Rinaryan: La huella de un fantasma 21. Vínculo
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21. Vínculo

El sol aún mantenía su corona en el cielo, si bien su reinado clamaba un nuevo letargo.

El camino se formulaba agridulce para los caminantes.

La piel de Smil envejeció dos años tan solo planteándose todos los significados del mensaje de esa chiquilla; se formaban sudores fríos en su frente, que resbalaban como témpanos de hielo acostados sobre una montaña.

La madre ocultaba bien en su rostro la ira que reprimía en su pecho hacia la insensatez doble de su hija.

Primero, haberse fugado sin decir nada y, segundo, haber mandado un mensaje semejante, pero sus andares la delataban incluso ante la novicia sensatez de los cuatro críos, que hablaban en susurros rápidos, pobres consuelos del nerviosismo que aderezaba la culpabilidad de la pequeña Serquam.

Minaryan, en cambio, miraba al frente con una sonrisa de oreja a oreja ajeno a cualquier problema, contagiando a Za-Jir de su optimismo, que soltaba carcajadas al verlo tan alegre.

Herbia miraba más allá del horizonte, como si mirara algo que ninguno pudiera ver, no con preocupación, sino con pesar.

En el albergue, Vinadarian terminaría abriendo los ojos primero, importunado por las ligeras corrientes de aire generadas por los geevars junto a Niza, que no cesaban en el empeño de morderle un ojo, una pierna o cualquier cosa que tuvieran a su alcance.

Se frotó los ojos y los despejó de legañas, tragó saliva un par de veces, todo un lujo para alguien que llevaba desde el incidente sin beber una sola gota de agua.

Escuchaba el tintineo de los niños correteando, los silbidos fruto de un susurro torpe.

Salvo uno, uno que sonaba como una canción a sus oídos.

Era ella. Se había recostado con el rostro hacia él, con las piernas cruzadas y los brazos estirados, uno bajo la almohada y otro encima. Al exhalar el aire entre sus labios, formulaba un minúsculo siseo, una fracción de silbido tan agudo y adorable que no parecía provenir de ella.

Niza estaba a su lado, a pocos centímetros de su cabeza. Se lo quedó mirando en una pregunta implícita tan típica de ella.

La comisura de sus labios hizo un ademán de levantarse, pero apretó las muelas y enderezó la vista al recobrar el hilo de pensamiento que tuvo antes de desmayarse.

«¿No se da cuenta de lo peligroso que es mandar un mensaje así? ¿Cómo puede haberlo hecho como si no significara nada?». No tenía fuerzas para discutir y tampoco iba a solucionarlo de ninguna forma. Lo más sensato sería irse de la aldea mientras ella aún dormía.

—¿Cómo os llamáis? —preguntó uno de los niños amparado en la admiración del resto, cual caballero plateado confrontando al mismo demonio.

—Niza —respondió él entrecerrando los ojos y con el grosero resoplido de la molestia.

—¿Y ella?

—También. Somos gemelos.

—Ah, pues no os parecéis mucho.

—Bueno, es que solo somos gemelos en el nombre.

—Eres un tipo muy raro.

—Qué razón tienes.

—¿Eres un vampiro?

—Supongo.

—¿Y vas a comernos?

—Depende. ¿Cuántas preguntas llevas ya? A partir de cuatro me lo planteo.

La pequeña tras él alzó el cuarto dedo, chilló y propagó el pánico en cuestión de segundos.

Una marabunta de niños salió despedida hacia las puertas del baño. Algunos se subían a bancos y trepaban espalderas como si eso fuera a librarles de la ira homicida de un vampiro.

Vinadarian se recostó de nuevo y estiró los brazos al compás de las carcajadas de su compañera.

—Lo he oído todo —le dijo con una sonrisa cómplice—. Nunca me han gustado los vampiros.

—A ellos tampoco, por lo que se ve. Solo planeaba comerme un par.

Ella volvió a reír.

—Van a venir a regañarte. ¿Qué vas a decirles?

—Que tienen cuatro preguntas —contestó con un deje jocoso.

Ella imitó su tono.

—Oh, mierda, solo me quedan tres.

—Dispara —contestó, esperando continuar con esta retahíla de pequeñas bromas.

—Vale, vale… —dijo sentándose con las piernas cruzadas—. ¿Qué fue eso del brazo de sangre? ¿Puedes controlarlo? ¿Cuándo supiste que podías hacer algo así?

Comprimió la garganta y carraspeó dos veces antes de siquiera pensar en cómo contestar.

—Es… más serio de lo que parece.

—¿No puedes contármelo?

—¿Qué me dices de ti? Tú también te guardas secretos, ¿no es así? —En sus palabras había silencios que sonaban aliviados. Ella lo había escuchado hablar lo suficiente como para reconocerlos.

—Te he contado cuanto sé.

—¿Y ese cambio cuando placaste al geevar?

—¿Crees que era un geevar?

—No estoy seguro…

—Aún no lo entiendo. Me transformé por primera vez ayer mismo, y nunca ha sido por voluntad propia.

Fue salvando a tus chicos. Y a mí misma, para qué mentir.

No es que tenga un control como si fuera parpadear, es más parecido a apretar los nudillos con mucha fuerza.

Hay veces que noto que puedo hacerlo y otras que no.

—¿Alguna vez has estado en Praesidium?

—No, antes de todo esto vivía en un pueblo a unos veinte kilómetros de la ciudad más cercana, y no tenían ninguna base ni nada parecido. De vez en cuando nos llegaba su propaganda. Mi madre seguía mucho a… ¿Cómo se llamaba? La hermana mediana, la más famosa de los tres.

Vinadarian trató de formular su nombre, pero fue incapaz de siquiera recordarlo. Frunció el ceño y apartó la mirada con brusquedad. Jyon notó su molestia de inmediato.

—No hace falta seguir con esto si no quieres. Era mera curiosidad. Lo más normal es que no sepamos de que va esto…

—El brazo de sangre es parecido. Aunque diría que es algo más parecido a un… —hizo una pausa, no podía creer lo que estaba a punto de decir— rezo.

—¿Un rezo? Me estás vacilando.

Negó con la cabeza y extendió la palma de la mano derecha, reparando en cada recoveco, línea y herida.

—Mi madre decía que cuando rezas hay una esperanza intrínseca de extender la validez de tu acción.

Por ejemplo, si lo haces para que un ser querido se recupere, pretendes que el médico sea mejor de lo que ha estado siendo o que lo sean los anticuerpos de esa persona.

Digamos que pones un objetivo muy superior, se vuelve un deseo que lanzas al viento.

Eres incapaz de lograrlo, pero lo materializas habiéndolo pedido.

—Vaya… Es una forma muy práctica de considerar algo como un rezo. Yo siempre los he visto como algo que haces cuando ya no tienes el control y quieres recuperarlo.

—Es otra forma de verlo, pero cuando he materializado el brazo… Ha sido así, quería tener más fuerza. Quería sacaros de allí.

—Sacarnos —corrigió ella—. Y lo lograste. Aunque, siendo justos, yo estaba a punto de salir por mi cuenta. Lo que me molesta es transformarme en un cerdo. ¿Es este mi castigo por hurgarme la nariz todos estos años?

—Serás el modelo de los niños que no quieren lavarse el culo.

—No me tientes, que luego te los mando a hacerte preguntas cuando pretendas dormir.

Con la joven a punto de estallar en carcajadas, fueron interrumpidos por el exacerbado grito de Sara clamando el nombre de su hija.

Un ruego mutuo de ayuda se forjó en ambos rostros. La puerta se abrió de sopetón y el golpe contra la pared alertó tanto a los adultos como a los niños, quienes abrieron paso en pomposo silencio.

El joven la imaginaba más baja y, desde luego, mucho menos musculada, lo cual incrementó sobremanera la ya de por sí altísima intimidación que le producía.

Aun así, era la madre de su amiga y le debía respeto no solo por su condición, sino también porque había sido partícipe de su salvación y la de los pequeños, que caminaban tras ella casi tan asustados como él.

Entraron con rapidez junto a una corriente de aire frío. La noche era inmisericorde y lo que por la tarde era una dulce brisa se había magnificado hasta una heladora punzada.

Las pisadas parecían resquebrajar la madera. No era solo su peso; ella estaba canalizando su ira a través del cuerpo, lanzando golpes contra el suelo al caminar.

Vinadarian apartó la manta que lo cubría hasta la cintura y trató de saludar, pero su garganta se cerró de sopetón por los nervios e, incapaz de formular frase alguna, ofreció la mano como educado saludo. La mujer lo señaló con el dedo y miró a su hija.

—¿Es este? —dijo con una incredulidad condescendiente y un deje de desprecio, la nariz arrugada y el ceño fruncido.

El chico respiró por la nariz manteniendo alto el semblante, aunque puede que se le hubiera arrugado la frente sin querer.

—Encantado de conocerla. Usted debe ser Sara. Jyon me ha contado muchas de sus hazañas y aventuras. Apenas la conozco, pero siento gran admiración y respeto.

Ella le apartó la mano de un golpe. Jyon soltó un gruñido incomprensible y se levantó de sopetón, pero ambos terminarían por ignorarla mientras se acercaba.

Serquam se amarró a Herbia con cierto temor y ella la apartó con delicadeza dando un paso al frente, para sorpresa del resto de los críos.

No podía esconder más su eruptiva ira. Madre y hermana iban a estallar frente a unos pobres chicos que instantes antes estaba a punto de reír por primera vez en mucho tiempo.

—¿Tu nombre?

—Vinadarian.

—Voy a hacerte una pregunta, quiero que sopeses la respuesta antes de responder. Es una amenaza, no una advertencia.

—Bien. —Cerró los puños y sintió un escalofrío que le recorrió toda la espalda. Los segundos se hicieron incontables. Ella respiró hondo y relajó el rostro antes de enunciar palabra. Hubo incluso una centésima de segundo de vacilación, un renegar en su inquebrantable decisión.

—¿Cuánta gente tiene que morir para que aprendas la lección?

El joven sintió cómo su alma salía por las cuencas de sus ojos. Un espasmo lo empujó hacia delante hasta clavar su semblante contra el suelo, aún con su pecho erguido.

La mano de Jyon se posó sobre su hombro y lo empujó hacia atrás.

Una verborrea se formuló entre ella y su madre, una discusión a gritos.

La cabeza le daba vueltas, hasta el punto de que olvidó qué estaba haciendo allí.

Por un momento, todo se sumió en una radiante luz blanca que le impedía abrir los ojos por mucho que lo intentara.