso! Es mi responsabilidad mantenerte segura, Herbia.

Herbia se detuvo un instante y respiró hondo.

—Papá siempre nos ha dicho que la condena del justo es sobrevivir las injusticias, que es algo con lo que hay que lidiar cuando haces lo correcto.

—Dio un paso al frente; su madre retrocedió otro—.

¿No es injusto que Mina tenga que jugarse la vida por su hermano?

¿Que tenga que hacerlo solo? —Guio la vista de su propia madre con la suya propia.

Jyon tomó a Niza del suelo y la acunó en sus brazos; esperaba a Minaryan al otro lado.

La marabunta se acercaba a ellos y mantenía silencio—.

He aprendido mucho de mi hermana desde que estamos solas.

—Sentía presión en el pecho, las entrañas salir disparadas a su garganta.

Su cuerpo se negaba a decirlo y, aun así, habló—.

Ahora sé que nadie va a esperar a que crezca y sea tan fuerte o lista como tú, mamá.

¿Quieres protegernos? ¡Ven con nosotras! Ayúdalos.

Sara soltó el brazo de su hija y se quedó en blanco.

—N-no… Vinlit dijo que no podríamos salir del volcán. No podéis salir de aquí.

—La petición a la que accedí fue que no pusierais un solo pie fuera del volcán —respondió Vinlit—.

El chico se os ha adelantado. Minaryan, zapatos de gravilla —continuó.

Cojeaba al acercarse, la tierra dentro de sus botas la incomodaba sobremanera y, a pesar de ello, sonreía como una niña pequeña.

Su imponente presencia estaba tan diluida que parecía otra persona—.

Voy con vosotros, en calidad de espectadora, claro está.

No moveré un dedo, pero no pienso perderme esta locura.

Minaryan asintió. Jyon también echó un puñado de polvo dentro de los zapatos, tal y como lo había hecho el pequeño, y Herbia ayudó a Za-Jir a hacer lo mismo.

—Bien, ¿estáis listos? Este es el plan. —Levantó el dedo índice.

—Vamos a caminar por debajo de la tierra con Guan-Guan y sus amigos, buscando a mi hermano sin que nadie nos vea.

—Alzó otro dedo y señaló a la criatura de ojos múltiples y dentadura en espiral.

Jyon arrugó la nariz patidifusa al ver un ser semejante—.

Y cuando lleguemos hasta él, el último agujero lo haremos hacia arriba y nos iremos pitando sin que nadie nos haga daño y con él sano y salvo.

—Parecía haber concluido cuando levantó el tercer dedo, pero levantó también el cuarto—.

Después, nos vamos con Kargu y luego con Yayika, que no se nos olvide.

—Juntó todos los dedos en el puño—. Cuando estén todos, pues ya el plan habrá terminado, porque Jinner no sé dónde estará, pero si ha funcionado muy bien, pues vamos a por Jinner también.

Jyon puso el grito en el cielo y lo levantó agarrándole de la camisa.

—¿Eso es todo? Eso no es un plan, es una idea. ¿Cómo sabremos siquiera donde está Vinadarian? ¿Y el resto?

Minaryan contestó con calma y frunciendo el ceño.

—Te dije que ella no miente. Si Niza puede sentir el dolor de Vina, ¿por qué no iba a saber dónde está desde aquí abajo?

—¡Es un animal! ¡No, es un puñetero geevar, uno, al que, por cierto, ni siquiera esta loca puede leerle la mente! —respondió señalando a Vinlit—. Por no hablar de que eso no sirve de nada con el resto. Iríamos a ciegas y tampoco sabemos qué nos vamos a encontrar.

—Pues pensaremos algo cuando hayamos salvado a Vina.

—Quizá tengas algo de razón. Niza puede llevar a los geevars en su dirección. Si entiende lo que quieres hacer, puede que dirija a estos bichos hasta allí.

—Además, Za-Jir tiene muy buen oído, y Serquam tiene experiencia moviéndose por túneles. Está chupado.

Sara negó con la cabeza y respondió con la voz quebrada.

—¿Y qué haréis cuando Ghrun y otros como él bajen con armas de fuego y os disparen sin piedad? ¿Qué haréis cuando os encontréis algo más temible que él en el subterráneo? No… Es una idea muy estúpida e infantil.

—Escarbaremos en la dirección contraria o los rodearemos mientras no se dan cuenta.

—No. Yo os protegeré, zapatos de gravilla. Por ellas y porque sé que no puedo deteneros. Pero al primer indicio de peligro, seguid mis instrucciones.

—Sí, capitana —respondió Minaryan.

—Vicecapitana. La capitana es Niza —corrigió Jyon amarrándola con fuerza.

—¿Cómo vas a hacer que sepa a dónde debe ir?

—Jyon la conoce más que yo —respondió Minaryan dejando paso—. Mi intención era dejarme llevar y que ella hiciera el resto, abrirle camino.

—Sí… Hay que dejarla ir primero, como en el pantano —respondió alzando a Niza con ambos brazos—. Levantad las piernas despacio al andar, ella os llevará si quiere hacerlo.

—En fila india. Jyon y Niza primero, después yo, Herbia detrás de mí, Minaryan y Za-Jir los últimos —ordenó Sara.

—Entonces ¿yo voy penúltima? —preguntó Vinlit.

Minaryan se adelantó.

—Yo tengo que ir primero. ¡Si no, Guan-Guan no sabe dónde tiene que picar! —dijo.

Sara asintió con la cabeza. Sentía picor en sus ojos y peso sobre sus hombros, dolor en sus músculos y una punzada en el pecho, pero su hija alumbraba su rostro con una mirada de orgullo que la llenaba más que cualquier victoria.

Las piedrecitas en los zapatos se les clavaban en la planta y los costados de los pies al caminar por el subterráneo como un constante recordatorio de su inconsciencia. La presencia de Vinlit daba cuenta de la absurdez de la situación, y la mirada consternada pero enfocada de Niza, de su gravedad.

Al avanzar, los geevars del subterráneo se unían a ellos en un efecto llamada. Se hundían en la oscuridad bajo un silencio roto por las criaturas que les abrían camino como un gigantesco puente de plata.

Y es que, con una mano delante y otra detrás, el chico de los zapatos de gravilla iluminaba la cueva con una luz tan contagiosa como peligrosa.