Rinaryan: La huella de un fantasma 22. Oveja #2
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22. Oveja #2

Tres metros de puro músculo a pesar de su avanzada edad, probablemente superaría los sesenta años.

Tenía un lunar bajo el ojo derecho y era casi tan ancho como alto.

Llevaba colgando del hombro un gran saco gris manchado y húmedo que olía de maravilla.

Iba acompañado de otro hombre, un tipo que, a pesar de ser de estatura media, caminando a su lado parecía un duende; tenía una característica perilla larga y negra como el azabache, labios gruesos y ojos amenazadores.

—Sabemos que estáis muy cansados. El primer día siempre es muy duro, pero queremos felicitaros por el buen trabajo.

Os hemos traído carne recién hecha, los filetes sobrantes del regimiento…

—Su voz era aguda y enérgica, con un deje que recordaba al mundo del espectáculo en la tonalidad ascendente y descendiente de algunas sílabas al comenzar y terminar las frases.

Gestualizaba con seguridad, levantando las manos en rápidos y calculados movimientos acompañando su tono como una montaña rusa.

—Sois cuarenta y cuatro, pero solo hemos podido traer cuarenta.

Esperamos que sea suficiente si compartís con la benevolencia y cooperación que tanto os ha caracterizado durante el día de hoy.

¡Sois el primer rebaño que lo consigue desde el primer día!

—Conforme avanzaba en su claramente ensayado monólogo, los guardias armados se retiraban sin mirar atrás.

Puede que hubiera muchos heridos y que casi todos los allí presentes estuvieran al borde del desmayo, pero cuarenta y cuatro personas eran demasiadas para ser controladas por tan solo dos, y ambas aparentemente desarmadas.

Tras una jornada de un trabajo tan intenso, siendo además el día siguiente a la invasión y de obligado cumplimiento, lo más normal es que se organizaran revueltas incluso contra los armados.

La desesperanza es un arma que puede llevar a cualquiera a su punto de quiebre, y no hay nada más peligroso que alguien que teme más el resto de su vida que la propia muerte.

Era, por ende, una trampa. Una tan mal elaborada como pudiera parecer, tanto que podría ser en ambas direcciones.

Dos posibilidades rondaban la cabeza de Kargu.

La primera, que esos tipos eran más que suficiente para cuarenta y cuatro personas, algo sumamente irreal, pero había visto cosas mucho peores desde que todo esto comenzó.

Y la segunda, la más probable, que esto fuera una extraña forma de humillarlos.

Forzar una situación en la que tuvieran que pedir refuerzos o incluso pudieran morir a manos de un montón de peones moribundos, lobos devorados por un rebaño.

El hombre de la perilla observaba las reacciones de sus espectadores, soltaba de vez en cuando carcajadas confiadas, destiladas con algo de burla pero con la alegría y energía justa como para camuflarla.

El mayor suspiraba cada poco, apartaba la vista y parpadeaba despacio.

Apenas movía un músculo ante el festival de luz y color de su compañero.

—Yo soy Auriel, y mi compañero, el grandullón de aquí, se llama Yain.

Estamos encargados de supervisar vuestro entrenamiento, pero sabemos que ha sido un día largo, así que por hoy os lo vamos a pasar.

¿Qué os parece? ¡Cenamos juntos y nos contamos batallitas!

Nada mal, ¿no? ¿Quién diría que somos parte de esta misma gente que os lleva vigilando todo el día?

¡Yo no sería capaz! Absolutamente irreconocible. ¿No es así, mi talludo amigo?

—Ghrun nos ha pedido al menos un alistamiento para mañana de este grupo. Sus palabras fueron claras. Si no se ofrece nadie, será el «mocoso de Gales»… Como supongo que será el caso, respondedme y nos ahorraremos tiempo y disgustos. ¿De quién se trata?

Kargu dio un paso al frente, un hombre tras él lo empujó haciéndole tropezar y caer al suelo; se levantó con algo de dificultad, notaba la tensión de sus huesos al empujar su propio peso con las manos. Se paró frente a ellos con la vista altiva, sin enunciar palabra.

El hombre alto bajó la comisura de los labios y se llevó las manos a la cabeza, frotándose la frente con las yemas de los dedos y la palma tapándole el rostro.

—Bien —respondió con desánimo—. Cenad con tranquilidad. Si tenéis alguna consulta acerca de vuestra jornada, derechos o responsabilidades…, podéis hacerla cuando queráis —continuó, bajando el saco al suelo.

Yayika intervino alzando la voz, aunque se fue apagando con cada palabra. Incluso ella se sentía amedrentada ante esa montaña de carne y músculo.

—Espera. ¿Por qué tanta prisa? Apenas he podido procesar lo que estabais pidiendo.

¿Un alistamiento? ¿De dónde sale eso? ¿Por qué os fiaríais de nosotros?

—Hizo una breve pausa, su garganta se quedaba sin agua y su corazón sin fuego.

Volteó la mirada hacia su compañero. Kargu observaba en silencio sepulcral, como si la conversación no le importara—.

¿De él? —Levantó las manos para señalarlo y dio un paso hacia delante, distanciándose del resto del rebaño a ojos de los depredadores—.

¿Matasteis a sus amigos y ahora lo queréis en vuestras filas como uno más?

Joder, entonces yo también me presento voluntaria.

En cuanto ponga las manos en una de vuestras patéticas armas de fuego, os volaré los sesos a todos.

El hombre mayor respondió con una parsimonia ofensiva, dotando de intrascendencia la palabra de la joven; el minúsculo ambiente rebelde ocasionado por esta fue aplastado como una hormiga contra un meteorito.

—¿Entonces sois dos voluntarios? —Hizo una breve pausa en la que barrió con la mirada el cuerpo de la chica—.

No pareces muy atlética. ¿Estás segura de lo que pretendes?

—No terminó de conectar la vista con ella, miró más allá, a los restos del bosque quemado en la lejanía.

El humo se alzaba inmisericorde fruto del propósito del depredador mayor. Volvió a exhalar aire por la nariz.

Portadora de un orgullo que las palmas de sus manos no podían abarcar, asintió con la cabeza y apretó los puños, aunque el miedo supuraba su presencia a través de sus nerviosas respiraciones nasales.

—Siempre termina habiendo algún voluntario de más, ¿eh, grandullón? Las vicisitudes de la juventud son tan escabrosas como cabría esperar. Los adolescentes son los peores.

—Comed de una vez —respondió el otro con la voz desgastada.

No se dirigieron la palabra. Escuchaban murmullos a su alrededor en los que se escuchaba más el nombre de ella que el de él. La carne estaba cocinada, ni mal ni bien, eran filetes calentados sin ningún tipo de pretensión más que alimentarlos.

Por el estilo de vida de sus captores, era el alimento de acceso más sencillo y que, además, les aportaba la proteína necesaria. Con suerte, también los nutrientes para sobrevivir sin tener que preocuparse mucho más.

Todo esto comenzó a resonar en la mente del joven Kargu, que cada minuto que pasaba entendía que había mucho más que explotación, era un filtro de fortaleza. ¿Para qué? Estaba claro que solo pretendían reclutar a los voluntarios. ¿Por qué necesitaban dicha fortaleza en la mano de obra?

Tan solo el primer día había generado muchas más preguntas que respuestas, y la más enigmática de todas era el anciano de mirada triste. No era precisamente por su amabilidad, sino por cómo su movimiento parecía limitado y sus ojos distantes.

Daba la percepción de estar un escalón por encima, no solo del rebaño, sino del resto de depredadores. Se movía despacio y cada palabra que salía de su boca era apagada y falta de interés, sin energía alguna.

Tras un día tan largo, el instante de reposo para cenar fue como un oasis en el desierto, pero la tensión crepitante en el silencio de los vencidos imploraba al tiempo pasar más rápido.

—Puedes llevártelos —dijo Yain con la desgana habitual. Su compañero asintió con la cabeza y guiñó un ojo a los voluntarios.

—Ya habéis oído, en marcha.

Cuarenta y dos personas tras un solo hombre desarmado.

No parecía particularmente fuerte o rápido.

Cualquiera podría haber intentado salir corriendo o haberlo atacado.

Pero no, a todos y cada uno de ellos les habían cambiado el nombre en una sola noche.

Este era el verdadero poder de los lobos: la capacidad de aplastar la esperanza y apuntar el odio en la dirección más conveniente.

Kargu y Yayika se quedaron sentados, separados el uno del otro.

—El procedimiento habitual es la especialidad de la casa.

Daros un arma y obligaros a probar vuestra lealtad de alguna forma.

Suele ser matar a alguna de las personas que interpretamos son más cercanas a vosotros —dijo el soldado soltando un suspiro extenuado, dejando caer el peso de su cuerpo en los brazos sentado—.

Parece que tiene debilidad por ti. ¿Quién es Gales?

—El líder de una banda de criminales antes del fin —respondió Kargu con el tono tan neutro como pudo. Aún no podía escuchar su nombre sin que le titubeara la voz y la piel del antebrazo se le erizara.

—Ya… Así que va a ser de esta forma… De acuerdo.

Digamos que os haré un examen muy sencillo.

Si conseguís volver solos mientras trato de deteneros, me servirá como excusa para decirle a Ghrun que os he hecho algo.

También podéis intentar escapar, claro está.

Esa sería la parte de la lealtad, quiero suponer.

Ambos se miraron de reojo mientras él hablaba.

Puede que fuera una montaña de músculo, pero, tras haber descansado y comido, tendrían las suficientes energías como para correr más rápido que un vejestorio.

Contaban también con la ventaja de ser dos, por lo que, en el peor de los casos, el más afortunado se salvaría sin problema.

Una prueba al nivel del desinterés mostrado por aquel individuo.

—Y algo más, una ventaja adicional. Os haré una pregunta a cada uno. Si los dos me respondéis con honestidad, no usaré los brazos para atraparos. Es decir, será prácticamente una formalidad.