23. Brisa #4
El prisionero era aún más joven que él, no superaría los doce o trece años y su aspecto llamaba mucho la atención. De tez negra y musculatura definida, las blanquecinas raíces de su pelo le harían recordar su pasado si sus instintos no hubieran tomado completa posesión de su mente.
Sentía en él algo distintivo, una discontinuidad en la supervivencia asegurada, una potencial amenaza que no debía confrontar. Se apresuró en liberarlo, rompiendo sus frágiles cadenas con el mismo golpe con el que reventó el bate de madera y hundió el pecho de su portador.
Dijo algo, pero no escuchó nada. El otro hombre dio un salto en su punto ciego y le clavó el cuchillo en la nuca, al menos, eso intentó; para su sorpresa, el filo se deslizó y él cayó al suelo, clamando piedad con la mirada. La misericordia llegaría en forma de una muerte instantánea.
Las puertas de la recepción se abrieron. Escuchaba sus pasos acercarse y los del crío subir las escaleras. Muchos salieron corriendo en dirección contraria al verlo. Apenas dos hombres se atrevieron a intentar acabar con él, pero compartieron el mismo destino que los demás.
Eran poco más que insectos a su merced. La huida, imposible, la escapatoria, onírica.
Sus sentidos estaban a la par de sus músculos y su inmisericordia. Recorría decenas de metros en décimas de segundo, la fuerza de sus piernas lo impulsaba tanto en sus pasos que parecía flotar a los ojos de quienes no tenían el atrevimiento de intentar escapar.
Regó la entrada con la sangre de todos ellos.
Tan solo uno quedó de rodillas en el doloroso e inclemente frío nocturno.
Bajo la luz de la luna llena, Jinner se puso frente a él y se mantuvo calmado.
No hubo intercambio de palabras, tan solo la apabullante presencia del monstruo sometiendo la ínfima voluntad del crío.
La viscosidad se secó, se aclaró el rojo de su piel y sus ojos tomaron su tonalidad habitual en una transformación elegante y majestuosa.
Lo tomó de la barbilla y alzó su rostro, entablando contacto visual. Le rodeó el cuello con la mano y apretó, levantando todo su cuerpo en el aire.
Una voz desconocida se aproximó por detrás y se deslizó hasta su costado.
—Jinner, tú también estás buscando a tu madre, ¿verdad?
No la encontrarás matando a ese payaso —dijo acercándose a él—.
He oído hablar de vosotros dos. Y déjame que te diga, no desmereces en absoluto las palabras que te dedican —concluyó, propinándole un amistoso golpecito en la espalda.
Llevaba colgando en su dedo índice las tijeras de tela—.
Está claro que te has desquitado por aquí, pero no te preocupes.
En lo que a mí respecta, está más que justificado.
De hecho, puedes contarme como tu cómplice —sentenció, hincándole al crío las tijeras en la yugular.
Emitió un ruido gutural y sucio y la luz en sus ojos se desvaneció como las estrellas en el nacer del día—.
Pero deberías saber una cosa. Por mucho que haya disfrutado de tu espectáculo, no estás a la altura de tus propias metas.
Me apena, porque yo estoy igual. —Hizo una pausa.
Jinner se había quedado petrificado con el cadáver del crío colgando en sus manos.
Veía la tijera, aún hincada, tensa, y su ritmo cardíaco aumentaba con cada palabra que escuchaba—.
Pero hay una buena noticia —retomó el chico—.
Estos tipos estaban advertidos sobre ti; sobre vosotros, debería decir.
Les acaba de llegar un mensaje críptico, no termino de comprenderlo muy bien, pero va sobre ti.
Igual tú lo entiendes. Han dicho algo como «El villano ha desafiado a los lobos.
Les ha mandado el mensaje de que aún sigue con vida.
El villano sigue vivo». ¿Te suena de algo?
Has pasado durmiendo tres días —preguntó empujando el cadáver al suelo y poniéndose frente a él.
Jinner empapó sus ojos de lágrimas y cayó de rodillas al suelo.
—Sí —respondió—. Entiendo el mensaje. —Y rompió a llorar.
—Pues encantado de conocerte, Jinner. Yo… me voy ya. Con un poco de suerte, no me meteré en otra tribu caníbal o lo que quiera que fuera esta gente. Haz lo que quieras con el resto de los prisioneros, como si te entra hambre y quieres probar.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Jinner aplacando sus sollozos.
—Tensai —respondió. Arrancó de cuajo las tijeras del cuello de su víctima, las hizo girar en su dedo jugueteando con destreza y se las guardó en el bolsillo izquierdo de su pantalón.
—Gracias, Tensai —respondió Jinner, dibujándose en su rostro la segunda sonrisa. La más dolida y apenada, la menos formada, la más inestable e impredecible, arrepentida y débil; la más esperanzada.
Un agradecimiento que no llegaría a su destinatario, pues, antes de haberlo formulado, había desaparecido en la oscuridad nocturna.
Lloró desconsolado durante horas sin moverse un centímetro frente al cadáver del crío en una insuficiente penitencia. Asumiendo la responsabilidad por sus propias acciones, se levantó con el amanecer del quinto día y enunció su respuesta.
—Yo también sigo vivo.