Rinaryan: La huella de un fantasma 23. Brisa
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23. Brisa

Rumbo allí, a ningún sitio, al vacío abisal con la única luz de su propia llama a punto de apagarse.

El camino era turbulento, la tierra bajo sus pies era irritante y caprichosa en sus bajadas y subidas, cualquiera podría tropezarse.

Las plantas que danzaban con la amena brisa se colaban por las rajas de sus desgastadas zapatillas y llenaban la suela de cadáveres infértiles e inútiles de un color que jamás alcanzaría a ver, pues eran tan irrelevantes como lo fueron en vida, y, sin embargo, hoy le molestaban más que nunca.

Escuchó un susurro portador de su nombre y su título.

—Jinner… Hijo.

Apretó el paso inconscientemente, pues de haber sido consciente habría sido la confirmación de su cobardía.

Sus toscas pisadas no tardaron mucho en atraer la atención de los geevars.

Descuidado y enajenado, lanzó su más terrible mirada, golpeándose con el cristalino y enorme ojo de una de esas criaturas, donde se vio reflejado por apenas una o dos centésimas de segundo, más que suficiente para confirmar sus sospechas.

Tenía los dos brazos llenos de unos asquerosos granos amarillentos.

Había tratado de no mirarlos, creía que habían desaparecido con el paso de las semanas. Su respiración se aceleró y sus músculos se tensaron.

Echó a correr, necesitaba encontrar un río para limpiarse. Comenzó a frotarse los antebrazos compulsivamente, no podía aguantar la espera.

Sus agudos sentidos detectaban las pisadas de decenas de geevars que le seguían la pista, pero ni rastro del sonido del agua.

Aceleró aún más, hasta ir tan rápido que no podía parpadear.

Pero no dejó de frotar hasta que no pudo más.

Recobró el aliento reposando las manos contra las rodillas, contemplando cómo aún había algunos granos que no habían sido cubiertos por la sangre.

Cual pintor, arrastró el rojizo fluido hasta tapar las imperfecciones.

Sintió un ligero alivio durante unos segundos, exhaló aire y echó la vista atrás. Nunca había llegado a esa velocidad; de hecho, el paisaje a su alrededor era ya irreconocible a pesar de ser el primer día desde que se distanció del resto.

Era como si hubiera soltado lastre y apretado el acelerador al mismo tiempo, pero la picazón en sus brazos se extendió a los hombros. Era aún peor. Ardía, pesaba. Tapó con esmero y concentración cada pequeña imperfección hasta quedar envuelto en rojo.

Una enorme boca envolvió todo su cuerpo, no tardó en cerrarse con él dentro; procedía de una enorme criatura, bípeda y de más de ocho metros de largo, una masa de musculatura y pelo con los ojos pequeños y negros que todavía tenía sangre y entrañas entre los dientes de su víctima anterior.

Víctimas anteriores, entendió de inmediato Jinner. Diferenciaba perfectamente un intestino de un pulmón, y no pertenecían a la misma persona.

Sin hacer un mínimo atisbo de ruido, Ghrun salió con la calma que lo caracterizaba detrás de la enorme mandíbula de la criatura, se acercó hasta él y alzó la mano a la altura de su rostro, acariciándole la cara por debajo de la oreja como a un niño.

Jinner forcejeó con la criatura, rompiendo su mandíbula en dos de un solo empujón y retirando la vista de su odiado enemigo durante un breve instante.

—Tiene que haber una forma —resonó la voz de Vinadarian. El picor se detuvo, despistándolo lo suficiente como para no encontrar al comandante lobo cuando enderezó su postura.

La sangre de la inmensa criatura salía a chorros, bañándole la espalda, justo antes de un nuevo ataque: una zarpa que penetró en su piel y lo lanzó por los aires.

No le fue difícil controlar la caída volteándose en una fracción de segundo. Observó a la criatura dar tumbos moribundos moviendo sus oscuras pupilas de un lado a otro con un frenesí terrorífico. No tardaría en morir desangrada y el ruido atraería a muchos más geevars, puede que algunos peores.

Sintió cómo sus pulsaciones bajaban, lentamente sus pensamientos se llenaban con palabras y no con acciones. Sabía que, de todas las bestias que pudiera encontrarse, él era la peor.

Los molestos berridos que parecían quemar la garganta de la criatura lo mantenían en alerta, lo justo como para no plantearse cómo sus propios pensamientos señalaban la estupidez de su empresa.

Lo suficiente como para no poder preocuparse de perder la risa incontrolada del pequeño Minaryan ni la desbordante confianza de Kargu.

El punto exacto para dudar de si podría volver a mirarlos a la cara cuando hubiera terminado.

Así que la dejó vivir, la dejó sufrir.

No era suficiente, y la sangre en sus brazos comenzaba a secarse.

Se acercó, dejó que lo golpeara interponiendo tan solo la mano desnuda y deteniendo el golpe con algo de esfuerzo. Tiró de la criatura y hundió el brazo en la piel abierta por la mandíbula quebrada, provocando un grito gutural y estridente.

Era la primera vez que contemplaba geevars correr en la dirección contraria a un sonido. Solo los más violentos se atrevieron a seguirle el rastro.

Hundió el segundo brazo. Sentía el picor empeorando rápidamente y era la única forma de aplacarlo.

La sinfonía de sus gritos mermaba y acrecentaba su propia vergüenza.

Tenía que seguir, seguir hasta que no quedara nada que se interpusiera entre él y su destino, hasta que no quedara ningún pensamiento más allá de su objetivo. Hasta que no pudiera sentir y todo lo envolviera la eterna llama.

Antes de darse cuenta, él se convirtió en el heredero del grito, caminando el sendero contrario al que veían sus ojos. En el verde prado, la sangre teñía de rojo un enorme charco bajo sus pies.

Rugió como un animal, el cuerpo entero le picaba tanto que sentía que iba a incinerarse desde dentro. Nunca había sentido nada igual; el odio, la lástima, no se habían ahogado con la sangre de ese ser.

Minutos después, decenas de geevars caminaban con prudencia acechándolo desde todas direcciones. Bípedos, cuadrúpedos, alados, escamados o cubiertos de pelaje o plumas; madres, padres, crías, astutos, inteligentes, fuertes… Fue un día muy largo y, aun así, no hubo tiempo de reparar en todos ellos.

Su sangre se secaba cada vez más rápido.

En ocasiones notaba los picores incluso mientras se bañaba en sus intestinos.

No lo consideró cobardía cuando arrasó con los cuatro primeros y el resto trató de salir corriendo, pero tampoco vanaglorió su instinto de supervivencia.

No contempló su ruta de huida ni los peligros de seguirlos a través del oscuro sendero.

Dividirse era su única opción de supervivencia, pero las crías no corrían tan rápido y algunos no las esperaban.

Latía más rápido y más fuerte; ya casi había detenido todo pensamiento cuando atacó a la quinta.

Reconocía su propio dolor con precisión.

Por eso mismo sabía que le habían roto tres costillas, la tibia, la rodilla y el codo derechos, además del hombro izquierdo.

La garganta también le dolía, incluso comenzaba a picar en la misma medida que el resto de su cuerpo. Pronto se extendería a sus ojos, donde no podría echarse sangre.

En el breve instante de calma al hundir los brazos en una nueva garganta, miró a un lado y vislumbró algo inaudito: una persona. Una temblorosa y horrorizada bajo la copa de un árbol.

Sus ojos se llenaron de líquido, impidiéndole ver con claridad, así que se limpió rápidamente, cubriéndose aún más la cara de sangre, pero permitiéndole reconocer qué estaba viendo.

Era un crío, un par de años mayor que Minaryan, aunque mucho más alto. Tenía las mejillas chupadas y los brazos esqueléticos, el pelo largo y una mínima barba incipiente.

Ya se había hecho de noche, la persecución le había llevado mucho más de lo que esperaba. Todo le dolía, tenía sed, estaba cansado y también hambriento.

—¿De dónde vienes? —le preguntó en la penumbra. Su voz estaba rota, apenas pudo pronunciar una frase tan corta.

El chico se levantó sobresaltado, tragó la poca saliva que su boca produjo entre polvo y sangre e hizo el ademán de una contestación.

—Solo quiero un poco de agua, no pretendo siquiera pasar la noche allí. ¿Está cerca? Te llevaré sano y salvo —dijo Jinner al verlo tan amedrentado.

El joven desconocido por fin formuló palabra, un breve tartamudeo.

—P-por favor, a-aléjate de mí.

En cuanto formuló la última palabra, el ojo izquierdo de Jinner se cerró por completo contra su voluntad. No era doloroso, pero tampoco podía abrirlo.

—¿Me conoces? —preguntó, respirando hondo y rascándose el párpado en movimientos bruscos y grotescos. Su ojo derecho comenzó a cerrarse, pero lo mantuvo abierto con el índice y el pulgar de la mano derecha.

El infante negó con la cabeza y emitió un berrido agudo al contestar.

—No quiero morir. Por favor. —Con la respiración entrecortada, caminó de espaldas tratando de crear espacio para echar a correr.

Con su única mano libre, Jinner manchó la camiseta blanca del joven a la altura del pecho, dejándole una marca de sangre fresca con la forma de la palma de su mano.

—Entonces, no te despegues de mí y llévame con tu gente.

Tienes el miedo necesario para percatarte de que soy una amenaza.

Bien. ¿Cuál es el siguiente paso? ¿Qué te diferencia a ti de una de estas criaturas?

¿Por qué sigues vivo? —dijo Jinner. Un escalofrío le recorrió la espalda.

El rostro de su madre se formó en su mente al escuchar esas palabras de su propia boca y un zumbido en sus oídos.

Dijo algo, estaba seguro de que afirmó alguna clase de argumento, puede que ni siquiera hubiera tartamudeado, pero aún tenía esa detestable mezcla de odio y miedo en sus ojos.

Picor en su cuerpo, dolor en los oídos, cansancio en los músculos, fracturas en los huesos, sangre en la piel y desgaste tanto en el alma como en la voz.

—Mi interés. Eso es lo único que te diferencia de todos los sesos que he esparcido por los suelos. —Su voz se quebraba con cada palabra, ronca, vacía y llena de ira al mismo tiempo. Pero había calma en su mente.

Una revuelta, deshilachada y caótica calma.