25. La primera página #3
—Por un instante, me pareció verme a mí mismo en su lugar.
Tú eras clavadita a Mina, y Yayika, con su fiereza y fuerza, me recordó a Jinner.
En esos pocos segundos me imaginé un mundo sin mí, otro sin Minaryan y otro sin Jinner; tu padre, aun atormentado, parecía sereno, y al mirarlo a la cara interpreté en su gesto el mensaje que yo mismo hubiera dado.
Puede que me equivocara, y de nuevo te pido disculpas.
Como te dije, jamás podré saldar la deuda que tengo con vosotras por habérosle arrebatado.
Serquam le soltó la mano. Apenas pudo entenderse el murmullo que farfulló, pero Vinadarian lo comprendió como si estuviera escrito con la mejor de las caligrafías.
—¿Y qué crees que trató de decirte?
Vinadarian la tomó de la barbilla y le alzó la cara hasta entablar contacto ojo con ojo.
—Que con gusto pagaría con su vida para que vosotras dos pudierais vivir un solo día más.
Serquam rompió en llanto, pero entre sus sollozos contestó apenas unos segundos después.
—¿Y cómo sé que no estás tratando de hacer lo mismo ahora? ¡Te vas solo, sin un plan ni nada de nada! Ni siquiera sabes si Jinner volverá para ayudarte… ¿Cómo sé que no quieres sacrificarte por ellos dos?
Vinadarian arqueó una ceja y se carcajeó, sorprendido.
—No lo sabes. Ni tú ni nadie. En eso consiste la confianza.
La pequeña contestó furiosa:
—Entonces no voy a confiar en ti. No me arriesgaré a perder a nadie más, y si pasa, pues yo también me moriré.
El joven se alzó con el ceño fruncido y la tomó de la mano.
—Puedes no confiar en mí, pero ni se te ocurra decir que morirás. No quiero que esas palabras vuelvan a salir de tu boca nunca más.
Ella se limpió las lágrimas con el brazo, las gotas brillaban al contraste con la luz de la luna.
—Quiero confiar en ti, pero tú no confías en nosotros.
No quieres nuestra ayuda porque te da miedo perdernos y vas a hacer que todos te perdamos, puede que también a Kargu y Yayika.
Y Jinner. Y Smil. ¡¡No!! ¿Quieres que confíe en ti?
¡Pues entonces llévame contigo! ¡Si crees que no soy una carga por ser una niña pequeña, que soy lista y valiente y no sé qué más cosas, llévame contigo!
No soy una niña, soy tu amiga. Yo también voy a pegarle un puñetazo a la pared que decías. Contigo. ¿Vale?
Vinadarian la abrazó con fuerza, levantándola a varios palmos del suelo.
—No puedo dejarte hacer eso. Te pondría en peligro, no solo de los lobos, jamás te llevaría allí, sino también en peligro por el viaje sin Sara y los demás. Estás agotada y dolorida… Aprecio mucho tus palabras y respeto que no quieras confiar en mí, pero la respuesta es…
Antes de que pudiera terminar la frase, la pequeña se zafó y salió corriendo sola al bosque.
Fue tras ella y trató de atraparla durante varios minutos. Se internó tanto en el bosque que el volcán se veía a lo lejos cuando ella se cansó de correr y él consiguió acercarse.
—Ahora tienes que elegir: irnos o dejarme con la bruja esa y el resto de tus amigos. ¡Vamos! ¡No hay tiempo que perder! —contestó ella con el ceño fruncido.
Vinadarian suspiró derrotado.
—Está bien. Pero, cuando lleguemos, tienes que quedarte con Smil, ni se te ocurra pensar que te dejaré intentar nada raro. Que sepas que esto que has hecho es muy irresponsable y una falta de respeto tanto a mí como a los que se han quedado atrás.
—Lo siento. —Se disculpó con fingida tristeza—. La próxima vez te convenceré directamente y no tendré que hacer estos numeritos.
En una carcajada cómplice y lleno de preocupación y prisa, Vinadarian la tomó de la mano y se apresuró. Con el paso de los minutos, tuvo que cargarla entre sus brazos, y se quedó dormida.
Era una noche con una temperatura ideal y apenas había ruidos entre las hierbas.
Todo apuntaba a una vuelta igual de tranquila que la ida.
Habían tardado alrededor de cinco horas en llegar hasta el volcán.
Con suerte, podrían llegar a la cuenca en la madrugada del sexto día si se apresuraban y sin tener en cuenta el tiempo que les consumiría trazar el plan.
Deberían también preparar los recursos para este plan y, por supuesto, comprobar si Jinner había vuelto.
El tiempo era un recurso muy finito en este caso.
Por suerte, la estancia en el volcán había sido breve, pero el cansancio comenzaba a fustigar al joven, que tuvo que sentarse unos minutos en el claro más calmado que encontró.
Dejó con cariño a la pequeña reposando en el pasto fresco bajo un árbol.
No tardaría mucho en levantarse y emprender la marcha.
Escuchó entonces un ruido sutil pero significativo al mismo tiempo, un sonido intencionado y minucioso, calculado para llamar su atención.
No era una pezuña o una garra, sino una bota aplastando los húmedos hierbajos. Se levantó alertado, como una presa advertida de un cazador. Miró de reojo a la pequeña, preocupado, debatiendo en instantes cómo proceder ante esta posible amenaza. Antes de poder tomar una elección, escuchó su voz.
—¿Creías poder escapar a las llamas del infierno? No, chico. Heredero de la destrucción, hoy acabaré con el fruto de su trabajo de una vez y para siempre.
Su sangre hervía con la temperatura de una estrella y los latidos de su corazón se aceleraron hasta formar la melodía de un tambor de guerra.
Ni lógica, ni destino, tan solo un muro que quebrar en pos de la libertad.