Rinaryan: La huella de un fantasma 23. Brisa #2
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23. Brisa #2

El chico accedió a su petición.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Jinner. No escuchó la respuesta. El crío caminó despacio, tanteando la velocidad a la que debía ir para no irritarlo.

La noche era tan cruda como cabía esperar.

Los frenéticos movimientos de las criaturas a su alrededor se acompañaban de gritos, rugidos y graznidos.

La supervivencia del más fuerte en su máximo esplendor.

Los árboles caían lejos de la pradera y los aullidos celebraban victorias inevitables y festines incomparables, víctimas caídas y soberanos alzados en un patético ciclo que hacía bostezar a un Jinner que observaba con el ojo derecho el danzar de las sombras más allá del bosque.

El hedor de la sangre que lo vestía era agudo y penetrante, hasta el punto de que respirarlo por la nariz le llevaba parte de su regusto a la garganta, provocando arcadas contenidas al crío que caminaba frente a él.

No cabía duda de que debían percibirlo, pero ninguno de esos monstruos parecía acercarse más de los cien metros de ancho que ocupaba la bonita pradera por la que paseaban.

Sintió un alivio frustrado. El picor volvía muy rápidamente, necesitaba regarse con algo cuanto antes, pero en sus condiciones no sobreviviría mucho más; tan solo cinco de ellos habían bastado para dejarlo en un estado deplorable.

—«La vida no es sagrada, Jinner». —Eran palabras de su madre—.

«No es más que otra moneda. Una que puede ser la más hermosa o la más cruel.

Está en la naturaleza de cada uno mirar la cara que más nos convenga, pero la triste realidad es que no hay ninguna; ni cara ni cruz.

Tan solo un comienzo y un final. ¿Es cruel el final y hermoso el comienzo?

¿O quizás es al contrario? ¿Tú qué crees? ».

El picor fue a peor. Por puro instinto, removió la mano del ojo y se rascó el pescuezo emitiendo un ligero sollozo. Frunció el ceño, y dejó que sus oídos lo guiaran. Escuchó al dichoso crío dejar de caminar.

—Perdón —dijo de inmediato.

Jinner no se detuvo.

—¿Por qué te disculpas? —preguntó.

El joven contestó ocultando su terror entre palabras atropelladas.

—Me he detenido sin que me lo pidieras. —Respiraba agitado. Su única estrategia para salir de una pieza era obedecer rápido y bien. Untaba en saliva la lengua y tragaba con fuerza tratando de engañar a su organismo o a sí mismo.

Jinner lanzó una nueva pregunta antes de continuar.

—¿Cuál se supone que era tu cometido? ¿Quién demonios manda a alguien como tú solo por ahí?

El chico se frotó la mano derecha contra la rodilla y enderezó la vista, conectando con la de Jinner. No hubo respuesta, ninguna más allá que la que formuló el segundo al verlo.

—Te estabas escapando. Te estoy llevando de vuelta con tus captores, ¿no es así?

Con asumida vergüenza, el chico asintió bajando la barbilla y enterneció su expresión.

—Nunca les guste —dijo observándolo con el rabillo del ojo—. Quería ser libre, creía que quizá, no muy lejos, aún quedaban restos de la civilización en la que me crie no hace tanto… Aunque parecen décadas.

—Te equivocabas —respondió Jinner. Tenía la boca tan reseca que le generaba un hormigueo en el paladar cada palabra que pronunciaba—.

Y también lo haces dejando a los tuyos. Prioriza tu seguridad a tu orgullo, como haces ahora.

No voy a liberarte de nadie, tengo mi propio objetivo y no me interesa meterme en asuntos de otros.

El chico dio un paso hacia atrás, sus labios temblaron antes de preguntar, entrelazó los dedos de las manos y los llevó a su pecho.

—¿Qué objetivo puede tener alguien como tú?

Una pregunta genuina, originada en una tétrica admiración de su fuerza. Jinner hinchó el pecho y lo empujó hacia delante, haciéndolo caer de espaldas y provocándole múltiples rasguños al arrastrarse por el suelo.

La gracilidad de los pasos de Ghrun sonaba junto a los suyos propios al avanzar hacia él, los susurros de su madre se entremezclaban con la dulce brisa que acariciaba su rostro.

Caminaría con ellos hasta tenerlos enfrente. Hasta acabar con cada maldita nota de sus partituras.

«¿Alguien como tú?». Sus pensamientos irrumpieron teñidos de ira, propagando colores tan asquerosos que solo podrían haber sido soñados.

Aún con los ojos cerrados, percibía perfectamente el sonido de los pasos del crío corriendo en línea recta.

Notaba la contracción de su cuello al girarse, sus huesos al golpear el lodo, los rápidos latidos de su corazón, su profunda y torpe respiración.

No haría falta apresurarse. Caminó con gracilidad, centrándose en esos estímulos auditivos y táctiles, convirtiendo la situación en poco más que una prueba para consigo mismo.

Corría rumbo al risco más cercano; había colinas y árboles suficientes como para perderlo de vista.

Pero ambos sabían que no estaba usando los ojos, por lo que lo mejor sería distraerlo y caminar con sigilo allá donde apuntaba su esperanza.

Jinner apretaba los dientes conteniendo la necesidad imperiosa de seguir empapándose para omitir el picor. Su esfuerzo fue tal que para cuando alcanzó el risco, sangre negra caía desde su labio inferior hasta su cuello como un tatuaje de guerra.

Un hedor curioso, pues no olía en absoluto a sangre, sino a yodo, un olor penetrante y agudo con un ligero tinte metálico.

Se embadurnó de negro el brazo derecho al caminar, esperando el momento en el que el crío creyera que lo había perdido al llegar al borde de la tercera colina.

Al adentrarse esperanzado en los árboles, nuevos sonidos se unieron a la ecuación: pasos de criaturas pequeñas en su mayoría, quizá algún insecto algo más grande que los demás.

Dejó que abriera la máxima distancia posible entre ambos para asegurarse de que no trataría de tenderle una nueva trampa. La necesidad del agua comenzaba a marearlo y no sentía ningún atisbo de líquido más allá de los charcos de sangre.

Paso a paso, avanzó despacio, los granos en su cuerpo no dejaban de engrosarse. El suelo bajo sus pies se volvía más etéreo e irreal cuanto más avanzaba, pero detenerse no arreglaría nada.

Escuchaba las hojas de los árboles mecerse y alzaba las manos hacia los troncos para sortearlos, se frotaba la piel con la corteza, arrancando gran parte. Su propio cuerpo gritaba auxilio.

Dejó de sentirlo. No había más hojas, ni más cortezas, ni más criaturas.

El roce del metal con el aire. No eran armas especialmente pulidas; muchas eran contundentes y las pocas que presentaban filo relataban una pobre canción al cortar el aire de un movimiento a otro.

Había algo más de una veintena de corazones latiendo. Se aceleraron de golpe al dejar tras de sí el último de los obstáculos.

Estaba preparado para aplacar su sufrimiento, para acabar con la dichosa comezón. Abrió los ojos con facilidad, nada se lo impedía.

Contempló ante sí un hermoso paraje, el horizonte más allá de la montaña, un frondoso bosque rodeando un lago en completa calma. Le era familiar, veía de reojo una sombra a su lado.

Vinadarian. Resplandecía con la luz del sol, estaba emocionado de haber encontrado un lugar así. Ambos lo estaban. Sus corazones latían en armonía, sus respiraciones se entrelazaban con la emoción de la aventura. La voz de su amigo inundó cada rincón del paraje.

—También sé que puedes ser mejor que eso.

Exhaló el poco aire que le quedaba en los pulmones y relajó los músculos. Abrió la boca para dar una nueva bocanada y sintió cómo el mundo se daba la vuelta y se apagaba ante él. Un borboteo formó una pequeña burbuja bajo sus labios justo antes de quedarse inconsciente.

Frente a él quedaba nada más que un antiguo hotel semiderruido unido a dos supermercados en mejor estado y una veintena de personas aterrorizadas.

Debatían si debían matarlo, amordazarlo o, simplemente, dejarlo ahí tirado.

Si bien hubo unos pocos que trataron de mantener la concordia, no tardaron en atarlo de manos y pies con lo poco que tenían, un par de cuerdas y cadenas desgastadas.

Compensaron calidad con cantidad, interponiendo varios pares y atándolo a una gruesa columna pétrea en mitad de la recepción del hotel.

El edificio se conservaba bien y el interior estaba recogido y limpio; disponían de algunos cubiertos y bolsas llenas de agua colgando junto a una gran nevera, tapadas por láminas plásticas para evitar que se colaran bichos.

Semiletárgico, en estado de mínima conciencia, escuchó la conversación entre el chico y un hombre al terminar de amarrarlo.

—Si este cabrón es otro de los lobos, no tardarán en enviar un batallón en su busca, y vienen armados hasta las trancas —dijo el hombre levantándole la cara con dos dedos bajo la barbilla.

Tenía la piel áspera y dura—. Entre los veinte, con suerte, nos llevaríamos uno o dos —continúo, carraspeando con fuerza hasta toser.

—No tiene tatuaje, ni tampoco insignia o uniforme. Aunque no me dijo de dónde venía… —respondió el chico. Su voz ahora parecía más formal y elocuente, orgullosa incluso, y empapada de una sutil alegría.

—Ya te lo digo yo, mocoso. Este no es de los mojigatos de la cruz azul, no hay más que ver cómo ha venido y oír lo que nos cuentas. Es uno de esos monstruos —contestó el hombre dándole a Jinner dos suaves palmadas en la mejilla izquierda.

—¿Y el otro? —preguntó el chico con mucho interés.

—El otro es un criajo como tú. Todavía más, así que no te emociones, pero buen trabajo, chico. Me sorprende que hayas sobrevivido a un pieza como este —respondió el hombre al tiempo que se levantaba y le golpeaba en el torso amistosamente.

—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó una última vez el chico, llevándose la mano hasta las piernas y frotándose con nerviosismo.

—Hay que esperar. No creo que tarde mucho en despertarse, habrá que quedarse vigilando por si acaso. Desnúdalo, no vaya a tener algo raro o una sorpresa de mal gusto —contestó el hombre imitando unas tijeras con los dedos.

—Oh, vamos, déjale eso a Melissa, que a ella le gusta —respondió el chico con tono asqueado.