Rinaryan: La huella de un fantasma 21. Vínculo #2
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21. Vínculo #2

—Tienes razón —espetó, dolido—. Lo siento —continuó. Tan solo una persona lo escuchó entre el iracundo griterío, pero no tuvo piedad alguna en su respuesta a pesar de sus hermosos ojos de cordero degollado y la calidez de su piel al tocar su mano.

—Por favor, aléjate de mi hermana. —Era Herbia. Probablemente, había hecho todo el camino con esa frase en la cabeza y esperara el momento de decirla.

Irónicamente, ninguno habría sabido decir si el que escogió fue el mejor o el peor, pero él notó cómo la amargura tiñó la sala, una ira eruptiva granate que, además, no podía permitirse liberar, pues lo peor de todo es que las dos tenían razón.

Apartó con fuerza la mano de la cría y caminó hacia delante pasando entre el resto de los chicos sin mediar palabra hasta quedar frente a la salida.

—No quiero volver a veros las caras. ¿Me oís?

—Absorto en su fugaz emoción, salió por la puerta y la cerró con cuidado.

Antes de hacerlo ya se había arrepentido de sus propias palabras; seguía siendo igual de patético que siempre, nada había cambiado.

Niza lo acompañó con el resto de geevars, quienes se adelantaron.

Alguien lo detuvo, no con fuerza, sino con la palabra.

—Oye, chico. —Era una voz desconocida, pero se coló en su cabeza alta y clara. Especialmente cuando enunció la siguiente frase—: ¿Es cierto que acabaste con la albina?

Se refería a la científica que había experimentado con él tiempo ha. El origen de sus males. Nunca había oído que alguien la llamara así, muy pocos conocían su aspecto durante las últimas semanas del antiguo mundo, pero quedó atrapada en su mente como un relámpago en una botella.

—Aún no —respondió, recordando a su amigo. Le dieron ganas de reír, pero también de darse la vuelta y molerle la cara a golpes, así que reprimió ambos—. Pero no tardaré.

—¿Te largas ya? Quería hablar contigo —continuó el hombre.

Vinadarian notó un ligero tartamudeo en su voz, un tinte de nerviosismo, probablemente por miedo. Se volteó a verlo, aunque le apetecía mirar las estrellas un rato más. Había luna nueva. Sintió algo de calma, lo interpretó como el ojo de la tormenta.

Era un hombre mayor, con una barba de cuatro o cinco días que raspaba con solo verla y el pelo lacio y negro. Sonreía con cierta superioridad y mantenía los ojos entrecerrados como si no le importara lo que estaba diciendo, pero sus labios temblaban como un flan.

—¿No has oído el circo de ahí dentro? Permite que lo dude y ve al grano. No tengo nada que ver con esta gente.

El hombre carraspeó y emitió un sonido gutural parecido a una risotada.

—Como dices tú, permite que lo dude. Las de ahí dentro se están desfogando, y tú eres la diana de todos, por lo que parece.

—Tampoco tengo por qué aguantarlo.

—¿Enviaste tú el mensaje?

—Puede.

—Eso es un no. No eres tan cobarde como para dejarlo en duda si has sido tú, ¿a qué no? Por lo menos tus historias no te dejan en un lugar tan lamentable.

—Me estás empezando a tocar los cojones.

—Perdona, ya sé que has tenido unos días un poco feos. Discúlpame, tampoco están siendo horas de dulzura y flores para mí. ¿Veías esa serie antes de todo esto o te pilló muy joven?

—No sé de qué me hablas.

—Mira, he escuchado algo acerca de que le das mucha importancia a tus promesas, así que te ofrezco un trato a cambio de una promesa. Quería camelarte un poco antes de ofrecértelo, pero creo que ya hemos visto ambos a dónde hemos llegado.

Vinadarian se frotó la cara con la mano y suspiró antes de marcharse de su lado.

—Ella dijo que no haría falta decirte su nombre.

—¿Quién? —contestó por acto reflejo, camelado por la curiosidad.

—No escuchas. No voy a decírtelo. Pero sí donde está y lo que tienes que hacer.

—El hombre sacó una bola de papel con una chincheta clavada—.

¿Conoces el volcán Zuncha? Está al suroeste de aquí, a unos treinta y muchos kilómetros.

A pata, si no te duermes en los laureles, en una buena tarde estás.

Si no se te da muy bien el tema del movimiento, como a mí, digamos que serían dos.

Eso te deja con otras dos para volver. Llévale mi nota para que él te conteste.

Me conteste, en este caso. Puedes leerla, está en un código que solo entendemos él y yo, un idioma que inventé de crío, maxmiliano lo llamo.

Pero cuidado con la chincheta del centro, es mi única forma de saber que no lo falsificas.

—¿Por qué no se lo llevas tú mismo? —preguntó con total acierto.

El hombre lo esperaba, por supuesto, y contestó tan rápido y tan jocosamente como cabría esperar.

El miedo de sus ojos se había disipado por completo al observar la expresión confusa de un chaval que no sabría decir si la derecha estaría aún en el mismo sitio.

—Porque es un suicidio. Prefiero dejárselo a los profesionales. Prométeme que se lo entregarás a mi padre. Si vives para demostrarlo y vuelves a mi vera, te echaré una mano.

—¿Una mano en qué?

—En lo que quieras… Refugiar al loco de tu colega, daros comida y refugio en secreto absoluto o la información que quieres.

—¿Y qué información quiero?

—Eso es parte, precisamente, de mi producto. Ya te he dado una muestra. Ahora te toca a ti cumplir, villano. Y no te preocupes, que esas dos locas no eran las únicas personas que querían hablar contigo. Si me disculpas, voy a ir entrando, que me cago de frío.

Al escuchar de nuevo ese mote, se le erizó la piel desde el codo hasta la muñeca. No hacía mucho, Bram habría tartamudeado al llamarlo así, le habría sonreído y se habría corregido a sí mismo.

—¿Cuál es el nombre de tu padre?

—Tenemos un trato —concluyó Smil ofreciéndole la mano.

Vinadarian tardó unos segundos en contestar, tanto que el hombre tiritaba mientras mantenía la mano en alto.

Formuló en su mente la información que tenía sobre él.

Fue divertido, como cocinar sin saber el resultado.

Un poco de egolatría como para estar segura de que sería reconocida de inmediato, excentricidad como para mandar el mensaje a un tercero, desconocido para el destinatario, sin olvidar que pretendía quedar en un volcán sin ningún medio de asegurar nada.

Y el más importante de los ingredientes, la especia que daba el sabor, la guinda sobre el pastel: tenía información que decía interesarle.

Tres siluetas resaltaron en su imaginación, las famosas tres hermanas que tanto bien habían hecho.

Dos de ellas, claro. La menor investigó la esencia de la naturaleza hasta dominar sus efectos y ser capaz de extraerla, un hallazgo público y que revolucionó el mundo en su momento.

No concordaba para nada con la receta. Sería equivalente a que, al mezclar harina, huevo y chocolate, resultara en marisco.

La mediana, origen de sus males y alabada por prácticamente la totalidad del planeta, admirada y querida. Su personalidad sí coincidía algo más. Era enérgica y emotiva, fuerte y cauta. Pero no tan excéntrica. Tampoco habría delegado en un tercero un mensaje así.

La tercera era la peor de las tres, tanto para la opinión pública como para el propio Vinadarian.

Manipuladora, maniática, impredecible y caótica eran los primeros rasgos que se venían a la mente de cualquiera que la hubiera conocido.

Responsable del hallazgo, extracción y dominio de la esencia de dios, considerada un peligro con una capacidad destructiva sin precedentes para la psique tanto humana como animal.

Su investigación se realizó bajo el mayor de los secretos. Solo era compartida por alguna de sus hermanas en caso de máxima necesidad, por lo que tuvo varios encontronazos con el joven durante su estancia para la experimentación.

Sintió cómo se le comprimía el corazón al levantar la mano, pero mantuvo la firmeza en el apretón, aceptando de inmediato.

—¿Debería enviarle a Vinlit saludos de tu parte?

Smil se carcajeó con fuerza y se zafó del apretón. Entró en la cabaña dejando el revoltijo de papel en el suelo. Vinadarian lo tomó y pudo leer las tres palabras que llevaba la primera hoja; la segunda estaba en blanco.

«Thet vebnak Renuhma».

Le pareció sospechoso un texto de tan solo tres palabras para un supuesto padre, casi tanto como que este viviera en el mismo sitio donde tendría un cometido tan concreto, pero le debía lo suficiente a ese hombre como para no decírselo.

No tardó mucho en cruzar la muralla. Los guardias no dijeron nada cuando lo vieron irse. De hecho, parecían aliviados. El mensaje había calado hondo allá donde llegara.

Se adentró tan solo unos metros cuesta arriba hasta llegar a la sombra de un árbol lo suficientemente ancho como para poder apoyar la espalda. Niza se acurrucó junto a él y los pequeños geevars que la acompañaban treparon hasta la copa y se zambulleron de rama en rama mientras él pensaba.

La venganza de Jinner siempre le había parecido innecesaria, pérfida y oscura, un lastre que solo le acarrearía sufrimiento, mientras que la suya propia era una absoluta necesidad, justicia, enmienda y parte de una promesa. Un propósito por encima de cualquier otro, prácticamente un castigo divino.

Sabía de la hipocresía bajo sus creencias, y le era confuso discernir un argumento de por qué podría tener razón.

No es lo mismo que te arruinen la vida a que te la arrebaten.

Su causa era mayor, y su justicia también.

Tampoco era un familiar; un familiar siempre podía apelar a haber sido parte de su vida y haberlo querido.

Definitivamente, no era igual, y probablemente no era tan hipócrita, pero sería engorroso de explicar.

Tanto, que lo mejor sería seguir reprochando a su amigo lo inútil de su venganza cuando él pudiera completar la suya sin que los demás tuvieran conocimiento alguno, y mentir sobre la misma en caso de ser preguntado a posteriori .

Se sentía sucio y pringoso al pensar algo así, pero moldeaba la razón hasta el punto de tener una forma parecida a la verdad y se engañaba con que era lo bastante estable como para no percatarse de que era así.