25. La primera página
La luz del magma iluminaba la espalda de la mayor de las tres hermanas. La peor de todas ellas.
Vinadarian devolvía la mirada al abismo, su silueta se llenaba de colores cálidos ante la atónita mujer.
El chico lleno de rencor y miedo había desaparecido.
Su gesto era tan sincero como desinteresado, casi agradecido.
Era humillante. Sentía la fría mirada de su hermana menor surgir tras de sus hombros.
Una pieza más en su estúpido juego, un turno más en el tablero. Apretó los puños y frunció el ceño.
Perdió, una vez más.
Tiempo ha del preciado momento en el que pudiera haberse considerado su igual.
Y, sin embargo, ahí estaba él, con su estúpida sonrisa y la mano en alto, en un instante perpetuo y castigador, con sus seres queridos mirando hacia tan patética criatura.
El sujeto de un experimento, la probabilidad que surgió, la serendipia hecha persona, satisfecho como si hubiera logrado algo.
—¿Qué pretendes encontrar aquí, cachorro?
¿No era asesinarme tu propósito? Perdí la cuenta de las veces que me amenazaste con ello, nunca lo consideré plausible, pero hete aquí, mirándome desde una altura que tú mismo has logrado.
Podrías aplastarme como un insecto y ser venerado como un héroe.
¿Querías conocer su ubicación? No sé si siquiera sigue viva.
El joven negó con la cabeza y se sentó a su lado.
Miró a su alrededor, observando las minúsculas excavaciones en la roca en las que vivían los residentes de aquel extraño lugar.
Ojeó después el techo y las improvisadas escaleras que ella misma alzaba a su paso.
Lanzó finalmente la vista al frente, observándolos a todos ellos: Za-Jir sonriendo de oreja a oreja, Serquam conteniéndose las lágrimas, Jyon con el ceño fruncido esperando el momento en el que poder levantarse, Sara, tan conmocionada que no se atrevía a parpadear.
Herbia, con la mano aún alzada tratando de ayudarlo pese a solo ser una niña.
Niza, que mantenía su mirada clavada en él, preparada para protegerlo de lo que fuese necesario.
Y Minaryan, cuyas emociones habían estallado al punto de dejarle la cara cubierta de lágrimas y mocos, sonreía también con orgullo y alivio.
—Son ellos. Todos ellos son lo que quiero.
Los quiero a mi lado. No, va más allá de algo tan simple…
—sentenció, volteándose hasta mirarla a la cara.
Tenía una piel tersa y frágil, como de porcelana, y sus ojos azules moteados de un cálido color marrón suave la hacían parecer indefensa al abrirlos tanto—.
Vine con la intención que mencionas, aunque me avergüenza reconocerlo —dijo, dejándose caer al suelo boca-arriba—.
Era la única forma de saber si podría cumplir mi promesa.
La peor de todas. —Se llevó la mano derecha a la cara, y levantó la otra, parecía querer agarrar el aire con ella—.
Las promesas han guiado mi vida durante esta última etapa, y no me arrepiento, pero me he dado cuenta de que soy mucho más que eso.
—Bajó entonces la mano y dejó la otra en reposo sobre el suelo.
Sentía el inmenso calor de la roca calentada por el magma, aunque aún no llegaba a hacerle daño.
Miró una vez más a la mujer y bajó el tono, engraveciendo levemente su voz—: Vinlit.
La esencia de dios te permite ver a través de mí, de Sara, de Jyon, de Mina.
Incluso de la pequeña Niza. Pero ¿y tú? ¿Qué demonios quieres tú?
Por más que hago memoria, nunca te he visto sufrir tanto como ahora.
Te odié desde el fondo de mi corazón. Detesté cada palabra que salía de tu boca, cada gesto y cada carcajada.
Por eso me molesta que el recuerdo más vívido que tengo de ti es cómo contagiabas tu disfrute al resto.
No solo a tus hermanas, sino a todos. A casi todos. ¿Qué ha cambiado?
Vinlit relajó el rostro, entrecerró los ojos con pasividad y suspiró extenuada.
—Ya basta de tanta cháchara. Ese piojo de ahí apostó conmigo a que te levantarías, y aquí estás, tumbado.
Pero después de haberte levantado, técnicamente.
Dime qué quieres y lárgate a otra parte.
Si me vuelves a decir que son ellos, me arrancaré las orejas para no volver a escuchar semejante desfile de cursilerías y sandeces.
Vinadarian se carcajeó con energía y negó con la cabeza.
—Deberías saberlo. —Mantuvo una sonrisa cómplice y se levantó despacio. Ella lo siguió con la mirada.
—Dame la nota —dijo.
Vinadarian rebuscó en sus bolsillos. Una vez la tomó, le ofreció de nuevo la mano, esta vez con la nota encima.
—Si lo hago, es posible que la palmen antes de que llegues —continuó la mujer. Vinadarian mantuvo la sonrisa sin hacer ningún otro gesto ni articular palabra—. Está bien. Te has vuelto aún más molesto con la edad, quién lo iba a decir —sentenció tomándole la mano y poniéndose en pie.
Hombres, mujeres y niños salieron corriendo de sus casas y formaron un corro a su alrededor. La formalidad y el silencio detonaron en un caos atroz de agradecimiento y pánico.
—He aquí a vuestro futuro tirano —sentenció Vinlit alzando ambas manos para todos sus espectadores—.
Con objeto de salvaguardar su causa, os he liberado.
Si bien él pretende que vayáis donde os plazca, cree poder hacer uso de su conocimiento y de su gente para protegeros hasta que halléis el momento de partir, como una cría de ave que echa a volar fuera de su nido.
En la vorágine de misiones y promesas en la que se sustenta, sois una de tantas, el primer paso de un propósito ególatra e irreal, cuna de mancillados, parias y relegados.
Abrazados a la mediocridad, os lleva a un destino incierto y patético, digno del peor de los cuentos de hadas.
Vinadarian se echó a reír ante tan espectacular monólogo. Objeto de miradas de sorpresa y asco, no parecía suscitar agradecimiento alguno entre sus oyentes, que, aún atentos y callados, comenzaban a generar su tan temido barullo.
«Es un crío».
«¿Protegernos de qué?».
«Nos devuelve la libertad para que lo tratemos como a un mesías. Míralo, se ríe como un maníaco, disfruta solo de pensar en lo que hará si le damos bola».
«Solo pretende que lo veneren, es otro idiota venido a más».
«Seguidle el rollo hasta salir de aquí, cualquier cosa es mejor que estar bajo el influjo de esa bruja».
—Escuchad, ingratos, aún queda lo mejor.
—Los recuerdos de la matanza que llevaron a cabo los lobos, la humillación que sintió Vinadarian, las acusaciones de villano, su sufrimiento, su vergüenza, su dolor…
, llenaron las cabezas de los adultos en décimas de segundo.
Se hizo un denso silencio, pesado como una veintena de montañas—.
Aliviaos y regocijaos en su infinita estupidez, pues tan solo lo logrará una vez se haya reunido con sus antiguos compañeros y salvado a la gente cuya mera presencia condenó, castigándolos a un más que probable fatal destino en caso de que cumpla su objetivo.
Cuando menos, risible. ¿Con qué armas contará?
¿La valerosa caballera, famosa por sus hazañas militares en el ejército tiempo atrás?
¿El piojo de su hermano? ¿La aberración que lo acompaña?
Ninguno, más allá de la mano izquierda de una de las personas a las que más odia, responsable de haberle arrebatado la vida y la libertad y la vacua esperanza de que brote de un vil monstruo la conciencia necesaria para volver a morir con la dignidad que jamás pudo lograr.
Odiado, vilipendiado y humillado, ahí tenéis a vuestro libertador.
Larga vida al rey —concluyó propinándole una palmada en la espalda y guiñándole el ojo, liberando también de su yugo a su grupo.
Jyon se lanzó a él como un tren embistiendo una pared de cristal.
—¿A qué demonios se refiere? ¿Cómo que nadie va a ayudarte?
—Espera —contestó Vinadarian—. Aún queda una última cosa, Vinlit. La carta era para ti, ¿verdad? ¿Qué pone?
—Es lenguaje de Praesidium. Creía que tú lo entendías, a ella le encantaba enseñárselo a todo el mundo. Es un desafío, está haciéndole la pelota a su querida reina. No es nada que te incumba.
El joven miró entonces a Jyon a los ojos. Brotes de lágrimas decoraban el fragrante fuego que surgía del combinado magmático y su color dorado.
—El villano sigue vivo—contestó Vinlit.
—Es un mensaje con muchos significados. ¿Eh? —respondió Vinadarian—. Nunca hubo ningún padre. Creo que solo quería que llegáramos aquí para protegeros. Bueno…, quizá también para desafiarla a ella.
Ella lo soltó y dio un paso hacia atrás.
—Es un suicidio.
—Puede. Pero no permitiré que mi egoísmo os haga daño. Vinlit me ha dado esa posibilidad.
—¿Daño? ¿Y cuando mueras? ¿Cuando vuelvan a capturarte, a romperte, a destruirte? ¿Qué pasará? ¿Suspiraremos aliviados y diremos «menos mal que no estuvimos ahí»? ¿Es eso lo que somos para ti?
—Es una reacción preciosa. Y no, comprendo que os dolerá. Estoy siendo egoísta al quitaros de en medio, pero voy a hacerlo.
—No me gusta —dijo Minaryan—. Jyon tiene razón. Te estás equivocando. Además, esa señora me da miedo. No quiero estar aquí.
—Cuatro de vosotros aún sois solo niños, Niza es pequeñita y apenas puede entender nada tan complejo, no es justo que vengáis.
Mina, ellos no son geevars, animales o niños malos.
Son soldados, son asesinos. Confío en todos vosotros con mi vida, pero no cambiará nada si venís conmigo.
Si tengo alguna posibilidad, será con las herramientas que pueda utilizar una vez llegue allí.
—Prométeme entonces que, si no hay ninguna, no lo intentarás siquiera. No serás un cobarde, te lo prometo —respondió Jyon.
Vinadarian negó con la cabeza.
—No puedo. Kargu y Yayika están con ellos. Haré todo lo que esté en mi mano, incluso aunque esté vacía.
Serquam se adelantó, apretando sus temblorosos labios con una frustración incandescente, interponiéndose entre ambos y dirigiéndose únicamente a él.