Rinaryan: La huella de un fantasma 26. Reencuentro
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26. Reencuentro

Parecía que las estrellas habían cesado de brillar. El rugir del viento se había disipado ante el característico sonido de las patas del lobo rodeando a su presa. El bosque entero sentía su presencia, pero la pequeña seguía durmiendo.

No se atrevió a mirarlo a los ojos, aún no se había preparado para este momento. Su pecho temblaba tanto que no podía reconocer cuándo terminaba un latido y comenzaba el siguiente.

Cerró los puños por acto reflejo, notando el frío en sus dedos. Con la vista aún baja, alzó las manos a la altura del pecho y las miró.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Sintió también una calidez familiar y siniestra en la mano derecha.

Ghrun se acercó en línea recta. El compás de sus pasos se aceleró con el transcurso de los segundos.

Con tono estoico, el lobo enunció su primera pregunta.

—Audaz por tu parte labrar tu reputación a costa de la mía.

¿Cómo sobreviviste? —Su expresión estoica se ahogaba en una ira contenida y densa que incrementaba al acercarse.

En un breve destello, miró de reojo a la niña y sonrió con suficiencia—.

Con tu condición, ni siquiera la tecnología de esa mujer podría haberte salvado.

La cruz azul a decenas de kilómetros, sin centros médicos, sin siquiera un botiquín o cualquier cosa que pudiera haberte dado una muerte más digna que la de un cerdo en un matadero.

—Alzó el brazo con suavidad hasta envolver el cuello del chico con la palma, sin reacción por su parte—.

Sigues siendo el mismo. Tu cuerpo, tu mirada…

Endeble, obeso, frágil. La esencia de la naturaleza te habría cambiado lo suficiente como para convertirte en una amenaza.

Vinadarian apretó los dientes y confrontó la mirada del lobo. Chasqueó y forzó una carcajada sarcástica.

—No fue para tanto. Sobrevaloras tus capacidades. ¿No fue tu propia incapacidad como líder lo que mató a todos tus soldados? Fue una auténtica lástima que no murieras tú también. Tuviste suerte —sentenció Vinadarian apartándole el brazo de un manotazo.

Ghrun lo golpeó de inmediato, un impacto seco y directo en el estómago.

El joven se retorció de dolor inclinando el cuerpo hacia delante.

La fuerza de ese hombre iba más allá del límite humano, mucho más.

A punto de perder el conocimiento, echó todo el aire por la boca, lo que pareció otra carcajada.

El lobo le dio otro golpe limpio en la nuca con el codo, tirándolo contra el suelo boca abajo.

—Parecías más afectado cuando tuviste que matar a los tuyos.

Contenías las lágrimas como un niño desvalido y orgulloso.

—Ghrun lo agarró del cuello y lo estampó contra el árbol bajo el que estaba Serquam, que temblaba de miedo fingiendo seguir dormida.

Apretó el rostro contra la corteza y lo arrastró despacio hasta llegar a la altura de la pequeña.

Las astillas se le clavaban en los párpados y abrieron enormes cortes desde las mejillas hasta la barbilla antes de dejarlo caer sobre ella.

Serquam mascullaba dolorida ante el peso de Vinadarian, la presión no la dejaba respirar y Ghrun apretaba con fuerza para que ninguno pudiera moverse. Buscaba la posición exacta de la cabeza de la niña. Una vez ubicada, justo debajo del corazón del chico, puso el pie encima y apretó.

—Tu propio cuerpo será mi herramienta esta vez. No habrá pregunta que contestar, no habrá revelación ni redención. Quiero que sientas cómo acabas con su vida, cómo su cráneo se resquebraja contra tu pecho mientras te aplasto como el insecto que eres.

La sangre se revolvió sobre el brazo de Vinadarian, manteniendo su grotesca forma expandida durante unos instantes, resquebrajándose y volviendo a las heridas que la supuraban en una danza brusca e irregular.

Con las manos a los costados de Serquam, alzó el cuerpo lo suficiente como para dejarla escabullirse. Por instinto, la pequeña salió corriendo bosque adentro, pero se detuvo al escuchar el siguiente impacto, una nueva patada que levantó a su amigo del suelo.

—¿Qué ha sido eso? —gritó Ghrun, enderezando el cuerpo del crío contra el tronco y golpeándolo otra vez en el estómago—. ¿Cómo has podido levantarte?

Vinadarian alzó la mano hasta su rostro imitando su primer movimiento y extendió los dedos sin llegar a tocarlo.

Ghrun golpeó de nuevo, sacudiendo el árbol entero.

El joven vomitó sangre y saliva y cayó al suelo sin poder decir nada, manchando los pantalones del lobo, que de inmediato continuó golpeándolo sin misericordia.

El silencio nocturno acentuaba aún más el terror que producía escuchar sus golpes.

Uno tras otro, hacían vibrar el suelo. No había respuesta de Vinadarian, que no era rival para él.

Apenas podía alzar uno de sus brazos entre los continuos puñetazos.

La visión emborronada y el pitido de los oídos le hacían saber que seguía consciente.

Seguía intentando levantarse, devolver el golpe, pero era imposible.

El frío de las yemas de sus dedos se amplificaba por el antebrazo hasta llegar a la espalda.

Pensó que, quizá, si cerraba los ojos un instante, recobraría las fuerzas que necesitaba para contraatacar.

Durante una fracción de un segundo, le pareció haber visto la cabeza de Ghrun hincada en su mano derecha, luciéndola como una mera marioneta.

Una sensación cálida, abrasadora. Una veleta que orientaba el poder del sol. Una mano tendida en la oscuridad.

Irguió el torso hasta quedar sentado. Serquam estaba muy asustada.

Corría hacia él perseguida por una criatura de tamaño considerable, bípeda y rápida, de mandíbula prominente y dos alargados apéndices terminados en puntas que agitaba en carrera.

Ghrun tenía en la mano su escudo, preparado para decapitarlo con su siguiente movimiento.

Lucía una sonrisa satisfecha al escuchar los gritos de la pequeña, que se amplificó al presenciar que aún seguiría consciente para presenciarlo.

Fue sencillo, tan solo tuvo que levantarse y lanzarse a por su amiga, envolviéndola con su cuerpo antes del impacto de la criatura.

Ghrun le golpeó para que perdiera el equilibrio, pero se mantuvo firme en su trayectoria.

Cogió a la pequeña entre los brazos, y el geevar le atravesó el costillar derecho con uno de sus apéndices.

—¿Estás bien? —preguntó la pequeña de inmediato.

Vinadarian se carcajeó con sinceridad, provocándole un intenso dolor que le hizo retorcerse en el suelo. Abrió los brazos, dejándola ir. Serquam lo tomó de la mano y no se movió de su lado.

La criatura lo golpeó otra vez, atravesándole el estómago. Serquam emitió un ruido sordo, aterrorizada, y Ghrun se acercó victorioso a reclamar su trofeo.

Vinadarian, con una única mano, se apoyó en el apéndice que aún lo atravesaba y tiró de él hasta ponerse de pie. Apretó los dientes y frunció el ceño. De un nuevo tirón, arrancó la extremidad de la criatura y de su propio cuerpo.

—¿Lo escuchas? —preguntó en voz alta, aún de espaldas a Ghrun. La criatura chillaba de dolor, tambaleándose de vuelta a la oscuridad con torpeza.

—La oigo chillar —respondió Serquam apretándole la mano.

—No, no es eso. Es… otra cosa. Es más bonito —respondió Vinadarian desviando la vista a la pequeña con una sonrisa. Tenía el pecho perforado, el rostro lleno de astillas y cortes, el estómago machacado, la espalda a punto de resquebrajarse y los brazos fracturados, pero mantenía la sonrisa.

—No sé a qué te refieres —respondió la pequeña con la voz temblorosa.

—Está delirando —aseguró Ghrun—. Es su último estertor, una incoherencia formulada por su mente para mantenerlo con vida.

El villano se volteó, soltando la mano de Serquam.

—¿Tú tampoco lo oyes? Es una melodía bastante pegadiza. Clac, clac… Tsssc… Clac, clac… —contestó sin emular ritmo alguno.

Ghrun arrugó la nariz con el ceño fruncido y no contestó. Tomó carrerilla para acabar con él de una vez por todas. Vinadarian continuó en su delirio.

—Se está resquebrajando. El muro está sucio y tiene una minúscula grieta. Es magnífico.

Al deslizarse entre la hierba, los pasos del lobo sonaban con tintes agudos. Se aguantaba la risa al ver al mal llamado villano mirar al cielo, una súplica silenciosa y piadosa hacia un ser superior.

Era risible pensar que podía estar tan confundido y al mismo tiempo tan acertado. Una paradoja, un rebujo de casualidades y causalidades que podía ver con claridad. Sus destinos eran poco más que una pompa de jabón entre las manos del comandante.

Su sonrisa bobalicona no era más que una fachada para mantener calmada a la pequeña. Un último acto de bondad antes de someterse. ¿Por qué empañaba entonces su imagen de victoria? ¿Por qué había una mancha en su pintura? ¿Cómo podía una cerilla exhausta iluminar la solemnidad nocturna?

Ghrun se detuvo y lo miró de arriba abajo. Esgrimió una sonrisa y arqueó una ceja. Acabar con él no era suficiente.

—¿Dónde estaba esa melodía cuando ordenaste su muerte?

¿Formaba parte de tu plan dejar a esa niña huérfana?

—Por fin, sus ojos entrechocaron, Vinadarian dejó de sonreír y Serquam contuvo las lágrimas—.

Fue la decisión correcta, incluso ella tenía más valor; cuando mis chicos lo capturaron, rogó desde antes de que le echaran la mano encima, indefenso como un perrito.

—Forzó una carcajada y caminó en calma—.

¿Dónde estaba entonces su amigo? ¿Dónde estaba su hija?

Tus aliados te han abandonado y tu única compañía es la niña que manipulas con palabras escritas en la sangre de su querido padre.

Vinadarian dio un paso al frente, el primero. Siempre hay un primer paso.

—Aquí, Ghrun. Estoy aquí, escuchando cómo te humillas con cada sílaba. ¿Que dónde estaba la melodía? ¡Escúchala bien, comandante, porque fue su puño el que resquebrajó el muro primero! —sentenció, lanzándose contra él en una frenética carrera replicada por el lobo.