22. Oveja #5
—Denegado. Podrás descansar mañana de tus tareas habituales, al igual que el resto de tu gente. Ese será mi regalo —sentenció el comandante.
—Eso es lo mismo que no darle nada. Después de haber encontrado bentio, podrían morir si siguen igualando la tierra —susurró Tuhnen. Auriel encubrió sus palabras celebrando y golpeando la espalda de Kargu repetidas veces.
Tenían miedo de ella. Ghrun creía las palabras de Yain, no había otra explicación para lo sucedido.
Fue reconfortante darse cuenta, sintió una liberación inmediata pese a la negativa.
Poco después, el rebaño fue devuelto a la base.
Dormían a la intemperie, pues la cocina, rebautizada como la boca del lobo, era solo para ellos y no había espacio para todos.
Era su segunda noche allí, pero era la primera en la que reparaba en sus condiciones.
Los observó a todos. No podía creer que hubiese sido tan egoísta.
Exhaló aire decepcionado consigo mismo y miró su cena.
Le habían puesto una ración más grande y tenía agua limpia en lugar de la porquería habitual, llena de partículas de polvo y tierra.
Se moría de ganas de comérselo, podría haber devorado un buey, pero se levantó y caminó hasta el debilitado anciano; su nieta lo cuidaba y muchas personas se arremolinaban a su alrededor.
Pasó entre ellos. No hubo desprecio, no hubo golpes, no hubo miedo, tan solo un montón de gente aterrada, cansada y preparada para morir.
Dejó con gentileza su plato en el suelo, con el agua cerca del anciano.
—Gracias, pero deberías quedártela tú —respondió su nieta conteniendo las lágrimas—. Y lamento mucho lo de ayer. No sé qué les pasaba contigo, pero no has tenido culpa de nada.
Kargu negó con la cabeza.
—Está bien. No hay nada que disculpar ni tampoco quiero esa comida. Es una recompensa que no he pedido y os viene mejor a vosotros.
—¿Sabes si… Yayika está bien? —preguntó el anciano desde su lecho, un saco de dormir con otro por almohada. Kargu respondió con calma y estoicidad, portando la gentil sonrisa de quien habla con la verdad.
—Estará bien, la han encerrado porque están aterrados de ella. Vosotros la conocéis mejor que yo, sabéis que cuando tenga la menor oportunidad arrancará sus colmillos en un parpadeo y nos sacará de aquí.
El anciano se carcajeó.
—Entonces temo que tendré que pedirte que le ofrezcas esa oportunidad porque ellos no lo harán.
No supo qué responder, pero las ovejas balaron el comienzo de una melodía.
—Lo haremos —contestó alguien.
—¿Tienen miedo de una chiquilla? No me lo puedo creer… —continuó otro.
—¿Miedo? ¡Es más que eso! Los cabrones llevan todo el día discutiendo por ver quién tenía que ir a vigilarla. ¡Dicen que es un geevar con forma de mujer! Lo que hay que oír…
De una celebración a otra, el ambiente cambió por completo. En el segundo día, un hilo de esperanza perduró en la necedad del rebaño, y es que nunca fueron ovejas o lobos. Con o sin odio, entre jolgorios o insultos, todos eran personas.
Esa noche, todos durmieron a pierna suelta excepto él. En la madrugada, un sigiloso brazo lo arrastró de la camisa, dos manos le taparon la vista y la boca. Trató de resistirse, pero su cuerpo apenas respondía y, de haberlo hecho, tampoco hubiera servido.
Se lo llevaron con prisa y a escondidas, podía reconocerlo por las pausas quebradizas entre sus movimientos y los rápidos esprints entre dos puntos. Escuchó susurros en la oscuridad y el calor de un recinto.
Le quitaron las manos de los ojos y la boca, la orden fue rápida.
—Tienes un minuto. No sabemos si está consciente, lleva así desde ayer. No grites y no intentes moverte. —Era la voz de Tuhnen.
Kargu apretó las muelas y respiró muy hondo, asintió con la cabeza y relajó los hombros.
Frente a él, Yayika yacía con la espalda contra la pared de una celda.
Aún se podía oler la sangre de las víctimas y, si se ponía suficiente atención, también se sentían sus sollozos desconsolados esparcidos por el aire.
Habló de inmediato, sabía todas y cada una de las palabras que quería decirle.
—Escuché todo lo que tenías que decir. Lo he pensado cuanto he podido y he llegado a la conclusión de que tienes razón.
Hiciste bien en enfadarte, hiciste bien en explotar, pero quiero que sepas algo.
—El joven tragó saliva—. También he encontrado respuesta a tu dolor.
Porque hay algo que no podrán quitarnos, no hasta que nos hayan matado a todos, hasta que puedan ver lo que nos hace diferentes a ellos, y eso nunca llegará.
Y es algo que tenemos en común, Yayika. —Kargu dio un paso hacia delante y agarró los barrotes, que crecieron tanto por arriba como por debajo penetrando la piedra, hundiéndose en ella hasta debilitarse por ambos lados.
El marco de piedra se pulverizó, y cayeron irremediablemente hacia delante, salvo por aquellos que el joven sostenía—.
¡La necesidad de defenderlos! ¡La capacidad de ver más allá de su estúpida medición!
¿Qué van a hacer mientras exista gente como nosotros? ¡Son demasiado endebles para rompernos!
La sorpresa de los guardias fue mayúscula. Yain y Tunhen tomaron al joven de inmediato tal y como lo habían llevado, pero le dio el tiempo justo a ver a su amiga levantar la cabeza y asentir con el rostro lleno de sangre seca y el ojo hinchado.
Apenas unos minutos después estaban frente a Ghrun, que desayunaba frente a la hoguera.
Narraron la situación con una preocupación y culpa aterradoramente risible, pero Kargu aguantó estoico y firme, desafiando al comandante con la mirada, quien se la devolvía llena de decepción hasta que tornó en ira.
Antes del veredicto, otro hombre llegó a toda prisa. Su voz temblaba al hablar y portaba consigo otro prisionero, una mujer mayor, tuerta y con la cara llena de heridas. La habría recordado de ser de por allí, lo que extrañó al joven, aunque lo alegró; parecían malas noticias.
—¡D-d-díselo! —dijo el hombre, empujándola hasta hacerla caer al lado del chico.
—El gorrión trae un mensaje para usted —dijo ella. Su voz también temblaba.
Ghrun levantó la mano ordenando silencio y le dio pie a la mujer. La frase fue rápida y clara, no había cabida a segundas interpretaciones.
—El villano sigue vivo.
El comandante lobo abrió los ojos tanto como era posible y dio un paso hacia atrás.
—¿Dónde está? —preguntó.
Kargu forjó entonces la primera de las tres sonrisas, pues se dio en el tercer día.
Se formuló en su rostro con completo desparpajo, una humillación absoluta e incontestable.
Fue decidida, duradera y solemne, aderezada por la incontrolable risa nerviosa de Yain, el llorón, y con la hermosa imagen de un Ghrun que por fin había pisado la tierra de los mortales.
Podría haber sido su último día, su última charla, su última sonrisa, pero podía mirar hacia atrás y contemplar ese horrendo puente de bentio orgulloso de haber llegado hasta allí con todos ellos.
Aun así, ¿cómo podrían matarlo? Seguían pensando que era una oveja, ni siquiera sabían su nombre.