Rinaryan: La huella de un fantasma 24. Espejo
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24. Espejo

Fue un viaje largo y tedioso. Los constantes gestos de Sara cumplieron con su cometido en las primeras horas, formándose un silencio responsable que únicamente podía romperse con las carcajadas esporádicas de los jugueteos entre los pequeños y los mayores.

Desde saltar en un charco hasta echar una carrera, todo se hacía con el mayor de los cuidados, como quien retira un solo pétalo de una flor al contarlos.

La pequeña Herbia aún era reticente a acercarse a los demás niños, pero su madre la soltaba de la mano cada pocos minutos, disimulando lo mucho que le habría gustado que se uniera al resto.

Contemplarla así después de haberlas visto apañárselas solas le hacía sentir que su presencia le hacía retroceder en madurez.

A pesar de sus dotes sociales, en su corta vida nunca había hecho un amigo de verdad; siempre había tenido que asumir responsabilidades que la devoraban como un agujero negro.

En una disyuntiva entre su seguridad y sensatez y ver a su hija subiendo un nuevo escalón en su vida, sintió un extraño regocijo cuando Minaryan la agarró de la mano para llevarla con todos ellos.

Saltaban de puntillas como pequeñas ranas conteniendo su emoción en ruidos secos que actuaban como presas diluyendo sus auténticas risas.

Su hija mayor estaba más dispersa, su imaginación revoloteaba mientras su mirada se perdía en dirección a los pequeños; aún estaba pendiente de la pequeña Serquam, que trataba de secarse las lágrimas con disimulo y enfatizar la risa al jugar.

Llevaban ya gran parte del trayecto y aún no se habían topado con grandes amenazas. El consejo provisto por el chico había sido de tanta utilidad que parecía irreal a ojos de la madre, pero había algo irradiando de él, algo incognoscible, que le impedía voltearse a observarlo como a los demás.

En el camino pudieron maravillarse, dejando atrás entornos llenos de vida y color, gigantescos y sinuosos vegetales de colores vivos que colgaban de las ramas de los árboles más próximos, decorándolos en un ejemplo de simbiosis que atrapaba sus miradas.

Diminutas aves colocaban piedras encima de los frutos formando conos que miraban al cielo en los que acumulaban agua de la lluvia e insectos como si fuera un bufet, alejados de cualquier depredador y escondidos de los oídos que quisieran encontrarlos.

Los ojos de Niza, aún en los brazos de Vinadarian, se clavaban en sus congéneres, contagiando su emoción desbordante al chico, que observaba con la misma atención que ella, pero no cesaba en su caminata.

—Tenemos que volver —irrumpió la voz de Minaryan. Sara ordenó silencio, y Vinadarian asintió volteando la vista a su hermano, que señalaba a su amiga conteniendo la risa.

Los pajaritos, peludos en lugar de emplumados y con el pecho hinchado, de color alabastro y anaranjado, dejaban con gracilidad, una tras otra, decenas de pequeñas piedras en la cabeza de Jyon, confundiendo su pelo rojizo con otro fruto.

Habían estado cayendo al suelo desde hace varios minutos y, sin ella percatarse, la mirada de Niza actuaba en contra de viento y gravedad para mantenerlos en el sitio, creándose una minúscula y fragmentada corona.

Entre risas contenidas, los pequeños se avisaban unos a otros en una celebración silenciosa por cada piedra que se sumaba a la construcción.

Al abrir los picos hacían un movimiento rápido y sutil con las lenguas.

Eran alargadas y bífidas como las de una serpiente, aunque mucho más finas.

Como un parpadeo, la parte derecha acariciaba la piedra y la izquierda la empujaba en un proceso milimétrico, cubriendo los huecos con esa sustancia casi imperceptible que tenían por saliva, una masa líquida y grumosa que se enfriaba al hacer contacto con las rocas.

—Por fin el reino de los idiotas tiene una princesa. Me alegro de haber podido asistir a su coronación —dijo Vinadarian mirándola fijamente. Avergonzada, dio un brusco giro.

—¿De qué demonios estás hablando? Si eres tú quien lleva al hada madrina en brazos y le acompaña una patrulla de niños.

Acercó a Niza a ella y dejó que la sostuviera.

—Pues, entonces, devuélveme mi corona. —Alzó los brazos por encima de su cabeza y la tomó con gentileza ante la mirada atónita de ella, que no sabía qué diantres estaba haciendo.

El piar de los pájaros en su interior se alejó de inmediato al ser descubiertos, volando de vuelta al árbol del que procedían. Vinadarian se la puso, y le preguntó:

—¿Qué tal me queda? ¿Podría ser un buen regente en el reino de los idiotas?

Ella contuvo el sonido de su risa. Él se volvió y les preguntó lo mismo a los pequeños.

—Serías el mayor de los idiotas.

La luz de la tarde se desvanecía, pero el camino continuaba. Aún quedaban algunas horas hasta llegar al volcán y los niños necesitaban un descanso, especialmente Za-Jir, que, sin poder hablar aún, tomó la mano de Vinadarian y trepó hasta su nuca, agarrándose a sus orejas como punto de apoyo.

No se detuvieron en toda la noche, infundidos en una tranquilidad sospechosa que invitaba a la reflexión. El nerviosismo se acrecentaba. El volcán no estaba ya tan lejos, podían verlo.

¿Cómo podría haberse dado una situación así? Llegar sin una sola vicisitud, sin batallar ni temer por sus vidas, en un paseo en el que incluso habían podido reír y jugar sin un solo peligro al acecho.

Vinadarian miró a su alrededor, deteniéndose por un instante, lo justo como para que nadie pudiera percatarse.

Entre las sombras de las altas y amarillentas hierbas, unas criaturas anchas de piel suave y sin pelaje, con la cabeza en forma de flecha y una cola alargada con un bulbo al final, rodaban por el suelo sin hacer ni un solo ruido.

Giraban el torso como un rodillo hasta quedar panza arriba, momento en el que alargaban su menudo y grueso cuello para mirar cuáles habían sido los frutos de su cosecha.

Poco más que unas semillas, hierbajos y la pata de algún bicho.

Otro de su especie se levantaba y andaba sin hacer ni un solo ruido hasta su compañero, lamiendo lo que se le había quedado pegado hasta llegar al cuello, y se quedaban pegados, uno boca arriba y otro boca abajo, cubriendo juntos el camino por donde pasaban con el suero que recubría sus blandos cuerpos.

No era tan pesado como para mantener las hierbas aplastadas, pues estas se volvían a levantar, resplandeciendo aún más con la luz de la luna en una danza errática y caótica.

Con la curiosidad como bandera, se permitió olvidar su objetivo durante el instante en el que se agachó a verlo a contraluz.

Goteaba como si fuera miel y olía dulce, con un toque a azafrán y cítricos.

Para cuando quiso levantarse, lo que quedaba de sus zapatos se había quedado atrapado en el charco bajo sus pies y al tirar para despegarlos, terminaron de romperse.

Estuvo a punto de perder el equilibrio y fue sujetado por Minaryan en el último momento.

—¿Crees que estará rico? —preguntó en voz alta sin desviar la vista de las gotas.

—No lo sé. Huele muy bien. Pero ¿sabes de qué me he dado cuenta?

—respondió Vinadarian, perdido en la centelleante mirada de su hermano, que negó con la cabeza y miró hacia él.

Serquam también se acercó para escucharlos mientras Jyon, con Herbia en brazos, y Sara continuaban andando sin haberse dado cuenta de la pequeña parada.

Mirándolos a ambos, mantuvo su voz en el más ligero de sus susurros al contarles su revelación—.

Pequeños o grandes, todos encuentran una vía para sobrevivir.

¿Os dais cuenta de cómo, en tan solo unas semanas, ellos han aprendido lo mismo que nosotros?

Todas estas criaturas, sea por casualidad o porque lo han hecho de forma consciente, han encontrado su hogar, uno por el que no tienen que luchar día tras día.

Uno en el que pueden rodar tan felices como esos dos bobalicones, chocarse con los árboles y relamerse entre ellos, contentos porque hoy había tres semillas en el suelo en lugar de dos.

Me he dado cuenta de lo mucho que los envidio y cómo me gustaría mucho más ser uno de ellos que alguno de los aterradores.

¿A vosotros no? —dijo acunando a Niza entre sus brazos, haciéndoles mirarla.

—¿Cómo los que estaban en casa de Za-Jir? —preguntó Serquam con un semblante sombrío, percatándose un instante después de lo que estaba insinuando al decir esas palabras—. Perdón. No me refería a…

—Sí —respondió Vinadarian con entereza renovada—. ¿No te encantaba que hubiera criaturas así, tan temibles como el que cuidaba de este pequeñín? ¿Qué hubiera sido de él si no?

—Nosotros lo protegimos de los lobos. Pudimos salvarlo. Solo tenemos que mejorar un poco para la próxima vez —sentenció Minaryan con una lógica aplastante y una voz firme.

La llamada a la acción interrumpió de forma abrupta una conversación inconsciente que no debería haberse dado.

Sara tenía razón al regañarlos, especialmente a los hermanos, pero las palabras de Vinadarian dejaron conmocionada a la pequeña, que terminaría observando su entorno con más detenimiento durante el resto del camino.

Ghrun seguía vivo, al contrario que su padre, pero este último jamás tuvo que hacer daño a nadie para ser feliz.

¿A quién prefería? ¿En quién querría convertirse?

Con cada paso del camino, el corazón de la pequeña limpiaba algo más su amargura creciente, hasta que, de pronto, durante la tarde del quinto día, se quedó fascinada al levantar la vista.

Estaba tan ensimismada que no se había dado cuenta de que habían llegado.

El inmenso volcán estaba frente a sus narices.

La piel de Vinadarian se erizó y el temblor de sus piernas se acrecentó tanto que tuvo que sentarse al alzar la vista hasta la cima.