Rinaryan: La huella de un fantasma 21. Vínculo #3
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21. Vínculo #3

Quedaban cuatro días. Dos para ir y uno para volver.

Ella le daría la información de la hermana mediana y podría vengarse sin tener que excusarse.

Era su deber, aunque no sentía la llama que le recorría la sangre cada vez que pensaba en su nombre.

De hecho, casi ni se acordaba de él. Quizá nadie lo hiciera; al fin y al cabo, nadie lo había mencionado desde que todo empezó.

Si algo les hubiera hecho olvidar, habría sido la denominada esencia de dios, dominada por esa bruja. Por lo que, si ella pretendía ayudarlo, le daría la clave para encontrar a su hermana. O quizá estuviera muerta.

En todo caso, era su última oportunidad para hacerlo y no quedar como un completo hipócrita cuando detuviera a su amigo de sumirse en un destino tan lúgubre. No lo era. ¿Verdad?

Se levantó antes de seguir pensándolo. Se forzó a acordarse de aquel disparo y de cuanto le dolía el corazón. No le hizo falta adentrarse mucho en su memoria, nunca lo olvidaría.

Pero una palabra borró de la existencia el sonido de la bala.

—¡Hola! —Alegre y enérgica, infantil y con el silencio hueco de quien tiene mucho que decir. Minaryan. Habían pasado tan solo dos días desde que lo vio por última vez, pero parecía una eternidad. Era el tiempo más largo que habían estado alejados el uno del otro desde que lo sacó del orfanato.

—Largo —contestó tan frío como pudo. No podría acompañarlo a un viaje tan peligroso, y él no podía quedarse en el poblado con Sara y los demás.

—¡Pero no puedes verme la cara! —respondió el pequeño.

Vinadarian se volteó a mirarlo. Venía con Serquam y Za-Jir tras él, cogidos de una mano y tapándose la cara con la otra. Él, en cambio, se tapaba el rostro con ambas y dejaba huecos entre los dedos para mirar a través de ellos.

Exhaló aire por la nariz a punto de sonreír, y su lamentable plan se desvaneció de un plumazo en el olvido más oscuro.

—¿Quién es ese? —Minaryan señaló con los meñiques, extendiéndolos mientras mantenía las manos pegadas a su cara.

—Es complicado —respondió Vinadarian.

—¡Genial, me encantan tus historias! —Rio Minaryan—. Es muy bonito. ¿Cómo se llama?

—Es una chica. Bueno, de hecho, es… Creo que es como Tañita, el geevar de la montaña. Se llama Niza. Se lo he puesto yo, no es tan bueno como los tuyos, pero hice lo que pude. Se me ocurrió de repente.

—¿Por qué se me queda mirando?

—Es su forma de demostrar amor. Bueno, y cualquier cosa. Pero, tranquilo, creo que le caes bien.

—¿Puedo acariciarla?

—Claro que sí, acércate con cuidado y acaríciale en las escamas de la espalda. Están un poco frías.

Minaryan se acercó con la mano derecha en la cara y la izquierda alzada, y en los últimos diez o veinte centímetros revoloteó con la mirada hasta chocarla con los ojos de su hermano, un instante antes de abalanzarse sobre él y propinarle, tanto a él como a la pequeña Niza, su más cálido y fuerte abrazo.

Los hierbajos de su alrededor florecieron de sopetón en un abanico de colores precioso, y la pequeña Niza estalló en gozo al contemplar semejante maravilla, dejándose envolver por el abrazo del pequeño y sintiendo un confort sin igual, tan solo comparable a lo que sintió su hermano mayor, una calidez que envolvió hasta el recoveco más profundo de su alma.

Varias lágrimas se desprendieron de sus ojos como enormes gotas de lluvia que golpearon la nuca del pequeño.

Contuvo su garganta y carraspeó antes de hablar.

—Eso es trampa, idiota.

—Siempre he sido un poco tramposo. ¡Y tampoco has podido verme la cara, estaba justo debajo de ti!

El mayor estuvo a punto de reír hasta que Serquam y Za-Jir, juntos, se sumaron al abrazo.

Minaryan se desplazó hacia un lado dejando a su amiga en el centro, que presionó la nariz contra el pecho de Vinadarian tapándose la mitad inferior de la cara mientras le respondía entrechocando miradas.

La luz de las estrellas se reflejaba en sus hermosos ojos marrones, que goteaban tanto como los de él.

—¡Lo siento, lo siento, lo siento! Lo siento tanto… Yo no quise hacerte daño… No sabía…

Vinadarian la abrazó con firmeza antes de ponerle la mano sobre el hombro y hacerse hacia atrás. La miró a los ojos, ella se tapó la boca de inmediato, pero le apartó la mano.

—No vuelvas a disculparte. No tengo nada que perdonarte.

Fui incapaz de salvar a tu Bram a pesar de todo lo que me ayudaste, no hay cosa de la que más me arrepienta.

Pero ni un solo segundo me arrepentiré de haberte salvado la vida.

Eres una persona milagrosa, lista, valiente, aventurera y leal, y conocerte es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida.

¿Me has oído, renacuaja? ¡Así que no se te ocurra volver a disculparte!

Serquam farfulló algo en voz baja, pero Minaryan recompuso el abrazo grupal en grito y llanto.

—¡Te quiero! ¡Te quiero muchísimo! ¡No vuelvas a dejarnos atrás, no vuelvas a apagarte, por favor!

El corazón del joven latía al son de los sollozos de los pequeños, que componían la canción más bonita que jamás hubiera escuchado, una que apuntaba en una dirección muy distinta a la que él se hubiera planteado, aunque aún no sabía cuál. No tardaría en descubrirlo.

—Yo sí debería disculparme. —La voz de Herbia interrumpió los emotivos sollozos.

Los pequeños se apartaron un poco, dejándola acercarse—.

Jyon nos ha dicho que fue ella quien lanzó el mensaje, y no tú.

Pensé que te estabas aprovechando de ella para que te trajeran a tu hermano a salvo, pero ya sé que fue idea suya…

Y que la has vuelto a ayudar, que prácticamente te obligó a ello. Perdón.

No fueron sus palabras lo que sorprendió a Vinadarian, sino el hecho de que, pese a sonar tan madura e inteligente, ella también se estaba tapando la cara con las manos.

Y tras ella, su hermana mayor y su madre hacían lo mismo, portando esta última una bolsa de plástico en la que no había reparado cuando la vio en el recinto.

—Yo también opino que fue algo irresponsable e imprudente —dijo desviando la mirada a Jyon—. No te preocupes, quedas más que disculpada, Herbia.

Jyon apartó una de las manos de la cara y la zarandeó emitiendo gruñidos y gritos.

—¿Irresponsable e imprudente? ¿Por qué? ¿Los lobos se van a hacer popó encima cuando sepan que un crío sigue vivo?

No, de eso nada. Lo pensé más de lo que imaginas.

Habrá quienes tomen la frase como algo que temer, te increpen o te odien, pero la mayoría de quienes han oído hablar de ti saben que no eres más que un pobre diablo, un rebelde en el mejor de los casos.

Un superviviente. Pero ¿sabes lo mejor? Creo que llegará a cotas aún más altas que transformar tus travesuras y tus bobadas en una proeza, y que el nombre de villano, como el mensaje, depende de la perspectiva.

Mientras que para esos psicópatas serás una mancha en su historial, para otros serás el clavo ardiendo al que agarrarse.

No eres una amenaza para nadie, pero podrías ser un símbolo contra la probabilidad. Contra el asedio de esos cabrones.

—No me disculparé, pero creo que mi hija tiene razón.

Podrías ser un estandarte, un símbolo que demuestra que la esperanza no muere en una andanada de plomo y sangre.

Así como convertirte en la sombra que acecha el mundo, un misterio sin resolución que decide bajo su amparo entre la vida y la muerte.

Quien entienda una u otra no dependerá de ti, pero sí cuál es tu siguiente paso.

—Sara alzó la bolsa de una sola asa, dejando la otra caer por su propio peso y dejando entrever una horrorosa tarta blanca cubierta de hojas, ramas, tierra y quién sabe qué más.

—Antes siquiera de saber que te volverían a ver, tu hermano, mi hija menor y esos dos pequeños trabajaron muy duro para hacerte esto. Seré testigo ahora de tus dos primeras decisiones.

—Vas a compartir un poco, ¿no? —gritó Minaryan con algo de miedo.

—Smil te ha hablado de esa mujer. ¿Irás a verla? —Sara sobrepuso su voz a la del crío, aunque irónicamente también estaba manchada de miedo.

Él exhaló hondo y los miró. Estaban radiantes, el calor sobrecogía su corazón y, ante las palabras de Sara, su propia forma de mirar dio un vuelco. Quizá todo era cuestión de perspectiva. No había contado con todos los ingredientes. Quizá debía haber sabido qué cocinar antes de cogerlos.

O quizá lo hubiese sabido desde el principio, pero no se hubiese dado cuenta.

Compartieron la tarta, él tomó el trozo más grande. Fue lo más delicioso que jamás había probado.

Respondió que sí tan solo al terminar, bajo el amparo de las estrellas y el traqueteo de las ramas.

Madre e hija volvieron a discutir.

—Papá lo ayudaría. Es demasiado peligroso —dijo Jyon.

—Y eso planeo hacer, pero no os dejaré seguirnos —contestó Sara.

—No te quedará más remedio. No puedes detenernos a todos —respondió la primera.

Ambas tenían razón. Era imprudente, inconsciente, peligroso, estúpido e incluso suicida.

Tal como lo era él. Tal como siempre lo había sido, y quizá siempre lo fuera.

Un trozo de tarta siempre había pesado mucho más que una triste venganza.

Un hogar. Su hogar. Inconsciente, peligroso, estúpido e incluso suicida.

De su puño y letra, una historia. La suya. La nuestra.