23. Brisa #3
—Siempre quieres librarte porque te da asco.
¿Pensabas que un viejo zorro como yo no se daría cuenta o qué?
No voy a permitir que te quedes medio tonto porque te malcriamos.
Desnúdalo e investiga su ropa. Y lávalo, que huele a muerto.
Cuando termines, podrás descansar hoy y también mañana hasta el anochecer —sentenció el hombre.
—¡Bien! ¡Genial! Me pongo ahora mismo —concluyó emocionado. Abrió uno de los cajones de la mesa de recepción y sacó dos juegos de tijeras, devolviendo las más gruesas y tomando unas más alargadas y finas, hechas para cortar tela.
El sonido al cortar la camiseta se le hacía reconfortante a Jinner pese a la semiinconsciencia.
Ni siquiera recordaba la última vez que lo había escuchado.
El aroma de la caoba y productos químicos le generaba una nostalgia demoledora, lo suficiente como para terminar de dejarse llevar y apagar el último hilo de consciencia.
Pasarían horas hasta que el roce del agua surcó sus labios. Le mantenían la boca abierta agarrándolo de los agujeros de la nariz entre risas. Alguien jugueteaba con su labio inferior, un dedo más suave y alargado. Una voz femenina y adulta gemía con gusto al hacerlo.
—¿Alguien las está usando? —preguntó ella.
Jinner estaba consciente, pero mantuvo los ojos cerrados y fingió que no. Tan pronto como volvió en sí, los granos de su cuerpo volvieron a generarse y a aumentar el picor.
—Las he visto esta tarde ahí mismo —contestó otra voz, un hombre adulto. Era quien lo sostenía por detrás. Le dio un empujón con cierto desprecio, desquitándose con crueldad y golpeándole la cabeza contra la columna, lo que provocó que tensara los músculos.
El hombre se carcajeó y deslizó la punta de su dedo índice por la espalda de Jinner muy despacio.
—Qué mono. Se hace el dormido como si fuera un niño.
La mujer abrió el cajón con prisa y tomó las tijeras, que se le resbalaron al ponerlas en la mesa.
Al abrir los ojos, contempló la mirada de ella clavada en él, en su cuerpo desnudo.
Sintió repugnancia; ella sonreía con lascivia manteniendo el contacto visual mientras recogía el instrumento de la mesa.
De cabello lacio y con una cicatriz en la mejilla, triplicaba su edad.
Emanaban de su boca gimoteos contenidos entre risas.
—Dime, muchacho. ¿Eres tan fuerte como dicen? Porque a mí no me pareces nada del otro mundo… Tienes dos ojitos como yo. Dos brazos y dos piernas como yo… No eres un demonio, ¿verdad? Tus dedos no son especialmente largos ni gruesos… ¿Qué te hace especial? ¿Por qué debería temerte?
El hombre rodeó la columna por detrás y abrió la nevera.
Dentro había decenas de bolsas de distintos tamaños con trozos de carne roja cruda.
Aunque Jinner no pudo fijarse bien, imaginaba que serían de capturas de los geevars de los alrededores.
Vivían en una posición muy ventajosa, lo suficiente como para alimentarse de la carroña.
De hecho, era lógico pensar que habrían mandado al crío en busca de más comida, aunque no parecía faltarles, y, sin embargo, estaba famélico y desnutrido.
—No llevas insignia o marca que denote alguna posición. ¿Debo suponer que eres alguna clase de divinidad y creerme todos los cuentos de hadas que farfullan los niños?
El hombre tomó una de las bolsas, una amplia con numerosos pequeños trozos de carne, la abrió y cogió uno, dándole un mordisco para, acto seguido, poner cara de asco.
—¡Mierda! Han vuelto a dejarles los huesos —gimoteó como un niño, lanzando la bolsa al suelo.
Ella la tomó y sacó uno de los trozos, el único que aún tenía piel, que aún tenía uña. Un dedo humano.
Se lo metió en la boca y masticó con la boca abierta el máximo tiempo posible, supurando un chorrito de sangre que le dio al joven en el ojo derecho, cerrándolo involuntariamente en un acto reflejo. No pudo volver a abrirlo pese a haberse aliviado algo de su picor.
—Creo que sabes igual que los demás, pero no te preocupes, estamos a punto de descubrirlo —sentenció ella acercándose a Jinner, cuya cabeza aún le daba vueltas y se aguantaba las ganas de vomitar tras contemplar semejante espectáculo.
Asco y rabia entremezclaron colores pintando su mente de desprecio y animadversión. Fijó su desafiante mirada en los ojos de la mujer y su compañero aprovechó para golpearle la cabeza contra la columna. Sus instintos se acentuaron y casi dejó de pensar. Solo encontró una salida.
Eran carroñeros incapaces de luchar por sí mismos, una veintena de personas tomando ventaja de la estratégica posición de su refugio esperando a que otros, más necesitados, clamaran por su ayuda para convertirlos en su sustento. Caníbales.
Ella se acercaba jugueteando con esas tijeras, las abría y las cerraba generando un sonido muy parecido al de las que cortaban tela pero sustancialmente distinto.
Jinner sintió una angustia irremediable.
Sus brazos temblaban tanto que percibía cómo perdía el control.
Su pecho se llenaba de una energía violenta que desembocaba en cada extremidad, su respiración agresiva se pacificaba en la exhalación, sus ojos chocaban con las cuencas, su cráneo se abría hacia los lados desde el mismo hueso mientras la mujer intentaba cortarle el dedo meñique del pie izquierdo.
Notaba cómo apretaba con fuerza, cómo algo salía de su pútrida boca mientras se regodeaba y reía.
Su compañero se acercó a ella, golpeándola con suavidad en el hombro como buenos amigos.
Como si fuera un día más en su perversa rutina.
Juntos, apretaron contra el dedo.
Jinner acomodó sus brazos con naturalidad, como si desde el principio nada lo hubiera retenido, los estiró hacia ellos y los apoyó en las tijeras, ayudándolos.
Él mismo se cortó el dedo del pie. Ya no picaba.
De hecho, nunca lo hizo. No había granos, ni pústulas, ni picor, ni nada que contuviera su ojo derecho.
Veía mejor que nunca. Su pupila se veía envuelta por un iris verduzco aterrador que vibraba con la luz de las velas del hotel.
Ellos, los dos, observaban cómo la piel del joven tomaba una tonalidad rojiza y viscosa, sus brazos se alargaban y sus piernas imitaban la misma forma, levantándose encima de dos enormes tentáculos.
Había ventosas allá donde percibía los granos, poder donde notaba el picor, instinto donde alguna vez hubo pensamiento.
Tomó su propio dedo y lo metió en la boca de la mujer, llevándolo hasta su estómago con su viscoso tentáculo.
La reventó desde dentro, llenando el recibidor de sus vísceras.
Su compañero ni siquiera se atrevió a gritar.
De una feroz sacudida, lo golpeó un latigazo que dejó tan solo la parte inferior de la mandíbula en lo que fue su cabeza.
Y caminó, taimado y orgulloso, hasta la sala contigua.
Abrió la lujosa puerta de caoba de un golpe que apenas dejó un par de astillas en pie.
Dos hombres portaban un cuchillo y un bate metálico.
No les dio importancia, pues en esa misma habitación se encontraba el chico del que hablaban.
Los mantenían en el piso más bajo con el objetivo de que no se horrorizaran demasiado pronto en caso de no tener que matarlos y comérselos.
Lo más probable es que arriba tuvieran más rehenes, los menos recientes. Quizá los menos importantes.