24. Espejo #2
El inmenso agujero ovalado del costado parecía indicarles el camino. Dejó a Niza en el suelo y suspiró. La silenciosa satisfacción enmascarada en la celebración del grupo vistió sus mejores galas en el brillo de los ojos de todos ellos. No había peligro alguno y podían volver a tiempo.
—Hemos llegado —dijo él.
Sara lideró al grupo trepando con cuidado, llevando primero a los pequeños. No era especialmente difícil llegar hasta allí; la lava endurecida formaba una rampa pronunciada que no tardaron en escalar.
Jyon y Minaryan le tendieron la mano para ayudarlo en el último impulso tras haber subido a Niza. Agarrando a ambos, se armó de valor y dio el último paso.
Las personas deambulaban de un lado a otro como si se tratara de una bulliciosa ciudad. Algunos cargaban artilugios mecánicos extraños, otros arrastraban geevars inmóviles pero conscientes, correteaban con prisa entre las casas hundidas en la roca.
Vestían de forma idéntica, ropa a medida que se conservaba casi perfecta: una camisa negra sobre una camiseta blanca y pantalones de tela marrones. Los zapatos eran lo único que los diferenciaba, estaban hechos trizas, pero el suelo estaba impoluto, no sobresalía ni una sola esquirla.
Con unos pocos segundos más, hasta el último de ellos se percató de algo aún más extraño: no habían escuchado ni una palabra desde que entraron. Ni siquiera habían reparado en ellos, pero no parecían comunicarse de forma alguna.
Vinadarian se acercó a un hombre y le dio un leve toque en el brazo.
—Perdona, venimos de muy lejos para entregarle una carta al padre de… De… —Tartamudeó con torpeza y dirigió la vista a Jyon y los demás—. ¿Cómo se llamaba?
—Smil —apuntó Jyon de inmediato—. El padre de Smil. ¿Lo conoce? ¿Alguien de aquí podría ayudarnos? —continuó con tono grosero y agresivo, dándole la vuelta al hombre.
No contestar fue una respuesta en sí misma, pues al darle la vuelta se percataron de que la esclerótica de sus dos ojos era de color azul muy intenso.
El hombre abrió la boca tanto como le era posible y balbuceó algo, vocalizando como pudo, pues tenía la lengua cortada y la garganta seca.
Desde arriba se escuchó una voz, grave para ser femenina pero jovial y con un timbre bonito.
Había un pequeño saliente unos metros sobre ellos, no habían reparado en él hasta entonces, pero ni siquiera retrocediendo pudieron ver nada, menos aún con el ajetreo que se formó en el mismo instante en que la escucharon, pues hombres, mujeres y niños, todos salvo ellos, salieron corriendo a sus casas sin formular una sola palabra.
El terror se apoderó en apenas unos instantes de todos ellos.
—Vinlit —enunció Vinadarian al reconocer su voz, pese a no haber distinguido qué decía.
Con un nuevo silencio, escucharon perfectamente su errático patrón al correr en su dirección.
—¡Necesito verte con mis propios ojos, cachorrillo! ¡Escuchar tus adorables rugidos con mis hermosas orejas! No me lo podía creer. Estate quieto, no se te ocurra salir corriendo como la última vez.
El traqueteo de sus pasos recorrió sinuosamente el volcán sobre ellos hasta que asomó la cabeza por el saliente una mujer de pelo largo y un rojo apagado, delgada, de piel delicada como la porcelana. Se asomaba fascinada, abriendo la boca y babeando desde las alturas.
—¿Que decías del padre de Smil, cachorro? ¿No me digas que él es quien te ha traído a mí? Bajo en un momento —continuó ella. Se desplegó bajo sus pies un sistema de placas que surgía de la pared del volcán con una velocidad vertiginosa que generó un estruendo terrible.
—Nunca me habría imaginado así a una de las famosas tres hermanas. Y menos a la mayor —dijo Jyon, forzándose a bromear para mantener una apariencia de seguridad ante el resto.
—Silencio —ordenó Sara—. Es más peligrosa de lo que aparenta. —Estaba sudando, su corazón latía tan rápido que parecía que iba a explotar. Jyon nunca la había visto así.
—Tu madre tiene razón, corazón. Os vais a quedar calladitos —dijo Vinlit mientras bajaba los últimos escalones.
Vinadarian era el más afectado, tan aterrado que solo podía pensar en salir corriendo. A pesar de haberse intentado preparar para ese momento, volver a ver ese rostro rompía algo en su interior. Su sangre se revolvía y se detuvo su aliento.
Minaryan intentó decir algo, pero no podía formular sonido alguno, como el resto de sus compañeros. Herbia y Serquam se llevaban la mano a la boca tratando de abrirla, pero ni siquiera podían hacer fuerza suficiente como para mover sus propios labios.
La mujer se acercó chocando las rodillas con la larga bata que llevaba, aún manchada con sangre y vómito recientes, al intentar correr hacia él. Le tocó la cara con las manos, deslizando las uñas por su mandíbula hasta la nariz.
—Has crecido mucho. —Fue lo primero que dijo, con una calma moderada.
Sus palabras fueron escalando en tono y volumen a medida que hablaba—.
Supongo que este séquito que me traes tiene algún propósito o tú tienes alguna petición.
¿Venganza? Nunca nos hemos llevado muy bien, pero no estoy tan loca como mis otras hermanas, ¿no?
No querrías matarme. No creo… ¿Y qué quieres?
¡Vamos, que a ti no te he hecho nada! ¿Necesitas un empujoncito o qué?
—concluyó, empujándolo con suavidad en el pecho.
El joven sintió el cuello rígido como una piedra, los párpados pesados y una nube irrumpiendo entre sus pensamientos. Aun así, consiguió mascullar algo solo para ser inmediatamente interrumpido.
— Dime si ella…
—No —sentenció Vinlit—. Me importa una mierda.
¿Es que no has aprendido nada de todos los años que pasaste con nosotras?
Siempre te las arreglas para decepcionarme, creía que me propondrías algo más interesante.
Voy a matarte, cachorrillo. Quería haber cumplido tu última voluntad, pero ya no me interesa.
¿Esta gente significa algo para ti? Puedo hacerme cargo de ellos un tiempo, hasta que tu cerebro se pudra del todo.
Y luego ya que hagan lo que quieran. ¿Te parece bien?
Haciendo gala de un esfuerzo titánico para un movimiento tan ínfimo, el joven la sorprendió alzando el brazo izquierdo y empujándola hacia atrás. Ella se carcajeó al caerse de espaldas.
—Qué bonitos son los últimos coletazos de vida.
Qué inconmensurable es el poder de las esencias y qué patético y triste es verlos lucirse en alguien como tú —dijo antes de levantarse.
Se acercó a él y le acarició la cara por debajo de la mejilla—.
Vas a morir, Vinadarian. Aquí y ahora, pondré fin a tu lamentable vida llena de sufrimiento.
Le mantuvo la mirada unos segundos, aguantándose la risa al verlo tan aterrorizado e incapaz como siempre había sido.
—No hay nada que pueda salvarte, conozco todos tus secretos.
Cortaré cada mecanismo que conecta tu diminuto cerebro con tu campo bioluminiscente, tu sangre, tus músculos, tu piel, tus ojos, tu lengua…
Tu cuerpo dejará de ser tuyo, será una masa inerte en la que fluctúa ese dicharachero líquido.
Serás poco más que una barra libre de experimentos, todo un parque de atracciones.
¿Tienes un último deseo? —preguntó ensombreciendo el rostro por un instante.
Le dejó unos segundos para contestar, pero no hubo nada salvo un inmenso pánico contenido solo por la fugaz idea de que todo era un engaño.
No lo era. Vinadarian cayó de espaldas con los ojos apagados. Jyon se movió tan rauda como pudo, mitigando su caída resguardándolo entre sus brazos.
Vinlit se desconcertó un instante. Pensó que, probablemente, fuera debido a la inmensa concentración que había necesitado para matar al idiota, pero alguien más terminó de borrar su lúcida sonrisa
No hubo excusas, justificaciones o lógica más allá de una ruptura de toda probabilidad, algo que iba en contra del orden natural, generando una palabra allá donde no debería haber más que el absoluto silencio.
Juraría haberlo visto, ese resquicio rojo en su mirada, un destello mitigado, un rayo ínfimo y breve, tal como la habían descrito tiempo atrás.
Escribía con una tinta del mismo color que la sangre de su hermano en un mural imperturbable e invariable. Así, por un instante, la voz chillona, aguda, molesta y llena de energía de un simple crío detuvo a la más sobrecogedora de las presencias.
Minaryan tomaba la mano de su hermano con la menos común de sus expresiones, un desafío abierto, una confrontación valiente llena de fe.
Aunque tambaleante en su confianza, se mantuvo firme, aguantándose las ganas de llorar.
No volvería a hacerlo, no así. Apretó tan fuerte que sintió cómo su cuerpo le devolvía el apretón.
—No te ha contestado. —No pudo decir nada más, pero generó la suficiente curiosidad en la mayor de las tres hermanas, que detuvo su poder hasta hallar respuesta.
—¿A qué te refieres? —preguntó acercándose a él con un frenesí violento, hasta casi pegar su cara a la del pequeño.
— Dices que es patético, pero yo digo que no eres rival para él. Cuando se levante, te responderá, y no te quedará más remedio que hacerle caso —respondió, violentando aún más a la mayor de las tres hermanas.
—Menuda sarta de estupideces. Los críos os creéis que todo funciona como os dé la gana. No se va a levantar y, aunque lo hiciera, no lo ayudaría en nada. Está muerto, supéralo.
—No. Se va a levantar.
Vinlit suspiró extenuada, hizo un brusco ademán con la mano y Sara pudo volver a respirar con normalidad.
—¿Puedes explicárselo tú? —dijo Vinlit. No cabía duda, había detenido momentáneamente su control sobre ella.
A pesar de ello, Sara asintió apretando los labios, incapaz de pronunciar por voluntad propia. Vinadarian había muerto irremediablemente, tan solo era cuestión de minutos hasta que su cerebro dejara de funcionar.
—No me importa lo que tengas que decirme, Sara. Nada va a convencerme, él se va a levantar —contestó el pequeño con voluntad inquebrantable y fe inconmensurable.