Rinaryan: La huella de un fantasma 27. Escudo
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27. Escudo

Reinaba una tensa calma dentro de la cueva. El reinado de la bruja había sufrido una ligera interferencia, pero nadie esperaba que mantuviera su palabra por mucho tiempo. Muy pocos confiaban en volver a ser libres.

Había acaloradas discusiones entre murmullos: cómo habían estado trabajando para ella a cambio de nada, cómo los había privado de sus libertades a cambio de seguridad y comida.

Pero, al fin y al cabo, había sido algo similar a un sueño largo, un comercio de tiempo por seguridad.

Sin consentimiento, por supuesto, pero ¿quién no hubiera regalado sus dos brazos por tener la oportunidad de sobrevivir aquí?

No se juega con la libertad, sostenían algunos.

Que los muertos disfruten de ella, respondieron otros.

Jyon rechinaba los dientes y apretaba a Niza en su regazo.

—No se te ocurra armar otro numerito —le dijo su madre, deslizando la mano hasta la de su hija—. Ellos tienen el mismo derecho a quejarse que vosotros. Que todos. Esta situación no ha sido fácil para nadie.

Minaryan resopló al escucharlo.

—Yo creo que, en el fondo, están agradecidos de que esa señora loca los haya tenido así. Por lo menos no estaban quejándose de lo malo que es todo.

Herbia se acercó al chico.

—Igual es que no puedes entender que lo hacen para desfogarse y no para molestarte. No eres el centro del mundo, ni tú ni nosotros. Para ellos, cada uno es su propio centro del mundo.

—Pues espero que les sirva para quedarse más tranquilos. A mí no, eso seguro —respondió Minaryan—. No nos han dado ni las gracias.

—¿Por qué deberían? Solo hemos hecho lo correcto. No hay que hacerlo por eso, sino porque es lo que se debe hacer —dijo Herbia poniéndose en pie frente al pequeño. Minaryan apretó la mano de Za-Jir antes de levantarse también y responder elevando el tono.

—¿Lo correcto? Así que a quien apuntes con el dedo es el que se tiene que portar bien, y los que se hayan librado que hagan lo que quieran, ¿no? —respondió Minaryan.

Sara hizo ademán de interrumpirlos, pero Jyon la detuvo con un suave tirón.

—No… Yo no decido nada… Es solo que… —respondió Herbia.

—Lo siento —contestó Minaryan—, creo que entiendo lo que me quieres decir.

Vina no los ayudó porque fueran buenas personas, sino por ser personas.

Se desahogan quejándose de lo que les ha pasado, pero ¿y lo que han ganado?

Cuando mi hermano se marchó, pensaba que haríamos un montón de amigos aquí…

Pero nada. Y no es culpa suya, no es culpa de nadie —sentenció con una leve sonrisa.

—Gracias —asintió Herbia con ternura. No estaba acostumbrada a que trataran de comprender sus reproches.

Minaryan soltó una enérgica carcajada contagiando a los demás.

—Nosotras también hemos ganado mucho. Creo que yo también podría aprender un poco de ti, enano —continuó Jyon.

Minaryan asintió, orgulloso—. Nos hemos protegido entre todos.

Si alguno hubiese faltado, no estaríamos aquí, calentitos, sin miedo a que nadie nos dispare ni nos coma, y esperando a que Vina y Serquam vuelvan con el resto y sea aún mejor. Más divertido y menos peligroso.

—Cuéntanos algo sobre ellos —le pidió Sara.

Minaryan tomó a Herbia de la mano y la llevó al centro del círculo.

—Vale, yo hablaré de mí mismo; tú, de mi hermano, y Za-Jir, de Kargu.

El primer día me desperté en unas escaleras superfrías.

Había una señora con muy malas pulgas, pero en el fondo tenía un corazón de malvavisco, ah, y un cuchillo.

Pero todavía no la había conocido, yo escuchaba ruidos raros…

—Durante horas el pequeño contó sus aventuras.

Poco a poco, el corro se incrementó hasta que casi todas las personas en el volcán escuchaban entre risas sus historias.

Era bonito ver cómo les brillaban los ojos, cómo celebraban sus victorias y se interesaban por conocer la siguiente.

Tanto que nadie se percató de que Niza comenzó a retorcerse de dolor.

La corriente de aire frío entró y apagó la tenue luz de la vela que habían encendido. Ni siquiera el calor del volcán pudo atemperar la helada tempestad de la onda que les arrebataría su libertad, haciéndoles callar.

Las palabras de Vinlit llegaron desde lo alto. Lucía una sonrisa sarcástica y miraba a los ojos del pequeño Minaryan desde su altar.

—Hay una parte de la historia que falta. Es en la que explicas qué demonios es la criatura en manos de la cerdita y por qué está conectada con el idiota de tu hermano.

Minaryan tembló al verla, le era imposible evitarlo. Le producía escalofríos tan solo pensar en su nombre.

—No sé de qué me hablas. ¿Qué le has hecho a Niza?

Vinlit se carcajeó y saltó la última escalera.

—Nada —respondió, deteniéndose a observarla por un instante—.

Ni siquiera formula pensamientos estables, no hay más que una marabunta de hilos entre sus recuerdos y los de tu hermano.

Nunca había sentido nada parecido, ni respecto al vínculo ni a esta paradoja viviente.

Es algo que nunca debería haber existido.

El pequeño contestó muy alterado, tartamudeando en la primera sílaba y estirando y recogiendo sus dedos muy rápido para calmar los nervios.

—¿Cómo puedes decir algo así?

—Qué superficial. De verdad crees que la estoy insultando…

Estoy constatando un hecho. La apuesta con tu hermano se ha terminado, está a punto de desmayarse, y también es probable que esa cría escurridiza muera como daño colateral.

Una lástima, era un buen ejemplar —continuó con una carcajada forzada.

Minaryan notó la diferencia con su verdadera risa—.

Saboread ahora vuestras últimas gotas de libertad, se os acaba el chollo.

Fracasado o no, el chico tenía razón en una cosa: había dejado de divertirme y tengo muchos, pero que muchos proyectos por delante.

Sara se levantó y se acercó al pequeño.

—No le hagas caso. Solo juega contigo para divertirse, lo más probable es que no esté diciendo la verdad.

La contestación de Vinlit fue inmediata y muy agresiva, alzando el tono y agravando la voz.

—¿No te cansas de equivocarte? No, no miento. De hecho, habéis tenido suerte de que os dejara aquí, ni todos juntos habríais tenido una oportunidad. —Se dirigió de nuevo a Minaryan—. Se acabó el juego, chico. Ganaste la primera ronda, pero yo gano la partida.

Minaryan inhaló aire por la nariz retrasando su respuesta, frunció el ceño y soltó la mano de Za-Jir. Sabía que decía la verdad. También que era su verdad. Ni siquiera estaba allí para ver nada.

Vio en el abismo del cráter una rampa serpenteante y estrecha que atravesaba el círculo entero.

—Olvídalo. Tu propio hermano me pidió que no dierais un paso fuera del volcán. Fue parte del trato que tú mismo conseguiste.

El pequeño se dio la vuelta, tomó a Niza del suelo con un cálido abrazo y avanzó por el angosto paso que rodeaba el abismo.

—Ya lo verás —respondió—. Te crees muy lista y te ríes mucho para haberle dicho que, en el fondo, querías verlo ganar. Esta es tu forma de decirnos que te da miedo que pierda, ¿no? Pues aún no lo ha hecho.

Podía distinguirlo. Había notado algo desde antes de entrar, pero no estaba seguro hasta que respondió a la científica.

Eran delicadas y no había muchas, algo las pisaba correteando y volvía despacio.

Para lo que a ojos de todos habría sido algo irrelevante, para él era un nuevo punto de quiebre, pues percibía la resiliencia de la flor aguantando en la cueva, en las profundidades volcánicas.

La fragilidad del débil es su fortaleza, se repitió a sí mismo avanzando hasta allí.

En el otro extremo de la circunferencia que rodeaba el abismo ya contemplaba la minúscula cueva.

Escuchaba los gritos de Sara y Herbia reprendiéndolo desde el otro lado mientras se repetía la frase como un mantra y formulaba su plan, caminando con cuidado de no caerse.

En aquel agujero colgaba del techo todo un ramo de orquídeas, una de ellas había caído al suelo, pero aún vivía.

Había sentido meras vibraciones, no más que un leve picor o entumecimiento en un músculo que no podía ver, pero con el corazón agitado y aún inspirado, sus ojos alcanzaban terrenos imposibles.

La flor en el suelo era pisoteada una y otra vez.

Correteaban de un lado a otro decenas de criaturas.

Reconocía la intensidad de sus pasos, la torpeza.

Eran el vivo ejemplo de las enseñanzas de su hermano y, al mismo tiempo, su primer contacto con el nuevo mundo.

—¿Guan-Guan? —preguntó en voz alta, pero los gritos de sus amigos no dejaron irrumpir su humilde pregunta en las profundidades. Jyon lo cogió del brazo, estaba casi tan alterada como él.

—Tú puedes hacer lo que quieras, pero por lo menos entérate de que estás arrastrando al pobre Za-Jir y a Niza contigo.

¿Cómo sabes que no te está contando toda esa milonga para reírse de ti?

—preguntó Jyon empujándolo contra la pared.

Niza se zarandeó de nuevo, con mucha más fuerza que antes, y casi cayó al abismo si no la hubiera atrapado Za-Jir en el último momento.

—Porque es una tonta y quiere que lo ayudemos, pero no pedirlo. Así que lo voy a hacer. Y luego le daré las gracias por decírnoslo y la llamaré maleducada de todas maneras —dijo haciendo caso omiso de Jyon y manteniendo el ritmo por el camino que se hacía cada vez más estrecho.

—Si tiene razón, tú no tienes nada que hacer —respondió Jyon, girándolo a la fuerza.

—No voy a pegarle, eso es lo que harías tú. Yo solo quiero llevarme a Vina y Serquam sin que les hagan más daño —contestó Minaryan con una grandilocuencia arrolladora.

—¿Ni siquiera tienes un plan? —preguntó Jyon en tono acusatorio y pinchándole en el pecho con el dedo al escucharlo.

—Sí lo tengo.

—¿Cuál? —preguntó sin dejarle dar un paso más.

—Si te lo cuento, me vas a detener. Y no puedo contigo —respondió el pequeño mirándola a los ojos. Ambos resplandecían con la luz del magma en el fondo del abismo, pero ninguno de sus ojos se entrecerraba en lo más mínimo.