24. Espejo #3
Jyon apretó los brazos alrededor del torso del chico. Serquam, Za-Jir y Herbia se unieron al pequeño Minaryan tomando la mano del difunto Vinadarian y Niza se subió a su pecho, apuntando su mirada directamente al rostro.
—La esencia de dios… —balbuceó Sara, avergonzada y decaída, contemplando los rostros horrorizados de los pequeños. El silencio era casi total, incluso provocando una respiración tan tenue que podría provocarles una asfixia en poco tiempo.
—Basta —ordenó la mujer con piel de porcelana.
No podían siquiera formular correctamente sus pensamientos, tan solo algunos minúsculos movimientos de sus cuerpos les hacían sentir que seguían vivos mientras observaban el triste desenlace del chico—.
Deberías conocerla. ¿Cómo te atreves a ponerme en duda?
—respondió manteniendo una aparente sonrisa que cubría el rechinar de sus dientes.
Minaryan negó con la cabeza y ella se acercó adornando su ansiosa caminata con carcajadas nerviosas, hasta que se tropezó. Evitando la caída con ambos brazos y poniéndose a la altura del chico, escuchó lo que contenía su mente.
Una bifurcación ilógica se presentaba como un tsunami arrasando con cada hilo de ambos pensamientos. Puede que hubiera acabado con el portador del suero, de la sangre, o de lo que quiera que fuera que creyera que hacía especial a su hermano.
Pero no con él.
—La esencia de dios es lo que diferencia un cuerpo sano de un cuerpo vivo —explicó al levantarse, manteniendo una renovada calma que se extendía por todo su cuerpo a través de alargadas respiraciones entre sus frases—.
Aunque la naturaleza os haya dotado de músculos, piel, huesos y un cerebro, por minúsculo que sea, sin ella no existe la vida —continuó, acercándose al cuerpo de Vinadarian.
Le pisó la pierna derecha con fuerza y no hubo reacción alguna.
Al hacerlo, rompió el contacto visual con el pequeño y su mirada fue más allá del plano material, revoloteando en sus memorias—.
He separado la mente de tu hermano de su cuerpo.
Es la demostración de que he superado a mi hermana.
No. —Su voz se agravó, dejando una huella rota en sus terminaciones—.
De que ella nunca llegó a superarme —concluyó, volviendo a mirar el rostro aterrorizado del pequeño—.
¿Dices que no soy digna de mi victoria? ¿Que el trabajo de mi vida es insuficiente en comparación con el de ella?
Tienes mi palabra, piojo. Si se despierta, cumpliré con el que tendría que haber sido su último deseo, por estúpido que fuera.
Si no, yaceréis todos aquí con él. Tu insolencia los habrá matado a todos —sentenció.
No quería contestación, no la permitiría, tan solo buscaba un leve regodeo al detectar cómo se rompían las esperanzas de quienes no conocían el alcance de su poder.
Un sabor que ni siquiera pudo llegar a disfrutar del todo.
Entrelazó las manos detrás de la espalda y clavó la mirada en el muchacho inconsciente. El color de sus recuerdos era paradójico y lleno de tintes que aún desconocía. Dos minutos serían suficientes para acabar con esta estupidez.
Los segundos se convierten en horas para el desamparado, mas las horas en segundos para el desesperado. Se cernía la tarde del quinto día.
Por un sendero lleno de baches, él caminaba con la vista alzada al frente, sin ver.
Paso a paso, avanzó sin tener razón para hacerlo. Sin dirección en la que apuntar.
Su única compañía eran sus propios pensamientos y, sin embargo, no había en qué pensar.
Solo un profundo sentimiento de angustia y la prisa acompañándola.
Las baldosas aparecían bajo sus pies cuando aceleraba el paso. Blancas y negras, una detrás de otra, inclinándose hacia arriba en una ínfima cuesta.
No sudaba y tampoco forzaba la respiración ni sentía dolor alguno, pero sí cansancio.
Hubiera jadeado si hubiera podido. Trató de detenerse y aceleró aún más.
Levantó la vista y miró hacia abajo. Sin aliento, exhaló una inmensa bocanada de aire.
Apuntó los pies a las baldosas blancas. Quizá jugando se entretuviera hasta no llegar nunca a ninguna parte.
Pero no quedaban blancas.
La cuesta se hizo sinuosa, formando curvas y aumentando su inclinación con cada baldosa que pisaba. Se sintió molesto al correr. ¿Por qué seguía inclinándose? Trató de contener su enfado incipiente, aunque era divertido dejarse llevar.
Estaba corriendo en vertical, hacia arriba. Puede que estuviera cayendo en picado.
Le entraron ganas de reír. Nada tenía sentido, pero no podía detenerse aún, sin tener un lugar al que ir, al que llegar.
Inclinó el torso hasta tocar las baldosas con las manos e hincó los dedos en el suelo; estaba llorando. Dolía, su respiración se detuvo y sintió cómo se ahogaba en un instante.
Frenó a costa de su propia piel y llegó. No había absolutamente nada, ni siquiera él.
¿Era ese su objetivo desde el comienzo?
Miró al cielo, puede que al infierno.
Estaba ahí. Ninguno de los dos, sino él.
El pequeño Vinadarian. No tendría más de cinco o seis años al otro lado de la nada. Correteaba como si nada. ¿A dónde iba? Reía como si no tuviera nada de que preocuparse. Como si no doliera.
Fue tras él, guiado por la curiosidad. ¿Cómo podía tener curiosidad de sí mismo?, le preguntó el mayor. Él. Otra vez.
Estaba muy delgado, tanto que le hacía sentir incómodo.
— Hola —se dijo. Tenía la voz muy aguda, tanto que le resultaba patético y despreciable.
—¿Qué quieres? —se contestó agravando la voz y frunciendo el ceño.
—¿A dónde vas? —se preguntó.
—No es de tu incumbencia —contestó de nuevo, tratando de encontrar al maldito crío. Pero ya no estaba, se había perdido para siempre. No hubo despedida. Salió corriendo por el camino de baldosas negras, añorando el tiempo cuando aún veía algunas blancas.
Pasaban los días; el objetivo de volver a encontrarlo guiaba su ser, mas en semanas tan solo la profunda oscuridad de una reflexión vacía se cernía sobre el hombre que avanzaba sin dirección, sin espacio, atrapado en el infinito más absoluto, más absurdo.
Visualizaba en lo que creía recuerdos las torres del castillo, parcialmente derruidas, pero aún se mantenían hermosas. ¿Por qué no se paró a mirarlo?
Quiso bajar la mirada. Era posible que hubiera alguna baldosa blanca que le hiciera más entretenido el camino. También podría ser que perdiera de vista al niño si aparecía, así que no lo hizo.
Recordó su risa. Qué molesta era. Tan irritante la sintió al volver a escucharla en su cabeza que pudo diferenciarla perfectamente de la que se escuchaba en ese momento.
No reía. Gimoteaba, era aún peor. Apretó los dientes y se dejó llevar. Era divertido, natural, pasional. Respiró por la boca hasta volver a ahogarse, hasta que se agrietó en negro el blanco de sus ojos. Avanzó viéndose a sí mismo golpearlo.
Era él, mayor y más triste. Lloraba mientras hacía llorar al niño. Pero el niño era otro. Sus dorados cabellos le hicieron percatarse de que no se trataba de sí mismo, sino de su pequeño e inocente hermano.
El gimoteo dejó de molestarlo y su ira fluctuó hacia sí. Ya era todo un adulto, ¿cómo se atrevía a golpear a su hermano?, pensó con el puño apretado y el grito en el cielo.
Ya era demasiado tarde para arrepentirse de haberlo golpeado; yacía en el suelo y se reía. Estaba desharrapado. Solo aumentó las llamas de su enfado, pero Minaryan lo detuvo antes de volver a golpearse.
Portaba la desgarradora pena de milenios y de millares de vidas a sus espaldas. Sentía alivio al recibir los golpes. Puede que el pequeño se hubiera dado cuenta y no tratara de protegerlo, sino de evitar que encontrara la dulce muerte que buscaba.
Lo empujó contra el suelo y se alejó de él.
—¿Me has visto? —preguntó con naturalidad, disfrutando de la luz esmeralda de los ojos de su hermano. Hacía años que no veía nada más que baldosas y poder presenciar algo tan hermoso era sobrecogedor.
Pero él le devolvió la mirada con horror.
—¿Quién eres? —respondió a su pregunta.
La luz se apagó, el blanco y negro volvían a dominar la única escena y su hermano había desaparecido. Solo quedaba él consigo mismo.
El anciano se levantó, ignorando por completo su propia presencia. Dirigió la vista en todas direcciones tratando de encontrar algo que sabía que no lograría.
—Cállate —indicó él. No hubo respuesta, tampoco provocación. Emprendió la marcha, él lo tomó de la camisa por la espalda—. He dicho que te calles —continuó. El anciano asintió con la cabeza y lo dejó marchar.
Se formulaba bajo él un camino mucho más complejo, miles de piedras en el mismo vacío que sus pequeñas baldosas, del mismo color. Decidió seguirlo. No quería volver a escuchar sus palabras, y quería castigarlo de hacerlo.
Pero el camino era eterno; cada paso, billones de kilómetros y cada bocanada, cientos de estrellas pereciendo en el cementerio de su paladar. El estómago regurgitaba un vómito que apenas pudo contener hasta caerse y perder cada centímetro recorrido.
Tenía que volver a empezar desde el principio. No había aprendido nada y estaba mucho peor que cuando comenzó.
Y, sin embargo, ahí estaba el maldito anciano, velando por él. Sentado a su lado como si nada hubiese pasado.
—¿Vas a matarlo? —preguntó con la voz desgastada y grave. Era humillante, sentía una losa en su espalda que le impedía moverse. Ni siquiera sabía de qué demonios hablaba, pero no tenía fuerzas para amenazarlo, tampoco para mantener alzado el rostro, y sus párpados se apagaban sin remedio.
Era molesto, tan molesto que no pudo dormirse.
Aquel libro ni siquiera había empezado, pero ya hacía tanto ruido al escribirse…
¿Cómo se atrevía a no dejarle dormir? El bolígrafo revoloteaba sobre la primera página.
Se escribía con pasión pero sin técnica.
El vórtice inmenso de una juventud colmada de energía centralizada en un objetivo inamovible pero inalcanzable. Incómodo, ruidoso, interminable.