26. Reencuentro #2
El joven lanzó el primer puñetazo hacia el rostro del comandante, que lo esquivo con un breve salto a un lado.
El golpe no sólo fue en vano, sino que dejó su guardia abierta.
El lobo conectó un gancho contra su barbilla que le hizo sentir cómo se movían todos sus dientes.
Se agarró a su antebrazo antes de salir despedido, por lo que solo retrocedió un paso antes de volver a tocar el suelo y embestir de nuevo.
Ghrun golpeó con su escudo el torso fracturado del chico, que se defendió con su brazo izquierdo y se estabilizó apoyando todo su peso en la pierna derecha.
La presión se desvaneció de un instante a otro.
Su memoria muscular e instinto lo alertaron de un golpe al estómago, así que trató de retroceder, pero el comandante lo atrapó, anticipándose con suma facilidad y manteniéndolo en el rango de sus golpes.
Vinadarian se adelantó e intentó otro golpe, detenido y contrarrestado al instante. Recibió un nuevo impacto directo en el pecho que lo dejó al borde de la inconsciencia una vez más.
Echó los brazos a los hombros del lobo y empujó hacia abajo con todas sus fuerzas, haciendo que se tambaleara, pero este recuperó el equilibrio en un parpadeo y contestó con un nuevo golpe, seguido de otro y un tercero que bloqueó torpemente con los antebrazos mientras retrocedía.
No podía siquiera echar la vista hacia atrás.
La incesante andanada de golpes era el camino que compartían ambos bajo la tenue luz de la luna.
Serquam los seguía escondiéndose entre las sombras de los árboles, conmocionada y aterrada a partes iguales.
Trataba de encontrar el momento de ayudarlo, de sacarlo de ahí, de lanzar algo que pudiera serle de utilidad, darle una oportunidad, pero notaba los ojos del hombre posándose en ella cada pocos segundos dictando una orden implícita, una advertencia mortal.
Los pulmones del villano ya se quedaban sin aire y el dolor corroía tanto su cuerpo que ni siquiera la adrenalina de la batalla era suficiente como para mantener su cabeza clara.
En cambio, Ghrun no había recibido aún ni un solo golpe, y aunque sí parecía más cansado, daba la impresión de que podía aguantar seis días sin detenerse un solo segundo.
Uno tras otro, Vinadarian bloqueaba percibiendo en cada golpe cómo sus huesos estaban a punto de estallar. Ghrun continuaba torturándolo.
Y cayó, terminó por tropezarse con un bache en el suelo.
Durante un breve oasis de paz, pensó en respirar hondo y contraatacar, solo necesitaba un poco de aire.
Por supuesto, el comandante no accedió a su petición.
Levantó el escudo con el ceño fruncido, tapando la luz de la luna que contorneaba su silueta sombría.
El joven rodó hacia un costado para esquivarlo, pudiendo evadirlo por los pelos.
Notó que no podía levantarse con facilidad, no por el dolor, sino porque algo lo anclaba en el suelo.
Había rodado hacia una de las trampas de aquellas criaturas.
Una pegajosa sustancia se expandió por su espalda y lo ancló contra el suelo con una fuerza irremediable.
En una decisión precipitada, se levantó aplicando las fuerzas que le quedaban, arrancándose la piel y dejando parte de su sangre como una muda protectora, antes de recibir el siguiente golpe de Ghrun en el costado.
Esta vez se mantuvo estable, no dejó que lo hiciera retroceder. Pero se desmoronó en sus brazos antes del siguiente movimiento y cayó en una breve inconsciencia.
Ghrun bajó los brazos, reconoció la pérdida de consciencia en el chico. Había aguantado bien, lo suficiente hasta que su cuerpo no pudo resistir más.
Se dio la vuelta y caminó hacia Serquam conforme el sol se alzaba. Y con la luz del amanecer, llegó una palabra del dichoso villano.
—Sí…
—¿Qué? —gritó Ghrun, sulfurado por haber errado de nuevo en su juicio, por haber errado de nuevo en su combate—. ¿Qué tienes que decir ahora? —Respiró hondo al escuchar su propia voz tan irritada.
Vinadarian tosió dos veces antes de contestar, la segunda un poco más aguda, entremezclándose con una pequeña carcajada.
—Sí… —balbuceó de nuevo. Levantó los puños. Corrigió su postura, coloreó su mirada—. Sigo vivo.
Ghrun se carcajeó.
Se abalanzó sobre el villano empuñando su escudo. Aplicó toda su fuerza en un golpe letal contra la guardia del chico, que se abrió instantes antes del impacto, dejando que su escudo se le clavara en el pecho perforándolo hasta el cuello. Tomó a Ghrun por debajo de las axilas y gritó.
De dolor, de ira, de tristeza, de alegría, de triunfo.
Gritó por Serquam, por Jinner, por Kargu, por Minaryan, por Yayika, por Bram, por Vinadarian.
Levantó su cuerpo entero en volandas y se volvió manteniendo el agarre hasta tirarlo contra el suelo tras él.
El golpe fue tan contundente que quebró la espalda del lobo, quien, tratando de contraatacar, se encontró de frente con su verdadero plan.
El villano pisoteó entonces sus codos, sus dedos, sus rodillas, todas sus extremidades, hasta mantener un absoluto control sobre cada músculo de su cuerpo tendido en el suelo.
Se sentó sobre su pecho. La sangre de su brazo fluctuaba frenética e irregular, tratando de forjar su versión más poderosa, pero no lo permitió.
Entonces, lo golpeó. Una, y otra vez. Venganza, justicia, karma, bondad, maldad.
Nada de eso importaba. La sangre del lobo salpicaba el suelo pintando un hermoso cuadro.
Hundía la nariz contra el suelo y veía sus ojos rebotar en sus cuencas hasta cerrarlos por completo, y continuó golpeando.
Más y más. No era suficiente. Quería reír, pero el dolor se lo impedía.
El agujero era más profundo, más grande, más oscuro.
Su respiración se agitaba y los latidos de su corazón se aceleraban conforme notaba disminuir la tensión muscular de su enemigo.
Notó entonces una mano en el hombro, y luego otra.
Cálida, viscosa, empapada de sangre. ¿Cómo osaba molestarlo?
Pequeña, fría, temblorosa. ¿Es que aún seguía ahí?
Paró justo antes de acabar su labor. Miró a sus espaldas. Serquam tenía lágrimas en los ojos.
Frenó la respiración, notó sus latidos apaciguarse. Bajo la luz del amanecer, la abrazó en una privada gloria que aderezaba una victoria enfangada; justo a tiempo, pues aún podía notar la calidez en su rostro.