Rinaryan: La huella de un fantasma 24. Espejo #4
81%

24. Espejo #4

«Vinadarian». Escribía repetidamente. No había nada más. Nada más que escribir. La tinta se empapaba de lágrimas antes del tachón final. Se arrastró hasta él, apenas estaba a un par de galaxias de distancia.

Tomó la punta y escribió algo. «Para». El libro respondió de inmediato. «Oblígame, payaso».

Arrancó todas sus páginas, pero se ensañó con la primera. La única escrita. Se reescribía rápido, tanto que tuvo que levantarse para hacerle más daño. En pie, rio como un maníaco durante una o dos eternidades, instantes entre milésimas de segundo.

Un tiro le perforó el corazón, deteniéndolo de nuevo. Matándolo. Pero siguió arrancándolas.

Otro tiro lo volvió a matar, y una ráfaga tras este último acabó con él miles de veces hasta coser con plomo cada página del libro, pero, sobre todo, la primera.

Lanzó el libro y cayó de pie, no cesaba en su escritura. El anciano se volteó con él, vislumbrando a otro como ellos.

Era el peor, puede que el mejor. Grandilocuente, elegante, bien vestido y arreglado, con una mirada fulminante. Una mano en el arma de fuego y otra tras la espalda. No podía evitar que se escuchara el gotear de la sangre que ocultaba o de la que hacía gala.

Se formaban rocas a su alrededor, pequeños asteroides flotando en una calle lúgubre en medio del espacio en negro. El castillo se derrumbó desde algún lugar de las alturas. Sus piedras caían afectadas por una gravedad ilógica, entrechocando con los asteroides ante la luz de una estrella blanca.

—Es culpa tuya —sentenció con una voz desgarradora—. Patético proyecto de persona. No vales ni la roca en la que estás tumbado. Muere de una vez.

Él asintió con la cabeza. Tenía razón. Sin objetivo e incapaz de continuar por el camino de piedras, ¿de qué servía?

Tan solo una patética cruzada contra la molestia que le producía la alegría de ese niño era lo que lo mantenía con los ojos abiertos.

Puede que fuera hora de cerrarlos, pero tampoco se lo permitió.

Alzó el cuerpo a contraluz frente a la inmensa estrella. El anciano los miraba impresionado, pero no intervino en absoluto. Aunque fue el único en percatarse de que el delgado los observaba temblando desde las alturas.

La sangre se arremolinó en el brazo del atacante. Preparado para finiquitarlo, solo lo detuvo el señalamiento a un enemigo en común.

—Está ahí —dijo él al contemplar cómo su versión más joven se escondía tras uno de los asteroides, llorando lágrimas de clemencia hacia él a pesar de su absurdo odio—.

Sabéis que es su culpa —sentenció apartando el brazo con delicadeza, deshaciendo la sangre como un cubito de hielo en una sartén caliente.

—¡No! —gritó el escondido, apareciendo frente al crío como un último baluarte.

No fue rival. El elegante lo apartó de un solo golpe, quedándose paralizado en el suelo mientras el primero le propinaba una paliza.

—Sí —contestó él—. Yo estoy cumpliendo mis promesas —recordó—. Protegí a los míos. Me mantuve fiel a mi propio juramento. He llegado muy lejos.

—Mientes —respondió el anciano—. Eso no te hace ser mejor que él. ¿No lo ves? Eres mucho más fuerte y estás rodeado de grandes personas que se desvelan por ayudarte. Y tú ¿qué haces por ellos?

—¡¡Lo doy todo!! ¡Mi propia vida si es necesario! ¿Cómo te atreves a decir eso en mi presencia, escoria? —contestó hinchando el pecho, regodeándose en el dolor de su pequeño yo y apretando con la mano la garganta del anciano.

—Él lucha por mantenerse feliz. Toma de la mano a quien lo necesita a pesar de su debilidad y no teme lo que pudiera pasar porque ni siquiera se lo plantea.

Lo da todo sin recibir nada, levantándose a pesar de no poder caminar para continuar, arrastrándose contra toda adversidad.

Tú ya no eres así. ¡Eres una puta rata de laboratorio!

La probeta final de una desquiciada que jugaba con los límites de la existencia misma.

—Es vilipendiado e insultado por sus propios compañeros. Continuamente traicionado e incapaz de proporcionar nada allá donde pisa. Es la razón de nuestros males. ¡Si acabamos con él, por fin seremos tan fuertes como cabría imaginar!

—¿Fuertes? Puede. Pero quebradizos, frágiles como un fino cristal. Patéticos, como siempre hemos sido, pero, además, sin ser ninguno de nosotros.

Se llevó ambas manos al corazón y miró al elegante. Por fin contempló qué había en su espalda; atada a su mano como un títere tan nauseabundo como horripilante, la cabeza en descomposición de Ghrun, sin ojos ni dientes.

Las náuseas fueron mucho más allá de lo imaginable al contemplar tan terrible escena y vomitó. El acto solo pudo volverse más asqueroso cuando la gravedad dejó de actuar y cubrió su propia cara de vómito, solidificándose y tapándola al completo, salvo por los ojos.

—Desprecias a todos. Siempre serás incapaz de confiar en todo aquel que confíe en ti —respondió el asesino sin cesar su continua paliza. La sangre del pequeño fluía a su alrededor formando una imagen similar al esqueleto de las alas de un cuervo envolviéndolos a los dos.

Vinadarian negó con la cabeza, sus ojos se empaparon de lágrimas, y el delgado se acercó a él.

—En el fondo sabes que se equivocan al creer en ti.

Mientras no seas capaz de hacerlo tú mismo, es una forma hedionda y profunda de desprecio hacia todos ellos.

Estúpidos, inútiles, ignorantes, mojigatos, inocentes…

Tienes una palabra para definir a cada uno.

No eres incapaz de verlo ni de verte a ti.

Basta de depender de sus amables palabras y sus grandes acciones.

Coge el maldito libro y escribe tu primera página.

«Vinadarian».

El delgado y el anciano sostuvieron las dos partes de la cubierta. Él asintió exhalando el poco aire que le quedaba cuando ellos golpearon el libro contra su rostro, liberándolo y permitiéndole respirar. No volvió a verlos.

Caminó hasta el pequeño, ya moribundo. Pudo apartar al peor de todos. La boca de Ghrun hablaba por él.

—No puedes detenerte, Vinadarian. Arrasa con tu debilidad para que nadie pueda hacerlo. Dale el golpe de gracia.

Álika y Jyon le tendieron la mano. Kargu y Jinner lo protegieron. Minaryan y Serquam le brindaron una alegría que creía perdida. Bram, Trye… Él debía ser todos ellos para poder seguir siendo tan solo él.

—Cállate —le dijo en un tono neutral, con una condescendencia casi armoniosa y con una piedad crepitante en su timbre.

Mantuvo la atención en el pequeño, poniendo delicadamente la mano en su hombro hasta que este se volteó a mirarlo con sus últimas fuerzas.

—¿Aún puedes levantarte? —El pequeño asintió con la cabeza y el mayor le tendió la mano—. Es increíble que puedas aguantarnos tanto. Te quiero, muchísimo. Lo sabes, ¿verdad?

El pequeño sonrió de oreja a oreja y comenzó a reír. Era una risa tan hermosa que le hizo sentir calidez en el corazón.

—¿Cómo vas a hacerlo? —preguntó justo antes de tomarle la mano.

—Algo se nos ocurrirá —respondió ayudándolo a levantarse.

El elegante se abalanzó con el grito en el cielo. Quizá en el infierno. Ambas manos supuraban sangre formando dos gigantescos brazos, pero él lo ignoró, recibiendo el impacto de lleno sin moverse del sitio.

Sin mediar palabra, le quitó la cabeza de Ghrun de la mano izquierda y frunció el ceño, esta vez no con furia, sino con determinación.

—Puedo cargar con ello. Confío en ti —sentenció levantando la cabeza de pronto hasta chocar miradas con él—. También en mí. Y en todos ellos.

La cabeza de Ghrun rodó por el suelo, y el elegante cayó de espaldas con él, rompiendo en llanto y quedando completamente solo.

—Levántate. —Era la voz de Jyon. Pero también de Kargu, de Minaryan, de Jinner…

—Levántate.

El libro se hizo ante él. Quizá tan solo la primera página.

«Vinadarian» estaba escrito, y una frase más: «El villano sigue vivo».

Dejó a Niza a un costado, apartó los brazos de Jyon y le devolvió el apretón a su hermano menor antes de levantarse ante la atónita mirada de todos.

El eco del grito de la mayor de las tres hermanas resonó por todo el volcán como una erupción atronadora.

—¿Qué clase de monstruo creó? ¿Cómo puedes volver a levantarte? ¿Qué demonios eres? —Retrocedía con torpeza al gritar. No tardó en volver a tropezar y caer tal y como lo había hecho el elegante.

—Lo has visto todo, ¿no? Mis recuerdos, mis experiencias…

Sé que nada escapa a tu alcance, Vinlit.

Tu visión es muy superior a la mía, al igual que tu inteligencia y astucia.

No puedo creer que no hayas llegado a una conclusión tan sencilla —respondió Vinadarian, luciendo entonces la tercera y última de las tres sonrisas, para la mayor de las tres hermanas.

La más profunda y arraigada en su alma, la más completa y satisfecha, armoniosa y confiada; la más luminosa y sumida en la penumbra, antecediendo a la conclusión del hombre que desafió la esencia de dios en su máximo exponente—.

La fragilidad del débil es su fortaleza —respondió, ofreciendo de nuevo su mano para ayudarla a levantarse.