Rinaryan: La huella de un fantasma 22. Oveja
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22. Oveja

Lobo con piel de oveja es una expresión que se refiere a aquellos que presentan un manto de inocencia engañoso con el fin de esconder su verdadero ser.

En esencia, es una advertencia constante para los que confían demasiado en los demás, una forma de mantenerlos alerta, pues las apariencias podrían ser engañosas.

Existen muchos dichos y expresiones alrededor de esto, de lo engañoso de una apariencia; es parte de una regla cultural en la que se trata de descontar el valor que le da la observación a la forma.

El día en el que sus amigos partieron y la sangre que fluía por el suelo terminaba de secarse, Kargu sentía una molestia incandescente.

El nombre de lobos para un grupo tan sanguinario le hacía recordar los cuentos antiguos, así como su insulto predilecto le recordaba ese significado.

«Ovejitas». Usaban un tono despectivo con cierto grado de jocosidad, regodeándose en un supuesto estatus superior.

Tan solo veían al lobo como el símbolo de depredación y a la oveja como la presa.

No eran más que mano barata, gratuita en su caso, si no fuera por los restos de comida que les lanzaban al terminar ellos, pero apenas había suficiente para ellos mismos.

Sería cuestión de tiempo que descubrieran los frúzules y la pequeña base que montaron hacía apenas unas semanas más arriba de la cuenca.

Los hacían excavar en el suelo distancias gigantescas; un par de hombres sumaban y medían el terreno conforme las ovejas trabajaban.

Mujeres, niños y ancianos en ciclos rotativos de doce horas de trabajo, una sola hora para la única comida del día y el aseo, y tres horas más de entrenamiento de combate.

Así lo llamaban. Kargu supo la verdad desde que oyó la orden.

—El entrenamiento será una excusa para humillarnos y molernos a golpes todos los días con el mínimo de protestas posibles. Céntrate en sobrevivir, no en pelear.

Yayika estaba tan agotada que no le quedaban fuerzas ni para discutir, tampoco para señalarle lo obvia que le parecía esa afirmación ni lo insoportable que era haciéndose el interesante.

Hincaban la pala contra la tierra haciendo el menor esfuerzo posible.

Pretendían allanar la cuenca entera, probablemente para asfaltarla después y construir una base.

Si les hubieran preguntado cuándo habían llegado allí, muy pocos habrían sabido contestar.

La mayoría seguían las órdenes con la cabeza baja y la única misión de acatar todo cuanto se les pidiera con la esperanza de que, una vez cumplido, sería suficiente.

La percepción del tiempo aceleraba y deceleraba cuanto más cerca notaran la boca de un arma de fuego.

Otros hubiesen respondido la hora exacta, contaban los minutos y los segundos. Ojos y oídos avispados, estudiaban gestos y palabras entre los soldados como el prisionero que aprieta los dedos contra las piedras de las paredes de su celda buscando algún minúsculo agujero.

Algunos darían una estimación. Conscientes de su situación, pretendían mantener una estabilidad en toda esta locura. Eran supervivientes natos capaces de racionalizar de inmediato, aun con incertidumbre y pesar.

Yayika habría sido parte de la mayoría. Caminaba decaída y desgastada. Kargu, por su parte, no estaría definido en ninguno de los otros grupos, pues había empezado a contabilizar el tiempo de otra forma: «Día uno».

Caminaba con el pecho henchido, orgulloso y firme, y trabajaba con fervor y eficacia sin desviar la atención de su objetivo: cavar, obedecer, sobrevivir. Y un último: aprender.

Una norma básica para las ovejas era que no hicieran ruido, no al menos con charlas. Podrían toser, llorar o gruñir de vez en cuando, pero no hablar entre ellos. Las palabras exactas fueron: «Una sola palabra y uno de vosotros morirá. No tiene por qué ser quien la haya vomitado».

Dos soldados hablaban entre sí, aunque el ritmo de sus pasos no cedía. Habría sido interesante poder comprobar si estaban mirando hacia otro lado, aunque probablemente también mantuvieran una vigilancia activa, tal como práctica era su marcha.

—¿Por qué le interesará tanto?

—Dicen que con solo el roce de sus dedos salió volando el tejado de una casa entera.

—Ya, pero son habladurías. En los tiempos que corren, siempre hablan de cosas raras.

—Yo estoy a un pellizco de creérmelo. Me lo contó Tuhnen.

—Yo me enteré poco después de que se marchara. Dicen que ha aceptado.

—Como es normal. Con Ghrun al mando, no tardaremos en reconstruir la sociedad.

—No habría sido tan difícil si la gente no se hubiera asustado tanto las primeras semanas.

—El miedo es poderoso. Tanto como pueda creer quien lo padezca. Es cruel con los débiles.

Habían marcado una profundidad mínima para todos, debía quedar simétrico, así que, cuando uno terminara su parte, tendría que ayudar al resto; irónicamente, esto resultaba en descansos más cortos para los más capaces y en una cuenta atrás para los débiles.

Un método eficaz para potenciar una falsa empatía alimentándola con ferviente egoísmo y miedo.

Apenas eran las cuatro de la tarde cuando Kargu acabó su parte, ojeó con sutileza para no encender ninguna llama de optimismo no deseada. Su equipo estaba compuesto de solo dos personas.

Yayika descansaba el peso de su cuerpo al hincar la pala contra el suelo unos segundos.

Su orgullo le impedía mostrar la debilidad que en el fondo sentía.

No habría sido la primera en desfallecer de cansancio, y a nadie parecía importarle.

Muchos yacían en el suelo hiperventilando, luchando por sobrevivir; pocos eran los afortunados que tuvieran a su lado personas tan valientes como para cesar en su empeño y preocuparse por ellos.

A pesar de su estado, ya llevaba casi tres cuartas partes del trabajo; cuando Kargu se acercó, ella tiró la pala y levantó la voz sin pensar, hasta el punto de casi gritar.

—¿No ves que no necesito tu ayuda? —Enajenada, tiró la pala al suelo y con la vena de la frente hinchada apretó los dientes y respiró por la nariz unos segundos.

Él se mantuvo frío, mirando con el rabillo del ojo a sus espaldas.

La habían oído. Reían y observaban con curiosidad, esperando que la situación fuera a más.

Cada palabra podría ser el precio de una vida en un mercado en el que la moneda era el tiempo.

Kargu dejó caer su pala y respiró hondo, había algo diferente en ella. Iba más allá del cansancio, algo que no le estaba contando.

Analizó su alrededor; un hombre mayor, enclenque y debilitado, estaba sentado en el suelo apenas excavado a no mucho más de veinte metros. Ayudarlo era casi imposible y no habría tenido más utilidad que alargar su vida hasta el día en el que no pudiera volver a hacerlo.

No mucho más lejos había un hombre mucho más joven y corpulento con el trabajo casi a la mitad. Tenía una herida de bala en la muñeca izquierda, lo bastante superficial como para sanar en unas semanas. Con suerte, al día siguiente podría terminar su parte.

El curso de acción era cristalino: apoyar a los extenuados para que el día de mañana cumplieran con su labor aumentando la supervivencia grupal, pues los mutilados y heridos de gravedad, al igual que los muy ancianos, no aguantarían la semana entera.

No recibían tratamiento médico ni nutrientes como para sanar.

Aún quedaban cinco horas para el toque de queda.

Kargu recogió su pala en silencio y se acercó a uno de los hombres que yacían en el suelo respirando con agitación y sudores fríos, pero este se volteó con desprecio en su mirada.

Con tal de no recibir su ayuda, se levantó y tomó su propia pala, golpeándole hombro con hombro como mensaje de advertencia.

No se había permitido percatarse de ello. Quería creer que el enemigo portaba uniforme militar y armas de fuego, pero quizá no era eso lo que tenían en común, sino un odio irracional y el afán de señalar la culpabilidad ajena con el dedo.

Sería injusto decir que no le importó, sí lo hizo, pero de forma contraria a como cualquiera hubiera supuesto, opuesta al sentido común.

Una falta de respeto que lo apuntaba a él como culpable de la escaramuza. Una estupidez fruto de la desesperanza y el odio. Puede que el nombre de ovejas no estuviera tan desencaminado, al fin y al cabo.

Pero… ¿y el suyo? ¿Cómo levantar la vista con orgullo y pronunciarse tras volverlos a ver tan solo como aquel que pudo sobrevivir sin ellos? No era suficiente, el miedo también le había afectado, pero se acabó.

Trabajó hasta quedar sin aliento, hasta que no quedó herido, mutilado o anciano sin su parte terminada, hasta que notó el ardor del fuego en su espalda, el cielo mismo cayendo sobre sus hombros y las profundidades del abismo clamando sus brazos.

Escuchó más allá del sonido, del tintineo de las monedas, del repiqueteo de las discusiones, del cambio de turno de soldados aburridos, de los gruñidos de su compañera, de sus caídas al suelo, de sus golpes contra la madera de su herramienta.

Vio la resignación de sus compañeros, cómo se hablaban en señas silenciosas cuando creían que nadie los miraba, cómo algunos bromeaban con matar a otros.

Y llegó la hora del mal llamado «entrenamiento».

Sentía una infinita molestia al comprobar cómo despreciaban el significado de cada maldito nombre.

Para su sorpresa, no fueron los mismos guardias del turno en el que se encontraban los que lo realizarían, sino que habían asignado a una pareja de entrenadores.

De ellos pudo reconocer a uno. No conocía su nombre, pero parecía cercano a Ghrun y su inmensa estatura le hacía particularmente destacable.