22. Oveja #4
Yain se carcajeó y lo empujó a un lado. Tomó a la chica, limpió el vómito de su boca, comprobó su pulso, respiración y temperatura para, acto seguido, subirla a sus hombros.
—Te diré una cosa. Ghrun nunca miente cuando da su palabra y nunca se equivoca cuando está seguro de algo; ambas cosas ocurrieron cuando me habló de la muerte de tu amigo.
Los dos os equivocáis, y esa es vuestra debilidad, la esperanza.
Cuando se os arrebate, seréis casi tan patéticos como él en sus últimos momentos —dijo iniciando el regreso.
—¿Y si te equivocas? —respondió Kargu con contundencia, acelerando el paso para ponerse a su lado.
—Me reiría. Sería tan divertido que no podría parar de reír.
¿Alguien así sobrevivió al poderoso Ghrun y sus lacayos armados?
¿Fingió su muerte y les dio esquinazo? Es una historia que merecería la pena escuchar.
Solo apta para los críos que quieran creérsela —contestó el lobo, perdiendo la mirada en el suelo.
—Yo también me la creo —respondió Kargu mirando el cielo.
No tardaron mucho en volver. No hubo ningún aviso hasta la mañana siguiente, en la que Yain reportó la extraña incidencia.
Pocos fueron quienes le creyeron, pero Ghrun fue uno de ellos, así que no le importó.
Él mismo había visto la impresionante fuerza de Jinner y había combatido con suficientes geevars como para saber que no era tan descabellado como pudiera parecer.
La joven aún no recobraba la conciencia cuando la ataron contra un poste de pies y manos en la habitación de los prisioneros. Muchos guardias entraban con regularidad, pero las ovejas tenían el paso prohibido.
Los rumores fluían, pues la información de lo ocurrido estaba encapsulada en los colmillos depredadores y las ovejas balaban y balaban, furiosas, una palabra a la que habían vaciado de significado: traición.
Kargu se limitó a trabajar en silencio, aguantando sus burlas y desprecios, sus golpes e insultos, en una labor en la que su único aliado era su propia esperanza inquebrantable.
En una labor sin fin, suplía las carencias de los más débiles en rotundo silencio; con el paso de las horas, la pala se sentía una extensión más de sí mismo y el desgaste de su cuerpo era una excusa para la burla de ese maldito anciano y su endemoniado jefe.
Reemplazó el dolor con entereza y la incertidumbre con esperanza; entre los balidos del ganado y el aullido de los depredadores, él forjaba despacio su propio nombre bajo la piel de una oveja.
El segundo día fue más doloroso, cansado y agobiante. Los lobos deambulaban a su alrededor con una vigilancia centralizada, apenas mediaban alguna palabra y, cuando lo hacían, la fábula del viejo era lo único en su boca.
—Yain dijo que estuvo a punto de morir, que no sabe cómo el crío pudo sobrevivir.
—Está senil. No debería trabajar tanto a su edad.
—Puede ser, pero ¿Ghrun? ¿Cómo puede creer algo así?
—No lo sé… Pero hace perder confianza en su gente. Se está ablandando, deberíamos haberlos matado en cuanto volvió.
Hablaban entre dientes, podía escucharlos solo por el silencio que ellos mismos crearon como forma de sumisión.
Se detenía en los silencios entre frases, entre palabras, entre pestañeos…
Sentía las miradas hundidas en la nuca y escuchaba el ruido nervioso de las armas, pero, por más que trataba de centrarse, seguía viendo escritas las palabras de su amiga en cada trozo de tierra, piedra, brisa y rostro.
Notaba cómo su estómago se cerraba a pesar del hambre atroz, el dolor en su corazón por encima del que emanaba de las llagas de sus dedos.
El tiempo pasó muy rápido. Su percepción estaba tan nublada como lo que sentía al mirar hacia atrás.
Retazos de islas volando entre las nubes de sus recuerdos, un tejido enmarañado que no aportaba más significado que una humilde supervivencia.
Era dura como el acero, tanto que su pala se rompió al chocar con ella.
Una roca enorme que se le hizo familiar al instante, devolviendo los tejidos de la realidad al telar donde pertenecían; era el mismo tipo de piedra que enterraron hacía semanas en aquella cueva.
Desprendía un olor muy característico, penetrante y elegante como el de una fragancia, pero entumecía las fosas nasales al respirarlo.
Los lobos se apresuraron en comunicar el hallazgo, trataron de esconder su emoción, pero, ante semejante sorpresa, la obviedad de su alegría era palpable. Enviaron un par de mensajeros a avisar a los altos cargos. «Ghrun tenía razón» fue la frase más repetida.
Miró bajo sus pies, pateó la piedra palpando su dureza y no notó nada fuera de lo común.
Minaryan, Serquam…, ¿estarían bien? ¿Tendrían el mismo destino que Bram?
No dejaba de resonar este pensamiento, y el olor de la dichosa piedra apestaba tanto que no le dejaba concentrarse.
Posó la mano fuera del inmenso hueco que ya habían abierto.
En tan solo dos días ya era casi tal alto como su cuerpo.
Se impulsó hacia arriba y escuchó pasos ajenos a cada vibración que hubiera percibido desde que se quedó solo. Aún más extraño, risotadas emocionadas y gritos de alabanza de una voz desconocida.
—¿De cuánto se trata? ¿Veinte kilos? ¿Treinta?
¡Hay que sacarla ya mismo! —Un hombre alto con los ojos caídos y sonrisa de oreja a oreja corría tan rápido como podía.
Su melena negra botaba con el viento y se le metía en la boca.
Iba acompañado de Yain, Ghrun y el hombre de la larga perilla negra, Auriel.
La ilusión de un niño en sus rostros emanaba una luz injusta que incomodó al joven.
Les abrió espacio sin mediar palabra; pasaron a su lado, el desconocido lo abrazó de sopetón y le dio un beso lleno de babas en la boca.
—¡Nos lo han contado todo! ¡Si no llega a ser por ti, toda esta panda de fracasados estaría más cerca de esta preciosidad que nosotros mismos! ¿Qué quieres? ¿Cómo podría agradecerte esto?
—Solo cumplía su deber, Tuhnen. Te tengo dicho que no puedes ofrecer lo que te venga en gana. Debes consultarme primero —respondió Ghrun con una pérfida sonrisa de oreja a oreja.
—¿Hoy has hecho todo esto? Me extraña que aún no hayas desfallecido, mocoso —dijo Yain.
Kargu comenzaba a interpretar mejor su forma de hablar, era un halago. También notó un cierto grado de preocupación en su rostro.
—¿Te aguantas las lágrimas enfrente del crío, bebé grandote?
¿Quieres que te mantenga el poco respeto que te tiene?
No durará —dijo Auriel acariciándose la barba con una burlona sonrisa de medio lado.
El resto de los lobos echaron a reír. No fue un comentario ingenioso, no tuvo siquiera razón de ser, pero él disfrutaba de los vítores a su transgresión impune ante los ojos de sus semejantes.
Era el simple placer de herir. Una costumbre, quizá. Kargu lo sabía bien. Ser el niño en un gremio de criminales era convertirse en una enorme diana, objetivo de burlas, penurias y palizas.
—¿Llorón? —preguntó Kargu. Fue involuntario, un pensamiento que se hizo material atravesando cualquier filtro o raciocinio.
No tenía sentido. De todos los que había conocido en ese campamento, ese hombre era el menos temperamental y distante, pero al mirarlo con atención, aún tenía marcas bajo los ojos.
—Ya basta, Auriel —sentenció Yain. Las risas por detrás se disiparon rápidamente.
El hombre alto de la melena se lanzó a abrazar a la piedra.
—Es cierto, muy, pero que muy real. ¡Es bentio!
—Apretó con ambos brazos y la levantó con bastante esfuerzo—.
Cincuenta…, un poco más, ¡cincuenta y dos kilos con doscientos treinta y cuatro gramos!
—Estaba emocionado, la voz incluso le vibraba en su griterío.
Los vigilantes lo celebraron a grito pelado, riendo y saltando, golpeándose entre ellos y jugueteando con las cansadas ovejas.
—Otra prueba más de que tu teoría era cierta, Tuhnen. Si se lo llevamos a Utten, las dificultades se resolverán en cuestión de días. ¿Cuánto tiempo necesitas para prepararlo? —preguntó Ghrun.
—En cuatro días esto está más bonito que mi prima en su boda —respondió Tuhnen dejando caer la piedra con cuidado y propinándole un último golpe cariñoso—. ¡Marchando una de bentio, grandullón!
Yain bajó dando una breve palmada en la espalda al joven Kargu y recogió la piedra con una sola mano y suma facilidad.
—Ten cuidado, si te cortas no te salvará tu tamaño —canturreó Tuhnen—. Vamos, Ghrun, que me hace ilusión, ¿no puedes dejar que le dé un premio al chaval? Se ha portado bien. Ayer nos comentaron que hizo todo el trabajo, hoy lo mismo… ¿Qué más quieres?
Ghrun conectó la mirada con el chico. No habría accedido de no ser por el jolgorio y la rebosante alegría del momento.
—No use esa jerga conmigo, coronel. Es indigno de su conocimiento y también de su rango —le corrigió el comandante.
Dirigió su semblante hacia el joven Kargu, manteniendo su mueca y dotándola de un nuevo significado.
Superioridad, humillación, un dios concediendo un deseo a un mero mortal, un insecto bajo sus ojos—.
Mocoso de Gales, ¿cuál era tu nombre? ¿Tienes alguna petición?
La respuesta conllevaba un riesgo asociado, un beso envenenado, pues enunciar algo de gran valor como la libertad sería inmediatamente condenado como deslealtad y castigado. Un premio pequeño era la opción más adecuada: una cena, un descanso, un saco de dormir…
El joven se irguió con orgullo frente a todos y confrontó el veneno con coraje, como siempre había hecho. Como siempre habían hecho.
—Quiero hablar con Yayika. —La luz del crepúsculo se apagaba durante la espera en el silencio de la respuesta.
—¿Eso es todo? —respondió Tuhnen. Ghrun alzó la mano, deteniendo a su oficial.
—Le haremos llegar tu mensaje —contestó el comandante lobo.
Kargu negó con la cabeza.
—No puedo fiarme de vuestra palabra. Tengo que ser yo.