22. Oveja #3
—Al final no resultas ser más que un viejo morboso. ¿Qué pretendes? —respondió Yayika con indignación. Por primera vez, los ojos del hombre repararon en ellos.
La primera pregunta fue para ella. Su voz grave y profunda parecía otra al escucharlo hablar con interés.
—¿Por qué sigues viva? ¿Por qué escogió a Bram?
—Ella se llevó la mano al corazón, sintió cómo le perforaban los ojos y su saliva aumentaba de temperatura hasta parecer incandescente dentro de su boca, con la piel erizada y los ojos llenándose de lágrimas que no se había permitido.
Golpeó el suelo y desvió la mirada. Tras unos segundos, tanto Yain como Kargu comprendieron que no podía responder, por lo que la vista del anciano se movió hacia el joven.
Se preparó para responder cientos de preguntas sobre Gales, la banda de Oricalco o de qué se conocían Ghrun y él.
Perfiló el grado de información exacto sobre su pasado para mantenerse cómodo y satisfacer su curiosidad. Hubo unos cuantos segundos de calma.
Al hablar, rebajó el tono. Exhalaba cierta melancolía que el joven interpretó como burlesca, irónica y humillante.
Habló más bajo, como si le avergonzara sentenciarlo, pero sus palabras fueron claras y precisas.
Probablemente, había estado esperando esta situación; de hecho, puede que la hubiese forzado a propósito tan solo para este momento.
—Te quedaste en esta pesadilla por voluntad propia.
—Por un par de segundos, retiró la mirada del chico, lanzándola al vacío—.
No tienes familia. Tus amigos han muerto a manos de quienes ahora debes servir.
Tu vida ha estado marcada por la tragedia y, tras habértelo arrebatado todo, tu espíritu aún parece intacto.
Has trabajado con diligencia para el enemigo, al igual que has ayudado a quienes te han despreciado.
¿De dónde proviene esa fortaleza? —Su voz se apagó con la brisa nocturna.
Kargu irguió su postura y esbozó una sonrisa. La pregunta le sorprendió tanto que decidió contestarla con la honestidad que su corazón demandaba.
—Hay un dicho que me enseñó mi padre, siempre que lo decía en voz alta quienes escuchaban se quedaban boquiabiertos.
No importa cuántas veces lo hubiera repetido, la siguiente siempre tenía más poder que la anterior.
—Desvió la mirada a su compañera, quería asegurarse de que ella también escuchara.
Volvió entonces la atención al anciano y continuó con el emotivo orgullo de quien habla de las hazañas un ser querido que ya no está—.
La primera vez que lo escuché yo estaba llorando, fue una de los cientos de ocasiones en las que no di la talla, pero cuando me lo dijo caló muy hondo en mi espíritu, como tú lo llamas.
Entendí a qué se referían en Oricalco cuando hablaban de forjar tu propio nombre.
Por eso, aún no me lo he ganado. Me dijo: «Cuando perdemos el rumbo, a menudo nos guiamos por las estrellas en el cielo o por el sol que lo domina, pero el verdadero peligro no es perderse o confundirse, tampoco ir demasiado rápido ni demasiado despacio.
No es no disfrutar del viaje o del destino.
El único y verdadero peligro es lograrlo y temer mirar hacia atrás».
Cuando conocí a Vinadarian —continuó—, lo ayudé con la intención de sentirme orgulloso de mí mismo, pero el destino nos llevó de la mano a aprender el uno del otro, a forjar juntos el propósito incógnito de nuestro nombre.
Por eso, cuando pienso en su muerte, no hay imagen que pase por mi cabeza.
Hay un vacío de imposibilidad que me aferra a una esperanza eterna e indestructible.
Mi pregunta es esta: ¿estás seguro de que me habéis arrebatado todo lo que tenía?
A mí no me cabe duda de que no. Quizá, cuando el nombre de Kargu se haya forjado en las entrañas de la oscuridad, tengáis alguna posibilidad de entender cuáles son mis pertenencias, pero lo dudo.
La realidad es que nunca llegaréis a comprenderlo mientras no lo entendáis.
No podéis matarlo. No podéis matarme. Somos mucho más de lo que vuestros ojos pueden alcanzar.
El hombre quedó atónito ante la elaborada respuesta del joven. Con la boca abierta y la mirada perdida, se recompuso antes de responder.
Yayika levantó el rostro despacio, rastreando el movimiento del hombre de abajo arriba; con el brazo apoyado en la rodilla derecha, apretó las muelas y carraspeó.
—Tanta palabrería y estás aquí, tú solo, rodeado de toda la gente a la que habéis condenado.
Kargu se levantó sosegado, se acercó a ella y le ofreció la mano.
—No estoy solo.
Lo apartó con un golpe seco que originó un brote de preocupación. Estaba mucho más débil de lo que hubiese imaginado. Apenas pudo moverlo. Lo más probable es que no pudiera levantarse sola, pero si Kargu volvía a ofrecer su ayuda dañaría su orgullo, así que hizo lo que tenía que hacer.
La cara de Trye se dibujó encima de la joven, escuchó el ajetreo de la banda mientras ella caía al suelo borracha, a punto de vomitar.
Todos la miraban, escondiendo sus mofas entre las sombras mientras ella se aguantaba las ganas de llorar.
Apenas habían pasado tres días de la muerte de Gales, aún perduraba la fiesta en su honor.
El pequeño Kargu tragó saliva, no podía creer lo que estaba a punto de hacer.
Armado de valentía, le agarró el chaleco por el pecho y empujó con fuerza hacia arriba, dejó fluir sus lágrimas y habló con el corazón.
—¡Esto es indigno de ti! Espero que no exista un más allá o él se estará revolviendo sobre su tumba al verte actuar de forma tan patética.
Ella se abalanzó sobre el pequeño. Apoyando su peso en él, pudo levantarse y patearlo con facilidad, provocando las risas del personal. La réplica del pasado se formuló en el presente, un diálogo reciclado en la repetida pereza del destino.
—¿Piensas estar lloriqueando eternamente? ¿Cómo puedes ser tan necia de no darte cuenta de quién apretó el gatillo? —Kargu la levantó del suelo, dejándola en pie. Ella contestó con un puñetazo tan débil como patético. El golpe apenas le movió la mandíbula un par de centímetros.
—A este ritmo no hará falta probar nada. No sois más que un par de críos jugando a ser mayores… —respondió Yain.
Yayika dio un paso hacia delante, dejando a Kargu de lado. Las piernas le temblaban al apoyarse en el suelo, así que apretó como si tratara de aplastar el planeta entero bajo sus pies.
—Quieta. No estáis en condiciones de hacer nada, no vais a ser lobos, pero aún podéis vivir como ovejas —respondió el hombre alzando la mano derecha e inclinando el cuerpo hacia delante para recogerla de una caída inminente.
La cabeza le daba vueltas, el cansancio era inmenso, estaba a punto de desmayarse.
Dejó de distinguir en su mirada amigo de enemigo y, con el fin de mantenerse consciente unos segundos más, clavó la vista en el suelo como una espada penetra en la arena.
No se permitió una sola lágrima, dejó fluir toda emoción, sentimiento y pensamiento por la boca.
—Bram era la persona más buena que conocí en mi vida —dijo ella—.
Era amable, gentil, gracioso, detallista…
Pero ¿qué más da? —Tragó saliva y aguantó el vómito fluctuando desde el estómago a duras penas.
Sentía también la sangre de sus encías al tragar y las fosas nasales escocer al respirar—.
¡No soy idiota! —Continuó. Hizo una pausa, respiró hondo y levantó la cabeza muy despacio—.
Fue porque valoró que era el que menos posibilidades de sobrevivir tenía de entre nosotros dos.
Pero es tan injusto… ¿Es en esto en lo que vais a convertirlo todo?
¿En una cinta métrica en la que merecer la vida es el capricho fundamental de la violencia más básica?
—Continuó balanceándose hacia delante, deteniéndose un último segundo antes de caer—.
¡Y una mierda! —gritó con fuerza, resonando por todo el descampado en un eco vertiginoso que dejó a sus espectadores sin palabras.
Dio un segundo paso hacia delante, pero la pierna no aguantó más y se desplomó boca abajo, pudo detener el golpe con los brazos.
Abrazó su propio discurso. Grabó en su mente cada grano de arena en el suelo, cada mililitro de su saliva saliendo de su boca, cada grado de calor en su cuerpo y en el ambiente, y lo aplastó.
La brisa, las estrellas, la luz, las palabras, las ideas, las culpas y las disculpas. Lo aplastó todo.
—¡No pienso permitir algo así! —rugió una vez más. El peso del cielo se desplomó sobre sus hombros.
Kargu y Yain cayeron al suelo de bruces, una fuerza arrastraba sus cuerpos como si las manos de los muertos se cernieran sobre ellos.
El aire a su alrededor se arremolinó, levantando algunos granos de tierra que caían al instante en una demostración de poder que superaba con creces a la gravedad misma.
Apenas podían respirar o abrir la boca o los párpados.
El lobo trató de arrastrarse como un gusano para acabar con ella, pero era inútil, la fuerza no cesaba de crecer hasta el punto de que ambos dieron por sentenciadas sus propias vidas al percibir sus músculos en una ebullición vibrante.
Apenas fueron diez o veinte segundos hasta que ella quedó inconsciente. El lobo se levantó con un terror más allá de su propia vida y se dispuso a acabar con ella, pero Kargu se interpuso.
—Tienes las dos preguntas. Según tus palabras, no puedes usar los brazos —dijo sin titubear.
El lobo apartó la mirada y miró cómo la chica se ahogaba en su propio vómito.
—Entonces, valoras su vida por encima de la de todos los inocentes. ¿Es tu forma de darles la espalda? —preguntó el anciano con decepción.
—¿Cómo podría, después de haber escuchado el balido de una oveja sobrecoger al más grande de los lobos? Tómala al igual que a mí, usadnos como herramientas hasta que llegue el momento en el que seamos uno más que vosotros u os explotemos entre las fauces —respondió Kargu sin apartar la mirada.